La última marea CAPÍTULO 11·Lo que quedó sellado
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CAPÍTULO 11·Lo que quedó sellado

Lo que quedó sellado

La autorización llegó dos días después. Inés llamó a Clara cuando el equipo ya estaba de camino y le dejó claro que su presencia no le daba acceso al interior del perímetro.

—Podrás indicar las referencias del plano si surge alguna duda —dijo—. Después te quedas fuera.

La explanada había cambiado desde la inspección.

Dos vallas cerraban el tramo de pista y una carpa blanca cubría el rectángulo marcado sobre la grava.

El viento movía las paredes laterales con golpes secos.

Dentro trabajaban agentes y técnicos vestidos con monos claros; junto al talud esperaba una excavadora pequeña con el cazo apoyado en el suelo.

Inés comprobó con Clara los tres puntos cartográficos. La marca obtenida por georradar quedaba dentro del margen, desplazada hacia el canal menos de un metro respecto al plano de 2007. Clara explicó de nuevo el cambio de códigos y señaló dónde debía terminar la antigua conducción.

—Ya está —dijo Inés—. A partir de aquí, detrás de la segunda cinta.

Clara obedeció. Desde allí veía la entrada de la carpa y una mesa plegable donde iban colocando bolsas, etiquetas y herramientas limpias.

No veía el punto de excavación. El motor de la máquina arrancó durante unos minutos y se detuvo.

Después sólo oyó órdenes breves, el roce de palas y el golpe irregular de la grava al caer en recipientes.

El primer estrato correspondía a la explanación reciente.

Bajo él apareció un relleno de materiales mezclados: zahorra, fragmentos de ladrillo y trozos de hormigón.

Cada cambio se fotografiaba antes de retirarlo.

Inés entraba y salía de la carpa, consultaba documentos y hablaba por teléfono sin acercarse a Clara.

Al cabo de una hora salió con polvo en las botas.

—Han encontrado la losa superior —dijo.

—¿La cámara?

—Una estructura compatible con la cámara.

Clara asintió. Incluso allí, con el hormigón bajo los pies, Inés mantenía las palabras en su sitio.

La losa no conservaba una tapa practicable.

La habían cubierto con una capa continua de mortero y relleno.

Los técnicos limpiaron el contorno hasta localizar una junta antigua en uno de los lados.

Antes de intervenirla, comprobaron la estabilidad y tomaron muestras de los materiales que sellaban el acceso.

Clara se alejó unos metros para dejar libre el paso.

Desde el borde de la pista se distinguían las balsas, planas bajo la luz de media mañana, y el edificio de servicio donde el reloj había marcado las 00:47.

La distancia hasta D-17 era menor de lo que le había parecido sobre los planos.

A pie, con el terreno seco, se recorría en pocos minutos.

No anotó el tiempo. Aquella medida no demostraba quién había hecho el trayecto ni cuándo.

Un vehículo forense llegó cerca del mediodía. Inés salió a recibirlo y habló con dos especialistas junto a la cinta. Después se acercó a Clara.

—Han abierto un paso suficiente para introducir una cámara —dijo—. Hay un hueco detrás del sellado.

—¿Vacío?

—No completamente. Hay derrumbes y sedimentos. Vamos a ampliar el acceso a mano.

—¿Habéis visto algo?

Inés tardó un instante.

—Nada que pueda comunicarte.

Clara volvió al coche. Podía marcharse, pero no habría sabido qué hacer en la casa mientras allí retiraban, centímetro a centímetro, el material que su padre había señalado sin llegar a verlo. Se sentó con la puerta abierta y la carpeta de planos cerrada sobre las piernas.

El trabajo continuó durante la tarde. Los recipientes salían numerados. Algunos contenían sólo cascotes; otros iban cubiertos antes de trasladarlos a la mesa. Nadie corría. La lentitud, más que cualquier gesto, le indicó a Clara que el lugar había dejado de ser una simple estructura abandonada.

Daniel apareció en la pista poco después de las cuatro. Un agente lo detuvo en la primera valla. Clara lo reconoció desde el coche y se acercó antes de que levantara la voz.

—Me ha llamado alguien del pueblo —dijo él—. Han visto entrar a los forenses.

—No puedes pasar.

—¿Y tú sí?

—Tampoco.

Daniel miró la carpa. Tenía las manos manchadas de grasa, como si hubiera salido del taller sin lavárselas.

—¿Es por Lucía?

Clara no podía decirle que no. Tampoco que sí.

—Están abriendo una conducción que Julián había marcado en sus planos.

—Mi hermana lleva dieciocho años esperando detrás de cada sitio que alguien decide mirar.

La frase no sonó acusatoria. Daniel se apoyó en la valla y dejó de pedir que lo dejaran entrar.

Dentro de la carpa cesaron las herramientas. Un técnico salió, habló con Inés y regresó acompañado por los especialistas que habían llegado al mediodía. La teniente permaneció unos segundos inmóvil. Después dio instrucciones a los agentes de la entrada y se dirigió hacia Clara y Daniel.

No levantó la cinta.

—La intervención queda suspendida hasta ampliar el dispositivo forense —dijo.

