CAPÍTULO 7·Una mentira distinta
Una mentira distinta
Puso delante de ella las dos fotografías de Lucía. En la primera, las sandalias; en la segunda, las botas de agua prestadas. Después ordenó las copias del expediente según la numeración del margen.
La mención inicial al calzado era descriptiva.
Lucía había llegado con vestido claro, bolso pequeño y sandalias de tiras.
El dato reaparecía cuatro páginas más adelante dentro de un resumen de recorridos posibles.
Allí ya no describía cómo había llegado, sino lo que, según el redactor, no habría podido hacer: atravesar varios tramos sin pavimentar, caminar por bordes embarrados o alejarse por la zona de canales.
Clara buscó la fuente de esa conclusión. No había una declaración que afirmase que Lucía conservara las sandalias toda la noche. Tampoco una comprobación de los caminos. El resumen tomaba el calzado de la llegada y lo mantenía fijo hasta el momento de la desaparición.
Colocó la fotografía de las botas sobre la página.
La imagen no demostraba que Lucía hubiera usado ninguno de los recorridos descartados. Demostraba algo más limitado: ya no podían descartarse por las sandalias. Una posibilidad se había convertido en improbable por un dato que había dejado de ser cierto antes de que terminara la reunión.
En la hoja de trabajo, Clara escribió: «Conclusión inválida. No prueba recorrido alternativo».
Sacó después el plano usado en las búsquedas.
El resumen dividía la salida de las salinas entre caminos firmes y pasos que consideraba incompatibles con el calzado.
Clara siguió las marcas sin añadir rutas nuevas.
Los tramos rechazados no conducían todos al mismo lugar: algunos regresaban hacia las balsas, otros terminaban en edificios cerrados y varios quedaban interrumpidos en la copia.
No formaban una explicación alternativa de la desaparición.
Con las botas, la frontera trazada en el resumen dejaba de existir.
Eso no hacía transitables los canales ni abría las construcciones clausuradas.
Sólo obligaba a devolver al plano zonas que alguien había eliminado con una razón equivocada.
Clara señaló esas áreas con lápiz, sin unirlas entre sí.
Prefería conservar cinco posibilidades incompletas antes que fabricar una sola ruta limpia.
El error podía haber nacido de una pregunta mal formulada.
Si a los testigos les habían enseñado la descripción inicial y les habían pedido imaginar hasta dónde llegaría Lucía con aquellas sandalias, las respuestas habrían repetido la misma premisa sin comprobarla.
Después bastaba copiar el resultado en un resumen para que pareciera una observación independiente.
Revisó las páginas anteriores para averiguar quién había dado el salto. El bloque llevaba por título «Resumen operativo. Primera semana» y ocupaba tres folios. El primero enumeraba las batidas realizadas. El segundo contenía los recorridos. El tercero recogía llamadas y avisos pendientes.
No había firma al final. En el índice general, el conjunto aparecía atribuido al equipo local que colaboró en las primeras diligencias. Julián había rodeado esa entrada, pero no añadió un nombre.
Clara leyó el bloque completo. Varias frases del tercer folio remitían a numeraciones que ya no coincidían con el índice.
Una llamada figuraba como comprobada en una página y pendiente en otra.
Podía ser el resultado normal de actualizar un documento de trabajo sin corregir todas las referencias.
También podía indicar que las copias procedían de momentos distintos.
Separó los tres folios y los alineó por el borde superior.
El primero y el tercero conservaban la misma inclinación en el membrete, como si hubieran pasado juntos por una copiadora. Las letras eran estrechas y regulares. Los números de página se habían estampado después, ligeramente hundidos en el margen inferior.
El folio central era distinto.
El texto ocupaba unos milímetros más a la derecha.
Las letras no tenían el mismo ancho y los apartados estaban separados mediante espacios demasiado exactos para proceder de la máquina con la que se habían preparado las otras hojas.
El número de página no era un sello: formaba parte de la impresión.
Clara acercó el folio a la lámpara. Todas las páginas eran fotocopias, así que no podía comparar papel ni tinta originales.
Sí podía comparar la imagen que había quedado reproducida.
En el folio central, el encabezado estaba más limpio que el cuerpo y una línea gris cubría el lugar donde las otras hojas llevaban el sello de registro.
Buscó otra copia del resumen entre las cajas. Encontró la primera página suelta en una carpetilla de prensa y el tercer folio unido a una declaración. Del segundo sólo aparecía el ejemplar que tenía delante.
Consultó las notas de Julián. Una remisión al resumen terminaba en la abreviatura «sust.», seguida de un signo de interrogación.
Clara había visto aquella abreviatura en su trabajo con fondos incompletos: podía significar sustituido, sustitución o, sencillamente, que faltaba una página y alguien había colocado otra en su lugar. Su padre no había decidido cuál.
