La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 28. Chapter 28 #2
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28. Chapter 28 #2

El sapo abrió los ojos de par en par mientras le salían columnas de humo de los orificios nasales.

Explotó. El escudo de Treth y la barrera natural del calor que emanaba de mis llamas evitaron que me alcanzara lo peor de aquella carnicería viscosa, mientras el veneno y el limo ácido llovían por toda la sala.

El cambiapieles forcejeó bajo el peso del gorila cuando me acerqué. Emitió un gruñido bajo y lastimero cuando lo apuñalé en la cabeza con la hoja Necro. Treth apareció a mi lado y volvió a dejar Ithalen en mi mano.

Seguimos adentrándonos en el edificio. Candace estaba cerca. Podía sentir que me llamaba. Tenía miedo. Pero también percibía su expectación. Me estaba esperando.

Eché a correr a toda velocidad por los pasillos y dejé que mis alas se desvanecieran, pues no había mucho espacio para maniobrar.

No encontré cadáveres ni indicios de lucha. Ningún consejero al que proteger. ¿De verdad podían los soldados y Whiteshield estar limitándose a vigilar un edificio vacío?

¿O también estaban aliados con el Mentor? No me sorprendería.

Se abrieron unas Grietas que dejaron al descubierto un grupo de criaturas rocosas de formas femeninas con guadañas por brazos.

Aplasté a una con la fuerza de la estocada de mi espada, lancé su cuerpo de una patada contra su compañera y luego separé la cabeza de otra del cuerpo con ambas espadas a la vez. Como si utilizara unas tijeras.

Antes de que pudiera avanzar unos metros más, unos zombis con cráneos cornudos al descubierto cayeron del techo. Acabé con ellos, aunque uno de los cuernos me perforó el hombro. Mi propio fuego cauterizó la herida, pero aun así dolía.

Jadeé. Podía ocuparme de todas aquellas bestias.

De todas y cada una. Pero, si el objetivo del Mentor hubiera sido matarme, no me estaría lanzando aquellas patéticas migajas.

Lo haría él mismo. Aquello era una prueba.

Lo sabía. Una prueba para ver hasta dónde podía llegar.

Cuántos cortes hacían falta para derribarme. Cuánta sangre podía perder…

La pregunta era: ¿por qué?

Antes de que pudiera darle más vueltas, salí despedida hacia atrás cuando el suelo y el techo se desgarraron y se hicieron añicos. Se abrió una grieta enorme, separando el edificio, mientras un ser de puro horror emergía flotando de aquella brecha en el espacio.

Vacilé, pese a la confianza con la que me había enfrentado a todos los demás. Tal vez me había equivocado. El Mentor sí pretendía matarme.

La criatura que salió de la grieta tenía los brazos cruzados, como si aquella matanza rutinaria la aburriera.

Sus ojos y casi todo su cuerpo estaban cubiertos por una gruesa capa de piel o piedra de color gris ceniza.

Debajo palpitaba carne roja. Como músculo al descubierto.

La piel gris ceniza le cubría los ojos, pero sabía que no necesitaba ver, pues clavaba la mirada directamente en mi alma.

Cuatro cuernos curvos flanqueaban unas fauces sin labios y afiladas como cuchillas, fijadas en una mueca por garfios clavados en la carne.

Flotaba sostenido por un par de alas enormes, parecidas a las de un murciélago, cubiertas de pinchos ígneos y rojos.

Y, sujetas mediante cadenas que atravesaban sus muñecas, había dos gárgolas demoníacas, cubiertas de espuma sanguinolenta y sombras, que chillaban y rugían de hambre y rabia.

Ah, y medía al menos dos pisos de altura.

Las cadenas mantenían a raya a las gárgolas mientras la monstruosidad demoníaca salía de la grieta. El edificio se sacudió cuando la grieta desapareció, permitiendo que las ruinas volvieran a su sitio.

¡Cómo deseaba que Cindy estuviera allí! Dudaba mucho de que ni siquiera Ithalen pudiera hacerle algo a aquella cosa.

Era un archidemonio. Sin ninguna duda. E incluso las espadas mágicas tendían más a irritar a los archidemonios que a herirlos.

¡Joder, si ni siquiera había podido hacerle nada a aquel diablo cubierto de pinchos!

Pero Candace estaba justo al otro lado. Muy cerca. Y tenía que intentarlo.

Rugí en señal de desafío y cargué, con ambas espadas preparadas para partir limpiamente en dos aquella abominación. O, al menos, fracasar en el intento.

Un pilar de luz dorada me empujó hacia atrás. El demonio quedó recortado contra la descarga de energía de purificación y después se desvaneció, evaporándose hasta convertirse en polvo.

Donde antes había flotado se alzaba un hombre de piel morena perfecta y un par de alas blancas y emplumadas, empuñando una lanza dorada.

—¡Ismail! —exclamé.

