La última marea CAPÍTULO 8·El expediente
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CAPÍTULO 8·El expediente

El expediente

Samuel volvió a la mañana siguiente. Llegó cinco minutos antes que Inés y esperó de pie en la entrada, con las gafas guardadas en el bolsillo de la camisa.

Clara había dejado la hoja de trabajo sobre la mesa del cuarto, tal como estaba.

Desde el pasillo se veía su nombre y, a la derecha, la frase que había escrito después de que él se marchara.

Samuel también la vio.

—Puedes tachar eso —dijo.

Clara no se movió para hacerlo.

Inés entró detrás de él con una carpeta azul. No se quitó la chaqueta ni aceptó café. Ocupó la silla junto a la mesa de dibujo y esperó a que Samuel eligiera dónde sentarse. Él acabó en el taburete de Julián, demasiado bajo para su cuerpo ancho.

—Anoche me llamó —explicó Inés—. Quiere aclarar cómo se formaron algunas páginas del expediente.

Samuel se pasó el pulgar por la marca más clara que le habían dejado las gafas en el puente de la nariz.

—No quiero que pongas palabras limpias donde no las hay.

—Entonces póngalas usted —dijo Clara.

Inés abrió la carpeta. Llevaba copias del índice, del folio 15 y de otras dos hojas con tipografías distintas. Había marcado a lápiz las fechas de incorporación. Una de ellas era muy posterior a 2008.

Samuel miró los papeles sin tocarlos.

—La primera semana fue un desastre. Teníamos gente entrando y saliendo, llamadas de toda la provincia, voluntarios que venían con nombres, matrículas, cualquier cosa que hubieran oído. Se apuntaba donde se podía hasta pasarlo a limpio.

—¿En hojas sueltas? —preguntó Inés.

—En hojas sueltas, cuadernos, formularios. Yo llevaba una libreta pequeña. El procedimiento no era ése, ya lo sé.

No sonaba a justificación. Lo dijo con el cansancio de quien había repetido la misma defensa a solas durante años y ya no conseguía mejorarla.

Unos días después de que disminuyeran las batidas, Samuel había descubierto que faltaba parte de sus notas.

Buscó en el coche, en la oficina provisional y entre las cajas donde se acumulaban los avisos descartados.

No informó de la pérdida. Pensó que podría reconstruirlas con las declaraciones posteriores y con lo que recordaba.

—¿Cuántas? —preguntó Clara.

—No lo sé.

—Eso sí que no se puede reconstruir.

Samuel alzó la vista hacia ella.

—No.

La respuesta, sin defensa, la dejó sin el alivio que esperaba de su confesión.

Inés señaló el folio 15.

—Esta página no se hizo durante la primera semana.

—No.

—¿Cuándo?

—Años después. Hubo una revisión interna del archivo.

Faltaban números, algunas copias no estaban donde decía el índice y había documentos sin incorporar.

Yo ya no llevaba el caso, pero fui quien conocía el material.

Compuse una relación nueva con las copias que quedaban y con las declaraciones formalizadas.

Clara miró la frase sobre las sandalias. Samuel había elegido una versión y la había presentado como si siempre hubiera estado allí.

—También cambió la numeración.

—La hice seguida.

—La hizo parecer original.

Samuel apoyó las manos en las rodillas.

—La hice parecer un expediente que no se hubiera llevado mal desde el principio. Eso fue lo que hice.

Confesarlo parecía costarle más que las acusaciones del día anterior. Entonces había levantado la voz y defendido el trabajo de todos. Ahora hablaba despacio, pendiente de cada término que Inés pudiera trasladar a un informe.

—¿Recibió algo a cambio? —preguntó ella.

—No.

—¿Alguien le pidió que alterara esas páginas?

—No.

—¿Quería beneficiar a alguna de las personas mencionadas?

Samuel tardó en contestar, pero no miró hacia la puerta.

—Quería que nadie viera que yo había perdido material de una investigación importante.

Había aspirado a dirigir el puesto. Si aquello salía, se acababa.

Luego pasaron los años y reconocerlo significaba admitir que una parte del expediente que todos habían consultado se sostenía en mi memoria y en copias de copias.

Inés fue anotando las respuestas. Clara se acercó a la mesa y tachó «Protegió a alguien». La tinta todavía se distinguía bajo la raya.

—La hipótesis de la marcha voluntaria —dijo—. ¿También salió de una reconstrucción?

—No me la inventé. Había declaraciones, avisos de personas que creyeron verla, cosas que la familia contó. Pero al ordenar el expediente dimos más peso a lo que encajaba. Lo demás quedó como ruido.

—Y después su relación lo convirtió en una versión estable.

Samuel asintió.

No había encubierto una respuesta; había hecho que las dudas resultaran menos visibles.

La diferencia importaba, aunque no lo absolvía.

Durante años, cualquier persona que abriera aquellas páginas habría encontrado una secuencia compacta donde en realidad hubo huecos, recuerdos inseguros y papeles extraviados.

La negligencia de Samuel había dado a una explicación discutible el aspecto de una conclusión.

