CAPÍTULO 6·El papel equivocado
El papel equivocado
Retiró al suelo la caja de fotografías y despejó la mitad derecha de la mesa.
En tres hojas escribió PRENSA, TESTIMONIOS y DOCUMENTACIÓN TÉCNICA.
Añadió una cuarta para las notas de su padre.
No era una clasificación definitiva, pero permitiría separar lo que alguien había dicho de lo que constaba en un plano o en un registro.
Durante la hora siguiente trabajó sin leer más de lo necesario.
Los recortes conservaron sus fechas; las declaraciones, sus números; las observaciones a lápiz de Julián quedaron junto a las libretas negras.
Cuando encontró una referencia incompleta, la anotó en una lista aparte.
Había demasiadas: expedientes reducidos a las tres últimas cifras, planos sin cajetín, copias a las que les faltaba la primera página.
Su padre podía haber entendido aquel sistema mientras lo construía.
Para cualquiera que llegara después, el orden se interrumpía justo donde empezaba a resultar útil.
La documentación técnica llenó pronto dos montones.
Uno reunía planos de las salinas, algunos anteriores al cierre de las explotaciones y otros correspondientes a actuaciones municipales.
El segundo contenía presupuestos, certificaciones y órdenes de trabajo.
Clara reconocía la sucesión aunque muchas hojas fueran simples fotocopias: memoria, mediciones, autorización, ejecución.
Era el esqueleto administrativo de una obra, incompleto y repetido en versiones distintas.
Julián había marcado varios documentos con un punto de lápiz en el margen superior.
No añadió palabras. Clara comprobó que los puntos aparecían también junto a números anotados en uno de los índices.
Buscó las correspondencias y consiguió formar tres grupos.
En el primero había una reparación del camino de acceso.
En el segundo, una limpieza de canales. El tercero reunía actuaciones en el sector norte, pero empezaba por la página siete de un proyecto que no estaba en ninguna caja.
Extendió el plano asociado. La copia había perdido contraste y las líneas de nivel se confundían con manchas grises.
Se distinguían el edificio de servicio, varios caminos y una trama de conducciones antiguas.
En el borde faltaba parte de la leyenda.
Julián había trazado una llave alrededor del sector norte y escrito dos referencias: una completa, con año y número, y otra reducida a cuatro cifras.
Clara consultó la lista que acababa de preparar. La segunda referencia figuraba en una certificación parcial; la primera, en una factura emitida por Rivas y Costa.
La dejó sobre la mesa sin detenerse. El nombre de la empresa ya no era un dato neutro, pero tampoco convertía cada papel suyo en una prueba. Lucía había trabajado allí unos meses. Álvaro dirigía ahora el negocio. Entre ambas cosas mediaban dieciocho años y demasiadas posibilidades.
Siguió ordenando.
En una carpeta de gomas encontró copias de albaranes y partes de maquinaria.
Algunos llevaban fechas de 2009 y 2010. Otros no permitían saber si correspondían a las mismas obras: sólo constaban horas de máquina, metros de tubo o viajes de material.
Clara alineó los números de referencia y descartó dos.
Un tercero coincidía con la factura de Rivas y Costa y con la anotación del plano.
Volvió a cogerla.
Era una fotocopia en blanco y negro, algo torcida.
La fecha de emisión indicaba octubre de 2008.
Debajo constaba una actuación en las salinas, descrita con una fórmula tan general que podía abarcar desde retirar escombros hasta cerrar una conducción.
Faltaba el anexo de mediciones y la firma del responsable municipal se había convertido en una mancha oscura.
Clara leyó el número de expediente, el concepto y el importe. No encontró una anomalía concreta. La fecha encajaba con la carpeta y el formato parecía corriente: logotipo arriba, datos fiscales a la izquierda, cuadro de obra en el centro y, al pie, una banda gris con los códigos de tramitación.
La devolvió al montón. Antes de soltarla, se fijó de nuevo en la banda.
La distribución le resultaba conocida. Había trabajado con documentos parecidos cuando empezó a gestionar encargos para estudios pequeños: el cuadro dividido en cuatro bloques, el código de obra separado del número de expediente, la casilla estrecha destinada al tipo de actuación.
No recordaba haber visto aquel modelo al comienzo de su carrera.
Recordaba, en cambio, las quejas que provocó cuando obligó a cambiar plantillas y programas.
Acercó la hoja a la lámpara. La fotocopia no permitía distinguir si la banda formaba parte del original o había sido añadida en una reproducción posterior. Miró las líneas que atravesaban el sello y los bordes de las casillas. Todo parecía impreso en la misma página.
