CAPÍTULO 10·D-17 #2
Eso era lo que podían afirmar.
Inés tomó su cuaderno.
—Dame la ubicación con márgenes de error.
Clara calcó la cuadrícula y los tres puntos de referencia.
Mientras lo hacía, miró la línea breve que terminaba en la cámara.
Durante años, D-17 había sido sólo una anotación repetida entre los papeles de su padre.
Ahora designaba una conducción que existía en 2008 y que los planos dejaron de mostrar después de las obras de 2009.
Inés no aceptó la localización hasta que Clara pudo repetir el cálculo sin usar ninguna marca de Julián. Le pidió las coordenadas, los tres puntos fijos y el margen de error. Después fotografió el calco y guardó las copias oficiales en el tubo.
—¿Vamos a verlo? —preguntó Clara.
—Voy a comprobar si el lugar existe. Tú vas a enseñarme cómo has llegado hasta él.
Regresaron a las salinas al final de la tarde.
Desde la pista norte, la zona calculada parecía una explanada de grava endurecida entre dos balsas fuera de uso.
No quedaban tapas, arquetas ni indicaciones de la red antigua.
Una línea de carrizos bordeaba el canal secundario; al otro lado, el terreno descendía hacia la marisma.
Clara utilizó la esquina del edificio de servicio como primera referencia. La compuerta seguía en su sitio, aunque habían sustituido el mecanismo. El vértice de parcela no era visible sobre el terreno, y tuvieron que localizar el mojón de hormigón medio oculto por vegetación seca.
Midió las distancias con el equipo que llevaba Inés. Repitió la operación desde la compuerta y obtuvo dos puntos separados por algo menos de tres metros.
—Ahí está el margen —dijo.
Inés marcó ambos extremos con pintura removible. La franja atravesaba la explanada en diagonal y terminaba cerca de un talud bajo. Clara comparó el lugar con la copia reducida del plano antiguo. Debajo de sus pies debería continuar el drenaje. La cámara habría quedado a pocos metros del borde.
No había nada que abrir.
Inés recorrió la zona sin salirse de la franja y tomó fotografías generales. Se agachó junto a una depresión apenas visible en la grava, pero no la tocó.
—Una obra de 2009, una referencia de tu padre y una conducción que ya no figura —dijo—. Esto no me autoriza a levantar media explanada.
—Tomás inventó un recorrido para Lucía.
—Y eso permite revisar el caso. No convierte cada sitio que miró Julián en una escena.
Clara cerró el plano. La respuesta le molestó menos de lo que habría esperado. Era la misma cautela que había aplicado sobre la mesa: un dibujo no demostraba el estado actual del terreno. Tampoco demostraba que la mentira de Tomás terminara allí.
Inés llamó desde el coche. Dio las signaturas de los documentos, explicó la divergencia entre planos y pidió una comprobación no invasiva de la red enterrada. No habló de excavar. Al colgar, indicó a Clara que tendrían que esperar.
La espera duró hasta la mañana siguiente.
Cuando Clara volvió, dos agentes habían cerrado el acceso inmediato con cinta y un equipo técnico trabajaba dentro del perímetro.
No había maquinaria pesada. Un operario empujaba despacio un dispositivo de ruedas sobre líneas paralelas marcadas en el suelo; otro registraba las pasadas en una pantalla protegida del sol.
Inés le hizo señas para que permaneciera fuera.
—Georradar —dijo al acercarse—. Primero comprobamos si el plano coincide con algo que siga bajo tierra.
—¿Y si coincide?
—Documentamos. Luego decido qué puedo pedir.
Clara observó cómo repetían la cuadrícula en sentido transversal. Las primeras pasadas localizaron dos servicios modernos que no figuraban en la lámina de 2007. Más cerca del talud apareció una traza estrecha y continua. Coincidía con el eje del drenaje dentro del margen calculado.
El técnico no ofreció una interpretación inmediata. Corrigió la posición, repitió dos líneas y cambió la orientación del aparato. Inés le pidió que explicara sólo lo que pudiera sostener.
La traza correspondía a una estructura enterrada. Su anchura era compatible con la conducción del plano antiguo, aunque el método no permitía identificar materiales con certeza. En el extremo norte, donde debería haber estado la cámara, la respuesta del subsuelo cambiaba.
—¿Está rellena? —preguntó Clara.
El técnico miró a Inés antes de responder.
—Hay zonas compactadas. Y una discontinuidad.
Amplió la imagen en la pantalla. Clara sólo distinguió bandas de colores y curvas.
El hombre señaló el límite de una masa de relleno que no ocupaba todo el volumen representado por la antigua cámara.
Detrás o debajo quedaba una respuesta irregular, menos densa, que podía corresponder a un hueco parcial.
También podía deberse a un hundimiento, a materiales mezclados o a una ejecución distinta de la proyectada.
Inés hizo que lo repitiera para la grabación. No permitió que usara la palabra cámara sin añadir compatible con .
Después pidió una segunda comprobación desde el borde del talud. El resultado desplazó unos centímetros el contorno, pero mantuvo la misma zona de discontinuidad.
Clara volvió a mirar el plano de fin de obra. Allí no había más que una superficie limpia, sin conducto ni registro. En el anterior, la línea acababa justo bajo la marca que ahora habían trazado sobre la grava.
—Julián no llegó a comprobarlo —dijo.
Inés guardó silencio mientras el equipo terminaba de fijar coordenadas. Luego se apartó con Clara hasta el coche.
—A partir de aquí no entramos con una pala —dijo—. Hace falta autorización, un equipo de excavación y preservar todo lo que aparezca, aunque sólo sea escombro de obra.
—Pero vas a pedirlo.
—Voy a pedir una apertura técnica limitada.
Clara dejó el plano dentro de la funda. Sobre la explanada, los operarios habían terminado de dibujar un rectángulo alrededor de la anomalía.
No sabían qué producía aquella respuesta ni si guardaba relación con Lucía.
Sabían que la conducción seguía allí, al menos en parte, y que el relleno previsto no explicaba por completo el espacio detectado en su extremo.