CAPÍTULO 9·La marea #2
—Por eso he usado el margen más favorable. Para que la calzada quedara libre, la desviación tendría que superar la diferencia entre el nivel mínimo y la cota más alta del tramo durante toda la ventana.
—¿Y la superaba?
—No con las observaciones conservadas de esa jornada.
Entre las copias de Julián había un registro de nivel tomado en la estación próxima durante la tarde y la madrugada.
Clara aún no lo había incorporado porque la hora de una de las lecturas estaba corregida a mano.
Inés localizó la versión depositada en el archivo del organismo responsable.
La corrección también figuraba allí y el valor confirmado se mantenía próximo a la previsión.
No era una reconstrucción basada en la marea que tenían delante ni en el estado actual de un camino. Eran una tabla histórica, un registro de aquella jornada y la cota anterior a 2009.
Clara colocó el perfil junto a la pantalla.
Durante los cuarenta minutos que Julián había delimitado, incluso el cálculo más prudente situaba el agua por encima del firme.
No podía establecer la profundidad exacta en cada punto ni descartar que alguien entrara en el agua.
Sí podía descartar que Lucía se alejara a pie por aquella calzada como por un camino transitable.
Inés guardó una copia de los documentos y fotografió el tramo desde el acceso.
—Esto irá al expediente nuevo con sus márgenes —dijo—. Sin convertir una tabla en una escena que nadie vio.
Clara miró la calzada mientras el agua seguía retirándose de sus bordes. A la hora declarada por Tomás, aquel firme estaba bajo el agua.
Marta llegó a la casa al anochecer para recoger las fotografías que había prestado a Julián. Clara las había guardado en el sobre original, separadas de las copias de trabajo. Se lo entregó en la cocina, pero no retiró la mano enseguida.
—He comprobado la declaración de Tomás.
Marta dejó el sobre sobre la mesa.
—¿Con quién?
—Con Inés. Hemos usado las tablas históricas y los perfiles de la calzada.
La llevó al cuarto de trabajo. Sobre el tablero seguían la ventana temporal, el plano y las copias que Inés había autorizado a conservar. Clara no le enseñó el expediente nuevo ni habló de conclusiones policiales. Señaló la afirmación de 2008 y después los límites del cálculo.
—Entre la una y veinte y las dos, la calzada este estaba cubierta por el agua.
Marta leyó la frase de su hermano.
—Las mareas previstas no siempre coinciden con las reales.
—Hay un registro de nivel de aquella jornada. También hemos comprobado la cota que tenía el firme en 2008.
—Pudo equivocarse de hora.
—Las versiones que dio a lo largo de los años abarcan toda esa franja.
—Entonces se equivocó de camino.
Clara apartó el plano. No necesitaba defender la conclusión de Julián; sólo mantener a la vista lo que los documentos permitían.
—Puede haberse equivocado en una palabra. En una hora. Incluso confundir un punto de las salinas con otro. Pero afirmó que vio a Lucía marcharse sola por la calzada este. Esa escena no pudo ocurrir como la contó.
Marta se sentó en el taburete. Conservó el abrigo puesto y el bolso cruzado, como si aún pudiera convertir la visita en una recogida rápida.
—Tomás conocía esas salinas mejor que yo —dijo—. Iba con Álvaro desde que eran críos. Sabía qué caminos desaparecían con la pleamar.
—Eso reduce la posibilidad de un error.
—No la elimina.
—No.
Clara dejó que la negativa permaneciera entre ambas.
Podía demostrar que el relato era falso.
La intención exigía reunir también la nota perdida, las variaciones posteriores, el miedo a los papeles de Julián y sus intentos de evitarlo.
Ninguna pieza bastaba sola. Juntas hacían difícil sostener que Tomás había confundido por casualidad la única escena que empujó el caso hacia una marcha voluntaria.
Marta volvió a leer la declaración.
—Si no la vio irse, ¿por qué dijo que sí?
—No lo sé.
—Llevas días diciéndome lo que no sabes.
—Porque sigue siendo verdad.
Marta cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, miró las fotografías dentro del sobre, no la página de Tomás.
—El verano pasado empezó a despertarse de madrugada —dijo—. Bajaba a la cocina y se quedaba sentado sin encender la luz. Le pregunté si tenía problemas de dinero. Se enfadó tanto que pensé que había acertado.
—¿Te habló de Lucía?
—Nunca. Pero cuando Julián empezó a llamar, dejó de decir que aquello estaba superado. Sólo repetía que removerlo no iba a devolverla.
No era una confesión transmitida a su hermana. Era el recuerdo de una culpa que Marta apenas empezaba a nombrar.
—Tomás podía mentir para protegerse —dijo Clara—. O para proteger a otra persona. La marea no permite distinguirlo.
—Pero mintió.
Clara asintió.
—¿Inés piensa lo mismo?
—Ha visto los cálculos. Puede sostener que el recorrido era imposible. Lo demás tendrá que apoyarse en más cosas.
—Siempre hay una forma de decirlo sin decirlo.
—Hay una forma de no atribuir a una prueba más de lo que demuestra.
Marta apartó la vista. Clara comprendió que la precisión sonaba cruel cuando el margen protegía a alguien querido. Para Marta no había diferencia cómoda entre una declaración imposible y una mentira deliberada: en ambos casos, la voz que había orientado las búsquedas era la de su hermano.
Marta dobló la copia por el lugar donde ya estaba plegada. El gesto no tenía fuerza, sólo cuidado.
—Cuando te dije que le daban miedo los papeles de tu padre, quería creer que temía una acusación falsa. Algo que pudiera explicarse. —Dejó la página sobre el tablero—. Si inventó que Lucía se marchó, cargó con eso todos estos años.
—Sí.
—Y la dejó a ella cargando con la fuga.
La frase cambió el silencio. Durante dieciocho años, la versión de Tomás había obligado a interpretar cada ausencia de Lucía como una decisión: no llamar, no volver, no explicar. Daniel había rechazado esa historia. Marta había aprendido a vivir alrededor de ella.
Clara sacó la tarjeta de Julián. La colocó junto a la declaración.
«No desapareció. Ya sé quién mintió.»
Hasta entonces había tratado las dos frases como una conclusión sin fuente.
Ahora entendía el camino que había seguido su padre.
No afirmaba que supiera todo lo ocurrido después de la fotografía.
Había demostrado algo más estrecho: Lucía no abandonó las salinas por el recorrido que sostuvo la teoría de la fuga, y Tomás había fabricado el avistamiento.
Marta tocó el nombre de su hermano en la copia.
—No sé si quiero saber qué estaba protegiendo.
—Yo sí.
No sonó a promesa. Clara había dejado de buscar una explicación que limpiara todas las conductas. Samuel había mentido por vergüenza. Julián había muerto porque su corazón falló. La mentira de Tomás pertenecía a otra cosa y tenía consecuencias que seguían abiertas.
Marta guardó las fotografías y se marchó con la copia de la declaración dentro del sobre. Clara anotó la entrega para no confundir después originales y duplicados.
Volvió a las remisiones de Julián. La comprobación de la marea terminaba en una referencia cruzada que no había seguido.
La encontró en la caja de 2009: una carpetilla con un plano técnico al que le faltaban la leyenda y el borde derecho.
Varias conducciones quedaban cortadas por la ausencia de esa parte.
Julián había escrito en el margen, junto a una de ellas: «D-17».