La última marea CAPÍTULO 5·Daniel #2
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CAPÍTULO 5·Daniel #2

Clara no discutió. Caminó hasta el paseo con la ampliación guardada bajo el brazo y volvió a la casa.

En el cuarto de trabajo dejó la carpeta opaca junto a la declaración de Álvaro.

Las dos horas seguían anotadas en la hoja, pero ya no eran lo único que buscaba.

Daniel había convertido unas sandalias en el límite de un recorrido.

Clara necesitaba saber si ese límite procedía del expediente, de un recuerdo familiar o de los dos mezclados con los años.

Revisó el índice de Julián. Bajo «calzado» había tres remisiones.

La primera llevaba a la fotografía del reloj.

La segunda, a una copia del inventario de efectos descritos en 2008: vestido claro, bolso pequeño, sandalias de tiras.

La tercera apuntaba a una carpetilla que no estaba en la caja abierta.

Clara recorrió las etiquetas de las cajas grises. Encontró el número en la siguiente, entre copias de prensa y sobres con nombres. Uno de ellos tenía escrito «M. Vega — fotos».

No contenía documentos oficiales. Había seis fotografías corrientes, impresas en papel brillante, con esquinas redondeadas por el uso.

En la primera, Marta y Lucía comían sentadas sobre el capó de un coche.

En otra, varios vasos de plástico ocupaban el techo mientras alguien, fuera del encuadre, levantaba una bolsa de hielo.

Daniel aparecía de perfil en la tercera, agachado junto a un altavoz.

Clara pasó a la siguiente sin buscar nada concreto.

Lucía estaba sentada en un murete bajo, riéndose con la cabeza vuelta hacia Marta. Llevaba el mismo vestido claro de la fotografía de grupo. En los pies tenía unas botas de goma oscuras, demasiado anchas en los tobillos y con el borde doblado hacia fuera.

Clara volvió a la primera imagen del sobre. Allí las sandalias se veían con claridad: tiras finas, suela plana. Comparó el vestido, el bolso y una pulsera en la muñeca izquierda. Era la misma noche.

En el reverso, Julián había escrito sólo «después» y un número de entrevista.

Clara no encontró esa entrevista entre los papeles próximos. Llamó a Marta.

La farmacia seguía cerrada al público, pero Marta estaba dentro resolviendo pedidos que no podían aplazarse. Le dijo que podía acercarse si no esperaba quedarse mucho tiempo.

Clara llevó las dos fotografías dentro del sobre. Marta le abrió por la puerta lateral y la condujo al espacio de la trastienda donde habían hablado la primera vez. Sobre la mesa había albaranes, cajas sin abrir y una taza de café fría.

—¿Otra vez haciendo preguntas? —dijo Marta.

—Esto no es sobre la muerte de Tomás.

Marta se sentó sin quitarse la bata.

—Todo acaba siendo sobre la muerte de Tomás.

Clara sacó la primera fotografía. Marta la sostuvo y sonrió apenas al ver a Lucía comiendo sobre el coche. El gesto desapareció antes de que pasara a la segunda.

—Eran mías —dijo—. Se las dejé a Julián cuando vino a preguntar.

—¿Las dos son de la noche de las salinas?

—Todas las del sobre. Llevábamos una cámara pequeña. No recuerdo quién hizo cada una.

Clara colocó juntas las imágenes de Lucía.

—Aquí lleva sandalias. Aquí, botas.

Marta tardó un momento en responder. Acercó la segunda fotografía.

—Se cambió.

—¿Cuándo?

—Después de llegar al edificio. Se le metía todo por las tiras y acabó harta. Había unas botas de agua en uno de los coches. Se las dejaron.

—¿Quién?

—No me acuerdo. Cualquiera. Aquello no tenía importancia.

La falta de precisión no sonaba defensiva. Marta observaba las botas como si acabara de descubrir que había conservado un detalle que no recordaba conservar.

—¿Se lo contaste a la policía?

—No lo sé. Nos preguntaron tantas veces las mismas cosas que ya no sé qué dije la primera semana y qué conté después. Supongo que sí.

—En el inventario sólo constan las sandalias.

—Porque llegó con ellas.

—Daniel cree que las llevó toda la noche.

Marta dejó la fotografía sobre la mesa.

—Daniel no estaba pendiente de los pies de Lucía.

—Pero usó el calzado para explicar por dónde no podía haber salido.

—Daniel lleva dieciocho años buscando un punto en el que alguien se equivocó. Si no es Tomás, es quien tomó la declaración. Si no, quien organizó la búsqueda.

—En esto se equivocó él.

Marta negó.

—En esto recuerda una parte. Lucía llegó con sandalias. Eso es verdad.

Clara miró las dos imágenes. La diferencia no convertía en cierta ninguna ruta ni desmentía por sí sola una declaración. Sólo impedía usar el primer calzado como una condición estable durante toda la noche.

—¿Puedo llevármelas para digitalizarlas?

—Ya se las llevó tu padre.

—Siguen siendo tuyas.

Marta pasó un dedo por el borde del sobre.

—Haz una copia y devuélvemelas.

De regreso en la casa, Clara fotografió el anverso y el reverso de las seis imágenes antes de guardar los originales en el sobre. No amplió las botas ni ajustó el contraste. No hacía falta: se veían.

Buscó después la copia del inventario y las páginas del expediente que Julián había asociado al calzado. En un resumen inicial, las sandalias aparecían bajo un epígrafe de circunstancias personales. En una tabla posterior, el mismo dato figuraba junto a recorridos considerados poco probables.

Ninguna de esas páginas mencionaba el cambio de zapatos.

Clara dejó la segunda fotografía sobre la tabla.

Durante años, el expediente había conservado una imagen fija de Lucía: diecinueve años, vestido claro, bolso pequeño, sandalias de tiras.

La primera foto respaldaba esa descripción.

La siguiente demostraba que, al menos en un detalle, había dejado de ser cierta antes de que terminara la noche.

Los testigos podían recordar sólo una parte. El expediente también.