Daniel separó las manos de la valla.

—¿Qué han encontrado?

Inés miró primero a él y luego a Clara.

—Restos humanos.

Inés no volvió a llamar hasta la tarde siguiente. Pidió a Clara que acudiera al puesto, pero que esperara fuera de la sala de reuniones. Daniel y Marta estaban dentro con la teniente y una especialista forense.

Clara ocupó una silla del pasillo. Sobre la pared había avisos de tráfico y un cartel nuevo sobre personas desaparecidas. No intentó escuchar. Las voces llegaban amortiguadas, sin palabras distinguibles, y durante casi media hora nadie abrió la puerta.

Marta salió primero. Llevaba el bolso apretado contra el cuerpo y tenía la cara inmóvil, como si todavía no hubiera decidido qué podía permitirse sentir. Daniel caminaba detrás. Al ver a Clara, se detuvo.

—Era ella —dijo.

Marta cerró los ojos un instante.

—Han dicho que es una identificación preliminar.

Inés apareció en la puerta y confirmó con un gesto que podían hablar allí.

Los restos correspondían a una mujer joven y el intervalo de enterramiento era compatible con 2008.

La comparación dental ofrecía varias coincidencias con la ficha que la familia había entregado tras la desaparición.

Faltaba el análisis genético, y nadie utilizaría todavía una identificación definitiva fuera de aquella comunicación reservada.

Entre los sedimentos habían recuperado fragmentos de ropa, restos de calzado de goma y un pendiente pequeño.

El expediente de 2008 describía un par igual al que Lucía llevaba habitualmente.

Marta reconoció el pendiente en las fotografías familiares que le habían mostrado, pero Inés insistió en que ese reconocimiento apoyaba la identificación; no la sustituía.

—Las botas —dijo Daniel—. Dijiste que se había puesto unas botas.

—Aparecen en una fotografía de aquella noche —respondió Clara—. No sabemos si son las mismas.

Marta se sentó a su lado. Dejó un hueco entre ambas y apoyó el bolso en las rodillas.

—Estaban en uno de los coches. Ni siquiera recuerdo de quién eran.

Clara no recordaba que lo hubiera dicho de forma tan directa. Hasta entonces las botas habían servido para corregir un recorrido mal descartado. Ahora eran algo que Marta había visto por última vez en los pies de su amiga.

Daniel siguió de pie.

—Dieciocho años buscando fuera —dijo—. Y estaba allí.

—Sabemos dónde han aparecido los restos —dijo Inés—. Todavía tenemos que establecer cómo llegó Lucía a ese lugar y qué ocurrió antes.

—Alguien la metió y luego lo tapó.

—La conducción fue sellada meses después. La posición de los restos y los estratos indican que ya estaban dentro antes del relleno. Eso sí podemos sostener. Aún no sabemos quién los depositó.

Daniel miró hacia la puerta cerrada de la sala. La respuesta que había reclamado durante años no se parecía a una respuesta completa. Le daba un lugar y eliminaba la fuga voluntaria, pero abría una investigación sobre la muerte de su hermana.

—Quiero que vuelva a casa —dijo.

Inés explicó que la recuperación llevaría tiempo y que después habría diligencias forenses y judiciales. No prometió una fecha. Marta preguntó si podrían enterrarla cuando terminara. La teniente contestó que sí, aunque no inmediatamente.

Clara se levantó para marcharse. No pertenecía a aquella conversación familiar. Daniel la detuvo antes de que llegara al final del pasillo.

—Tu padre la encontró.

—Encontró el sitio.

—Es más de lo que hizo nadie.

Clara pensó en el plano incompleto, en las fechas copiadas por Julián y en el rectángulo de la cámara cruzado en el reverso de una carátula. Su padre había llegado hasta D-17 sin poder comprobar qué había detrás del sellado. Ella no corrigió a Daniel.

Inés la alcanzó en la entrada y le pidió que esperara. Cuando Marta y Daniel salieron juntos hacia la calle, la teniente llevó a Clara a un despacho pequeño.

—Hay algo más que todavía no voy a comunicar fuera de la familia —dijo.

Clara se sentó frente a ella.

La valoración inicial había detectado varias fracturas producidas cuando el hueso aún conservaba elasticidad. No eran consecuencia de la excavación ni podían explicarse por la presión lenta del relleno. La lesión principal afectaba al cráneo; otras, a un brazo y a la zona torácica.

—¿La mataron? —preguntó Clara.

—Las lesiones son compatibles con un impacto fuerte, como una caída desde cierta altura. Falta el estudio completo.

—¿Y después la ocultaron?

—Los restos fueron depositados en la conducción antes de que se sellara. El orden exacto y el intervalo entre ambas cosas requieren más análisis.

Clara recordó la plataforma de mantenimiento de la Casa de Bombas, la caída de Tomás y la facilidad con que una estructura peligrosa ofrecía una explicación inicial. Rechazó la comparación antes de convertirla en patrón. Eran dos lugares, dos fechas y pruebas distintas.

—Una caída puede ser accidental —dijo.

—También puede no serlo. Los huesos no van a decirnos si alguien la empujó.