La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 29. Chapter 29
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29. Chapter 29

Salvadora

Riaan murió entre borbotones de sangre mientras su cuerpo palidecía y se desplomaba en la silla.

Una pequeña parte de mí sintió una punzada de tristeza.

Esa parte que no se había encallecido ni forjado en el conflicto.

Riaan no había sido un hombre completamente malvado.

Estaba desesperado. Aterrorizado ante la posibilidad de que el mundo no encajara en su ordenada cajita.

Por eso había muerto. Pero no antes de causar tanto daño.

El resto de mí estaba frío. Helado, con un atisbo de fuego en los ojos mientras contemplaba al hombre que había matado a mis padres, secuestrado a mi hermana y destruido mi ciudad.

—El difunto Presidente tenía razón en una cosa —dijo el Mentor, tranquilamente de pie, con las manos ahora a la espalda. No tenía ni una mota de sangre encima—. A veces, para hacer lo correcto, tienes que ser el malo.

—Lo que te convierte en el malo es hacer lo incorrecto —respondí mientras buscaba una oportunidad.

Sin embargo, no podía arriesgarme con Candace.

Tenía que alargar aquello. Esperar una ocasión.

Ella me miró. En sus ojos se reflejaba muchísima tristeza.

Había un conflicto en ellos. Probablemente, las voces estaban tomando de nuevo el control.

—Mentiste. Dijiste que no harías daño a mi familia. Que dejarías en paz a los inocentes. ¡Esto es entre nosotros!

—Dije que no los convertiría en objetivos. Esto debía ser un duelo entre nuestros poderes. Y esto... —abrió los brazos de par en par, señalando la carnicería al otro lado de los muros— es mi poder. Mi forma de ponerte a prueba. De poner a prueba las fuerzas que has reunido.

—Eres un puto monstruo. ¿Lo sabes? —solté con gran elocuencia.

—El bien, el mal... —El Mentor negó con la cabeza—.

No son más que mezquinas nociones humanas.

A escala cósmica, no existen el bien ni el mal.

Solo la luz y la oscuridad. ¿Y qué sería la una sin la otra?

Usamos la luz para ver y la Oscuridad para ocultar.

Ambas cumplen su propósito. Y, sin embargo, ¿rechazas una en favor de la otra?

¿No es eso como ir a la guerra sin munición?

—No me entusiasma demasiado la munición que me convierte en una loca furiosa —repliqué.

—Ah, eso es lo que dicen que hace. Y quizá digan la verdad.

Desde sus propias perspectivas. Y eso es lo único que importa de verdad, ¿no?

La perspectiva. Todos somos los héroes de nuestra propia historia.

Pero, a veces, debemos convertirnos a sabiendas en el villano para que pueda existir un héroe.

Pues ¿qué es una fragua sin fuego? ¿Qué son los diamantes sin presión? ¿Un guerrero sin enemigo...?

—Salta a la parte en la que me cuentas tus planes, gilipollas. Tengo prisa.

El Mentor frunció el ceño durante una fracción de segundo. Le gustaba oírse hablar. Pero enseguida recuperó su sonrisa confiada.

—Todo a su debido tiempo...

—En realidad, cállate. Me da igual. ¡Libera a Candace! ¡Ahora!

Mantuve la voz mesurada. Grosera, pero serena. Aunque deseaba gritar y abalanzarme sobre aquel monstruo con toda la ferocidad que había acumulado durante la década y media en la que no había podido dormir sin echar de menos el sonido de las voces de mi madre y mi padre.

Él se rio.

—¿Liberarla? Oh. Candace Evergreen no es mi prisionera ni mi rehén. Está aquí por voluntad propia.

—¡Mentiroso! —solté, aunque Candace no lo negó.

—No necesito mentir, Kat. Ella ha visto la luz en la Oscuridad. Ha comprendido que el camino hacia la supervivencia pasa por dominar ambas. Por hacer concesiones. Por hacer lo que sea necesario para ganar.

Inclinó la cabeza.

—Quizá deberías escucharme.

El silencio de Candace me había dejado demasiado aturdida para responder. No podía percibir sus verdaderas emociones a través de nuestro vínculo de alma. Solo estática. Pero vi vergüenza en sus ojos.

El Mentor continuó:

—¿Querías oír mi plan? Comenzó hace casi quince años, cuando implanté una firma mágica única en una niña.

Requirió grandes sacrificios, traumas y, sobre todo, una capacidad de resistencia que no debería ser posible encontrar en una criatura.

Sin embargo, a pesar de que mi ritual quedó incompleto, la niña sobrevivió.

Prosperó. Y, con los años, demostró que el experimento había sido un éxito.

Pues el objetivo del ritual era crear la Vasija.

Un reino espiritual dentro del alma de una mortal, capaz de albergar un ejército espiritual.

Un nuevo Valhalla que sustituyera al antiguo.

—¿Por qué? —pregunté sin más.

—Para hacer lo mismo que Valhalla. Prepararnos para el fin del mundo. Albergar las habilidades, los conocimientos y el poder de los muertos y usarlos para conferir poder a un único individuo hasta convertirlo en un dios. Para desafiar al Ragnarök o a cualquier otro Apocalipsis.

