La última Mentira CAPÍTULO 1
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La última Mentira

La última Mentira

Por Nitesh Khanna

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CAPÍTULO 1

La desaparición

A las siete y diez de la mañana, la policía llamó a la puerta de la casa de Elena Martín.

Daniel fue quien abrió. Llevaba despierto desde hacía casi una hora, aunque después no sabría explicar por qué.

Había pasado la noche caminando de una habitación a otra, mirando el teléfono cada pocos minutos y esperando una llamada que no llegaba.

Cuando vio a los dos agentes frente a la puerta, sintió que algo dentro de él se hundía antes incluso de escuchar una sola palabra.

—¿Señor Martín?

—Sí.

—Necesitamos hablar con usted sobre Elena.

Daniel no respondió inmediatamente. Miró a los agentes y después dirigió la vista hacia el interior de la casa, como si esperara encontrar allí una explicación que pudiera utilizar para impedir aquella conversación. Finalmente se apartó y los dejó entrar.

La casa parecía exactamente igual que la noche anterior.

Ese detalle fue lo primero que le resultó insoportable.

Los mismos muebles, las mismas fotografías familiares en las paredes, el mismo reloj sobre la chimenea marcando los segundos con una precisión casi cruel.

Nada parecía haber cambiado, pero Daniel sabía que todo era diferente.

Desde que Elena había desaparecido, aquella casa había dejado de ser un hogar y se había convertido en un lugar lleno de preguntas.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con su esposa? —preguntó uno de los agentes.

Daniel bajó la mirada.

—Ayer por la tarde.

—¿A qué hora?

—Sobre las ocho.

El agente anotó la respuesta.

—¿Y después?

—No la vi.

La respuesta salió demasiado deprisa. Daniel lo notó. También notó que el agente levantaba ligeramente la mirada del cuaderno.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Señor Martín, sabemos que Elena salió de esta casa anoche. Su teléfono dejó de emitir señal poco después de medianoche y todavía no hemos podido localizarla. Necesitamos saber si hubo alguna discusión, si recibió alguna llamada extraña o si alguien pudo haberla estado siguiendo.

Daniel negó con la cabeza, pero esta vez tardó unos segundos antes de responder.

—No hubo ninguna discusión.

El agente lo observó con atención.

—¿Y cómo sabe que no la hubo si dice que no la vio desde las ocho?

Daniel sintió que el aire de la habitación se volvía más pesado. Había cometido un error. Uno pequeño, pero suficiente para despertar sospechas.

—Quería decir que no tuvimos ninguna discusión antes de que me fuera a dormir.

—¿A qué hora se fue a dormir?

Daniel miró hacia las escaleras.

—No lo recuerdo exactamente.

El silencio que siguió fue incómodo. Desde el piso superior llegó el sonido de una tubería y, durante unos segundos, ninguno de los tres habló.

Entonces apareció Clara.

Bajó las escaleras lentamente, todavía con el rostro pálido y el cabello recogido de cualquier manera. Era la hermana menor de Elena y llevaba toda la noche en aquella casa. Cuando vio a los agentes, se detuvo a mitad de las escaleras.

—¿La habéis encontrado?

El agente negó con la cabeza.

Clara cerró los ojos durante un instante. Después bajó los últimos escalones y se sentó en el sofá. Daniel la observó sin decir nada. Había algo extraño en su expresión, algo que no parecía únicamente miedo.

—Clara —dijo el agente—, necesitamos hacerle unas preguntas también.

—Lo entiendo.

—¿Cuándo vio a Elena por última vez?

Clara levantó la mirada hacia Daniel antes de responder.

Ese pequeño movimiento no pasó desapercibido.

—Anoche —dijo finalmente—. Antes de que se marchara.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿Sobre qué?

Clara respiró profundamente.

—Sobre cosas de familia.

—¿Qué cosas?

—Nada importante.

El agente cerró el cuaderno durante un segundo.

—Cuando una persona desaparece sin dejar rastro, normalmente lo que parece poco importante termina siendo lo más importante.

