CAPÍTULO 13·Lo que Tomás iba a decir
Lo que Tomás iba a decir
Inés llamó a Clara a primera hora del día siguiente y le pidió que pasara por el puesto. No mencionó a Álvaro. Dijo que había aparecido una factura.
La esperaba en una sala pequeña, con el registro de la llamada de Tomás a un lado y una orden de reparación al otro. Clara reconoció el membrete de un taller del polígono, pero no el vehículo consignado. En la casilla del cliente figuraba Rivas y Costa.
—Un SUV de empresa —dijo Inés—. Gris oscuro.
Clara leyó la matrícula y la descripción de la intervención. Sustitución del conjunto óptico trasero derecho. La orden se había abierto a las ocho y doce de la mañana posterior a la muerte de Tomás.
—¿Lo llevó Álvaro?
Inés señaló la firma de recepción. El nombre aparecía debajo, escrito por el empleado del taller: Álvaro Rivas. Había pagado con una tarjeta de la empresa y retirado el vehículo antes de las diez.
Clara acercó la hoja. La reparación podía ser una coincidencia. Los pilotos se rompían en aparcamientos, con una maniobra torpe o por el golpe de una piedra. El trabajador de las salinas ni siquiera había distinguido la matrícula.
—¿Conservan la pieza?
—No. Se retiró con el resto de residuos del taller. Tampoco hicieron fotografías.
—Entonces no sabemos qué daño tenía.
—Sabemos qué conjunto sustituyeron y cuándo.
Inés había pedido también la referencia del recambio. Correspondía al piloto completo, no a una bombilla. La orden indicaba «cubierta fracturada», sin explicar el origen ni la fecha de la rotura.
Clara puso la factura junto a la declaración del trabajador nocturno.
Un SUV oscuro había salido de una de las pistas de las salinas cerca de la franja de la muerte.
El piloto trasero derecho mostraba luz blanca porque la cubierta roja faltaba o estaba rota.
A la mañana siguiente, Álvaro había llevado un SUV oscuro de su empresa a sustituir precisamente ese conjunto.
—Es compatible —dijo.
—Eso es todo lo que podemos afirmar.
El taller había confirmado que la reparación se solicitó al abrir, sin cita previa. Álvaro explicó al entregar el vehículo que había encontrado el piloto roto esa mañana. Nadie del taller recordaba restos de cristal adheridos, polvo concreto ni una deformación que permitiera situar el daño.
Inés deslizó hacia Clara una ampliación de la orden. En el apartado de observaciones se leía: «Cliente solicita entrega urgente».
—Tampoco es raro —dijo Clara—. La empresa usaría el coche.
—Y conducir con un piloto roto puede costarle una denuncia. La urgencia no prueba nada.
La precisión de Inés tenía algo tranquilizador. Cada vez que dos piezas parecían encajar, comprobaba primero cuánto espacio quedaba entre ellas.
—¿El testigo podría reconocer el modelo?
—Ya le hemos mostrado una serie de vehículos comparables, sin destacar éste. No identifica ninguno. Dice que la altura y la forma general podrían coincidir, pero también con otros.
—¿Y el color?
—Oscuro. Nada más.
Clara anotó en una hoja dos columnas. En la primera escribió lo comprobado: Álvaro disponía de un SUV gris oscuro; el piloto trasero derecho se sustituyó a primera hora del día siguiente; él mismo llevó el vehículo al taller; pidió urgencia.
En la segunda dejó los límites: sin matrícula del testigo, sin identificación de modelo, sin pieza retirada, sin origen conocido del daño.
La reparación no colocaba a Álvaro en las salinas. Eliminaba, sin embargo, una de las explicaciones más cómodas: que el vehículo descrito no guardara ninguna relación posible con él.
—¿Podemos preguntarle por el piloto? —dijo.
—Podemos. Antes quiero saber qué versión ofrece sin enseñarle la del taller.
Inés retiró la factura de la mesa y la guardó en una funda. Había comprobado también que el SUV estaba asignado habitualmente a dirección y que no constaba otra persona autorizada para retirarlo aquella mañana. Eso no establecía quién lo había conducido durante la noche.
—Su versión hasta ahora es que se quedó en casa después de hablar con Tomás —dijo Clara.
—Y nuestra obligación es intentar comprobarla, no sustituirla por una factura conveniente.
Salieron al pasillo. A través de una ventana alta entraba una luz blanca, sin sol.
El pueblo llevaba días hablando de los restos encontrados en D-17; la muerte de Tomás seguía descrita públicamente como una caída investigada.
Clara pensó en lo fácil que sería convertir el piloto en una respuesta sólo porque tenía la forma correcta.
Inés cerró con llave el archivador de evidencias.
—La llamada terminó antes de la muerte. Un vehículo compatible salió de la zona después. Y Álvaro reparó el daño que describió el testigo a primera hora de la mañana siguiente.
No añadió nada más. En la mesa quedó la copia de trabajo con la hora de apertura de la orden rodeada por Clara: ocho y doce.
Álvaro aceptó recibirlas esa misma tarde. El SUV no estaba en el aparcamiento de Rivas y Costa. Clara no preguntó dónde lo habían dejado; la orden del taller ya indicaba que había sido retirado.
Inés colocó sobre la mesa una hoja en blanco y mantuvo la factura dentro de la carpeta.
