La última marea CAPÍTULO 9·La marea
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CAPÍTULO 9·La marea

La marea

La declaración de Tomás ocupaba cinco páginas. Clara empezó por copiar únicamente los verbos: llegó, bebió, habló, se apartó, volvió, vio. Después añadió al margen los lugares que él mismo había mencionado. La mayor parte de las horas aparecían precedidas por «sobre», «hacia» o «no mucho después».

El documento no describía una noche; la comprimía hasta que parecía ordenada.

Tomás había situado al grupo junto al edificio de servicio antes de medianoche. Más adelante decía que algunos se alejaron por los caminos próximos y regresaron varias veces. No asignaba una hora a esos movimientos. Tampoco mencionaba la fotografía ni explicaba dónde estaba él cuando se hizo.

Clara escribió «00:47» en una hoja nueva y dejó debajo una franja vacía.

La afirmación principal aparecía en la cuarta página. Tomás declaró que, sobre la una y cuarenta, vio a Lucía alejarse sola y a pie por la calzada este. La llamó una vez, pero ella no se detuvo. Pensó que quería volver al pueblo o que alguien la recogería al final del camino.

Clara leyó el párrafo dos veces. Hasta entonces conocía la versión resumida: Tomás dijo que la vio marcharse. En la declaración completa había un lugar, un modo de desplazamiento y una hora aproximada. Aquella frase había permitido transformar una ausencia en una dirección.

Buscó la referencia a la nota perdida de Samuel.

El índice remitía desde el párrafo a un apunte inicial que ya no existía.

La declaración formal se había redactado después y el resumen reconstruido años más tarde repetía su contenido.

Tres menciones daban la impresión de tres apoyos, pero todas dependían de la misma voz.

Clara trazó una llave alrededor de ellas y escribió: «una sola fuente: Tomás».

Preparó una tabla con cuatro columnas: momento declarado, lugar, acción observada y documento que la recogía.

En la última columna repitió el mismo nombre hasta que la apariencia de abundancia desapareció.

Dejó vacía una quinta columna para corroboraciones externas.

La fotografía no confirmaba el avistamiento; el plano sólo acreditaba que la calzada existía; los resúmenes dependían del relato que pretendían respaldar.

Al terminar, aquella columna seguía en blanco.

También separó la falsedad posible de la intención.

Una persona podía equivocarse al recordar una hora, confundir una bifurcación o reconocer mal una figura a distancia.

Antes de escribir «mintió» tendría que comprobar si el mundo físico admitía alguna versión razonable de lo que Tomás había contado.

Entre los papeles de Julián encontró dos copias más.

Una procedía de una ampliación de la declaración realizada durante las primeras búsquedas.

Tomás no había rectificado el lugar, pero allí situaba el avistamiento «pasada la una y media».

En una entrevista de prensa de años después hablaba de «cerca de las dos».

El periodista había convertido la calzada en «el camino de salida», como si no hubiera otros accesos a las salinas.

Clara colocó las tres versiones en paralelo.

No podía elegir la hora que mejor encajara con la hipótesis de Julián.

La declaración formal ofrecía la referencia más próxima a los hechos, pero procedía de la nota desaparecida y había sido redactada cuando Tomás ya sabía que Lucía no había vuelto.

Las versiones posteriores estaban contaminadas por años de repetición.

Aun así, las tres conservaban lo esencial: él afirmaba haberla visto sola en la calzada este durante la misma franja.

Anotó primero 01:40. Después lo encerró entre dos límites: 01:30 y 02:00. Era una ventana amplia, incapaz de distinguir diez minutos, pero suficiente para comprobar condiciones físicas que no cambiaran de golpe.

Volvió a la cronología del grupo. La fotografía fijaba a los seis ante el edificio cuando el reloj marcaba las 00:47, con la reserva de que el aparato pudiera estar desajustado.

Irene situaba después la petición de Lucía a Álvaro y se marchaba sin precisar cuánto más tarde.

Ninguno de esos datos confirmaba la escena descrita por Tomás.

Tampoco la contradecía por sí solo.

Clara sacó el plano general. La calzada este unía el entorno del edificio de servicio con una salida secundaria.

La copia no indicaba cotas ni estado del firme en 2008.

En el resumen operativo, la ruta aparecía como una de las posibilidades que habían ganado peso por el testimonio y por la idea de que Lucía quiso marcharse voluntariamente.

Julián había añadido signos de interrogación en dos márgenes, pero no sobre la frase de Tomás. Sus marcas remitían a otra carpeta y a la lista de comprobaciones donde Clara había encontrado «consultar tablas de mareas».

Abrió las libretas negras. Las primeras anotaciones de su padre reproducían la hora formal sin comentarla.

Semanas después, al comparar otras versiones, había ampliado el intervalo.

