La última marea CAPÍTULO 4·Las 0047 #2
30%

CAPÍTULO 4·Las 0047 #2

«Álvaro aparece en fotografía; reloj visible: 00:47».

La primera era una afirmación. La segunda reunía una identificación y una lectura material. La relación entre ellas no demostraba dónde estuvo Álvaro después, qué hizo ni por qué había dado aquella hora.

Sí establecía algo más estrecho.

Si el reloj funcionaba correctamente, Álvaro seguía en las salinas al menos una hora después de haber dicho que se marchó.

Clara esperó hasta la mañana para llamar a Álvaro.

No le habló de la llamada de Tomás ni de las notas recientes de Julián. Le dijo que había encontrado una copia de su declaración de 2008 y que necesitaba comprobar una hora. Álvaro guardó silencio unos segundos.

—Estoy en el paseo con mi hermana —dijo al fin—. Irene también estuvo aquella noche. Si quieres acercarte, quizá recuerde más que yo.

La propuesta parecía abierta. Clara miró la hoja donde había escrito las dos horas y aceptó.

Los encontró en una terraza frente al estero.

A esa hora sólo estaban ocupadas tres mesas.

La marea había dejado al descubierto una franja de limo entre las barcas pequeñas y el muro, y las aves buscaban alimento junto a los cabos flojos.

Álvaro se levantó cuando Clara llegó. La mujer que permaneció sentada tenía el pelo recogido y unas gafas sobre la mesa, al lado de un cuaderno corregido con tinta roja.

—Irene, Clara Valdés —dijo él—. La hija de Julián.

Irene cerró el cuaderno.

—Sé quién eres. Siento lo de tu padre.

—Gracias.

No había afectación en su voz. Clara la reconoció por la fotografía cuando Irene alzó la cara: no por un rasgo concreto, sino por la inclinación de la cabeza y la manera de atender sin adelantarse a la conversación.

Álvaro pidió otro café. Clara dejó el móvil boca abajo sobre la mesa y mantuvo la ampliación dentro de una carpeta opaca.

—Dijiste que querías comprobar una hora —recordó él.

—En tu declaración consta que te marchaste de las salinas sobre las once y media.

Álvaro frunció el ceño, como si intentara recuperar la frase.

—Si eso puse, sería lo que recordaba entonces.

—No lo escribiste tú. Es una declaración mecanografiada.

—Entonces sería lo que dije.

Clara sacó la ampliación y la giró hacia los dos. No señaló a Álvaro ni a Lucía. Marcó con la uña el borde inferior, donde el recorte mostraba el reloj sobre la puerta.

—Aquí marca las doce y cuarenta y siete.

Álvaro acercó el papel. Su reacción fue primero práctica: entornó los ojos, cambió la ampliación de ángulo y siguió con el dedo la silueta de los números.

—Ese reloj nunca iba bien.

—¿Cuánto se desviaba?

—No tengo ni idea. Han pasado dieciocho años.

Irene no había tocado la fotografía. Miraba el grupo desde el otro lado de la mesa.

—¿Te acuerdas del reloj? —le preguntó Clara.

—Me acuerdo del edificio.

—No te está preguntando eso —dijo Álvaro.

Su hermana lo miró. Él apartó la mano de la ampliación.

—No —respondió Irene—. Del reloj, no.

El camarero dejó el café de Clara y retiró una taza vacía. Álvaro esperó a que se alejara.

—Aquella zona llevaba años con un mantenimiento mínimo —dijo—. Había luces que parpadeaban, bombas que se desconectaban y cuadros que nadie revisaba hasta que fallaban. Tomar esa hora como exacta es mucho tomar.

—Mi padre localizó el reloj en el plano de instalación.

—Que estuviera instalado no significa que funcionara bien.

—También puede significar que tu recuerdo era inexacto.

Álvaro asintió sin resistencia.

—Por supuesto. Teníamos veintitantos años, habíamos bebido y declaré días después. Pude decir once y media cuando eran las doce y media. O el agente pudo redondearlo al redactar. No recuerdo mirar el reloj al irme.

La explicación no eliminaba la diferencia. La repartía entre una máquina defectuosa, una memoria imprecisa y la forma de tomar declaración. Las tres posibilidades eran razonables.

—¿Recuerdas haberte hecho la fotografía? —preguntó Clara.

—Vagamente. Había cámaras de usar y tirar en todas las fiestas.

—Ésta no parece una foto casual para ti.

—Todos estamos mirando al objetivo. Eso no convierte la hora del fondo en una prueba.

—No he dicho que lo sea.

Álvaro sostuvo la mirada de Clara y luego se recostó.

—Tu padre sí pensaba así. Encontraba una diferencia y suponía que alguien la había creado a propósito.

—Julián dejó dos horas. Yo estoy intentando saber cuál es correcta.

—Quizá ninguna lo sea del todo.

Irene abrió el cuaderno, pero no retomó la corrección. Tenía el bolígrafo detenido sobre el margen de una página.

—¿Julián habló contigo de la fotografía? —le preguntó Clara.

—No.

—En sus notas aparece una entrevista pendiente con tu nombre.

Irene apoyó el bolígrafo.

—No llegamos a hablar.

—¿Te la pidió?

—Me llamó una vez. Yo estaba terminando el curso y le dije que buscara otro momento.

Álvaro se volvió hacia ella.

—No me lo contaste.

—No había nada que contar.

La respuesta fue más seca que las anteriores. Irene tomó por fin la ampliación. La sostuvo por los bordes, como había hecho Inés en la casa, aunque Clara no le había pedido cuidado. Sus ojos pasaron por los seis rostros y se detuvieron un instante en Lucía.

—¿De dónde la sacó Julián? —preguntó.

—Estaba entre sus papeles.

—¿Hay más fotos?

—No he terminado de revisar las cajas.

Álvaro intervino antes de que Clara pudiera preguntarle por qué le interesaba.

—Si aparece el original o alguna fecha de revelado, quizá puedas aclarar lo del reloj. Mientras tanto, sólo tienes dos recuerdos viejos que no encajan.

—Tengo una declaración y una imagen.

—Una declaración basada en un recuerdo y una imagen con un reloj que podía estar mal.

Clara guardó la ampliación. Álvaro no había negado que fuese él ni había intentado cambiar la hora que constaba en los folios. Había ofrecido una explicación para cada elemento por separado.

La diferencia seguía sin resolver, igual que los siete minutos de la llamada de Tomás. En 2008, una fotografía contradecía su hora. En 2026, un registro contradecía sus años de silencio.

La conversación terminó poco después. Álvaro insistió en pagar los cafés y se despidió con la misma cortesía de la oficina. Irene recogió el cuaderno y las gafas. Antes de marcharse, miró la carpeta opaca que Clara llevaba bajo el brazo.

—Esa foto no demuestra a qué hora se fue nadie —dijo.

Clara asintió.

—Sólo a qué hora seguíais allí.

Irene apretó el cuaderno contra el pecho. Durante un segundo pareció dispuesta a contestar. Después se volvió hacia el paseo y alcanzó a su hermano sin decir nada más.