—Necesito que precise sus movimientos después de hablar con Tomás.
—Ya se los dije. Me quedé en casa.
—¿Salió en algún momento?
—No.
—¿Utilizó el vehículo de empresa?
Álvaro tardó apenas un instante.
—No esa noche.
Inés le preguntó entonces por el piloto trasero. Él bajó la vista hacia la carpeta cerrada, como si pudiera calcular cuánto sabían por el grosor.
—Me lo encontré roto por la mañana.
—¿Dónde estaba aparcado?
—Delante de mi casa.
—¿Había restos en el suelo?
—No me fijé.
—¿Denunció el daño?
—No merecía la pena. Podía haber sido una maniobra al aparcar.
La explicación no era imposible. Álvaro reconoció que llevó el SUV al taller al abrir y que pidió urgencia porque lo necesitaban en la empresa. Negó saber cuándo se había fracturado la cubierta.
Inés dejó que terminara antes de sacar la orden.
—El taller confirma que fue usted.
—Nunca he dicho lo contrario.
—No. Sólo dijo que no había usado el coche aquella noche.
Álvaro sostuvo la mirada. Su cordialidad había perdido algo de temperatura, pero no el control.
—Si tienen una pregunta distinta, háganla.
—¿Tomás le pidió verse durante la llamada?
—No.
—¿Le dijo que llevaba documentación?
—Dijo que había encontrado papeles antiguos. Ya se lo expliqué.
—¿Le indicó cuáles?
—No.
—¿Le preocupaba lo que pudiera haber en ellos?
—Me preocupaba que se acusara a la empresa a partir de copias incompletas.
Inés no mencionó la carpeta. Habló de documentos, copias y papeles, las mismas palabras que Álvaro había usado. Clara permaneció junto al extremo de la mesa con el cuaderno abierto. Anotaba cada respuesta sin levantar la cabeza más de lo necesario.
—¿Creía Tomás que esos documentos podían perjudicarlo a usted? —preguntó Inés.
—Tomás llevaba años viendo amenazas donde no las había.
—¿Por qué lo llamó a usted y no a otra persona de la empresa?
—Nos conocíamos. Y yo podía decirle si quedaban archivos.
—¿Sabía que pensaba salir de casa?
—No.
—¿Sabía que llevaba papeles consigo?
Álvaro movió una mano, impaciente.
—No sé qué guardaba en esa carpeta azul. Ni siquiera sé si tenía algo que ver conmigo.
Clara escribió la palabra carpeta en su cuaderno y continuó la línea hasta el margen. Debajo trazó una fecha cualquiera. No miró a Inés.
La pregunta había sido sobre papeles. Nadie había mencionado un soporte, y mucho menos su color.
Inés pasó a la relación de Álvaro con Tomás. Le pidió que explicara cuándo había dejado la empresa, qué funciones conservó después como asesor externo y por qué la llamada no le había parecido digna de recuerdo. No cambió el ritmo ni volvió sobre la frase.
Álvaro afirmó que Tomás exageraba el valor de su trabajo administrativo. Según él, había tramitado cientos de facturas y no podía atribuirse a una entrada de sistema el conocimiento de una operación completa.
—¿Le habló de Lucía durante esos siete minutos? —preguntó Inés.
—Ya dije que no de forma directa.
—¿Qué significa eso?
—Habló de los papeles de Julián, y Julián estaba removiendo el caso. La relación era evidente.
—¿Dijo que había mentido en 2008?
—No.
—¿Dijo que iba a contar algo?
—No.
—¿Le pidió ayuda?
Álvaro se recostó en la silla.
—Me pidió que buscara documentación que ya no existe. Eso es todo.
Inés cerró su carpeta. No lo acusó de ocultar una reunión ni le comunicó que un testigo había visto un SUV con el mismo piloto dañado. Le indicó que podían volver a citarlo y que debía mantener disponible el vehículo.
—¿Van a intervenirlo?
—Le avisaremos si necesitamos hacerlo.
Álvaro acompañó a ambas hasta la puerta. Antes de despedirse, miró el cuaderno de Clara.
—Tenga cuidado con sus cronologías. Poner cosas en el mismo papel no hace que estén relacionadas.
—Lo sé —respondió ella.
Esperaron a llegar a la calle. El aire arrastraba polvo del solar contiguo y olor a agua estancada desde las marismas. Inés siguió andando hasta el vehículo oficial.
—Dímelo —pidió.
—Azul.
La teniente abrió la puerta sin mostrar sorpresa.
—Ni Marta ni tú se lo dijisteis.
—Y tú hablaste de documentación. No de una carpeta.
Inés asintió. El color sólo constaba en la declaración de Marta y en la relación interna de la carpeta desaparecida. No había aparecido en notas de prensa ni en las preguntas formuladas a Álvaro.
Clara cerró el cuaderno. Él no había confesado nada. Había dicho, sin embargo, algo que su propia versión no le permitía saber.
Inés no comentó el desliz hasta que estuvieron de nuevo en el puesto. Pidió a Clara que escribiera de memoria la pregunta y la respuesta exactas, sin consultar sus notas. Después compararon ambas versiones con la grabación de la entrevista.
«¿Sabía que llevaba papeles consigo?»
«No sé qué guardaba en esa carpeta azul.»
No había una palabra añadida ni una duda sobre el color.