CAPÍTULO 14·La última marea
La última marea
La espera comenzó antes de que cayera la noche.
—Si aparece, no sales —dijo Inés.
—No pensaba hacerlo.
—Bien. Así sólo tengo que preocuparme por una cosa.
El paquete de control llevaba horas en la cámara secundaria.
En el exterior no había marcas nuevas ni una cinta que señalara el punto.
Para encontrarlo era necesario seguir la descripción que Inés había dado a Álvaro: el acceso antiguo situado al este de D-17, tras el murete bajo, bajo una tapa de inspección sin numeración.
Clara había comprobado el plano tantas veces que podía recorrerlo sin mirarlo. Aun así, mantuvo la hoja abierta sobre las rodillas.
Durante la primera hora pasaron dos vehículos por la carretera distante. Ninguno redujo la velocidad. En la pantalla, la explanada tenía el color plano de las imágenes nocturnas. El viento movía los juncos y levantaba pequeños cambios de luz que obligaban a mirar dos veces.
Álvaro podía no acudir. Podía llamar a un abogado, presentarse por la mañana o decidir que la historia de la segunda copia era falsa. Cualquiera de esas conductas dejaría el caso donde estaba: fuerte, incompleto y dependiente de que un juez valorara un conjunto de piezas circunstanciales.
Poco después de las once, uno de los equipos comunicó un vehículo detenido en un apartadero de la carretera de las salinas. Había apagado las luces antes de entrar en el camino lateral.
El agente amplió una imagen. Sólo se distinguía un perfil oscuro.
—No identificamos matrícula —dijo por la radio la voz del observador—. Un ocupante. Continúa a pie.
Inés pidió que nadie se moviera.
La figura apareció en la segunda cámara varios minutos después. Llevaba ropa oscura y una linterna pequeña dirigida al suelo. No avanzaba al azar. Dejó atrás el acceso principal a la excavación y siguió el murete hacia la cámara secundaria.
Clara notó que apretaba el borde del plano y soltó los dedos.
—¿Se le ve la cara? —preguntó.
El agente esperó a que el hombre cruzara el ángulo más cercano.
—Ahora sí.
Álvaro se detuvo antes de la tapa de inspección. Miró hacia la pista y apagó la linterna. La imagen conservó su silueta inmóvil junto al murete.
Inés volvió a ordenar que esperaran.
Acercarse a una zona pública no demostraba nada. Incluso haber seguido la información de la llamada admitía una explicación: podía querer comprobar qué había encontrado la Guardia Civil, proteger a la empresa o satisfacer una curiosidad imprudente.
Álvaro sacó unos guantes del bolsillo. Se los puso sin encender la luz y tanteó el borde de la tapa. La levantó lo suficiente para introducir los dedos y la desplazó despacio, evitando que rozara contra el hormigón.
El sonido llegó débil por el micrófono de ambiente.
—Acceso abierto —informó el equipo más próximo.
—Mantened posición —respondió Inés.
Álvaro enfocó el interior. No dudó entre la cámara y las otras arquetas del entorno. Se arrodilló exactamente en el punto descrito y metió un brazo en el hueco.
Clara miró la pantalla, no a Inés. Pensó en las listas de su padre, en las copias guardadas por separado y en todas las veces que una coincidencia había parecido suficiente hasta que alguien comprobaba sus límites.
Esta vez el límite estaba registrado desde varios ángulos. Sólo Álvaro, además del equipo, conocía la ubicación comunicada. Nadie lo había conducido hasta allí. Había dejado el vehículo lejos, entrado con las luces apagadas y usado guantes para abrir una cámara que afirmaba no conocer.
Cuando volvió a sacar el brazo, llevaba el envoltorio estanco.
No lo abrió. Lo sostuvo bajo la luz durante unos segundos y palpó el grosor. Después se incorporó y lo guardó dentro de la chaqueta.
Inés esperó a que colocara de nuevo la tapa.
—Equipo uno, cerrad la salida a la carretera. Equipo dos, conmigo. No intervengáis hasta que dé la orden.
Salió del vehículo. Clara se quedó sentada, como habían acordado. En la pantalla vio a Álvaro alejarse de la cámara por el mismo camino que había utilizado para llegar.
Había entrado en el punto exacto, había retirado el paquete y trataba de llevárselo. La operación no explicaba por qué murió Tomás. Demostraba qué hacía Álvaro cuando creía que los documentos podían aparecer.
Álvaro no llegó al camino lateral.
Dos agentes salieron detrás del murete y otro encendió las luces del vehículo que bloqueaba la salida. Inés se situó a varios metros, sin cortar por sí sola la retirada.
—Señor Rivas, deténgase y mantenga las manos visibles.
La voz llegó al interior del vehículo de Clara por la comunicación del operativo. Álvaro se quedó quieto. Durante un instante pareció valorar la distancia hasta la oscuridad de las balsas. Después sacó despacio las manos de los bolsillos.
—¿Qué significa esto?
—Entregue el paquete.
—Usted me dijo que podía haber documentación de mi empresa.
—Le dije que existía una referencia a una copia.
Álvaro abrió la chaqueta y sostuvo el envoltorio con dos dedos.
