La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 27. Chapter 27 #4
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27. Chapter 27 #4

—¡Mamá! —volví a gritar. La voz se me quebró en un sollozo mientras personas mucho más grandes que yo corrían por todas partes. Chocaron conmigo y me tiraron al suelo. Quería llorar, pero ya estaba llorando.

¿Por qué hacían aquello? ¿Por qué no me ayudaban? Sabía que yo era mayor que ellos. Pero los seres feéricos envejecían de otra forma. Eso decía mamá. Por eso ahora ella era tan grande, aunque hacía muy poco había sido tan pequeña. Y por eso yo todavía era pequeña.

Demasiado pequeña. Con tantísima gente. Sin mi mamá.

La gente gritaba. Gritos sin palabras. Lo sentía. Sus emociones. Con demasiada intensidad. Como si fueran mías. Tenían miedo. Miedo de que el mundo se acabara. De que fueran a morir.

No sabía qué significaba eso. Pero no me gustaba. Nada de nada.

Intenté abrirme paso entre la gente, pero me empujaron al suelo. Noté que algo me golpeaba en la cabeza y cerré los ojos. Dolía. Dolía muchísimo. Y mi voz estaba cansada.

—Mamá... —gimoteé.

El estruendo de la gente que corría cesó. Los gritos se apagaron.

Olí algo. Se parecía a esa cosa fría que hacía daño. Pero era distinto. Húmedo.

Abrí los ojos. Quise gritar al ver aquello. Pero no pude. Había gritado demasiado. Ya no me quedaba aire para gritar. Solo el suficiente para gimotear.

—Sangre feérica... —La criatura se relamió. Parecía una boca con patas, de la que colgaba una larga lengua morada. Tras ella, un hombre rojo con cuernos y un montón de criaturas de mi tamaño, con varios brazos y colas, se alzaban sobre mí.

Retrocedí a gatas hasta chocar con una pared. Gimoteé.

Monstruos...

No como los de la tele o los cómics. Apestaban a algo que no estaba bien y hacían que me lloraran aún más los ojos. Y estaban muy cerca.

Monstruos de verdad.

—Es pequeña —dijo el hombre rojo con voz grave y aterradora—. Tenemos que dividirla en pedacitos.

—Un solo bocado es como beber del pecho del cielo —dijo uno de los pequeños. ¡A mamá no le habría gustado nada oír esa forma de hablar!

—Mamá... —murmuré.

Las criaturas sonrieron, y sus afilados dientes les partieron la boca en dos. Se acercaron. Más y más.

Ya no podía ver porque las lágrimas me nublaban los ojos.

—Última Luz... —susurré, suplicando por última vez.

Un par de alas de fuego se alzaron sobre las criaturas mientras estas quedaban aplastadas al instante, con los cuerpos reventados contra el suelo como la mermelada de fresa que hacía mi antigua mamá.

—¡Última Luz! —exclamé, tendiendo los brazos cuando se me aclaró la vista. Las alas de fuego no eran de verdad. Eran dibujos sobre un trozo de tela que llevaba a la espalda un hombre enorme, de dientes puntiagudos y pelo fino colgándole sobre los labios.

Puso la mano en el suelo. ¡Era lo bastante grande para que cupiera hasta papá! Vacilé, pero después salté encima. El gran hombre me levantó hacia una cesta enorme que llevaba a la espalda, donde abracé a mamá.

—Elri —sollozó mamá—. Lo siento muchísimo. ¡Lo siento muchísimo! Creía que te había perdido.

—No lo sientas, mamá. ¡El hombre grande nos ha salvado!

—¿El hombre grande? Ah, este es...

—Tobukha —bramó el hombre—. Soy un ogro. Y tú, pequeña, ¿quién eres?

—Elri —dije, contenta de hacer un nuevo amigo—. Y soy una Elri.

Tobukha rio mientras daba un paso gigantesco hacia delante y aplastaba bajo sus pies a las criaturas malas.

***GORGOLOTH, EL DEVORADOR DE DIOSES***

¡Soy Gorgoloth, el Devorador de Dioses! Ante mí han caído naciones. Mis hordas han devorado pueblos. Civilizaciones enteras han quedado reducidas a polvo por orden mía. Han caído mundos. Ejércitos han sido sometidos. ¡He devorado a los dioses de mi pueblo!

¡Esta Tierra no sería sino otro mundo más que moriría bajo mi yugo!

Cuando el insignificante hombre oscuro nos dijo que nos preparásemos para invadir un mundo virgen, no lo creí. Pero escucharle no entrañaba desventaja alguna. Mis ejércitos siempre estaban preparados. Y tenían hambre. ¡Hambre de nuevas conquistas!

Así que, cuando las Grietas se abrieron y nos transportaron al mundo apocalíptico de esta Tierra, ¡me regocijé! Mis ejércitos marcharon hacia la brecha. Una horda oscura de criaturas horribles ataviadas de negro y rojo. Colores oscuros y ardientes que representaban mi malicia infinita.

Los envié a aquel mundo intacto y pronto lo abracé yo mismo.

El aire frío y el fragor del combate me asaltaron al cruzar la grieta.

Lo aspiré todo. Profundamente. Saboreándolo.

Un nuevo mundo que conquistar. Un nuevo mundo que destruir.

—¡Soy Gorgoloth, el Devorador de Dioses! —rugí, y entonces sentí que me derribaban.

Mi ejército cayó a mi alrededor, despedazado por el metal que volaba por los aires. Unos orcos, versiones más débiles que aquellos bajo mi mando, cargaron, abriéndose paso entre mis hombres y usando tubos mágicos para acabar con ellos.