No había Locura en sus ojos. Solo certeza. La seguridad de un hombre que estaba alcanzando su magnum opus .

—Yo te creé, Kat Drummond, para que comandaras un ejército de espíritus.

El Ejército de la Vasija. Para que lo usaras a fin de enfrentarte al caos y a la aniquilación.

Para que, como ya has hecho, mataras monstruos.

Y para que, si fuera necesario, tomaras las decisiones difíciles.

Destruir diez mundos para salvar un undécimo.

Hacer lo necesario para garantizar la supervivencia de nuestra especie.

De nuestro planeta. Te creé a ti, Última Luz, para salvar el mundo.

El peso de su confesión cayó sobre mí. Amortiguó mis pensamientos y amenazó con abrumarme. Hasta que la cacofonía del mundo que se acababa fuera me devolvió a la realidad.

Señalé al exterior con Ithalen, notando cómo se me encendía el rostro. Mi abrigo se inflamó en respuesta a mi ira.

—Entonces, ¿qué es esto? ¿Quieres que salve el mundo? ¿Por qué lo estás destruyendo? ¿Por qué desatar el apocalipsis sobre mi ciudad? ¿Qué consigues con esto?

—Todo esto era una prueba, como ya te he dicho. Tu cometido es salvar el mundo. Resultaba apropiado comprobar si podías salvar una ciudad...

Su sonrisa se desvaneció.

—Y ahora lo sé. Estás en vías de merecer la Vasija. Pero has llegado a un callejón sin salida. No tienes lo necesario para gobernar a los espíritus.

—No gobierno nada. Luchan por voluntad propia. Si los lidero, es porque me siguen de buen grado.

—No se trata solo de tu negativa a asumir el mando ni de tu mezquina conciencia.

Por primera vez, parecía enfadado. Decepcionado. Como si su fiel sabueso le hubiera meado en la cama.

—No posees el poder necesario para ser nuestra salvadora.

Solo aceptas a unos pocos espíritus insignificantes, y este fantasma que los comanda es un patético reflejo de lo que la Vasija podría ser.

Pero eso... eso puede remediarse. Porque Treth Avicin de Concord siempre fue el hermano equivocado.

El error de mi ecuación. Porque no es él quien puede salvar nuestro mundo.

El hermano de Treth. El liche. El que había destruido Avathor. El Mentor pretendía que habitara en mi alma. Un ser que había creado una maldad tan potente que había sobrevivido a su muerte...

—Veo la duda en tus ojos. Aún lidias con la necia noción del bien y el mal. Pero yo te ofrezco la verdad. No existe la bondad. Ni la maldad. Solo la supervivencia y la aniquilación absoluta. Y, para sobrevivir, todo está permitido.

Treth se tensó a mi lado y nos miró alternativamente al Mentor y a mí. Como si esperara que lo traicionase. O como si él mismo estuviera sopesando las palabras del Mentor. ¿Echaba de menos a su hermano? ¿Dudaba alguna vez de sí mismo? Sabía que sí.

Pero en esto no debía dudar.

Para mí, Treth siempre sería el hermano correcto. Sin ninguna duda.

Mi silencio fue respuesta suficiente. Y, de no ser así, mi mirada letal debió dejar claros mis pensamientos.

—Quizá —continuó el Mentor—, si yo no puedo convencerte de que hagas lo correcto y aceptes al hermano adecuado en tu alma, pueda hacerlo tu hermana de alma.

Candace titubeó y miró con temor al Mentor y después a mí, con una vergüenza indescriptible.

Mi expresión se descompuso mientras daba un paso atrás, palideciendo.

No. Candace no. ¡No después de todo lo que habíamos hecho! ¡Después de todo lo que había conseguido! No podía creerlo. Pensaba que la había salvado. Que le había hecho ver la luz. Que le había enseñado a reconocer la bondad.

—Candace... —intenté suplicar, incrédula, mientras ella avanzaba a instancias del Mentor.

—Kat —dijo con vacilación—. Tienes que poner fin al apocalipsis. Tienes que salvar el mundo...

El Mentor sonrió, orgulloso, mientras su perra amaestrada cumplía sus órdenes.

Se me cayó el alma a los pies. La había perdido...

Antes de que él pudiera reaccionar, ella le clavó un bolígrafo en el muslo y saltó por encima del escritorio, apartando a Riaan de un golpe.

—¡Matándolo a él! —gritó, mientras el Mentor lanzaba un alarido de angustia. Nunca lo había visto tan humano.

Nuestro vínculo de alma se volvió de pronto nítido y vi el alma de Candace tal como era. No había conflicto. Ni duda. Solo una interpretación realmente buena.

¡Mi hermana había vuelto!

Candace ocupó su lugar a mi lado y empezó a murmurar sortilegios para combatir. Le ofrecí la hoja Necro. Ella alzó la mirada hacia mí, vacilante.

—Pertenece a la auténtica Necroseñora.

La aceptó y yo sentí una oleada de poder. ¡De verdad era suya!

—Te he echado de menos, Kat.

—Yo también te he echado de menos... Candy.

El Mentor, rebosante de furia e incredulidad, apretó los dientes mientras se arrancaba el bolígrafo del muslo.