La última marea CAPÍTULO 1·Regreso #2
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CAPÍTULO 1·Regreso #2

Julián había empleado copias municipales de distintas escalas.

Algunas mostraban el núcleo de San Telmo y las carreteras próximas; otras, los caminos y construcciones de las Salinas de la Aguja.

Había señalado accesos y escrito fechas junto a varios puntos, pero Clara no intentó interpretarlos.

Sin los documentos a los que hacían referencia, aquellas marcas podían significar cualquier cosa.

Lo que sí podía reconocer era el método.

No se trataba de una colección de noticias guardadas por interés.

Los recortes estaban fechados, las copias remitían unas a otras y las versiones de los planos habían sido ordenadas según su año.

Julián había preparado índices parciales y listas de documentos pendientes.

Algunas casillas estaban tachadas; otras seguían vacías.

Clara pasó el dedo por una de ellas.

Habían hablado durante aquellos meses. Julián le había contado problemas con una persiana, una avería en el calentador y las discusiones del ayuntamiento sobre el paseo marítimo. No le había dicho que dedicaba horas a reconstruir una desaparición ocurrida dieciocho años atrás.

Cerró la tercera carpetilla y miró las cajas alineadas detrás del archivador. Ya no parecían restos de su antigua vida profesional. Tampoco una acumulación desordenada nacida del aburrimiento. Su padre había buscado documentos, comparado fechas y organizado aquel material con un propósito.

Julián estaba investigando la desaparición de Lucía Ferrer.

Clara volvió a la primera caja. Bajo las carpetillas quedaba un sobre de papel grueso. Lo levantó con cuidado y una fotografía protegida por una funda transparente se deslizó sobre la mesa.

Mostraba a seis jóvenes posando de noche en las salinas.

Clara tomó la fotografía por los bordes y la acercó a la lámpara.

La imagen había sido hecha con flash. Seis jóvenes posaban ante una construcción baja de las salinas, apretados para caber en el encuadre.

Detrás de ellos se distinguían una puerta metálica, un tramo de barandilla y parte de una instalación iluminada por un fluorescente.

En la pared había un cartel de advertencia y un reloj industrial que marcaba las 00:47.

Clara reconoció a Lucía por las fotografías de los recortes.

Estaba casi en el centro, con un brazo apoyado sobre el hombro de otra chica.

No parecía distinta de las jóvenes que aparecían en las noticias de fiestas locales de aquellos años: ropa de verano, piel brillante por el flash, una sonrisa dirigida a quien sostenía la cámara.

Sacó la fotografía de la funda y miró el reverso. Julián había escrito los seis nombres en dos líneas: Lucía Ferrer, Álvaro Rivas, Tomás Vega, Marta Vega, Irene Rivas y Daniel Ferrer. Debajo añadió «Salinas de la Aguja, 2008», sin una fecha más precisa.

Clara devolvió la foto a la funda. Buscó esos nombres en el índice de la primera caja y los encontró repartidos entre varias referencias, pero sin una explicación que aclarase por qué Julián había conservado aquella imagen.

Algunos remitían a recortes ya revisados; otros, a carpetas que aún seguían dentro de las cajas cerradas.

Se obligó a no abrirlas todas.

Separó la fotografía del resto y continuó con los papeles que tenía sobre la mesa.

En una copia de un plano, junto a una lista de fechas, aparecía una anotación breve: D-17.

La misma combinación se repetía en el margen de una hoja de trabajo y, más adelante, bajo el número de referencia de una solicitud administrativa.

No había ninguna leyenda que la desarrollase.

Clara revisó los encabezamientos. D-17 podía ser un expediente, una parcela, una clave usada por Julián para relacionar documentos o cualquier otra cosa.

En algunos planos municipales las letras identificaban sectores; en otros, tipos de conducciones o anexos.

Sin saber de qué documento había partido, intentar descifrarlo era perder el tiempo.

Anotó la referencia en una hoja aparte y la dejó junto al índice.

La siguiente carpetilla contenía menos material.

Había una copia parcial de una declaración, dos recortes duplicados y varias páginas arrancadas de un cuaderno cuadriculado.

Julián había comparado versiones de fechas y lugares mediante columnas, pero muchas entradas terminaban en un signo de interrogación.

En la última página sólo figuraban tres nombres y varias remisiones a documentos que Clara todavía no había localizado.

Ninguno estaba señalado como responsable de nada.

El orden de su padre no producía una respuesta, al menos no una que pudiera entenderse abriendo las carpetas desde el principio.

Había reunido información durante meses, quizá más tiempo, y usaba abreviaturas que para él debían de resultar evidentes.

Clara conocía aquella forma de trabajar.

Julián podía recordar durante años el origen de una línea trazada sobre un plano y luego olvidar que los demás no habían estado presentes cuando la dibujó.

Apartó las páginas del cuaderno y encontró una tarjeta de cartulina doblada por la mitad. No llevaba fecha ni referencia. Dentro, con una presión mayor que en las anotaciones técnicas, Julián había escrito:

No desapareció. Ya sé quién mintió.

Clara leyó la frase otra vez.

No estaba formulada como una pregunta ni como una de las citas copiadas de la prensa.

Era una afirmación de Julián, pero eso no la convertía en cierta.

Su padre había podido detectar una contradicción, interpretar mal un documento o convencerse de que una persona ocultaba algo por razones que no tenían relación con la desaparición.

La tarjeta estaba en blanco por el reverso.

Clara la dejó abierta sobre la mesa, al lado de D-17.

Después recorrió con la vista las carpetas numeradas, buscando una continuación inmediata que no encontró.

Las cajas seguían un orden por años, pero dentro de cada una Julián había reorganizado el material según relaciones que sólo había explicado a medias.

El timbre de la puerta sonó una vez.

Clara tardó en reaccionar. Miró la hora en el móvil y salió del cuarto, dejando la lámpara encendida. Desde el recibidor vio a un hombre esperando al otro lado del cristal de la puerta. Tendría más o menos su edad. Cuando abrió, él se apartó medio paso.

—Clara. Soy Tomás Vega.

El nombre le resultó inmediato. Estaba escrito en el reverso de la fotografía, pero también pertenecía al pueblo, a una familia que Clara recordaba sin poder situar del todo. El rostro había cambiado desde 2008. Aun así, reconoció en él al joven de la imagen.

—Hola.

—He visto tu coche. Me han dicho que habías vuelto.

Tomás bajó la mirada hacia la maleta, todavía junto a la pared del recibidor.

—Quería darte el pésame. No pude acercarme antes.

—Gracias.

Permaneció en el umbral, sin hacer ademán de entrar. Desde la calle llegaba el motor de una embarcación y el golpe de una persiana mal sujeta en alguna casa próxima.

—¿Vas a quedarte muchos días? —preguntó.

—Los que tarde en ordenar esto.

Tomás asintió. Pareció disponerse a decir algo más, pero se limitó a pasarse una mano por la nuca.

—Si necesitas ayuda, Marta o yo podemos echarte una mano.

—Te lo agradezco.

—Tu padre… —empezó.

Clara esperó.

Tomás miró hacia la calle.

—Nada. Ya hablaremos con más calma.

Se despidió y bajó los dos escalones de la entrada. Clara lo vio alejarse hasta la esquina antes de cerrar la puerta.