La última marea
© inepub.com
CAPÍTULO 1·Regreso
Regreso
Clara vio el campanario de San Telmo del Estero antes que el mar.
Apareció entre las azoteas al final de la carretera, recortado contra un cielo blanquecino.
Después llegaron las primeras casas, el taller de redes cerrado y la explanada donde se acumulaban pequeñas embarcaciones sobre remolques oxidados.
La marea estaba baja. Al otro lado de las últimas construcciones, las marismas se extendían en franjas de barro y agua quieta.
Bajó la ventanilla. Entró aire húmedo, con olor a sal y a vegetación caliente. También el ruido irregular de las gaviotas, más áspero de lo que recordaba.
La cerró al llegar a la primera rotonda.
Había hecho el trayecto sin detenerse y llevaba demasiado tiempo sentada, pero no quiso aparcar en el paseo ni tomar un café antes de enfrentarse a la casa.
Había redactado una lista la noche anterior y pensaba seguirla: abrir ventanas, revisar la nevera, separar documentos, ropa y objetos de valor.
Después llamaría a la empresa de vaciado para que calculasen cuánto podían llevarse.
Lo demás dependería de cuántos días necesitara.
La calle de Julián era demasiado estrecha para dejar el coche junto a la puerta.
Clara descargó la maleta y dos cajas plegadas, aparcó algo más lejos y regresó andando.
Las ruedas de la maleta tropezaron con las juntas de las baldosas.
Nada en la calle parecía haber cambiado de forma importante.
Algunas fachadas tenían otra pintura y la antigua tienda de ultramarinos se había convertido en una vivienda, pero los balcones seguían protegiéndose del sol con toldos descoloridos.
La casa estaba al final de una hilera de viviendas bajas. Clara dejó la maleta en la acera y buscó la llave en el bolsillo exterior del bolso, aunque sabía perfectamente dónde la había guardado.
La cerradura cedió al segundo intento.
Dentro olía a madera, polvo y habitación cerrada. No era un olor desagradable, sólo inmóvil. Abrió la contraventana del recibidor y luego la ventana del salón. Una corriente tibia movió las cortinas y levantó una esquina del periódico que había sobre la mesa.
Clara se quedó mirando la fecha durante unos segundos.
No recordaba si aquel periódico lo había dejado Julián o si se lo había llevado ella misma el día después del funeral, junto con las cartas que encontró en el buzón. Podía comprobarlo más tarde. Lo dobló, lo depositó sobre una silla y abrió la segunda ventana.
La casa recuperó poco a poco sus ruidos: una persiana golpeando en el piso de arriba, el zumbido de la nevera cuando Clara volvió a conectarla, una tubería que protestó al abrir el grifo de la cocina.
En el patio, las pinzas seguían sujetas a la cuerda de tender.
Julián las dejaba allí incluso en invierno porque guardarlas cada vez le parecía una tarea inventada por alguien con demasiado tiempo.
Clara descolgó una. El plástico azul se había vuelto quebradizo y áspero.
La dejó donde estaba.
Empezó por la cocina porque ofrecía decisiones sencillas.
Tiró dos paquetes abiertos, comprobó las fechas de las conservas y agrupó en una bolsa lo que aún podía aprovecharse.
En un armario encontró tres vasos iguales y una taza de loza con una grieta junto al asa.
Julián tomaba el café en ella desde hacía años, pese a tener otras mejores.
Clara la puso sobre la encimera, en el lado de las cosas que conservaría.
Había llevado rollos de bolsas, cinta adhesiva y rotuladores gruesos.
Escribió CONSERVAR en una de las cajas plegables y DONAR en la otra.
Dudó antes de preparar una tercera para tirar.
Al final escribió DESECHAR, una palabra más limpia y administrativa, y colocó las tres junto a la puerta del salón.
Subió al dormitorio.
La cama estaba hecha. Encima de la cómoda permanecían el reloj de pulsera de Julián, unas monedas y el estuche de las gafas. Clara recogió las monedas y las guardó en el cajón. Abrió el estuche, comprobó que las gafas seguían dentro y volvió a cerrarlo.
La ropa podía esperar.
Regresó a la planta baja y entró en el pequeño cuarto donde su padre había trabajado desde que se jubiló.
La mesa de dibujo ocupaba casi toda la pared.
Había lápices ordenados por dureza en una bandeja, dos reglas, una lupa y una lámpara articulada orientada hacia el tablero.
Julián no había perdido la costumbre de alinear el papel con el borde antes de empezar, aunque sólo fuese a apuntar una medida o hacer la lista de la compra.
Clara pasó un dedo por la mesa. La marca que dejó en el polvo fue más visible de lo esperado.
Sacó el móvil y añadió «material de dibujo» a la lista.
Luego abrió el archivador metálico. Encontró recibos, garantías de electrodomésticos que ya no existían y carpetas con impuestos municipales.
Separó los documentos que debían destruirse de los que tendría que conservar durante un tiempo.