Volvió al índice del expediente. La secuencia original saltaba del folio 14 al 16. El resumen de recorridos llevaba impreso un 15, pero ese número no constaba en la relación manuscrita de documentos incorporados durante la primera semana.
Clara anotó las dos fechas que aparecían en los folios contiguos. Ambos pertenecían a los días posteriores a la desaparición. El central no llevaba fecha propia.
La conclusión sobre las sandalias no sólo partía de una premisa falsa. Estaba en una página cuya tipografía, numeración y forma de incorporación no coincidían con las del documento que supuestamente completaba.
Clara fotografió los tres folios alineados y envió las imágenes a Inés. No escribió que alguien hubiera manipulado el expediente. Indicó las diferencias y añadió que el folio central no constaba en la relación de la primera semana.
La teniente la llamó diez minutos después.
—¿Tienes los originales?
—Sólo las copias de Julián.
—Tráelas. Estoy en el puesto.
Clara guardó los folios en una carpeta rígida. Antes de salir miró la fotografía de las botas, pero decidió dejarla en la casa. Inés ya conocía la afirmación de Daniel sobre las sandalias; la segunda imagen podía enseñársela después sin sacar de nuevo los originales de Marta.
En las dependencias de la Guardia Civil, Daniel estaba sentado junto a una ventana del pasillo. Se había cambiado la ropa del taller por una camisa oscura, pero aún tenía grasa alrededor de una uña. Al ver a Clara, se puso en pie.
—¿Has encontrado ya por dónde escapó mi hermana?
—He encontrado una conclusión que no se sostiene.
Daniel soltó una risa breve.
—Dieciocho años después. Muy eficiente.
Inés abrió la puerta de un despacho y le pidió que esperara fuera. Daniel no se movió.
—Ya he terminado de esperar.
—Entonces puede marcharse —dijo Inés—. Si necesito ampliar la declaración, lo llamaré.
Daniel miró la carpeta que Clara llevaba pegada al cuerpo.
—No conviertas cada error en una respuesta. A mí me ha costado media vida.
Se fue por el pasillo sin despedirse.
El despacho de Inés tenía una mesa, dos sillas para visitas y un armario cerrado. No había expedientes a la vista. Clara dejó la carpeta delante de ella.
—¿Lo habéis descartado? —preguntó.
—He dicho que puede irse.
Inés revisó las fotografías en el teléfono antes de abrir la carpeta. Comparó los encabezados y acercó el folio 15 a la ventana.
—La copia es distinta. Eso no nos dice por qué.
—La página contiene la razón por la que eliminaron varios recorridos.
—Aunque esa razón sea equivocada, eso no explica por qué la página es distinta.
Clara esperó. Inés cerró la carpeta, pero no se la devolvió todavía.
—La franja médica de la muerte de Tomás coincide con la que estamos reconstruyendo —dijo—. Daniel estaba trabajando en el varadero.
—Eso ya lo dijo él.
—Ahora lo dicen también el registro de entrada, dos tripulantes y una cámara del muelle. Lo llamaron por una avería en el sistema hidráulico de un pesquero. Entró poco después de las diez y no salió hasta pasada la medianoche. La grabación lo muestra a bordo durante la franja relevante.
Inés no le dio los nombres de los tripulantes ni la hora exacta fijada por el informe médico.
Sí explicó que la cámara cubría la pasarela de acceso al barco y que Daniel aparecía entrando y saliendo de cuadro con herramientas.
En los intervalos en que no se lo veía, los dos hombres trabajaban con él dentro de la sala de máquinas.
Ninguno tenía una relación personal conocida con los Ferrer.
—¿Pudo marcharse y volver sin pasar por la cámara?
—Habría tenido que cruzar el agua. La otra salida estaba cerrada por obras y el control del varadero registra su furgoneta dentro todo el tiempo.
Clara asintió. Seguir buscando una rendija no reforzaría la hipótesis; sólo la protegería de la evidencia que acababa de deshacerla.
No era una coartada levantada sobre un recuerdo. Había empezado antes de la muerte y continuado después, sostenida por un trabajo que no podía realizar desde otro lugar.
—Entonces no pudo estar en la Casa de Bombas —dijo Clara.
—No según lo que tenemos.
—Pero amenazó a Tomás.
—Sí. Y por eso había que comprobarlo. Una amenaza verdadera no convierte en falsa una coartada verdadera.
Inés devolvió la carpeta. No parecía satisfecha por haber eliminado un sospechoso ni molesta por perderlo. Había reducido una línea y pasaba a la siguiente.
—¿Quién preparó el resumen? —preguntó.
—El índice lo atribuye al equipo local.
Inés abrió de nuevo el primer folio. En la parte inferior había una rúbrica que Clara había tomado por un visto bueno administrativo.
—Samuel Ortega coordinó las batidas y reunió la información de los primeros días. Era policía local. Este visto es suyo.