La última marea CAPÍTULO 2·La caída #2
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CAPÍTULO 2·La caída #2

Marta alisó un albarán que ya estaba plano.

—Mi hermano pasó dieciocho años escuchando que recordaba mal, que callaba algo o que había ayudado a Lucía a marcharse. Daniel Ferrer lo amenazó más de una vez. Cada aniversario volvía a empezar. Tomás aprendió a no hablar del tema.

Protegía a su hermano incluso en la elección de los verbos. Otros preguntaban, acusaban, amenazaban. Tomás soportaba.

—Mi padre no guardó esas cajas para preparar un aniversario —dijo Clara.

—Julián tampoco sabía dejar las cosas quietas.

—¿Eso te molestaba?

—Me molestaba verlo remover algo que no iba a devolverme a Lucía.

Marta sostuvo su mirada. No había hostilidad en la frase, sino cansancio.

—Cuando tu padre murió, Tomás pensó que se había acabado —añadió—. Luego apareciste tú.

Clara recordó al hombre detenido en el umbral, preguntando cuántos días pensaba quedarse.

—¿Por eso vino a verme?

—No lo sé. Ayer estaba distinto. Llevaba toda la tarde entrando y saliendo, comprobando el teléfono, buscando cosas. No quiso decirme qué esperaba encontrar.

—¿Estaba preocupado por mí?

Marta negó despacio.

—No por ti. Le daban miedo los papeles de tu padre.

—¿Qué papeles?

—No lo sé —respondió Marta—. No me dejó verlos.

Clara permaneció frente a ella, esperando. Marta cogió por fin el vaso de agua, bebió un sorbo y lo sostuvo entre las manos.

—Anoche lo vi antes de que saliera. Llevaba una carpeta azul. No era una de las que usaba para sus clientes; ésas tenían el nombre del despacho impreso. Esta era vieja, de cartón, con gomas en las esquinas.

—¿Sabes qué contenía?

—Hojas. Algunas fotocopias. La cerró en cuanto entré.

—¿Dónde estaba?

—En su casa.

La precisión llegó acompañada de una mirada que pedía a Clara que no extrajera más de lo que había. Marta había ido a ver a su hermano porque llevaba horas inquieto. Lo encontró colocando papeles sobre la mesa y revisando el móvil. Tomás le dijo que tenía que salir.

—Le pregunté adónde iba —continuó—. No me contestó. Sólo dijo: «Mañana se acaba».

Clara apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿Qué entendiste?

—Nada. Que estaba harto. Que se marchaba. Que iba a contarle a alguien lo que fuese que llevaba días sin contarme.

—¿A la Guardia Civil?

—Eso lo estás diciendo tú.

Marta dejó el vaso con más fuerza de la necesaria. Parte del agua cayó sobre un albarán. Lo secó con la manga de la bata antes de que Clara pudiera ofrecerle papel.

—Mi hermano podía referirse a un cliente, a una deuda o a cualquier problema del despacho. No todo tenía que ver con Lucía.

—Pero tenía miedo de los papeles de mi padre.

—Sí.

La admisión pareció irritarla más que la pregunta.

—¿Y salió con la carpeta?

—La llevaba bajo el brazo cuando cerró la puerta. Fue la última vez que lo vi.

Clara ordenó las afirmaciones sin unirlas. Una carpeta, una frase ambigua y una muerte en un lugar peligroso no demostraban que Tomás hubiese ido a confesar nada. Tampoco explicaban por qué había visitado la casa de Julián unas horas antes.

La coincidencia era difícil de apartar porque estaba hecha de elementos próximos: Julián había preguntado, Clara había vuelto, Tomás había aparecido en su puerta y esa misma noche había salido con documentos.

Bastaba colocarlos en una línea para que parecieran una secuencia.

Clara trabajaba a diario con ese riesgo.

El orden podía revelar una relación, pero también fabricarla.

—¿Te pareció que se despedía? —preguntó.

—No de mí. Ni de la casa. No llevaba equipaje.

—Pero has dicho que quizá pensaba marcharse.

—He dicho que podría significar eso. —Marta se frotó una mancha de tinta del pulgar—.

Desde que murió tu padre, Tomás empezaba frases y las dejaba a medias.

A veces parecía dispuesto a hablar y al minuto siguiente decía que no tenía importancia.

Anoche creí que por fin había tomado una decisión. No supe cuál.

El golpe en la persiana las hizo volver la cabeza.

—Marta —llamó una voz desde la calle—. Guardia Civil.

Marta se levantó. Al pasar junto a Clara, se detuvo.

—No les he hablado de la carpeta.

—Tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

Levantó la persiana y abrió a Inés Robles. La teniente vestía igual que en las salinas, pero ya no llevaba la carpeta fina. Al ver a Clara dentro, no ocultó su desaprobación.

—Le pedí que esperase nuestra llamada.

—He venido a dar el pésame.

—Y yo le he pedido que se quedara —dijo Marta.

Inés miró a una y a otra.

—Necesito hablar con usted a solas, Marta.

Clara recogió el bolso de la silla.

—Estaré fuera.

La persiana quedó a media altura detrás de ella. En la calle, los grupos se habían dispersado, aunque varias personas reducían el paso al llegar frente a la farmacia. Clara cruzó a la acera contraria y se apoyó en una pared a la sombra.

Desde allí podía ver el letrero verde y una franja del interior, pero no escuchar la conversación. Marta apareció una vez junto al mostrador para coger el bolso. Inés permaneció en la parte posterior.

Clara comprobó la hora en el móvil. Habían pasado menos de diez minutos. Volvió a guardarlo.

La facilidad con que empezaba a comprobar cada frase contra los documentos de su padre la incomodó. No estaba trabajando sobre un expediente. Marta acababa de perder a su hermano y la Guardia Civil aún no había dicho que la caída fuese otra cosa que un accidente.

Pasaron casi veinte minutos antes de que Inés levantara la persiana por completo. Salió con Marta y se detuvo al ver que Clara seguía al otro lado de la calle.

—Tendré que tomarle declaración esta tarde —dijo—. Esta vez en dependencias oficiales.

—Iré cuando me diga.

Inés asintió y se dirigió hacia un vehículo aparcado en la esquina. Marta la siguió con la mirada hasta que abrió la puerta.

—¿Se lo has contado? —preguntó Clara.

—Todo lo que sé.

—¿Y la carpeta?

Marta tardó en responder.

—Me ha pedido que la describa y que no hable de ella con nadie más.

Clara miró hacia el coche de Inés. La teniente no arrancó de inmediato; estaba escribiendo algo en el asiento del conductor.

—Entonces no tienes que contármelo.

—Ya sabes que existe.

Marta volvió a bajar la voz.

—Han recogido el móvil, la cartera y las llaves de Tomás. También el bolso que usaba para el trabajo. Inés dice que todavía están revisando la zona y que la relación de objetos no es definitiva.

—Podría haberla dejado en otro sitio.

—Podría.

Marta se abrazó los codos. Por primera vez desde que Clara había entrado en la farmacia, parecía no tener preparada una defensa para su hermano.

—Pero la carpeta azul no figura entre las pertenencias recuperadas.