Clara permaneció en silencio.

Daniel se acercó a la ventana. Desde allí podía ver la calle húmeda y los primeros coches circulando bajo un cielo gris. Recordó algo que había ocurrido la noche anterior. Una puerta abriéndose. Pasos en el pasillo. La voz de Elena hablando por teléfono.

Y recordó también que había escuchado una frase.

No había querido pensar en ella durante toda la noche.

Ahora ya no podía evitarlo.

—¿Señor Martín? —preguntó el agente.

Daniel se volvió.

—¿Sí?

—¿Hay algo que no nos haya contado?

Durante unos segundos, Daniel estuvo a punto de decir la verdad.

Pero entonces miró a Clara.

Ella lo estaba observando.

Y Daniel comprendió que, al menos por el momento, ambos estaban pensando exactamente lo mismo.

No podían contar lo que había sucedido años atrás.

Todavía no.

Porque si la policía descubría aquella parte de la historia, la desaparición de Elena dejaría de ser el único problema de aquella familia.

El agente se levantó y comenzó a recorrer el salón. Se detuvo frente a una fotografía familiar colocada sobre una estantería. En ella aparecían Daniel, Elena, Clara y sus padres durante unas vacaciones en la costa. Todos sonreían.

—Bonita familia —comentó.

Daniel no respondió.

El agente acercó ligeramente la fotografía hacia él.

—¿Cuándo fue tomada?

Daniel la miró.

—Hace unos diez años.

—¿En qué lugar?

—En la casa de verano.

El agente volvió a dejar la fotografía en su sitio.

—¿Elena tenía enemigos?

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Alguien que quisiera hacerle daño?

—No.

Clara intervino entonces.

—Elena no tenía enemigos.

El agente la miró.

—¿Está completamente segura?

Clara tardó demasiado en contestar.

—Sí.

El agente asintió, pero no pareció convencido.

Antes de marcharse, pidió revisar la habitación de Elena. Daniel lo acompañó hasta el piso superior. Al abrir la puerta, sintió un escalofrío. La habitación estaba perfectamente ordenada. La cama estaba hecha, la ropa doblada y los libros colocados en una estantería.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

El agente examinó el escritorio, abrió algunos cajones y revisó el armario. Finalmente se acercó a la mesilla.

—¿Este teléfono es suyo?

Daniel miró el aparato.

—No lo había visto antes.

Era un teléfono antiguo, de aquellos que Elena había dejado de utilizar años atrás.

El agente lo encendió.

La pantalla tardó unos segundos en iluminarse.

Había una única grabación.

Daniel sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Quiere que la reproduzcamos? —preguntó el agente.

Daniel no respondió.

Clara apareció detrás de ellos.

Al ver el teléfono, su rostro perdió el poco color que le quedaba.

—No —susurró.

El agente se volvió hacia ella.

—¿Por qué no?

Clara miró a Daniel.

Y esta vez Daniel supo que ya no había forma de evitarlo.

La grabación comenzó.

Durante varios segundos solo se escuchó un ruido débil, como una respiración contenida. Después apareció la voz de Elena.

—Si estáis escuchando esto, significa que ya no estoy en casa.

Daniel cerró los ojos.

La voz continuó.

—No confiéis en la primera versión que escuchéis. Tampoco en la segunda. Porque alguien de esta familia lleva mucho tiempo preparando una mentira.

El agente miró a Daniel y después a Clara.

La grabación terminó.

Pero antes de que nadie pudiera decir una palabra, el teléfono recibió una notificación.

Un nuevo archivo acababa de aparecer.

Tenía un único nombre.

ELENA.

Daniel observó la pantalla sin atreverse a tocarla.

Entonces comprendió algo que todavía no podía explicar.

Elena no había dejado aquella grabación para que la encontraran.

La había dejado para que alguien supiera que la verdad aún seguía viva.

Y, por primera vez desde su desaparición, Daniel tuvo miedo de una posibilidad mucho peor que la muerte de Elena.

Que ella siguiera viva.

Y que estuviera observándolos.