La última marea CAPÍTULO 2·La caída
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CAPÍTULO 2·La caída

La caída

A la mañana siguiente, Clara encontró la noticia mientras esperaba que hirviera el agua.

El titular ocupaba dos líneas en la pantalla del móvil: habían hallado el cuerpo de un hombre en las Salinas de la Aguja. La información era escasa. Un aviso recibido al amanecer, una zona acordonada y la Guardia Civil a la espera de confirmar la identidad. El texto aún no daba ningún nombre.

Clara dejó el teléfono junto al fregadero. Había dormido mal, pendiente de los ruidos de la casa, y durante unos segundos leyó la noticia como habría leído cualquier suceso local. Después recordó a Tomás alejándose hacia la esquina y aquella frase que no había terminado.

El agua empezó a hervir.

Preparó café, pero no volvió al cuarto de trabajo.

La fotografía seguía sobre la mesa, junto a la tarjeta de Julián y la hoja donde había anotado D-17.

Había cerrado la puerta antes de acostarse, una precaución absurda en una casa vacía.

Ahora la abrió sólo para comprobar que todo seguía en su sitio.

En el pueblo ya circulaba un nombre.

Lo oyó veinte minutos después, mientras esperaba para comprar pan. Dos personas hablaban en voz baja junto al expositor de dulces. Una dijo «Tomás»; la otra respondió «el de Marta» y miró hacia la calle como si esperase que la noticia estuviera allí fuera. Clara no necesitó preguntar el apellido.

Salió sin esperar su turno.

En la acera se detuvo bajo el toldo de la panadería. Podía volver a la casa, esperar a que publicaran más datos y ocuparse de las cajas como había planeado. No conocía a Tomás. La visita había sido breve y ni siquiera estaba segura de que hubiese querido contarle algo.

Pero si había muerto pocas horas después, aquella conversación incompleta ya no podía repetirse.

Clara buscó el número del puesto de la Guardia Civil y llegó a pulsar el icono de llamada.

Lo canceló antes de que diera tono. Tendría que explicar la relación entre Tomás, Julián y los papeles sin saber aún si existía alguna relación.

En la salina, al menos, podría confirmar el nombre y decir que lo había visto.

El coche permanecía donde lo había dejado.

Condujo hacia las salinas por la carretera del este, primero entre viviendas dispersas y después entre terrenos bajos donde el agua del estero brillaba bajo el sol de la mañana.

No iba a mirar un cadáver. Se repitió que Tomás había estado en casa la tarde anterior y que, si de verdad era él, quizá tuviera que comunicárselo a alguien.

La pista de acceso estaba cortada antes de las primeras balsas.

Dos vehículos de la Guardia Civil ocupaban un ensanche y una cinta atravesaba el camino.

Más allá se veían tejados bajos, muros encalados y las estructuras metálicas de las instalaciones antiguas.

La Casa de Bombas Norte destacaba al fondo por su fachada estrecha y el cuerpo elevado de una pasarela exterior.

Clara aparcó fuera del camino y se acercó andando. Un agente le indicó que no podía pasar.

—Creo que conocía al hombre que han encontrado.

—¿Es familia?

—No. Estuvo ayer en mi casa.

El agente dejó de mirar hacia la zona acordonada.

—¿Cómo se llama usted?

Clara dio su nombre y explicó dónde vivía. Él habló por la emisora. Poco después, una mujer salió de detrás de uno de los vehículos y caminó hacia ellos. Llevaba el pelo recogido y una carpeta fina bajo el brazo.

—Soy la teniente Robles. ¿Ha dicho que vio ayer a Tomás Vega?

La confirmación del apellido tuvo un efecto más limpio que el titular. Clara asintió.

—Fue a casa de mi padre a darme el pésame. Serían las seis, quizá algo antes.

—¿Cuánto tiempo estuvo?

—Cinco minutos. Ni siquiera entró.

Inés Robles abrió la carpeta y apuntó la hora aproximada. No parecía sorprendida por nada de lo que Clara decía.

—¿Habían quedado?

—No. Vio mi coche y se acercó.

—¿Le explicó por qué quería verla?

Clara miró hacia la Casa de Bombas. Desde allí no se distinguía la entrada, sólo la pasarela y una sección de barandilla oxidada. Había varias personas trabajando junto al edificio, demasiado lejos para reconocer sus uniformes.

—Dijo que quería darme el pésame. Antes de irse empezó a hablar de mi padre, pero cambió de idea.

—¿Qué dijo exactamente?

—«Tu padre». Nada más. Luego dijo que ya hablaríamos con calma.

Inés levantó la vista del papel.

—¿Su padre era Julián Valdés?

—Sí.

La teniente anotó también ese nombre.

—¿Tomás entró en la casa? ¿Vio algún documento?

—No. Se quedó en el umbral.

Clara estuvo a punto de preguntar por qué lo consideraba relevante, pero la pregunta podía explicarse sólo por el hecho de que Tomás hubiese mencionado a Julián. No era una señal de que Inés supiera nada de las cajas.

—¿Puedo preguntarle qué ha ocurrido?

—Lo estamos determinando.

—¿Es él?

Inés cerró la carpeta.

—La familia ya ha sido informada. Sí, es Tomás Vega.

Un vehículo sanitario avanzó despacio desde el edificio. Clara se apartó del borde de la pista. No intentó mirar a través de las lunas ni buscar una confirmación que ya tenía.

