CAPÍTULO 5·Daniel
Daniel
Daniel Ferrer trabajaba en un taller junto al varadero, al otro extremo del paseo. Clara tardó menos de diez minutos en llegar desde la terraza.
La puerta estaba abierta. Dentro olía a metal caliente, gasóleo y pintura marina.
Sobre dos caballetes descansaba el eje de una embarcación, limpio en un extremo y cubierto de grasa en el otro.
Daniel se inclinaba sobre una mesa con una pieza sujeta al tornillo.
Levantó la vista cuando Clara entró, pero no apagó la lámpara hasta que ella dijo su nombre.
—Ya sé quién eres.
Su rostro se parecía al de la fotografía sólo en la anchura de la frente. En 2008 estaba al borde del grupo, con un brazo separado de los demás. Ahora parecía más grande, endurecido por el trabajo y por algo que no necesitaba explicación.
—Quería preguntarte por Lucía.
Daniel dejó la herramienta sobre la mesa.
—Claro.
La palabra no era una invitación.
—Julián estaba revisando su desaparición antes de morir.
—Tu padre vino a verme.
—¿Cuándo?
—A principios del verano. Traía una libreta y las mismas preguntas que llevamos oyendo desde hace dieciocho años.
—No sabía que hubiese hablado contigo.
—Pues ya sabes una cosa más.
Clara se quedó junto a la entrada. Daniel no le había ofrecido pasar ni salir del ruido del taller. Un extractor se puso en marcha al fondo y él esperó a que bajara de vueltas.
—¿Qué quería saber?
—Si Lucía pensaba marcharse. Si tenía dinero. Si había discutido con alguien. —Daniel contó las preguntas con los dedos—. Como si a los diecinueve años hubiera que redactar un plan para desaparecer.
—¿Tú creías que quería irse?
—No.
—Trabajaba en Rivas y Costa.
—Un empleo de verano. Archivaba facturas, llevaba papeles de una mesa a otra y hacía lo que nadie quería hacer. No era una carrera ni un motivo para abandonar a su familia.
La descripción coincidía con los documentos de Julián sin añadirles una explicación. Clara observó una hilera de llaves fijas colocadas por tamaño sobre la pared.
—¿Te habló de algún problema en la empresa?
Daniel la miró de frente.
—Me dijo que estaba harta del trabajo. Eso dice cualquiera después de ocho horas encerrado en agosto.
—¿Estaba preocupada?
—Mi hermana desapareció. Todo lo anterior acaba pareciendo una señal cuando lo miras desde después.
Clara no insistió. Daniel cogió la pieza del tornillo, comprobó una muesca con el pulgar y volvió a dejarla en el mismo sitio.
—Tomás también trabajaba allí —dijo ella.
La reacción fue pequeña: el pulgar se detuvo sobre el metal.
—Tomás sabía más de lo que contó.
—¿Sobre Lucía?
—Sobre aquella noche.
—¿En qué te basas?
Daniel soltó una risa breve, sin humor.
—En que cambió su versión cada vez que se la repetía a alguien.
—En el expediente hay una declaración.
—En el expediente hay papeles. Yo tuve que seguir viendo a Tomás por la calle.
Clara recordó la frase de Marta: Daniel lo había amenazado más de una vez. La forma en que lo dijo no parecía corresponder sólo a discusiones antiguas.
—¿Cuándo hablaste con él por última vez?
Daniel se volvió hacia el banco de trabajo.
—Hace tiempo.
—¿Años?
—No voy a hacer esto contigo.
—Tomás ha muerto.
—Y mi hermana sigue desaparecida.
El extractor se apagó. El silencio dejó al descubierto el golpeteo de un cabo contra un mástil en el exterior.
—Marta dijo que lo habías amenazado —continuó Clara.
—Marta dice lo que necesita para proteger a su hermano.
—¿Es mentira?
Daniel rodeó la mesa. No se acercó lo suficiente para intimidarla, pero ocupó el espacio entre Clara y la pieza que estaba reparando.
—Durante años le pregunté por qué dijo que vio marcharse a Lucía. A veces levanté la voz. Una vez le dije que, si averiguaba que había ocultado algo, se lo haría pagar. Puedes llamarlo como quieras.
—¿Y recientemente?
Daniel miró hacia la puerta del taller. Una gaviota bajó al muelle y picoteó entre dos cajas de plástico.
—Julián había vuelto a hacer preguntas —dijo—. Pensé que había encontrado algo.
—¿Por eso buscaste a Tomás?
No respondió.
—Salió de su casa con documentos la noche en que murió.
Daniel volvió la cabeza de golpe.
—¿Qué documentos?
Clara no contestó. Había entregado otro dato que Inés le había pedido reservar. Daniel entendió el silencio.
—Eso no lo sabías cuando entraste —dijo él—. Has venido a probar cosas conmigo.
—He venido a preguntarte cuándo hablaste con Tomás.
Daniel se quitó los guantes y los dejó sobre el banco, uno encima del otro.
—Fui a verlo unos días antes de que muriera. Le dije que, si sabía algo y volvía a callarse, esta vez no iba a dejarlo en paz.
—¿Lo amenazaste?
—Le dije la verdad.
—¿Qué verdad?
Daniel apagó la lámpara del banco.
—Que dieciocho años de miedo no lo convertían en la víctima de esta historia.
Daniel no intentó impedir que Clara llamara a Inés.
—Hazlo —dijo—. Así no tendrás que volver mañana con otra pregunta.
