25. Chapter 25
Grietas
Bestias babeantes y rugientes de toda índole surgieron de la nada y se abalanzaron sobre las calles, los tejados de los edificios e incluso el interior de los coches.
Algunas estaban desorientadas, como solía ocurrir con las criaturas llegadas a través de las grietas.
Pero no tardaron en unirse a las demás y atacar de inmediato cuanto encontraron a su paso.
Los humanos desarmados eran presas más fáciles, aunque muchas de las bestias empezaron a atacarse entre sí.
Un hobgoblin salvaje, de piel roja y músculos fibrosos, arrancó del suelo una señal de stop y usó el borde para decapitar a una salamandra que había acorralado a un grupo de peatones.
Su alivio duró poco, pues el hobgoblin procedió a devorarlos vivos.
Hasta que un minotauro acabó tanto con su festín como con su vida y salpicó sus enormes cuernos con la sangre de la criatura y la de todos los humanos.
Unas mariposas oscuras, que despedían un resplandor violeta muy parecido al fulgor dorado de las hadas de Duer, convertían la hierba en ceniza al sobrevolarla. Mientras tanto, una manada de diablillos de fuego prendió un coche. Con el conductor todavía dentro.
Y aún más horrores y monstruos, demasiados y demasiado diversos incluso para clasificarlos, surgieron del Entremedio para destruir mi ciudad.
Era el infierno. Un apocalipsis…
Y comprendí la verdad. Demasiado tarde. Aquello de lo que Candace había intentado advertirme.
El Mentor no solo podía atravesar el Entremedio. Podía controlarlo.
Era la única explicación. Ni siquiera en pleno Cataclismo habían sido tan frecuentes las oleadas de grietas.
Me volví hacia mis amigos y los policías, dándole la espalda a las inconcebibles y atroces escenas del exterior. Algunos agentes aún no habían bajado las armas. Pero les temblaban las manos. Se les había borrado el color del rostro. No sabían qué hacer.
Recogí la hoja Necro que había soltado. El policía más cercano alzó su arma. Brett, Guy y Krieg le apuntaron con las suyas. Levanté una mano para detenerlos.
Miré al agente a los ojos. Era joven. Más joven que yo. Un recluta. Lo habían hecho ascender demasiado deprisa. No se merecía aquello.
Le sostuve la mirada. Hasta que dejó caer el arma y rompió a llorar.
Me dirigí a mis amigos. Treth vigilaba a los policías, listo para derribarlos y avisarme si cometían alguna estupidez.
—Cerrad el edificio. Aseguraos de que todo el mundo esté armado y preparado para luchar. La prioridad es salvar a los civiles y asegurar el CG para usarlo como base de operaciones y hospital de campaña. Protocolo Giles.
Y, hablando de Cindy, en cuyo honor se había bautizado el protocolo, oí su voz gritar desde más abajo en el pasillo.
—¡Más os vale bajar las armas! —gritó—. Con orden judicial o sin ella, ahora estáis infringiendo la Ley de Cazadores de Monstruos. Esta cacería es nuestra.
Oí una discusión y, después, cómo cedían, mientras los Cruzados salían en tropel del Mosh-Pit. Los policías habían bajado las armas y retrocedían ante los cazadores.
Jane, que seguía inmovilizada por un agente perplejo y estupefacto, consiguió quitárselo de encima y luego se abalanzó sobre él para inmovilizarlo contra el suelo.
—¿Ya están descuidando la instrucción? ¡¿Qué le han hecho a mi querido departamento?!
Rugidos y gritos retumbaron desde el exterior, amortiguados por el brick y las placas de acero y plata de las paredes.
Krieg y Guy abrieron fuego cuando unos boggarts y un leshi atormentado cargaron contra el CG.
Los boggarts cayeron con facilidad, pero el leshi solo perdió su brazo huesudo, semejante a una rama.
Hicieron falta unos cuantos disparos más para abatirlo del todo.
Cindy apareció seguida de varios cazadores.
—Kat, me alegro de que estés bien —dijo, con alivio en la voz—. Intentamos avisarte, pero las garrapatas instalaron algún tipo de inhibidor.
Miré el móvil mientras mantenía un ojo puesto en uno de los policías. Él me devolvió una mirada furibunda. La oleada de la falla había achicharrado mi teléfono. Con inhibidor o sin él, no podríamos contactar con nadie mientras aquellas grietas siguieran abriéndose y cerrándose.
—También me alegro de que estés bien. ¡De que todos estéis bien! ¿Estos idiotas han hecho daño a alguien?
Cindy negó con la cabeza.
—Moratones y algunas lesiones auditivas.