El método funcionó. Cuando dudaba, dejaba el papel en una cuarta pila y continuaba.
Al agacharse para revisar el último cajón, vio que el archivador no llegaba hasta la pared. Detrás había una fila de cajas bajas, del mismo cartón gris que se utilizaba para guardar expedientes.
Tiró de la primera. Pesaba más de lo que sugería su tamaño.
En el lomo, Julián había escrito un año con rotulador negro.
Las siguientes también estaban fechadas, una tras otra, y ocupaban todo el espacio hasta la esquina.
Clara esperaba encontrar facturas antiguas, fotografías familiares o papeles de la casa.
Levantó la tapa de la primera y vio carpetillas numeradas, fotocopias y recortes ordenados con separadores.
No reconoció ningún asunto familiar.
Se sentó en el suelo, con la caja entre las rodillas, y acercó la lámpara de la mesa.
La primera carpetilla llevaba escrito un uno en la esquina superior, dentro de un círculo trazado a lápiz. Clara la abrió sin levantarse del suelo.
Contenía fotocopias de periódicos, impresiones de páginas antiguas y varias hojas que parecían proceder de registros públicos.
El papel había envejecido de manera desigual.
Algunos documentos llevaban años allí; otros eran recientes y habían sido añadidos entre separadores más viejos.
Julián había anotado fechas en los márgenes y unido ciertas páginas con pequeñas marcas de lápiz, sin flechas ni explicaciones.
Clara sacó el contenido y lo distribuyó delante de ella, respetando el orden.
Una noticia sobre una búsqueda en las marismas quedó junto a la copia parcial de un plano.
Debajo apareció una relación de llamadas a organismos públicos, escrita por Julián, y después un recorte sobre el cierre temporal de un camino próximo a las salinas.
No encontró un asunto común a primera vista.
Cogió la cuarta hoja. El nombre de Lucía Ferrer aparecía subrayado en el primer párrafo. Volvió a encontrarlo en el documento siguiente, esta vez dentro de un titular:
CONTINÚA LA BÚSQUEDA DE LA JOVEN DESAPARECIDA EN SAN TELMO
Clara apartó el recorte y revisó los anteriores. El nombre estaba también en la noticia sobre las marismas, casi escondido en la mala calidad de la fotocopia. Lucía Ferrer, diecinueve años.
Le resultaba conocido. No como el nombre de alguien a quien hubiese tratado, sino como uno de esos nombres que durante un tiempo habían formado parte del pueblo.
Lo había oído en conversaciones interrumpidas al entrar ella en una habitación, en la radio local, quizá en la cola de alguna tienda.
En 2008 Clara ya vivía fuera y sus visitas a San Telmo se habían reducido a fines de semana aislados.
Conservaba del caso una impresión vaga: carteles, batidas y una familia que seguía buscando cuando los demás empezaban a hablar menos del asunto.
Se incorporó lo suficiente para alcanzar la silla y dejó allí la pila de documentos dudosos.
Los papeles de Julián no podían mezclarse con recibos ni garantías, pero tampoco estaba dispuesta a clasificarlos todavía como algo que quisiera conservar.
Puso los recortes sobre la mesa de dibujo y encendió la lámpara.
La hoja siguiente era una cronología.
Reconoció la letra de su padre antes de leer el encabezamiento.
Julián había trazado una línea vertical y distribuido a ambos lados fechas, lugares y referencias de documentos.
La secuencia comenzaba con la desaparición de Lucía en agosto de 2008.
Varias entradas remitían a periódicos o comunicados; otras sólo contenían abreviaturas que Clara no entendía.
Una de las anotaciones indicaba que Lucía había sido vista por última vez después de pasar la noche con un grupo de amigos en las Salinas de la Aguja.
Otra recogía el inicio de las búsquedas.
Más abajo, Julián había copiado fragmentos de noticias posteriores: ausencia de movimientos bancarios conocidos, falta de resultados en los rastreos y la posibilidad, repetida durante años, de que la joven se hubiese marchado voluntariamente.
No era una conclusión de Julián. Clara distinguía bien cuándo su padre copiaba una fuente y cuándo escribía algo propio. En aquella hoja, las frases procedentes de noticias estaban entrecomilladas y acompañadas por una fecha. Los comentarios de Julián aparecían a lápiz, con una letra más pequeña.
La posibilidad de una marcha voluntaria estaba marcada con una línea en el margen, pero sin comentario.
Clara abrió la segunda carpetilla. No esperaba encontrar una explicación inmediata, pero sí alguna indicación sobre el motivo por el que todo aquello había acabado en la casa.
Aparecieron copias de anuncios de búsqueda, una ficha con los datos básicos de Lucía y varias noticias publicadas durante los aniversarios de la desaparición.
En una de ellas se mencionaba que la joven trabajaba como auxiliar administrativa temporal en Rivas y Costa.
La tercera carpeta incluía planos.