27. Chapter 27 #5
Había esperado que, de algún modo, la criatura pareciera más pequeña de cerca.
Sí. Una idea estúpida. Mientras me precipitaba hacia ella, con el viento azotándome y los espíritus de la Vasija lanzándose tras de mí, me sentí diminuta, insignificante.
¡Aquella cosa podía partir la Ciudadela como una ramita!
Cuando por fin se cansara de escupir rayos y nubes de tormenta, Hope City podía acabar convertida en el arenero donde lucharan un dragón y un Titán.
Y al final del día no quedaría nadie con vida para ver quién ganaba aquel combate.
Me lancé hacia sus fauces abiertas y sentí que los espíritus de la Vasija regresaban a mi mente. Estábamos demasiado alto para que siguieran combatiendo en tierra. Lo lamenté. Estaban ayudando a la gente. Pero necesitaba hacer aquello.
Un trueno retumbó en mi oído. Hice una mueca. Había sido mucho más fuerte que los anteriores. ¿Se estaba volviendo más poderoso el dragón? ¿Estaba más furioso?
—Hola, Kat. Qué casualidad encontrarte por aquí.
Me volví y casi solté una exclamación. Thor estaba frente a mí, viajando a una velocidad de vértigo mientras nos precipitábamos hacia un dragón, montado en un carro tirado por cabras voladoras.
—No, Mjolnir no me permite volar —explicó, poniendo los ojos en blanco.
—¡Thor! ¿Has venido a ayudar?
La esperanza creció en mi interior. Thor había desterrado a Fafnir de Berlín décadas atrás. Por no hablar de que estaba destinado a derrotar a Jörmungandr, la Serpiente del Mundo, durante el Ragnarök.
Desvió la mirada, se rascó la barba y tarareó. Como si estuviera pensando.
Mis esperanzas se hicieron añicos.
Thor se desvió justo antes de chocar contra el dragón.
Este lanzó una dentellada en mi dirección y apenas conseguí esquivarla.
Preparé ambas espadas y las hundí en la piel escamosa del dragón al pasar volando junto a él.
Bueno, intenté hundirlas. En lugar de eso, mis espadas solo arañaron las escamas, como si arrastrara un cuchillo de mantequilla por una plancha de acero.
Los espíritus de la Vasija se precipitaron a su alrededor, apuñalando, acuchillando y empleando toda clase de hechizos espectrales. Nada le hacía daño. ¡Absolutamente nada!
Un rayo estuvo a punto de alcanzarme y salí disparada hacia atrás, retirándome a una distancia segura. Thor reapareció y empezó a volar a mi alrededor mientras yo flotaba.
—Bueno, eso dependería... —respondió por fin, seguro de que para entonces yo ya sabía que no podía ocuparme de aquello sola.
Sentí que me ascendía por el vientre un fuego capaz de rivalizar con el de mis alas y mi abrigo.
—Oh, no te enfades, Kat Drummond —dijo Thor con jovialidad—. Tú, mejor que nadie, deberías entender los intercambios. Al fin y al cabo, son tu sustento. No ayudas a nadie a cambio de nada.
Quería clavarle mis espadas, para lo poco que me habría servido. Parecía que los mitos nórdicos eran mucho más ciertos de lo que la excelente propaganda de Odín y Thor había dado a entender. ¡Era tan egoísta y manipulador como en las leyendas!
Pero no tenía otra opción.
—¿Qué quieres? —siseé mientras los relámpagos crepitaban y los truenos retumbaban a nuestro alrededor.
—La guerra comienza en el norte. Ven a Europa. Ayúdanos a luchar contra nuestros enemigos. Accede a ello y derrotaré a este lagarto por ti.
—Lucharé contra el Cónclave —dije.
Thor no respondió. Su silencio contrastaba con el crepitar del infierno que se extendía abajo mientras los rayos provocaban otro incendio. Y se estaba acercando peligrosamente a la Ciudadela...
En realidad, no tenía elección.
—¡Muy bien! Lucharé contra tus enemigos. ¡Salva mi puta ciudad!
Thor sonrió, con los dientes blancos brillando entre su barba de un rojo encendido, antes de lanzarse de cabeza hacia el dragón empuñando Mjolnir. Con un destello de relámpago y el estruendo de un trueno, tanto Thor como el dragón desaparecieron.
Sin embargo, no era asunto mío reflexionar sobre los caminos de los dioses nórdicos, pues sentí un tirón en el alma.
¡Candace! Había vuelto.
No me concedí tiempo para meditar sobre el trato que había cerrado con un ser que aún podía resultar peor que el diablo.
En vez de eso, me precipité hacia mi hermana de alma.
A medida que me acercaba a la ciudad, los espíritus de la Vasija se desplegaron, matando seres malvados y rescatando a todos los que podían.
Regresé al Casco Viejo, sobrevolando la carnicería de abajo. Orcos, humanos, licántropos, ogros, seres feéricos, elfos, centauros, enanos y muchos más luchaban codo con codo contra la Oscuridad. Derramaban sangre juntos. Morían juntos.
Aquel apocalipsis los había unido de una forma que nada más habría podido lograr.
Aterricé con una fuerza explosiva, haciendo retroceder a las bestias y prendiéndoles fuego.
Candace estaba justo delante. Dentro del edificio del Consejo. Había un ejército en mi camino. Empuñé Ithalen y la hoja Necro y avancé mientras el mundo se derrumbaba a mi alrededor.
Al parecer, ni siquiera el apocalipsis iba a impedir que asistiera a mi audiencia.