—¡Soy Gorgoloth! —grité mientras me levantaba, aun cuando algo me rajó el tobillo y me seccionó el tendón.

Caí y solté mi pico de guerra.

Miré mi tobillo ensangrentado. ¡Allí no había nada! Sin embargo, ante mis propios ojos, aparecieron cortes y laceraciones por toda mi piel, entre las placas de mi pesada armadura.

Rugí de dolor y frustración. Mis hombres se enfrentaban a unos goblins. ¡Acabarían con ellos enseguida! Hasta que aparecieron los malditos ogros y los aplastaron. ¡Creía haber exterminado a su pueblo!

—Yo soy... —Me detuve al vislumbrar seres translúcidos a mi alrededor. Seres insignificantes. Como el hombre que nos había invocado a este reino. Pero fantasmales. Aparecían y desaparecían de la existencia. Hasta que un hombre con un solo brazo apareció ante mí.

Sonrió mientras un fuego espectral aparecía en su mano.

Gorgoloth, el Devorador de Dioses, murió como había vivido. Entre llamas.

***CANDACE***

Contemplé cómo el apocalipsis caía sobre mi ciudad y no hice nada por detenerlo.

Desde el vacío mismo podía verlo todo. A la gente muriendo.

A los inocentes sufriendo. Destrucción. Absoluta.

Mientras el Mentor desataba sobre mi ciudad hasta la última criatura nacida de la Oscuridad y el odio, yo observaba sin derramar una sola lágrima.

Porque ¿cómo podía juzgar después de haber matado yo a tantos?

¿Quizá el fin sí justifica los medios?

¿Quizá al final todo merecería la pena?

Un apocalipsis que pondría fin a todos los apocalipsis. Sobrevivir exigía dolor. Como amputar una extremidad infectada. Había que hacerlo. Por mucho que doliera.

Por mucho que hiciera gritar a mi alma.

Lo único que me mantenía cuerda era el tirón de Kat, justo al otro lado de aquel velo. Podía sentirla. Más cerca. Cada vez más cerca.

Pronto. Todo terminaría pronto.

Y entonces volvería a reunirme con Kat.

***brETT***

Las calles del Casco Viejo eran un caos. Por suerte, la gente ya no intentaba circular en coche. Pero eso no impedía que los monstruos derribaran puertas, rompieran ventanas y arrastraran a las calles a víctimas indefensas que no paraban de gritar.

Nada podía haberme preparado para esto. Ni el Cuerpo. Ni los Cruzados. Nada, salvo ver la determinación en los ojos de distinto color de Kat.

Me armé de valor, accioné el mecanismo de mi escopeta y abrí fuego contra una seta gigante y furiosa que había decidido acercarse demasiado.

Kat abatió a una criatura vampiro que descendía en picado. Las nubes de tormenta habían oscurecido el cielo lo suficiente para que pudieran sobrevivir. Se volvió hacia mí; tenía los ojos tristes y desesperados, pero igualmente decididos.

—Brett... —empezó.

—Lo sé —dije. Tenía que ir a luchar contra el dragón. Era nuestra única esperanza. Y una parte de mí sabía que antes habría discutido. Que la idea de perderla me habría vuelto loco. Pero algo había cambiado.

Quizá había regresado tantas veces que por fin había comprendido algo.

¡Era Kat! Mi amor. Mi vida. Y nada podía matarla.

—Vete —insistí—. ¡Estaré bien!

Frunció el ceño.

—¿Estás seguro?

Sonreí mientras disparaba a ciegas contra un gremlin y le desparramaba los sesos sobre una boca de incendios.

—¡Cazo monstruos desde antes de tener edad para afeitarme, Katty! Puedo ocuparme yo solo de unas cuantas recompensas.

Se oyó un aullido, seguido del rugido de unos motores. Varios coches llenos de orcos irrumpieron con un volantazo en la carretera, atropellando monstruos. Los siguieron unos licántropos. Uno era un enorme sabueso dorado que se transformó en un Gareth Blanche alto y completamente desnudo

Girin saltó de uno de los coches y saludó a Kat.

—Estamos aquí, Última Luz. Y por toda la ciudad. Mantendremos a todos a salvo.

—Sé que lo haréis, Girin —dijo Kat.

—Nosotros le haremos de niñeras, Kat —dijo Gareth—. Ve a matar a ese dragón.

Kat asintió y después se volvió hacia mí. Me besó con firmeza y rapidez antes de salir disparada por los aires como un misil.

Todavía atónito ante el hecho de que mi novia fuera básicamente una especie de semidiosa, un ángel que dominaba espíritus, examiné a mis aliados. Justo cuando más demonios, vampiros y monstruos variopintos nos confundieron con un festín.

Girin sonrió de oreja a oreja. Gareth volvió a transformarse en lobo y yo accioné la escopeta.

Mucho tiempo atrás, habría cazado a aquellas criaturas que ahora tenía a mi lado para satisfacer algún tipo de venganza equivocada. Habría jurado matarlas solo por ser diferentes.

Prefería con mucho luchar junto a ellas, defendiendo la ciudad donde había conocido a mi amor.

***KAT***

Dejé a Brett en las capaces manos de Girin y Gareth. Por no hablar de las suyas propias. Sí, estaba preocupada. ¡Él no tenía la exclusiva de preocuparse! Pero también sabía que era más que capaz de seguir con vida.

No estaba tan segura de lo que iba a hacer con aquel dragón.