La última marea CAPÍTULO 3·Siete minutos
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CAPÍTULO 3·Siete minutos

Siete minutos

La declaración formal ocupó menos de una hora. Inés preguntó por la visita de Tomás, la hora aproximada y las palabras que había dejado a medias. Clara respondió sin mencionar sus propias conclusiones, porque todavía no tenía ninguna.

Cuando regresó a la casa, ya había pasado el mediodía.

Las tres cajas del vaciado seguían junto al salón. CONSERVAR, DONAR, DESECHAR. Durante un instante le parecieron parte de un plan perteneciente a otra semana. Dejó el bolso sobre una silla, cerró la puerta de la calle y fue directamente al cuarto de trabajo.

La fotografía, la tarjeta y la hoja de D-17 permanecían donde las había dejado. Clara guardó la fotografía en su funda, dobló la tarjeta y apartó ambas del borde de la mesa. Después sacó de la caja varias libretas de tapas negras que aún no había revisado.

Julián las había numerado.

No había puesto títulos ni indicado el periodo que cubría cada una.

Clara comprobó la primera y la última fecha de tres libretas antes de ordenarlas.

Dos se solapaban durante meses: una parecía destinada a llamadas y gestiones; la otra, a observaciones sobre los documentos.

Esa separación tampoco era constante. En mitad de una relación de expedientes podía aparecer el teléfono de un fontanero, y entre dos compras domésticas, una pregunta sobre Lucía.

Abrió la ventana. El aire movió una esquina del papel vegetal y llevó hasta el cuarto el ruido de una motocicleta que cruzaba la calle. Clara colocó encima una regla para mantenerlo sujeto.

Las primeras contenían medidas, croquis y listas de documentos.

En algunas páginas mezclaba tareas domésticas con referencias a planos municipales: comprar bombilla, llamar al seguro, localizar proyecto norte.

Clara avanzó sin arrancar hojas ni alterar el orden.

Anotó en un papel aparte las fechas y los nombres propios.

Tomás apareció primero como una inicial.

«T. no contesta».

Dos páginas después, Julián había escrito «T. V. — volver a llamar» junto a una fecha de principios del verano. La entrada siguiente registraba una visita sin resultado. No había dirección ni explicación, sólo una hora y una palabra: «evita».

Clara dejó el lápiz.

Aquello podía describir una conducta o el enfado de su padre ante una puerta cerrada. Sin la respuesta de Tomás, «evita» no era un hecho verificable. Julián había tratado la palabra como si bastara.

Clara dividió su hoja en dos columnas. En la primera escribió HECHOS; en la segunda, ANOTACIONES DE JULIÁN. Bajo el primer encabezamiento copió las fechas de las llamadas y la visita. Bajo el segundo dejó «evita», entre comillas.

Era una distinción elemental, pero las libretas obligaban a repetirla. Una frase adquiría aspecto de certeza sólo por estar escrita junto a un número de expediente. Clara comprobó cada referencia antes de decidir en qué columna colocarla. La mayoría no podía salir de la segunda.

Siguió leyendo.

En otra libreta encontró una lista de las seis personas de la fotografía.

Junto a cada nombre había números de carpetillas y abreviaturas.

Marta remitía a dos recortes y a una declaración.

Irene, a una entrevista que Julián no había conseguido.

Daniel, a varias noticias. Álvaro y Tomás acumulaban más referencias, muchas vinculadas a Rivas y Costa.

Clara copió únicamente lo que podía sostener: Tomás había trabajado allí en 2008; Álvaro dirigía ahora la empresa familiar; ambos aparecían en la foto de las salinas. El resto eran relaciones propuestas por Julián mediante líneas, círculos y signos de interrogación.

Una hoja doblada dentro de la libreta contenía un guion de preguntas.

¿Quién decidió ir a las salinas?

¿Cuándo se separó el grupo?

¿Qué conservaba Tomás de su trabajo en Rivas y Costa?

¿Por qué no quiso hablar después?

La última pregunta no indicaba después de qué. Clara buscó una fecha en el reverso y no la encontró.

Tampoco encontró una respuesta. Había números de carpetillas junto a las tres primeras preguntas, pero la cuarta terminaba en blanco.

Julián debía de haber preparado aquel guion antes de uno de sus intentos de hablar con Tomás.

Que hubiese formulado una pregunta no significaba que hubiera llegado a hacerla.

Abrió la libreta siguiente. Allí las anotaciones eran más recientes.

Julián había registrado tres intentos de llamada y una visita a Tomás durante las semanas anteriores a su muerte.

En el margen añadió que volvería a probar «cuando se calme», como si hubieran discutido o como si hubiese encontrado a Tomás en un estado que no explicaba.

Marta había dicho la verdad en lo esencial: Julián no se había limitado a ordenar papeles. Había buscado a su hermano y había insistido.

Clara colocó las libretas en una fila cronológica.

El método permitía ver los huecos. Había días con varias entradas y periodos enteros en blanco.

Algunas afirmaciones llevaban una referencia documental; otras descansaban únicamente en la memoria de Julián.

Su padre diferenciaba con precisión una escala de plano y, sin embargo, escribía sobre las personas como si sus intenciones pudieran medirse con la misma regla.