—Necesitaremos una declaración más detallada —dijo Inés—. La llamaremos cuando podamos tomarla con calma. Hasta entonces, no comente esta conversación con nadie que pueda presentarse como testigo.

—De acuerdo.

—Y no se acerque al edificio. La estructura está deteriorada.

Clara volvió a mirar la pasarela. Desde la carretera parecía un lugar abandonado desde hacía demasiado tiempo, abierto al viento y al salitre.

—¿Cayó desde ahí?

La teniente siguió la dirección de su mirada antes de responder.

—Aún tenemos que reconstruirlo. De momento, todo apunta a una caída.

Inés pidió a Clara que regresara al pueblo y esperase su llamada. No fue una sugerencia.

Cuando llegó a San Telmo, la noticia ya había recorrido las calles con más rapidez que los vehículos oficiales. Había pequeños grupos ante los comercios y varias personas sostenían el móvil mientras hablaban. Clara aparcó cerca de la casa, pero no apagó el motor.

Tomás había mencionado a Marta. Si necesitas ayuda, Marta o yo podemos echarte una mano.

La Farmacia Vega quedaba a dos calles. Clara pasó de largo la primera vez. La persiana estaba bajada hasta media altura y un cartel escrito a mano anunciaba que permanecería cerrada. Dio la vuelta a la manzana y, al regresar, vio movimiento detrás del cristal.

Llamó suavemente con los nudillos.

Una mujer apareció entre los estantes apagados. Clara la reconoció antes de que levantara la persiana: la otra chica junto a Lucía en la fotografía, con dieciocho años más en el rostro y la misma forma de mantener la barbilla alta. Marta abrió sólo lo necesario para dejarla pasar.

—Clara Valdés —dijo.

No sonó a pregunta.

—Siento mucho lo de tu hermano.

Marta bajó de nuevo la persiana. En el interior olía a desinfectante y cartón. Había una caja abierta sobre el mostrador, con varios pedidos aún por colocar.

—La Guardia Civil me ha dicho que hablaste con él ayer.

—Fue a verme por la tarde.

—¿Qué te dijo?

Clara recordó la advertencia de Inés.

—Me han pedido que no comente la declaración.

—Soy su hermana.

—Lo sé.

Marta apoyó ambas manos en el mostrador. Tenía los dedos marcados por la presión.

—No sé qué te habrán contado allí, pero Tomás conocía las salinas. Íbamos desde pequeños. No era de los que se suben a una estructura medio podrida porque sí.

—No me han contado nada. Dicen que todavía están reconstruyendo lo ocurrido.

—Reconstruyendo.

Repitió la palabra sin burla, como si quisiera comprobar cuánto podía soportar. Después retiró las manos y cerró la caja de pedidos.

Clara podría haber dado el pésame otra vez y marcharse. En lugar de hacerlo, miró la placa con el apellido Vega fijada junto a la puerta del despacho.

—Ayer Tomás empezó a decir algo sobre mi padre. Se detuvo antes de explicarse.

Marta quedó inmóvil.

—¿Julián?

—He encontrado documentación suya sobre Lucía Ferrer.

El nombre produjo un cambio pequeño, pero visible. Marta volvió la cabeza hacia el cristal, aunque la persiana impedía ver la calle.

—Lucía era mi mejor amiga.

—Lo sé por la fotografía.

Marta la miró de nuevo.

—¿Qué fotografía?

—Una tomada en las salinas. Está Lucía. También aparecéis tú, Tomás y otras tres personas.

—Éramos seis.

No preguntó quiénes eran los demás. Clara tampoco los enumeró.

Marta se levantó para coger una botella de agua de un armario bajo. Llenó un vaso, pero lo dejó intacto sobre la mesa.

—Durante semanas no hicimos otra cosa que repetir aquella noche —dijo—.

A qué hora llegamos, quién llevó el coche, quién había bebido, qué recordaba cada uno al día siguiente.

Luego llegaron las batidas. Después, los carteles.

Al cabo de unos meses la gente empezó a tratarnos como si también nosotros supiéramos cuándo había que dejar de buscar.

Clara recordó los recortes de aniversario. En ellos el caso ocupaba cada vez menos espacio, reducido a una fotografía de Lucía y un resumen que parecía copiado del año anterior.

—Para el pueblo se convirtió en una historia antigua —continuó Marta—. Para su familia, no. Para Tomás tampoco, aunque no hablara de ello.

—Mi padre había reunido recortes, planos y cronologías —continuó—. Parece que llevaba tiempo revisando la desaparición.

—Tu padre llevaba semanas haciendo preguntas.

Clara esperó.

Marta rodeó el mostrador y caminó hacia la parte posterior de la farmacia. La siguió hasta un pequeño espacio con dos sillas, un fregadero y una mesa cubierta de albaranes. Marta apartó una bata blanca del respaldo y se sentó.

—Vino aquí a principios de verano —dijo—. Quería saber quiénes estuvimos aquella noche y cuándo se había marchado cada uno. Le dije que todo eso estaba en las declaraciones.

—¿Habló de D-17?

Marta frunció el ceño.

—No sé qué es eso.

La respuesta fue inmediata. Clara no encontró en ella reconocimiento, pero tampoco esperaba encontrarlo.

—¿Y con Tomás?

—Insistió más. Mi hermano trabajaba entonces en Rivas y Costa y estuvo con el grupo aquella noche. Para Julián, eso lo convertía en una especie de archivo viviente.

—¿Tomás te contó qué le preguntó?

—No con detalle.