—He venido a comprobar que no se retirara nada sin control.
—A las once de la noche, con el vehículo apartado y usando guantes.
—No quería que me vieran entrando aquí. Ya han decidido que cualquier cosa que haga es sospechosa.
Un agente recogió el paquete y lo introdujo en una bolsa de control. Inés esperó la confirmación de que permanecía cerrado.
—No contiene documentos —dijo—. La información que recibió formaba parte de una operación autorizada.
Álvaro miró la cámara situada sobre el muro. Su expresión cambió menos de lo que Clara había esperado.
—Entonces me han hecho venir con una mentira.
—Le comunicamos una ubicación. Venir, abrir una cámara y retirar el paquete han sido decisiones suyas.
—Porque los papeles de Julián llevan semanas provocando acusaciones contra mi familia y mi empresa.
—¿Cómo supo que Tomás llevaba una carpeta azul?
—Pudo mencionarla por teléfono.
—Declaró que sólo hablaron de archivos antiguos.
—Una conversación de siete minutos da para más de una frase.
La nueva explicación corregía la anterior sin abandonarla del todo. Álvaro podía afirmar que Tomás describió la carpeta y seguir negando una reunión. No explicaba por qué no lo había dicho hasta que el color se le escapó.
Inés avanzó un paso.
—También negó haber usado el SUV aquella noche.
—Y lo mantengo.
—Un vehículo compatible salió de esta zona después de la muerte de Tomás con el piloto trasero derecho roto. Usted sustituyó el suyo al abrir el taller.
—Una coincidencia no se convierte en prueba porque la repita.
—No. Por eso no tenemos una sola.
Inés enumeró sin elevar la voz la llamada que Álvaro había ocultado, la reparación, el conocimiento de la carpeta y su entrada en una cámara que, según él, carecía de relevancia. No le pidió que explicara 2008 ni le ofreció una versión completa para que pudiera limitarse a negarla.
—Tomás murió en la Casa de Bombas después de hablar con usted —dijo.
—Tomás pudo caerse solo desde la pasarela norte. Llevaba años sin mantenimiento.
Inés guardó silencio.
Clara levantó la vista hacia el plano abierto sobre sus rodillas. La localización exacta de la caída no se había divulgado. Álvaro sabía que el cuerpo apareció en el edificio y que la instalación estaba deteriorada. No sabía, según su propia versión, desde qué pasarela había caído.
—¿Quién le ha dicho que fue la norte? —preguntó Inés.
—Conozco la Casa de Bombas.
—No le he preguntado si conoce el edificio.
—Las fotografías circularon por el pueblo.
—No hay fotografías públicas del punto de caída.
Álvaro dirigió una mirada hacia los agentes, como si buscara cuál de ellos podía haber hablado. No respondió.
Inés dio la orden de intervención. Los agentes se acercaron, comprobaron que no llevaba objetos peligrosos y le retiraron las llaves del vehículo. Álvaro no se resistió.
—¿Me detiene por abrir una arqueta?
—Queda detenido como sospechoso del homicidio de Tomás Vega. La retirada del paquete es una parte de la conducta investigada, no el único fundamento.
Le comunicó sus derechos y la posibilidad de designar abogado. No habló de condena, ni de acusación definitiva, ni presentó las inferencias sobre Lucía como una sentencia resuelta.
Sólo cuando Inés confirmó que la zona estaba asegurada permitió a Clara bajar del vehículo.
Álvaro permanecía junto al coche oficial. Había recuperado la compostura.
—Todo lo que tienen admite otra explicación —dijo.
Inés sostuvo la bolsa con el paquete de control.
—Entonces podrá darla con asistencia letrada.
—Entrar aquí no demuestra que matara a nadie.
—Eso también consta.
Clara se mantuvo lejos. No necesitaba preguntarle qué había ocurrido. Las respuestas que Álvaro había elegido daban forma a lo que intentaba negar, pero aún correspondía a la investigación demostrarlo.
Otro equipo localizó el vehículo en el apartadero. Era el SUV de Rivas y Costa, con el piloto sustituido. La identificación actual no probaba que fuera el mismo que vio el trabajador la noche de la muerte; sí demostraba que Álvaro lo había utilizado para acudir al punto controlado.
Inés ordenó preservar el vehículo y solicitar los registros de la vivienda, el despacho y los espacios vinculados a la empresa. La carpeta azul seguía desaparecida. Encontrarla podía reforzar el caso; no encontrarla no borraría la llamada, la reparación, el desliz ni la conducta de aquella noche.
Cuando el vehículo oficial se llevó a Álvaro, el operativo no terminó. Los agentes documentaron de nuevo la cámara, recogieron las grabaciones y cerraron el paquete sin abrirlo fuera del protocolo previsto.
Inés regresó junto a Clara.
—Ahora empieza la parte lenta —dijo.
La detención había interrumpido la negación de Álvaro, no la había sustituido por una verdad judicial. A partir de ese momento, cada pieza tendría que sostenerse en declaraciones, registros y periciales sin depender del efecto de verlo salir esposado de las salinas.
La confirmación genética llegó tres semanas después.