Se levantó para beber agua y descubrió que seguía con la ropa de la mañana, marcada de polvo en las rodillas.

En la cocina, las cajas del vaciado bloqueaban parte del paso.

Movió DESECHAR unos centímetros, llenó un vaso y regresó sin tocar el pan que había comprado finalmente al volver de prestar declaración.

El móvil vibró sobre la silla.

Era un mensaje de Marta: la farmacia seguiría cerrada aquella tarde. Debajo había otra frase.

¿Has encontrado algo sobre la carpeta?

Clara respondió que no. No añadió que llevaba más de una hora buscando referencias a un muerto.

Volvió a los cuadernos. En la última libreta, una página estaba marcada con un trozo de papel vegetal. Contenía dos columnas: a la izquierda, datos fechados; a la derecha, frases breves sin fuente. Tomás ocupaba casi toda la segunda.

«Cambió de tema».

«Dice no recordar».

«Sabe más».

Clara reconoció una progresión, pero no una prueba. Julián había pasado de registrar respuestas a interpretar silencios. El último apunte estaba escrito con el lápiz más oscuro y sin fecha. No remitía a ninguna carpeta ni a ningún documento.

T. sabe que mintió.

A la mañana siguiente, Clara llevó la hoja de las dos columnas en el bolso y dejó las libretas en la casa.

Rivas y Costa ocupaba la planta baja de un edificio nuevo en la salida norte del pueblo. La fachada combinaba cristal y piedra clara; detrás del mostrador había fotografías de promociones residenciales, reformas de caminos y pequeñas obras portuarias. Ninguna imagen mostraba las salinas.

Clara preguntó por Álvaro Rivas.

No tenía cita, pero bastó con dar su apellido y mencionar a Julián. La hicieron esperar pocos minutos. Álvaro salió de un despacho con el móvil en la mano, terminó una llamada y se acercó a ella.

—Clara Valdés. Siento lo de tu padre.

—Gracias.

—Nos conocíamos del ayuntamiento. Hace años que no trabajábamos juntos, claro, pero en San Telmo uno no deja de encontrarse.

Su tono era cordial, sin el exceso de gravedad que Clara había escuchado desde el funeral. Le indicó una mesa redonda junto a la ventana y pidió que no le pasaran llamadas.

Desde allí se veía el patio de materiales: dos furgonetas, tuberías apiladas y una excavadora pequeña con barro seco en las ruedas.

La oficina pretendía parecer más grande que la empresa, pero no ocultaba el trabajo cotidiano.

Un empleado cruzó el patio con un casco bajo el brazo y saludó a Álvaro a través del cristal. Él respondió levantando una mano.

—¿En qué puedo ayudarte?

—Estoy ordenando la casa de Julián. He encontrado documentación sobre Lucía Ferrer.

Álvaro apoyó el móvil boca abajo.

—No sabía que siguiera con eso.

—¿Sabías que investigaba?

—Sabía que hacía preguntas. A estas alturas, creo que las ha hecho medio pueblo.

No intentó fingir que el nombre de Lucía le resultaba lejano. Clara agradeció esa economía.

—En sus notas aparecen varias referencias a Rivas y Costa.

—Lucía trabajó aquí un verano. Entonces la empresa era de mi padre y estábamos en otra oficina.

—Tomás también trabajaba aquí.

—Más tiempo. Llevaba asuntos administrativos, contratos, permisos. Después se estableció por su cuenta.

Álvaro lo explicó como parte de la historia de la empresa, sin bajar la voz ni mirar hacia el despacho. Clara sacó la hoja, pero no la puso sobre la mesa.

—¿Erais amigos?

—Lo fuimos.

—¿Desde cuándo?

—Desde el colegio. Tomás, Marta, Irene y yo crecimos a tres calles de distancia.

Daniel era mayor, pero acabó entrando en el grupo por Lucía.

—Álvaro se recostó en la silla—. Durante unos años Tomás y yo compartimos casi todo: amigos, trabajo, fines de semana.

Después dejó la empresa. La relación se fue gastando.

—¿Hubo una ruptura?

—No. No todas las amistades terminan con una discusión.

—Los dos aparecéis en una fotografía de aquella noche.

—Éramos un grupo. En un pueblo como éste acabas compartiendo colegio, veranos y celebraciones con la misma gente. Luego cada uno toma su camino.

—¿Qué camino tomó Tomás?

Álvaro se permitió una sonrisa breve.

—Eso suena a una pregunta de tu padre.

—No he encontrado su respuesta.

—Porque no hay una respuesta interesante. Tomás se independizó, yo me hice cargo de la empresa y dejamos de vernos. No hubo una pelea.

La explicación era razonable. También estaba demasiado bien delimitada para aportar algo que pudiera comprobarse.

—Marta dice que Julián insistió en hablar con él.

—Julián se convenció de que las declaraciones antiguas escondían una solución. Podía pasarse semanas comparando dos versiones de un plano porque una línea había cambiado de sitio.

—Era delineante.

—Precisamente. Veía valor en diferencias que los demás no percibíamos.

No lo dijo como un reproche. Durante unos segundos, Clara tuvo la impresión de que Álvaro admiraba de verdad aquella cualidad.