La última Mentira CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La familia perfecta

El silencio que quedó en la habitación después de escuchar la grabación resultó más inquietante que cualquier palabra.

Daniel permanecía junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la calle.

Clara seguía junto a la puerta, inmóvil, como si temiera que cualquier movimiento pudiera desencadenar algo que llevaban años intentando mantener oculto.

El agente sostenía el teléfono de Elena entre las manos y observaba la pantalla, esperando encontrar una explicación sencilla. No la había.

—¿Qué significa esto? —preguntó finalmente.

Daniel se volvió hacia él.

—No lo sé.

—¿Está seguro?

—Sí.

El agente miró a Clara.

—¿Y usted?

Clara tragó saliva antes de responder.

—Tampoco lo sé.

La respuesta era correcta, pero ninguno de los dos dijo toda la verdad.

Clara sabía que Elena llevaba semanas comportándose de una manera extraña.

Había empezado a hacer preguntas sobre el pasado, preguntas que nadie quería responder.

Había revisado fotografías antiguas, había buscado documentos que llevaban años guardados y, en una ocasión, había mencionado el nombre de una persona que en aquella familia estaba prohibido pronunciar.

Daniel había fingido no saber de quién hablaba, pero Clara había visto el miedo en sus ojos.

El agente volvió a reproducir la grabación. Esta vez escuchó cada palabra con atención, intentando identificar cualquier ruido de fondo. Cuando terminó, acercó el teléfono a la luz y examinó la pantalla.

—Hay otro archivo.

Daniel sintió un nudo en el estómago.

—¿El que apareció hace un momento?

—Sí.

El agente pulsó sobre él.

La pantalla permaneció negra durante unos segundos. Después comenzó a reproducirse una grabación de vídeo. La imagen era oscura y apenas se distinguía una habitación. Parecía haber sido grabada de noche. La cámara estaba colocada sobre una mesa y enfocaba una puerta cerrada.

Durante casi un minuto no ocurrió nada.

Entonces la puerta se abrió.

Daniel dio un paso hacia atrás.

No se veía el rostro de la persona que entraba, pero reconoció la chaqueta. La había visto muchas veces. También reconoció la manera de caminar.

Clara se llevó una mano a la boca.

—No puede ser —murmuró.

El agente detuvo el vídeo.

—¿A quién han reconocido?

Ninguno respondió.

El agente volvió a reproducir los últimos segundos. La persona de la grabación se acercó a la cámara y, justo antes de que la imagen terminara, dejó algo sobre la mesa.

Una fotografía.

El agente amplió la imagen.

Era una fotografía familiar.

La misma fotografía que estaba en el salón.

Pero había una diferencia.

En la fotografía original aparecían cuatro personas.

En aquella aparecía una quinta.

Una mujer joven situada detrás de Elena.

Daniel sintió que las piernas le fallaban.

—¿Quién es ella? —preguntó el agente.

Clara permaneció en silencio.

Daniel tampoco respondió.

El agente volvió a mirar la fotografía.

—Necesito un nombre.

Clara cerró los ojos durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, parecía haber envejecido de repente.

—Se llamaba Laura.

—¿Quién era Laura?

Clara miró a Daniel antes de contestar.

—La hija de una amiga de mi madre.

—¿Y por qué aparece en una fotografía familiar?

—Porque estuvo con nosotros aquel verano.

El agente observó la fotografía.

—¿Qué le ocurrió?

Clara bajó la mirada.

—Desapareció.

La palabra quedó suspendida en la habitación.

Daniel giró lentamente la cabeza hacia su hermana.

—No deberías haber dicho eso.

El agente lo escuchó.

—¿Por qué no?

Daniel no contestó.

El agente guardó el teléfono en una bolsa de evidencias y pidió a ambos que permanecieran disponibles durante la investigación. Antes de salir, volvió a mirar la fotografía.

—Una última pregunta. ¿Elena conocía a Laura?

Clara respondió sin mirar a Daniel.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo llevaban hablando de ella?

—No lo sé.

—¿Está segura?

Clara levantó la vista.

—No.

Aquella fue la primera respuesta sincera de la mañana.

Cuando los agentes abandonaron la casa, Daniel cerró la puerta y permaneció unos segundos con la mano sobre el pomo. Desde la calle llegó el sonido de un coche alejándose. Después volvió el silencio.

Clara se dirigió al salón.

—Tenemos que hablar.

Daniel no se movió.

—No aquí.

—¿Dónde entonces?

—En la casa de verano.

Clara lo miró fijamente.

—Hace diez años que no vamos allí.

—Precisamente por eso.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Ambos sabían que regresar a aquella casa significaba abrir una puerta que habían mantenido cerrada durante demasiado tiempo.

Daniel subió a la habitación de Elena. Abrió el armario y comenzó a buscar entre sus cosas. No sabía exactamente qué buscaba, pero estaba seguro de que Elena había dejado algo más. Después de varios minutos encontró un pequeño bolsillo cosido en el interior de una chaqueta.

Dentro había una llave.

No era una llave de casa.

Tenía una pequeña placa metálica con un número grabado.

17.

Daniel la sostuvo entre los dedos.

Entonces recordó algo que había intentado olvidar durante diez años.

La puerta número 17.

La misma puerta que aquella noche nadie debía haber abierto.

Clara apareció en el umbral.

—¿La has encontrado?

Daniel levantó la mirada.

—Elena quería que volviéramos allí.

Clara negó lentamente con la cabeza.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—No quería que nosotros volviéramos.

Clara miró la llave.

—Quería que descubriéramos quién volvió allí después de nosotros.

Daniel sintió que el miedo regresaba.

Porque, de repente, la desaparición de Elena ya no parecía un acontecimiento aislado.

Parecía el comienzo de algo que llevaba diez años esperando.

Y mientras ambos permanecían en silencio, ninguno se dio cuenta de que, en la planta baja, el teléfono de Elena acababa de encenderse otra vez.

Había llegado un nuevo mensaje.

Solo contenía una fotografía.

La casa de verano.

Y debajo, una frase:

«Esta vez, no olvidéis cerrar la puerta.»