Clara siguió las fechas de cada apunte y vio cómo Julián corregía su propia precisión: primero 01:40; luego 01:35–01:50; por último, una franja de veinte minutos a cada lado.

No había escogido la versión más útil. Había intentado que la comprobación sobreviviera a todas.

Clara sustituyó su intervalo por el de Julián: 01:20–02:00. Si una condición sólo invalidaba el recorrido a la una y cuarenta exactas, no bastaría. Tendría que mantenerse durante los cuarenta minutos.

En la última libreta, Julián había trazado un recuadro alrededor de esa ventana. Debajo escribió «calzada este» y una referencia a una carpeta que Clara aún no había abierto. La línea estaba subrayada dos veces, con regla:

«01:20–02:00».

La carpeta señalada por Julián contenía una tabla de mareas impresa, dos perfiles topográficos y una hoja de cálculos.

Clara reconoció el encabezamiento del servicio hidrográfico y la fecha de la desaparición de Lucía, pero no dio por bueno el conjunto.

Una copia guardada en una caja no acreditaba su origen ni que las cotas de los planos usaran la misma referencia.

Fotografió las páginas y llamó a Inés.

Dos horas después se encontraron junto al acceso autorizado a las salinas.

La teniente llevaba en la tableta una tabla histórica obtenida del archivo oficial.

Coincidía con la de Julián en las horas y alturas previstas.

Clara había llevado los dos perfiles dentro de una carpeta rígida, además del plano general anterior a las obras de 2009.

—Podíamos haber hecho esto en una mesa —dijo Inés.

—La calzada que vemos ahora puede no ser la que describen estos planos.

Inés miró hacia el camino bajo y recto que atravesaba las balsas.

—Y venir no convierte en antiguo lo que sigue en pie.

—No. Pero permite comprobar los puntos de referencia.

La marea estaba bajando. El agua se retiraba de los bordes de la calzada este y dejaba una película oscura sobre el firme.

Desde el acceso, el trazado parecía una salida sencilla hacia el límite de las salinas.

A ambos lados, los canales rompían el terreno en franjas estrechas.

Caminar por allí durante la bajamar no exigía más que mirar dónde se pisaba.

Clara abrió el primer perfil. Era anterior a la desaparición y mostraba la cota de la calzada en varios puntos.

El segundo pertenecía a un levantamiento posterior.

Comparó los cruces con los canales, la distancia al edificio de servicio y dos pequeños ensanchamientos del trazado.

Las medidas no eran idénticas, pero las diferencias quedaban dentro del margen esperable entre levantamientos distintos.

Las certificaciones de 2009 tampoco incluían una elevación de aquella calzada.

—La zona cambió —dijo Clara—. Este recorrido concreto, no de forma relevante.

—¿Puedes sostenerlo?

Clara señaló las cotas y las referencias fijas representadas en ambos documentos.

—Puedo sostener que no hay constancia de que se elevara. Y que los perfiles sitúan el firme a la misma altura dentro de su tolerancia.

No era lo mismo que asegurar que ninguna piedra se hubiera movido en dieciocho años. Para la comprobación bastaba con no atribuir al pasado una obra que sólo existiera en el presente.

Regresaron al coche. Inés apoyó la tableta sobre el capó y amplió la tabla oficial. La pleamar prevista se producía dentro de la ventana delimitada por Julián. Las columnas expresaban alturas respecto al cero hidrográfico; el plano municipal utilizaba una referencia altimétrica distinta.

Ahí podía romperse toda la comparación.

Julián había guardado una hoja con la equivalencia entre ambas referencias, pero era un cálculo suyo.

Clara buscó el origen de la cifra. En el margen figuraba un número de expediente que remitía a uno de los perfiles.

La leyenda incluía la cota de un punto de control y, junto a ella, su correspondencia hidrográfica.

—No inventó la conversión —dijo.

Inés comprobó la leyenda y después la tabla.

—Hazlo sin sus números.

Clara repitió la operación en una página en blanco.

Tomó la altura más elevada de la calzada dentro del tramo que Tomás decía haber visto recorrer a Lucía.

Eligió después el valor más bajo compatible con las correcciones indicadas en la tabla.

No usó el cálculo central de Julián, sino los extremos que más favorecían la posibilidad de paso.

A la 01:20, el nivel previsto ya superaba el firme. La pleamar quedaba dentro de los minutos siguientes y, a las 02:00, el agua aún no había descendido por debajo de la cota de la calzada.

Clara revisó las unidades. Metros, no centímetros. Hora oficial, con la corrección horaria indicada para aquel mes. Inés volvió a calcular la primera y la última columna en la tableta.

—Esto es una predicción —dijo—. No una medición de aquella noche.

—Sí.

—El viento y la presión pueden alterar el nivel real.