La última marea CAPÍTULO 7·Una mentira distinta #2
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CAPÍTULO 7·Una mentira distinta #2

Clara recordó el nombre en algunos recortes, siempre junto a voluntarios o avisos de búsqueda. Nunca había aparecido como autor de una declaración importante.

Inés buscó en su ordenador antes de continuar.

El acta de coordinación de la primera semana mencionaba a Samuel como enlace entre la Policía Local, los voluntarios y el equipo que instruía las diligencias.

No significaba que hubiera redactado cada documento.

Sí que las notas, avisos y resúmenes habían pasado por sus manos antes de incorporarse al conjunto.

—El folio central no lleva su rúbrica.

—Ni la de nadie. Puede ser una copia incorporada después, un resumen rehecho o una página extraviada que se volvió a imprimir. Necesito ver el expediente depositado, no sólo lo que conservaba tu padre.

—Julián escribió «sust.?».

—Tu padre también tenía una teoría sobre una mentira que aún no hemos demostrado.

—Las diferencias sí están demostradas.

—Las diferencias, sí. La manipulación y el motivo, no.

Clara miró el espacio limpio de la mesa. Daniel había dejado de encajar en la muerte de Tomás, pero su hostilidad no desaparecía con la coartada. Tampoco la amenaza. Eran hechos verdaderos que pertenecían a una explicación distinta.

Inés copió el nombre de Samuel y el número del bloque documental.

—Voy a solicitar el expediente completo. Tú no le enseñes estas páginas hasta que hable con él.

Clara recogió la carpeta. En el índice, debajo del título del resumen, escribió el nombre de quien había gestionado aquella primera versión de los hechos: Samuel Ortega.

Inés llamó a Clara aquella tarde, cuando ya había regresado a la casa.

—He hablado con Samuel Ortega. Vendrá mañana a ver las copias.

—¿Aquí?

—Aquí está el material con el que podemos comparar. Y prefiero estar delante.

Samuel llegó a las diez acompañado por Inés. Era un hombre ancho, con el pelo completamente blanco y una forma de entrar en el cuarto de trabajo que hacía parecer más pequeño el espacio. Saludó a Clara con un apretón de manos y miró las cajas antes de sentarse.

—Julián guardaba de todo —dijo.

No sonó afectuoso. Tampoco despectivo. Era la constatación de alguien que había discutido más de una vez con aquella costumbre.

Clara había despejado la mesa y colocado los folios 14, 15 y 16 bajo la lámpara. A un lado dejó el índice manuscrito; al otro, la anotación «sust.?» de su padre. No sacó las fotografías.

Inés explicó que buscaban el origen de las copias y pidió a Samuel que identificara el bloque.

Él se puso unas gafas y leyó el título.

—Esto era un resumen de trabajo. No una diligencia.

—¿Lo preparó usted? —preguntó Clara.

—Lo preparábamos entre varios.

—El visto bueno del primer folio es suyo.

—Porque coordinaba a la gente de aquí. Guardia Civil llevaba la investigación; nosotros reuníamos avisos, organizábamos batidas y evitábamos que veinte voluntarios buscaran en el mismo sitio.

Samuel pasó al folio 15. No necesitó compararlo mucho tiempo para advertir la diferencia.

—Esto es otra copia.

—También es otra tipografía —dijo Clara—. Y el número está impreso, no estampado.

—Se hicieron copias durante años. Cada vez que la familia pedía revisar algo, cada vez que llegaba un mando nuevo, cada vez que un periodista prometía encontrar lo que no habíamos encontrado nosotros.

—No pregunto cuándo se fotocopió. Pregunto cuándo se redactó.

Samuel levantó la mirada por encima de las gafas.

—Han pasado dieciocho años.

—La página no figura en la relación de la primera semana.

—Entonces se incorporaría después.

—¿Por quién?

—No lo sé.

Respondió demasiado deprisa para alguien que acababa de ampararse en el tiempo. Inés no intervino. Observaba a Samuel, no las hojas.

Clara señaló el párrafo dedicado al calzado.

—Aquí se descartan varios recorridos porque Lucía llevaba sandalias.

—Las llevaba.

—Al llegar. Después se puso unas botas prestadas.

Samuel volvió a leer el párrafo.

—Eso no estaba en las primeras declaraciones.