Inés apartó el folio 15.

—Necesito que identifique cada documento reconstruido y la fuente que utilizó, si la recuerda.

—Puedo intentarlo.

—No. Necesito que distinga lo que recuerda de lo que puede demostrar.

Samuel aceptó la corrección con un movimiento breve. Antes de levantarse, pidió ver el índice otra vez. Recorrió los números con la uña y se detuvo en la referencia a las primeras declaraciones.

—Había una nota que busqué más que las demás —dijo—. La tomé yo, antes de que se redactara la declaración formal.

Clara esperó.

—Era la base del testimonio de Tomás.

Inés regresó por la tarde con dos sobres que no pertenecían al expediente de Lucía. Los dejó cerrados sobre la mesa y miró la raya con la que Clara había tachado su hipótesis sobre Samuel.

—Falta otra —dijo.

Clara supo a cuál se refería. Había arrancado la hoja de trabajo del tablero, pero no la había tirado.

La sacó de debajo de las copias y la extendió.

En el margen, separada de los hechos, seguía la posibilidad que no se había atrevido a formular delante de nadie: la muerte de Julián podía haber interrumpido su investigación porque alguien había decidido interrumpirla.

—No es una acusación.

—Ya. Por eso la he comprobado antes de hablar contigo.

Inés abrió el primer sobre. No extrajo los documentos; se limitó a apoyar la mano encima.

Había revisado la asistencia sanitaria, la certificación de la muerte y los antecedentes médicos disponibles de Julián. También había vuelto sobre las observaciones tomadas en la casa y consultado si existió entonces algún indicio que justificara otra actuación.

—La causa registrada fue un episodio cardíaco agudo —dijo—. Es compatible con su historial clínico. No hubo lesiones que apuntaran a una intervención, ni alteración de la casa, ni un hallazgo que quedara sin explicar.

Clara miró el sobre. Conocía la causa escrita en el certificado. La había leído el día del funeral y después había guardado el papel con los demás documentos que debía resolver. Desde que encontró las cajas, aquellas palabras habían empezado a parecerle una conclusión apresurada.

—Una certificación también puede equivocarse.

—Puede. Pero para sostener otra hipótesis necesitamos algo. Un signo físico, una sustancia, una entrada, una contradicción entre los informes. No hay nada de eso.

—Murió cuando estaba cerca de conseguir que Tomás hablara.

—Eso demuestra que murió en ese momento.

Inés no suavizó la frase. Clara agradeció que no lo intentara.

El segundo sobre contenía copias de las diligencias de aquella mañana, cuando Inés había pedido que se revisara si había algún elemento material omitido.

Tampoco lo había. La puerta, los objetos de la casa y la posición en que había sido atendido no ofrecían base para una intervención ajena.

Inés dejó que Clara leyera el resumen por sí misma.

—No puedo afirmar que el momento no beneficiara a nadie —añadió—. Sí puedo decirte que no hay fundamento médico ni material para tratar la muerte de tu padre como un homicidio.

Clara pasó la yema del dedo por el borde del sobre. Si Julián hubiese sido asesinado por lo que sabía, las últimas semanas habrían formado una línea: las llamadas a Tomás, la nota, los documentos removidos, la muerte. Incluso el desorden habría tenido una causa.

En cambio, un corazón se había detenido mientras sobre la mesa quedaban asuntos sin concluir.

—¿Está segura?

—Todo lo que permiten los datos.

Era la clase de respuesta que Clara exigía a los demás y que ahora habría preferido no recibir.

Tomó un lápiz. No borró la hipótesis, porque haberla considerado también formaba parte del trabajo. Escribió al lado: «Sin base. Muerte natural confirmada» y añadió la fecha.

Inés guardó las copias.

—Que Julián muriera por causas naturales no vuelve irrelevante lo que estaba haciendo.

—Sólo lo dejó a medias.

—Y eso también ocurre sin que nadie lo decida.

Cuando se quedó sola, Clara subió al dormitorio.

Abrió el cajón de la cómoda y sacó el estuche de las gafas de su padre.

Seguían dobladas dentro, con una huella opaca en uno de los cristales.

Las había visto el primer día y no las había tocado desde entonces.

Limpió la lente con el paño guardado en el estuche y volvió a dejarlas junto al reloj.

No sintió alivio. La teoría había dado a la muerte de Julián una intención que ahora desaparecía, y con ella una forma de ordenar su enfado.

Su padre no había pagado por acercarse a una verdad.

Había muerto sin saber que Clara abriría las cajas, sin poder elegir una última llamada ni completar la siguiente anotación.

Bajó al cuarto y retiró de la mesa los documentos sobre su muerte. Los guardó con los papeles familiares, no con la investigación de Lucía.

Después volvió al índice de Julián. La confesión de Samuel había dejado una pregunta precisa: qué decía la nota perdida antes de convertirse en la declaración formal de Tomás.

Buscó las referencias a sus iniciales y colocó en orden las hojas correspondientes.

Había intentos de entrevista, una copia incompleta de la declaración y dos listados preparados por Julián.