CAPÍTULO 14·La última marea #2
Los restos eran de Lucía Ferrer. El informe no cambió la secuencia física establecida en D-17: había sufrido un impacto mortal antes de que el cuerpo fuera depositado en la conducción y sellado bajo las obras de 2009. Tampoco podía distinguir por sí solo entre una caída accidental y un empujón.
Inés se lo explicó a Clara en la casa de Julián. Había acudido a devolver varias copias ya digitalizadas y a recoger una última firma sobre la documentación original.
—Daniel podrá hacerse cargo de los restos —dijo.
El entierro se celebró dos días más tarde, en privado. Durante dieciocho años, Daniel había pedido un lugar al que llevar flores. Cuando por fin lo tuvo, no recibió con él una explicación judicial completa.
Marta asistió junto a la familia Ferrer.
La muerte de Tomás no podía separarse ya de lo que había hecho en 2008: inventó la marcha de Lucía, ayudó a sostenerla y tramitó después los papeles que dieron antigüedad al sellado.
Tampoco podía reducirse a eso. Había intentado terminar con la mentira y murió antes de hacerlo.
Irene amplió su declaración sobre la plataforma. Su recuerdo no añadía un testigo de la caída. La verdad seguía dependiendo de una cadena de hechos y no de una instantánea final que lo resolviera todo.
Los registros autorizados no habían localizado la carpeta azul. Las diligencias seguían abiertas, e Inés no adelantó conclusiones que aún debían someterse a periciales.
—¿Sigue detenido? —preguntó Clara.
—Sigue investigado por el homicidio de Tomás. Su situación la decide el juzgado, no yo.
Inés abrió sobre la mesa la cronología final.
En 2008, Lucía descubrió firmas reproducidas y fechas falsas en expedientes de terrenos.
Después de la fotografía pidió hablar a solas con Álvaro.
Irene los vio subir a la plataforma. El motivo más sólido era que Lucía lo hubiera enfrentado por el fraude y le anunciara que pensaba denunciarlo, aunque nadie oyó las palabras.
Sufrió allí, o en un punto compatible, la caída que la mató.
La reconstrucción situaba después a Tomás junto a Álvaro: entre ambos depositaron el cuerpo en D-17 y Tomás inventó un avistamiento imposible por la marea.
La documentación de las obras se retrodató para que el sellado pareciera anterior.
—Podemos sostener el fraude, la oportunidad, la mentira de Tomás y el ocultamiento —dijo Inés—. Atribuir el empujón de 2008 con una certeza penal será más difícil.
—Pero fue Álvaro.
—Es la reconstrucción que explica las pruebas sin pedirles que digan más de lo que dicen.
En 2026, Tomás decidió que no podía seguir callando. Salió con la carpeta, llamó a Álvaro y murió en la Casa de Bombas. Álvaro negó el contacto, reparó el piloto descrito por el testigo, conocía la carpeta y la pasarela norte, y acudió a retirar lo que creyó otra copia de los documentos.
La reunión no tenía un testigo directo. El empujón tampoco. La conducta de Álvaro antes y después estrechaba las alternativas hasta dejar una explicación coherente: había intentado impedir que Tomás confesara y, cuando no pudo convencerlo, lo arrojó desde la pasarela.
Inés recogió la cronología.
—Eso es lo que investigamos. No necesito que lo conviertas en una frase más rotunda.
Clara asintió. Meses atrás habría intentado cerrar cada hueco con la misma precisión con la que restauraba una fecha borrada. Ahora sabía que un espacio sin rellenar podía ser más exacto que una certeza inventada.
La casa estaba casi vacía. Las cajas destinadas a donación habían salido la semana anterior.
Los muebles que Clara no conservaría tenían ya destino y el dormitorio de arriba sólo guardaba una maleta abierta.
En el cuarto de trabajo quedaban la mesa de dibujo, el archivador metálico y dos cajas marcadas con su nombre.
Había conservado las libretas de Julián, sus instrumentos de delineación y una selección de planos sin relación con Lucía. El resto de la investigación pasaría a custodia o volvería a los archivos de origen cuando Inés lo autorizara.
Clara limpió la superficie de la mesa. Bajo la última bandeja encontró un sobre con recibos domésticos, garantías antiguas y una lista de reparaciones que su padre había ido tachando. La tubería del patio estaba marcada dos veces y no constaba como terminada.
Sonrió sin querer. Julián podía reconstruir un drenaje borrado de los planos y dejar una llave goteando durante meses.
Al final de la tarde llegaron Marta y Daniel para devolverle una carpeta de copias. Daniel se detuvo en la puerta del cuarto de trabajo.
—Tu padre no dejó que la olvidaran —dijo.
—Tampoco sabía parar.
Daniel aceptó las dos cosas. Antes de marcharse, dejó sobre la mesa una pequeña caja con las fotografías que la familia había autorizado a copiar. Marta no entró. Esperó en el pasillo y abrazó a Clara al despedirse, sin hablar de Tomás.
Clara cerró el archivador cajón por cajón. En el último, detrás de una carpeta de licencias antiguas, encontró una funda de cartón con la letra de Julián. No era azul. En la cubierta había escrito: «Asuntos sin cerrar».
Dentro se adivinaban separadores y varias hojas, pero ningún nombre visible. Podían ser reclamaciones administrativas, errores de planos o preguntas que su padre había guardado porque no sabía dónde colocarlas.
Clara no la abrió.
La llevó hasta las cajas que conservaba y la dejó junto a las libretas negras. Después apagó la lámpara de la mesa de dibujo, cerró las ventanas y bajó la persiana del cuarto.
La casa no estaba resuelta. Estaba ordenada lo suficiente para que pudiera marcharse.
Antes de salir, Clara añadió la carpeta de asuntos sin cerrar a la caja marcada CONSERVAR. No tenía que decidir aquella tarde qué hacer con todas las preguntas de Julián.