Le dio con la punta del zapato al policía que Jane mantenía inmovilizado.
—A este imbécil le pareció buena idea disparar al techo.
—¡Esto jamás habría ocurrido en mi departamento! —Jane negó con la cabeza, decepcionada.
—Estabas demasiado ocupada chupándosela a cazadores de monstruos…
El chasquido de Krieg al amartillar su arma interrumpió la réplica del policía. Me planteé reprenderlo. Pero no era el momento. Estaba claro que los agentes aún no habían comprendido la magnitud de la situación.
—Se acabaron las discusiones —anuncié, dirigiéndome tanto a los Cruzados como a los policías—. Ahora lo importante es que trabajemos juntos para salvar a tanta gente como podamos. ¿Estamos de acuerdo?
Miré fijamente al policía al mando. Estaba tendido en el suelo, agarrándose la zona del cuello que casi había rozado con Ithalen. No respondió.
Y, si pensaba hacerlo, el temblor de la tierra acalló enseguida su respuesta. Mil rayos estallaron a la vez. Los policías se taparon los oídos. Algunos gritaron. Otros se desplomaron.
¡Desde luego, eran novatos! No veía a ninguno de aquellos policías sobreviviendo siquiera a una de las fábricas de carne de Candace o del Necroseñor.
Los mejores agentes de Hope City se habían ablandado.
Costaba imaginar que alguna vez hubieran sido competentes.
Pero, comparados con aquello, antes habían sido unas élites de la hostia, por Athena.
—Comandante… será mejor que vea esto —gritó Henri por encima del crepitar de la oleada de la falla más ensordecedora que jamás había oído. Atisbaba por la puerta mientras cubría a Brett y Guy, que contemplaban la montaña con la mirada fija.
Salí del CG seguida por los Cruzados. Los monstruos aún campaban por las calles, pero todos los civiles que alcanzaba a ver habían logrado ponerse a salvo o ya era demasiado tarde para salvarlos.
Solo quedaban parabrisas destrozados y cubiertos de sangre, y entrañas que se arrastraban hacia los callejones.
No podíamos salvarlos. Pero podíamos vengarlos. Por poco que eso sirviera.
Todos mis pensamientos sobre la carnicería que se extendía ante mí se interrumpieron de golpe en cuanto miré hacia la montaña.
De todas las bestias de los mitos y leyendas que masacraban a mi gente, ninguna se acercaba siquiera a la criatura que se había encaramado a la cima de la Montaña de la Mesa y cuyos rugidos convocaban la tormenta.
Sus escamas eran de un azul eléctrico y su cola serpenteaba a lo largo de cientos de metros antes de desembocar en un cuerpo que empequeñecía la Ciudadela del Titán. El trueno brotaba de sus fosas nasales y, cuando rugió, los rayos incendiaron los bosques.
Brett estaba blanco como el papel. Guy tenía la boca abierta de par en par. Habían trabajado para Drakenbane. Su trabajo había consistido en cazar esas cosas. Bueno, a sus primos menores. Nunca algo así.
Nunca habían tenido que hacerlo. Porque ningún dragón había amenazado jamás Hope City.
Hasta ahora…
—¡Todo el mundo fuera! ¡Empezad a luchar! —grité, sacando a mis compañeros de su estupor. El dragón profirió otro rugido ensordecedor, seguido de relámpagos que alcanzaron la roca de la montaña y los bosques que la rodeaban.
¡Necesitaríamos a todos los bomberos de la ciudad para combatir aquel incendio! Eso suponiendo que pudieran llegar hasta allí…
De verdad había llegado el día del juicio final. El fin de Hope City…
¡No! No mientras yo pudiera impedirlo.
—¡Salvad a todos los que podáis! —grité para enardecer a los Cruzados que salían en tropel del CG.
Una especie de monstruosidad, del tamaño de un hombre pero con una ensangrentada cabeza de cerdo por rostro y pinzas de cangrejo en lugar de manos, cargó contra nosotros. Le cercené una pinza con la hoja Necro y encadené el golpe con Ithalen, dejando que el cabeza de cerdo se desplomara.
Alcé Ithalen.
—¡Somos los protectores de esta ciudad! Mientras nos quede aliento, no caerá. ¡Luchad por mí! ¡Luchad por nuestra ciudad!
Los Cruzados cargaron al grito de guerra y chocaron contra la horda de bestias. Los policías se quedaron atrás, mientras Jane los retenía a punta de pistola y los increpaba por ser unos cobardes incompetentes.
Heather abrió una brecha en un gólem de carne justo cuando una banshee lanzó un lamento agudo que le marchitó la carne.
Un círculo dorado de magia de purificación absorbió al espíritu chillón y lo arrastró bajo tierra.
