La última marea CAPÍTULO 4·Las 0047
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CAPÍTULO 4·Las 0047

Clara sostuvo la fotografía bajo la lámpara. Los seis rostros ocupaban casi todo el encuadre; detrás, el flash había reducido la pared a una superficie pálida donde la puerta, la barandilla y el reloj parecían pertenecer al mismo plano.

Dejó la imagen sobre la mesa de dibujo y abrió el portátil. Hasta entonces había mirado la hora como miraba los nombres del reverso: un dato colocado allí por Julián. Si quería usarla en una cronología, necesitaba saber qué mostraba realmente la copia.

Buscó en la cocina una fuente de luz más uniforme.

La ventana daba al patio y recibía el cielo de la tarde sin sol directo.

Apartó dos platos del escurridor, limpió la mesa y extendió una cartulina gris que había encontrado entre el material de su padre.

Colocó la fotografía encima, aún dentro de la funda.

La primera toma devolvió el reflejo de la ventana.

En la segunda apareció una franja blanca sobre las caras.

Clara sacó la foto de la funda, se lavó las manos y apoyó el móvil en una pila de libros para mantenerlo paralelo a la mesa.

Activó el temporizador. No buscaba mejorar la imagen, sino evitar que su propio pulso añadiera una deformación.

Hizo cuatro tomas con exposiciones distintas y volvió al cuarto de trabajo.

Al ampliar la mejor, el grano se convirtió en manchas cuadradas.

Lucía y Marta seguían siendo reconocibles; el fondo, no.

Clara corrigió sólo la perspectiva y el balance de luz.

Cualquier filtro capaz de dibujar bordes donde no los había serviría para obtener una imagen más limpia, no una más verdadera.

Recortó el sector de la pared y lo guardó como una copia de trabajo. Los dígitos ocupaban menos de un centímetro en la fotografía original. En la pantalla se distinguían cuatro trazos luminosos separados por dos puntos: 00:47. Debajo había una zona oscura que podía ser una carcasa o una sombra.

Clara comparó las otras tomas. La misma forma aparecía en todas, con pequeñas variaciones producidas por el brillo del papel. No era un defecto de una sola captura.

Volvió a la caja de 2008.

Julián había agrupado los documentos por asuntos, no por soporte.

Encontró planos de las salinas, copias de declaraciones y recortes en carpetillas distintas.

La fotografía no llevaba número, pero en el guion de preguntas de su padre había una referencia marginal: «foto / edificio serv.

/ reloj». Al lado, una flecha remitía al plano número doce.

Clara localizó la carpetilla. El plano era una fotocopia reducida de una instalación eléctrica, demasiado oscura en los pliegues.

Mostraba la planta de un edificio de servicio y una relación de equipos: luminarias, cuadro de maniobra, avisadores, reloj mural.

Julián había rodeado esa última entrada con lápiz.

No había escrito una conclusión. Había hecho lo que hacía cuando necesitaba asegurarse de que una forma en un plano correspondía a algo instalado: buscar otra fuente.

Clara desplegó una segunda copia. Era el alzado interior de la misma pared, con la puerta metálica a la izquierda y el cuadro eléctrico a la derecha. Sobre el hueco de la puerta figuraba un rectángulo pequeño unido a la instalación por una línea. La abreviatura coincidía con la relación de equipos.

Miró de nuevo la imagen digital. La posición era la misma: por encima de la puerta, ligeramente desplazada hacia el centro.

Aquello descartaba que los números pertenecieran a una cámara, a un contador portátil o a un cartel añadido para la fiesta.

El edificio tenía un reloj mural conectado a la instalación.

Quedaba la lectura.

Clara imprimió dos ampliaciones en la impresora de Julián. La primera salió con una dominante azul y bandas horizontales. Cambió el ajuste de calidad, limpió los cabezales y repitió el recorte. Después señaló cada segmento visible con un lápiz blando, sin tocar la fotografía original.

El primer cero estaba incompleto por el reflejo del flash, pero conservaba los lados y la base. El segundo era más claro. Los dos últimos números no ofrecían la misma duda: cuatro y siete. Los puntos centrales estaban encendidos.

00:47.

En una hoja nueva anotó el origen de cada afirmación: fotografía, ampliación, plano de instalación. Debajo escribió dos reservas. No sabía si el reloj estaba bien ajustado. Tampoco podía establecer por la imagen, sin otra referencia, el día exacto en que había sido tomada.

Eran límites reales. No borraban lo que la fotografía contenía.

El móvil vibró junto al teclado. Clara pensó en Inés, pero era un aviso de batería baja. Lo conectó y continuó revisando las carpetillas. Julián debía de haber buscado la misma correspondencia, aunque sus anotaciones no indicaban hasta dónde había llegado.

En el exterior pasó una furgoneta y el ruido se perdió hacia el paseo. La luz de la ventana había empezado a apagarse. Clara encendió la lámpara y dejó juntas la copia del plano y la ampliación.