La teniente contestó al segundo tono. Clara le explicó dónde estaba y repitió las palabras de Daniel sin añadir que había ido al taller después de salir de la terraza con Álvaro. Inés tardó poco en preguntárselo.
—Le dije que no siguiera entrevistando a posibles testigos.
—No sabía que fuese una línea del caso.
—Ahora ya lo sabe. Espere fuera y no le cuente nada más.
Clara guardó el móvil. Daniel había vuelto al banco de trabajo, pero no se había puesto los guantes.
—Viene hacia aquí.
—Mejor.
—Te hará preguntas sobre la noche de la muerte de Tomás.
—Eso suele hacer la Guardia Civil cuando alguien muere.
Salió del taller antes de que Daniel pudiera convertir la frase en otra acusación.
En el varadero, dos embarcaciones permanecían suspendidas sobre soportes, con los cascos manchados por una línea oscura de verdín.
Clara se sentó en un bloque de hormigón junto a la rampa.
Desde allí veía la puerta y parte del paseo.
Inés llegó en un coche sin distintivos. Aparcó junto al taller y se acercó a Clara sin prisa.
—Cuéntemelo desde que entró.
Clara reprodujo la conversación. Cuando llegó a los documentos que Tomás llevaba, Inés levantó una mano.
—¿Le ha dicho que la carpeta no apareció?
—No.
—¿El color?
—Tampoco.
—Pero ya sabe que Tomás salió con papeles.
—Sí.
Inés anotó algo en una libreta pequeña.
—¿Daniel le dijo dónde lo vio esos días?
—No.
—¿Qué palabras exactas utilizó al amenazarlo?
Clara las repitió. Esta vez sonaron distintas fuera del taller, sin el ruido del extractor ni las herramientas alrededor. «No iba a dejarlo en paz» podía ser una promesa de insistencia o algo más. La muerte de Tomás hacía que la segunda interpretación ocupara demasiado espacio.
—Quédese aquí —dijo Inés.
Entró sola.
Clara oyó las primeras frases porque la puerta permanecía abierta. Inés se identificó y pidió a Daniel que apagara la maquinaria. Después bajaron la voz. Daniel no protestó por la presencia policial ni trató de echarla. A los pocos minutos, Inés cerró la puerta.
La espera duró casi tres cuartos de hora.
Clara caminó hasta el muro del varadero y regresó.
Revisó dos veces el teléfono sin tener mensajes.
Pensó en las amenazas antiguas que Marta había resumido con una frase y en la visita reciente que Daniel había callado hasta que ella insistió.
Había motivo para sospechar de él: dieciocho años de rabia, la convicción de que Tomás ocultaba algo, una confrontación pocos días antes de la muerte.
También había una facilidad incómoda en reunirlo todo.
Cada dato parecía conducir al siguiente porque Clara había elegido mirar en esa dirección.
Inés salió primero. Daniel apareció detrás, todavía con la ropa de trabajo. La teniente cerró la libreta.
—Tendrá que prestar declaración formal —le dijo—. Comprobaremos sus movimientos y hablaremos con las personas que ha mencionado.
—Haz lo que tengas que hacer —respondió Daniel.
No miró a Clara.
—¿Ha dado una explicación de dónde estaba cuando murió Tomás? —preguntó ella.
—Eso forma parte de las comprobaciones —dijo Inés.
—Le he contestado —intervino Daniel—. Que ella no tenga derecho a oírlo es otra cosa.
Inés se volvió hacia Clara.
—Ha encontrado una amenaza reciente y un motivo posible. Es información relevante. No es una resolución.
—No he dicho que lo fuera.
—Ha venido directamente a buscarlo después de hablar con Álvaro Rivas.
Clara sostuvo la mirada. El recorrido de aquella mañana, contado así, parecía menos una serie de comprobaciones que una cadena de personas a las que había ido entregando fragmentos del archivo.
—Daniel afirma que Tomás mintió sobre la noche de 2008 —dijo—. Quería saber por qué.
—Porque Lucía no habría salido por donde él dijo —respondió Daniel desde la puerta.
Inés no lo interrumpió.
—Tomás declaró que la vio marcharse por una de las calzadas —continuó—. Yo le pregunté cómo podía estar tan seguro. Nunca contestó igual dos veces.
—Antes has dicho que cambiaba su versión —dijo Clara—. ¿Qué cambiaba exactamente?
—La distancia, el lugar desde el que la vio, lo oscuro que estaba. Lo único que mantuvo fue que ella se marchó sola.
—Eso está en el expediente —dijo Inés.
—En el expediente también pusieron que mi hermana podía haber cruzado hasta la salida este.
Daniel señaló con la barbilla hacia las marismas. Desde el varadero no se veían las salinas, sólo el estero y, más allá, una extensión baja de terreno.
—Lucía llevaba sandalias —dijo—. Las mismas de la fotografía. No habría atravesado aquella zona de noche con los pies así. Había conchas, barro, metal oxidado. Ella lo sabía.
—¿Se lo dijo a quien tomó la declaración? —preguntó Inés.
—Se lo dije a todo el que quiso escuchar. Decidieron que el calzado no demostraba nada.
—Y ahora lo utilizas para demostrar que Tomás mentía —dijo Clara.
Daniel bajó un escalón del taller.
—Lo utilizo para decir que Lucía no habría cruzado las salinas con aquellas sandalias.
Inés llevó a Daniel a prestar declaración y pidió a Clara que regresara a la casa.
—No vuelva al taller —dijo antes de cerrar la puerta del coche—. Y no llame a nadie para preguntar dónde estaba esa noche.