CAPÍTULO 8·El expediente #2
El primero enumeraba fechas. El segundo parecía una relación de comprobaciones pendientes. Algunas llevaban una marca; otras, una línea oblicua que Clara no sabía si significaba revisado o descartado.
Al final de la página, junto a «T. V. — hora», Julián había añadido tres palabras: «consultar tablas de mareas».
No figuraba ningún resultado.
Irene pidió que no se vieran en la empresa ni en casa de su hermano. Eligió el extremo del paseo marítimo, donde los bancos daban al estero y a esa hora apenas quedaban corredores. Cuando Clara llegó, ella estaba apoyada en la barandilla con una carpeta fina bajo el brazo.
—No he traído documentos —dijo Irene—. Es del colegio. He salido directamente de allí.
Clara había llevado una copia de la fotografía y la libreta pequeña. No sacó ninguna de las dos.
Caminaron hacia la escollera. La marea baja había dejado franjas de barro brillante entre los caños y un olor vegetal que el viento empujaba hacia las primeras casas. Irene mantuvo el paso hasta que perdieron de vista la terraza más cercana.
—En tu mensaje decías que querías completar lo que le conté a Julián.
—No llegaste a contarle nada.
—Por eso.
Irene se sentó en el muro. Dejó la carpeta a su lado y alineó sus bordes con la junta de dos losas.
—Tu padre me preguntó por lo que pasó después de la fotografía. No por toda la noche. Por los minutos siguientes.
—¿Por qué?
—No me lo explicó. O no quiso hacerlo por teléfono.
Clara esperó. Las aves removían el limo al otro lado del canal, demasiado lejos para distinguir sus patas.
—Cuando me enseñaste la ampliación en la oficina —continuó Irene—, pensé que sólo tenías la hora y la declaración de Álvaro. Luego vi que Julián había estado preguntando a todos. Y después murió Tomás.
—Nada de eso cambia lo que recuerdes.
—Sí cambia la confianza que tengo en el recuerdo.
Había vuelto muchas veces a aquella noche.
Al principio, porque la Guardia Civil repetía las preguntas.
Más tarde, porque Daniel insistía en que alguien callaba.
Con los años había oído versiones en el pueblo, había leído noticias y había escuchado a Álvaro contar la suya.
Ya no sabía qué imágenes procedían de la noche y cuáles se habían formado al repetirla.
—Eso no significa que todo sea falso —dijo Clara.
—Tampoco que sea exacto.
—Dime sólo lo que puedas separar.
Irene miró hacia el agua.
—Después de la foto, Lucía llamó a Álvaro. No recuerdo las palabras exactas. Creo que le dijo que necesitaba hablar con él, pero esa frase puedo haberla completado después. Lo que sí recuerdo es que quería hacerlo a solas.
Clara abrió la libreta.
—¿Cómo lo sabes si no recuerdas la frase?
—Porque se apartaron. Lucía señaló hacia un lado y Álvaro fue con ella. Se alejaron del resto, no mucho, pero lo suficiente para que nadie estuviera dentro de la conversación.
—¿Los oíste discutir?
—No.
—¿Viste algún gesto, algo que indicara enfado?
—No voy a darte eso. Lucía estaba seria. También podía estar cansada o molesta por cualquier tontería. No lo sé.
Clara anotó únicamente: «Lucía pide hablar a solas con Álvaro. Se apartan». Debajo añadió: «Irene no oye contenido ni discusión».
—¿Cuánto tiempo estuvieron separados?
—No puedo medirlo. Yo me marché poco después.
—¿Los dejaste juntos?
Irene se frotó una mancha en la cubierta de la carpeta.
—Los perdí de vista antes de irme. No sé quién volvió primero ni si siguieron hablando. Eso es todo.
No lo era. Clara cerró la libreta, sin guardarla.
—¿Por qué no se lo dijiste a Julián?
—Porque es mi hermano.
La respuesta salió sin rodeos. Irene levantó la barbilla, como si esperara que Clara la juzgara antes de continuar.
En 2008, apartarse para hablar no le había parecido un hecho relacionado con una desaparición.
Cuando empezaron las búsquedas, cada recuerdo adquirió un peso distinto.
Álvaro ya había dado su declaración y la familia estaba deshecha.
Irene temió que contar un intercambio del que no conocía el contenido sirviera para señalarlo sin aclarar nada.
—¿La policía te preguntó si Lucía habló con él a solas?
—Me preguntaron con quién estaba, si parecía querer marcharse, si había discutido. Dije que no había visto ninguna discusión. Era verdad.
—Pero no hablaste de esto.
—No.
Después, la hora de salida que Álvaro había dado quedó fijada en los resúmenes.
Irene recordaba que seguía allí cuando hicieron la foto, aunque nunca había pensado en el reloj del fondo.
Se dijo que la hora de la declaración sería aproximada.
También se dijo que quizá Lucía sólo le pidió un cigarrillo, un favor o que dejara de molestar a alguien.
Cada explicación hacía más fácil no volver sobre el momento.
—Tu padre preguntó exactamente por eso —dijo—. Si Lucía se había llevado aparte a alguno de nosotros después de la foto. Le dije que estaba trabajando y que lo llamaría. No lo hice.
—¿Se lo contaste a Álvaro?
—No.
Clara no pudo saber si aquella negativa protegía todavía a su hermano o si, por una vez, Irene había evitado que su recuerdo se adaptara a la versión de él.
—¿Por qué ahora?
—Porque si espero más, acabaré recordando lo que más me convenga. Y porque Julián hizo la pregunta antes de que tú encontraras la hora. Él llegó a ese momento por otro camino.
Clara sacó entonces la copia de la fotografía. Irene no quiso sostenerla. Miró a los seis jóvenes desde el muro, con las manos cerradas sobre la carpeta.
—No sé qué hablaron —repitió—. Ni siquiera sé si importa.
—Eso no te toca decidirlo sola.
El viento levantó una esquina del papel. Clara lo guardó entre las páginas de la libreta y acompañó a Irene hasta el comienzo del paseo. Se separaron sin acordar otra conversación.
De vuelta en la casa, Clara despejó el centro de la mesa de dibujo.
Puso arriba la fotografía, con la reserva escrita sobre el ajuste del reloj.
Debajo añadió el recuerdo de Irene y dejó en blanco el tiempo que no podía precisar.
A un lado colocó la copia de la declaración de Álvaro; al otro, las páginas atribuidas a Tomás y la lista de comprobaciones de Julián.
No intentó completar los huecos. Escribió sólo tres entradas: «00:47, fotografía»; «después, Lucía aparta a Álvaro»; «Irene se marcha».
Luego abrió la declaración de Tomás por la primera página y empezó a dividirla en horas, lugares y trayectos.