El rectángulo de la pared no era un adorno ni un contador. Era el reloj industrial del edificio, y en la fotografía marcaba las doce y cuarenta y siete.

La copia de la declaración de Álvaro estaba en una carpetilla distinta a la del plano. Clara la encontró después de revisar dos índices de Julián y una relación de documentos que terminaba con varias casillas vacías.

Eran cuatro folios unidos por una grapa oxidada. El encabezamiento identificaba a Álvaro Rivas y fechaba la comparecencia pocos días después de la desaparición de Lucía. La fotocopia había perdido contraste en el margen derecho, pero el texto mecanografiado seguía siendo legible.

Clara puso los folios junto a la ampliación y empezó por el principio.

Álvaro había contado que el grupo se reunió al anochecer, llevó bebidas y entró en una zona de las salinas que entonces no estaba cerrada.

Describía una noche corriente entre amigos: conversaciones, música de un coche, desplazamientos breves entre el edificio y la calzada.

Los nombres aparecían sin conflicto. Daniel iba y venía.

Tomás y Marta permanecían cerca de Lucía.

La declaración no parecía escrita para reconstruir cada minuto. Había expresiones aproximadas —«al poco rato», «más tarde», «no sabría precisar»— intercaladas con dos horas concretas.

La primera correspondía a la llegada. La segunda, a la marcha de Álvaro.

«Sobre las veintitrés treinta».

Clara leyó el párrafo completo. Álvaro afirmaba que se había despedido del grupo hacia esa hora y que regresó solo al pueblo.

No constaba que nadie le hubiese pedido justificar el trayecto.

La pregunta siguiente saltaba a Lucía: si la había visto alterada, si habló de irse, si llevaba dinero suficiente.

Julián había trazado una raya vertical junto a la hora, pero no había añadido nada.

Clara abrió los otros testimonios. No buscó versiones de la desaparición, sólo referencias que permitieran situar la fotografía.

Marta mencionaba que alguien sacó una cámara después de que llegaran al edificio de servicio.

Irene recordaba haber posado con el grupo antes de marcharse.

Una tercera declaración describía la misma puerta metálica y la barandilla del fondo.

Ninguna incluía la hora de la foto.

La imagen sí.

Clara acercó los folios a la lámpara. La copia de Álvaro no decía «antes de medianoche» como una fórmula impuesta por quien tomaba declaración.

Daba una estimación propia: sobre las once y media.

Podía haberse equivocado. A los pocos días, una hora de una noche larga no tenía por qué conservarse con exactitud.

Incluso un reloj instalado podía adelantar, retrasar o haberse detenido antes de volver a funcionar.

Anotó esas posibilidades en la hoja, debajo de las reservas de la tarde.

Después calculó la diferencia.

Setenta y siete minutos.

Para que Álvaro hubiera salido a las once y media y apareciera aún en la foto, el reloj tendría que adelantar más de una hora o la declaración tendría que estar equivocada. No era una desviación de cinco minutos. Tampoco una confusión entre las once y media y medianoche.

Clara buscó entre los papeles alguna comprobación del ajuste.

Encontró partes de mantenimiento del edificio, pero eran de años anteriores.

En uno se registraba la sustitución de una fuente de alimentación; en otro, una revisión general.

Nada demostraba cómo funcionaba el reloj la noche de la fotografía.

Julián había dejado una lista de tareas junto a las declaraciones. «Confirmar reloj» aparecía tachado. Debajo había una referencia a un parte que Clara no localizó en la carpetilla. La siguiente línea decía «Á. 23:30» y remitía al folio que tenía delante.

La tachadura no explicaba qué había confirmado su padre ni con quién. Clara no la trasladó a la columna de hechos.

Se levantó, abrió la ventana y dejó entrar el aire húmedo del estero. Había anochecido. En las casas de enfrente empezaban a encenderse las cocinas y alguien arrastraba un contenedor por la acera. Llevaba horas en el cuarto sin ordenar una sola pertenencia de la casa.

Fue a la cocina, calentó el café que quedaba y regresó con la taza. Las tres cajas del vaciado permanecían donde las había dejado. Pensó en seguir a la mañana siguiente, pero la hoja de Julián con la cronología estaba debajo de las declaraciones y aún no la había revisado.

La desplegó sobre la mesa de dibujo.

Su padre había construido una línea horizontal y había reservado una fila para cada integrante del grupo.

No todas las entradas llevaban fuente. Algunas horas estaban rodeadas por un círculo; otras terminaban en interrogación.

En la fila de Álvaro figuraban las 23:30 de su declaración y, más adelante, 00:47 junto a una referencia a la fotografía.

Entre ambas, Julián había dibujado una llave.

Clara copió la estructura en su propia hoja. No necesitaba conservar el gesto de su padre, sólo la procedencia de los datos. Escribió:

«Álvaro declara que se marcha sobre 23:30».