Mi amigo sonrió, y su perfección de Serafín resplandeció e iluminó cuanto lo rodeaba, incluso mientras el mundo se oscurecía.

—¡Vete, Kat! —insistió cuando se abrieron más Grietas, dejando al descubierto aún más demonios. Arremetió con una oleada de luz cegadora y se lanzó contra las hordas infernales que se aproximaban.

Cualquier vacilación que sintiera, cualquier deseo de quedarme a ayudar a mi amigo angelical, desapareció al oír a Candace pronunciar mi nombre, no en mi mente, sino con mis propios oídos.

—¡Kat! —gritó, asustada y desesperada.

Le dediqué una última mirada a Ismail mientras se enfrentaba él solo a una docena de demonios mayores. Sobreviviría. Puede que los Serafines fueran arrogantes, pero tenían motivos de sobra para serlo.

Corrí por los pasillos, saltando por encima de la brecha que habían abierto el archidemonio y la grieta. La presencia de Candace estaba cada vez más cerca.

Hasta que solo una puerta nos separó. La oficina del Presidente.

Abrí la puerta de una patada, blandiendo ambas hojas y dispuesta a destruir. Y me detuve.

Sentado ante su escritorio, mucho más tranquilo de lo que tenía la Razón para estar, se encontraba Riaan Haggenort. A su espalda estaban el Mentor, con aquella sonrisa arrogante en el rostro, y Candace.

—¡Kat! —exclamó ella.

—¡Candace! ¿Estás herida?

—Lo siento muchísimo, Kat —suplicó. No tenía ni idea de a qué se refería, pero no me dieron oportunidad de preguntárselo.

—Por fin llegas, Drummond —Riaan escupió mi nombre como si fuera una maldición—. ¿Has venido a responder por tus crímenes?

Me quedé atónita. De todas las cosas que esperaba de Riaan, aquello jamás se me había pasado por la cabeza.

—Riaan…, ¿te has vuelto completamente loco? ¿En qué coño estás pensando? La ciudad está siendo atacada. Y él…

Señalé al Mentor.

—Es el cerebro de todo esto.

—¡No me des lecciones! —gritó Riaan, levantándose de golpe con el rostro enrojecido—.

Tú has provocado esto en nuestra ciudad.

Igual que trajiste al Necroseñor, al deformador de mentes, la Gripe Férica y los ataques de los orcos.

¡Todo! ¡Eres la plaga que lleva años devorando esta ciudad!

Creas a tus propios villanos para poder ser la heroína de la ciudad.

Pero eres tú el problema. ¡Sin cazadores de monstruos, no hay monstruos!

Solo delincuentes y alimañas, cuya eliminación debería corresponder al Consejo. ¡No a ti!

Di un paso al frente, incrédula.

—¿De verdad crees que yo provoqué todo eso? ¡Había monstruos mucho antes de que yo naciera! ¿Hasta qué punto puedes estar loco?

—¿Loco? —se mofó—. Veo lo que debe ocurrir para salvar de ti esta ciudad.

Hay que eliminarte. Por todas las vidas que has destruido.

¡Por amenazar la existencia misma de este gobierno!

Los daños de hoy no serán más que una gota en el océano comparados con todo lo que has provocado.

Si tengo que ser el malo para hacer lo correcto, ¡que así sea!

No pude responder. ¿Cómo se responde a algo así?

Me limité a apretar los dientes y mirarlo a los ojos. Mitad con rabia. Mitad con lástima.

—Cualquier otro debería haber sido Presidente en tu lugar. El verdadero crimen de Darius fue asegurarse de que nadie salvo tú se presentara. No hay nada más peligroso que un hombre débil con poder. Ahora lo veo.

Di un paso al frente sin perder de vista a Candace.

Tenía el rostro pálido y los ojos azul avellana muy abiertos.

Miraba alternativamente al Mentor y a mí.

Vi la Locura en sus ojos. Y la sentí a través de nuestro vínculo, aunque parecía alterado.

Como si hubiera interferencias estáticas. ¿Qué le había hecho el Mentor?

De pronto, el Mentor se echó a reír. Dio una palmada y apareció justo al lado del ahora desconcertado Presidente.

—¡Muy bien, Kat! Estoy de acuerdo. ¡Qué buena forma de expresarlo! ¡Nada tan peligroso como un hombre débil con poder! Es poético. Pero también… está terriblemente equivocado.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, una hoja dentada apareció en su mano; la deslizó por el cuello de Riaan y dejó que este cayera de nuevo sobre la silla. Los ojos de Riaan titilaron mientras la sangre manaba de su garganta. Confusión. Miedo.

Y la comprensión de que se había equivocado.

El Mentor dejó caer su daga ensangrentada al vacío y se volvió hacia mí.

—El hombre más peligroso del mundo es un hombre poderoso que sabe qué hacer con su poder.

Esbozó una amplia sonrisa.

—Entonces, Kat, ¿empezamos?