Buscó otras facturas fechadas en 2008. Encontró dos de proveedores distintos y una segunda de Rivas y Costa.
Las primeras no servían para comparar. La de la empresa tenía un encabezado anterior: menos campos, otra numeración, ningún cuadro central.
Podía tratarse de modelos usados a la vez.
También de una copia rehecha años después.
Clara colocó ambas hojas una junto a otra. La más antigua tenía el desgaste irregular de un impreso rellenado a mano. La factura del sector norte parecía haber salido completa de un programa: datos, fecha y concepto compartían el mismo tipo de letra.
Abrió una libreta limpia y copió los dos números de expediente. Debajo anotó: «Comprobar modelo».
Sólo entonces reparó en la pequeña clave impresa al pie de la banda gris. No era una fecha, pero conocía esa manera de identificar revisiones de formularios. La había buscado muchas veces para decidir qué versión de un documento seguía vigente.
La factura decía octubre de 2008. El modelo al que pertenecía, por su aspecto y por aquella clave, no podía ser de ese año.
Clara no dio por bueno su recuerdo. Había visto demasiadas plantillas convivir durante meses y demasiados programas conservar formatos que ya nadie debía usar. Una banda gris y cuatro casillas no bastaban para fechar un documento.
Empezó por la clave del pie: FC-3. La buscó en los índices de Julián, primero entre las referencias del sector norte y después en las libretas.
No aparecía. Probó con el número completo de la factura.
Encontró dos anotaciones separadas por varias páginas: «falta original» y «ver alta modelo».
La segunda llevaba una flecha hacia el archivador metálico.
Los cajones inferiores estaban llenos de material de trabajo que Clara había dejado para el final: instrucciones de delineación, tablas de escalas, circulares municipales y manuales de programas que hacía años que no podían abrirse en ningún ordenador de la casa.
Julián los había ordenado por materias, no por fechas.
La carpeta de formularios normalizados reunía hojas desde finales de los noventa hasta su jubilación.
Clara la llevó a la mesa.
Había impresos en blanco, comunicaciones internas y listados de códigos.
Algunas circulares avisaban de cambios mínimos: una casilla más para el centro de coste, una nueva forma de consignar el IVA, un desplazamiento del sello para facilitar el escaneado.
Nada que alguien ajeno al trabajo administrativo hubiera tenido motivos para recordar.
Localizó FC-1 y FC-2. El primero era una hoja casi vacía, pensada para rellenarse a máquina. El segundo incorporaba el logotipo de Rivas y Costa y un cuadro sencillo para identificar la obra. Ambos figuraban en documentos de 2008.
FC-3 no estaba entre ellos.
Revisó entonces documentos de otras obras fechados entre diciembre de 2008 y marzo de 2009.
No buscaba el mismo proveedor, sino el modo en que el ayuntamiento había gestionado el cambio.
Las primeras hojas del año nuevo conservaban durante unas semanas sellos y anexos antiguos; después aparecía de golpe el cuadro de cuatro bloques.
En dos expedientes, alguien había escrito a mano «adaptar a nuevo modelo» sobre facturas rechazadas.
La copia del sector norte no llevaba aviso de rechazo ni una segunda fecha.
Tenía un sello de entrada de 2008 colocado sobre la banda gris.
La tinta no podía examinarse en una fotocopia, pero la superposición sí: el sello pertenecía a la misma imagen que el resto de la página.
Si era una reproducción posterior, alguien había reconstruido también la apariencia de haberla presentado aquel año.
Clara anotó esa diferencia sin convertirla en conclusión. Un duplicado podía reproducir un sello del original; una plantilla nueva podía incorporar datos antiguos. Lo único que el papel permitía afirmar por ahora era que la hoja no explicaba su propia historia.
Clara separó las circulares por año. En las de 2009 encontró una referencia a la adaptación del sistema de facturación de proveedores, pero el anexo faltaba.
El texto indicaba que varios modelos nuevos se comunicarían mediante un registro actualizado.
Julián había subrayado «fecha de alta» y añadido al margen un número de carpeta.
La carpeta correspondiente no estaba en el archivador. Tampoco en las cajas grises.
Clara recorrió de nuevo los montones del suelo.
A esas alturas, el cuarto conservaba un orden comprensible sólo desde la silla: cajas de la casa junto a la pared, investigación de Lucía bajo la ventana y documentación técnica alrededor de la mesa.
Revisó las carpetillas que había apartado por no reconocer sus códigos.
En la tercera encontró copias de registros municipales, aunque ninguna llevaba FC-3.