Cindy prosiguió con descargas doradas mientras cada Cruzado oponía su espada a las garras y sus balas a pieles resistentes. La voluntad contra el caos.
Una mantícora aterrizó con un golpe sordo y dispersó a las bestias menores que la rodeaban.
Su cabeza de león partió en dos a un Cruzado, mientras la serpiente y la cabra demoníaca atacaban a otros monstruos en medio de su furia desesperada.
En el pasado, ni siquiera me habría planteado aceptar un contrato para cazar una.
Pero había acabado con dioses. Podía luchar…
Antes siquiera de que pudiera dar un paso hacia la bestia, Brett le reventó la cabeza de cabra con un disparo de escopeta.
Henri le destrozó el ojo izquierdo. Y una docena de Cruzados se abalanzaron sobre ella y la despedazaron hasta que su rugido se convirtió en un gemido de dolor y, después, se hizo el silencio.
Mientras tanto, el dragón chillaba, bramaba y devastaba la montaña.
Ataqué a una demonia roja y alada cuando intentaba conjurar una bola de fuego para lanzársela a mis hombres.
Chilló y desapareció en una explosión de llamas mientras yo ocupaba mi puesto detrás de Brett.
Rajé a un barghest y luego a un zombi recién transformado.
¡Al menos mis especialidades de siempre formaban parte de aquel desastre!
—¡No podemos dejar a ese dragón ahí arriba! —grité por encima del estruendo de la escopeta de Brett y la melodía de la batalla.
—Drakenbane tiene… —Se interrumpió para disparar contra una arpía que descendía en picado y que se estrelló contra la ventana reforzada de mi despacho, partiéndose el cuello.
Se volvió hacia mí mientras los Cruzados reforzaban nuestra posición y convertían el caos en orden al formar un muro de escudos respaldado por una línea de tiradores. ¡Tal como les habíamos enseñado! Funcionaba contra los muertos vivientes y también contra todos aquellos caóticos monstruos menores.
—Drakenbane tiene cazas equipados para combatir dragones —continuó, deteniéndose para recuperar el aliento. Vi en sus ojos aquella determinación por salvarme. Aquel miedo a dejarme sola. Pero lo contuvo.
—¿Lucharán contra esa cosa? ¡A estas alturas debe de haber una recompensa por ella! Demonios, yo misma pagaré la factura.
Brett negó con la cabeza.
—Puede que necesiten ayuda. Son cazas de despegue y aterrizaje vertical, con aumento mágico para ayudarlos a elevarse y protectores contra sobretensiones para mantenerlos en el aire, pero, si las plataformas están infestadas, necesitarán ayuda.
Examiné la batalla. Seguían abriéndose más grietas, que desataban sobre mis hombres una horda cada vez más numerosa.
Necesitábamos el CG. Era nuestra base de operaciones.
Una fortaleza si las cosas se torcían de verdad.
Y un hospital de campaña que ya recibía pacientes mientras Cindy se retiraba del frente para atender a los heridos.
Conrad, cuya ausencia durante la redada policial había resultado muy llamativa —muy propio de él eso de esquivar a la policía—, ya estaba allí, sujetando la puerta mientras disparaba virotes de ballesta contra los demonios voladores que se lanzaban en picado.
No podíamos prescindir de un solo hombre. Pero, si Drakenbane no enviaba aquellos cazas…
No sabía qué nos destruiría primero. ¿El dragón y el fuego de su tormenta? ¿O el Titán, cuando lo despertara de malos modos un huésped reptiliano no deseado?
—Voy a Drakenbane —dije.
Brett frunció el ceño, pero no discutió.
—Y tú vienes conmigo.
Abrió mucho los ojos y después sonrió. Recargó el arma, me cogió de la mano y nos condujo hasta su furgoneta.
Guy disparaba sus dos pistolas y acribillaba a un simio gigante de pelaje blanco que bien podía ser un yeti o no.
—¡Guy! Tú estás al mando —grité mientras abatía a unas crías de basiliscos que mordisqueaban los limpiaparabrisas de Brett.
Oí a Guy soltar una palabrota mientras subíamos a la furgoneta de Brett. ¡Gracias al ingenio humano habíamos descubierto cómo impedir que las oleadas de la falla inutilizaran los coches!
Treth se manifestó y arremetió contra unos espectros que se cernían sobre los Cruzados. Quería quedarme con ellos. Presentar allí mi última resistencia. Pero toda la ciudad estaba en peligro. Y yo era su Última Luz.
Tenía que confiar en que mis amigos pudieran hacer lo que debían. Y en que yo pudiera hacer lo que se esperaba de mí.
Salvar la ciudad.