—Marta no sabe si lo contó. Hay una fotografía.

—Las fotos aparecen después y todo el mundo recuerda algo nuevo. No podíamos rehacer cada búsqueda cada vez que alguien traía una imagen.

—Esta página sí se rehízo.

Samuel se quitó las gafas.

—Eso lo estás diciendo tú.

—Estoy diciendo que no se redactó con las otras dos y que alguien la numeró para colocarla entre ellas.

—Estás mirando tres fotocopias que tu padre sacó de no sé dónde. Si quieres acusar a alguien de alterar un expediente, empieza por encontrar el expediente.

Inés apoyó una mano sobre la carpeta.

—Ya lo he solicitado. Hasta que llegue, sólo le pregunto si reconoce la página.

Samuel se echó hacia atrás.

—Reconozco el tipo de resumen. No esa hoja concreta.

—¿Conserva notas de aquellos días? —preguntó Inés.

—No.

—¿Cuándo dejó de conservarlas?

—Cuando dejaron de ser útiles.

—¿Quién decidió eso? —preguntó Inés.

—Eran apuntes de coordinación, no pruebas. Teléfonos, matrículas que alguien creía haber visto, zonas ya revisadas. Lo importante se pasaba a los resúmenes.

—¿Y después se destruían?

—No había un protocolo para cada papel que llevaba un voluntario en el bolsillo.

Samuel hablaba ahora con precisión, pero evitaba fechar el momento en que las notas habían desaparecido.

Tampoco distinguía cuáles se habían volcado al expediente y cuáles había considerado inútiles.

Clara volvió al folio central. Sin aquellos apuntes, no existía forma de saber si la frase sobre las sandalias resumía varias observaciones o repetía una sola descripción inicial.

—¿Recuerda haber revisado este bloque cuando se incorporó? —preguntó Inés.

—Revisé cientos de hojas.

—No le he preguntado cuántas.

—Y yo le estoy diciendo por qué no puedo recordar una.

Clara miró el índice manuscrito. Avisos, nombres y recorridos habían pasado por Samuel antes de entrar en el expediente. Si las notas originales ya no existían, la página intermedia podía ser la única versión de una conclusión cuyo origen nadie podía comprobar.

—¿Quién decidió que Lucía se había marchado? —preguntó.

La expresión de Samuel cambió. No mucho: apretó los labios y dobló una patilla de las gafas contra la palma.

—Nadie lo decidió.

—El expediente fue reduciendo las demás posibilidades.

—Porque no encontramos nada. Porque hubo avisos falsos, búsquedas que no llevaron a ninguna parte y una familia que necesitaba una respuesta que no teníamos. No conviertas el trabajo de semanas en una frase de una página.

—Esa frase ayudó a descartar lugares.

—Ayudó a organizar recursos.

—Con una premisa incorrecta.

Samuel se puso en pie.

—Nos equivocamos en muchas cosas. Eso no significa que protegiéramos a nadie.

Clara no había utilizado esa palabra.

Inés se levantó también.

—Nadie ha dicho eso. Aún.

Samuel miró la nota de Julián al lado del índice.

—Tu padre necesitaba que cada fallo escondiera una intención. Así podía seguir buscando.

—Y usted necesita que cada intención parezca un fallo.

El silencio duró hasta que Inés cerró la carpeta. Samuel salió del cuarto sin despedirse de Clara. En el pasillo, su voz bajó al hablar con la teniente; Clara sólo oyó que no pensaba volver para responder por un trabajo de hacía dieciocho años.

Cuando la puerta de la calle se cerró, Clara regresó a la mesa. Samuel había admitido errores en plural, pero no había explicado el folio 15, la numeración ni la desaparición de las notas. Había negado una protección antes de que nadie se la atribuyera.

Julián había insistido con Tomás, seguido las obras y revisado aquellas mismas páginas durante las semanas anteriores a morir.

Clara siempre había colocado ambos hechos en una secuencia inocente: investigó y después murió.

Samuel acababa de obligarla a considerar otra, sin una sola prueba que la sostuviera: que alguien hubiese intervenido porque su padre se acercó demasiado.

En la hoja de trabajo, Clara escribió su nombre bajo las anomalías del expediente. A la derecha no puso «culpable» ni «cómplice». Escribió: «Protegió a alguien», y dejó en blanco el espacio destinado al nombre.