26. Chapter 26
Drakenbane
Brett avanzaba a toda velocidad por las caóticas calles de la ciudad hacia el Casco Viejo, aplastando a monstruos de menor tamaño mientras saqueaban viviendas y negocios.
Cuando la criatura que tenía delante era demasiado grande, daba un volantazo para esquivarla, sorteando el tráfico que venía de frente: civiles desesperados, bomberos que hacían cuanto podían y otros cazadores de monstruos autónomos.
Pasamos junto a sabuesos barghest envueltos en llamas mientras despedazaban a la gente.
Un cíclope arrancaba de cuajo un parque infantil con todos los que había dentro.
Un autónomo, armado con una imitación de Ithalen, se mantenía firme mientras lo rodeaban hambrientos hombres rata, apelmazados de sangre.
No nos detuvimos. No podíamos detenernos. Por mucho que yo quisiera. Teníamos que seguir adelante. Cada rugido de aquel dragón nos acercaba más a la extinción. Y, si no llegábamos a Drakenbane para hacer despegar aquellos cazas, no teníamos forma de garantizar que aquello no fuera el fin.
Eso me repetía mientras sentía que cada muerte que presenciaba destruía otro pedazo de mi alma.
La autopista estaba llena de coches accidentados. Cazadores, civiles y soldados, enfrascados en tiroteos con trasgos y kobolds, bloqueaban el carril derecho, así que Brett se subió al bordillo y avanzó a toda velocidad por la destrozada autopista.
No había pasado ni una hora. Y todo parecía al borde del colapso. Y las Grietas seguían apareciendo…
—¡Cuidado…! —empecé a gritar cuando un coche parado derrapó hasta interponerse en nuestro camino.
Brett dio un volantazo y lo esquivó por los pelos justo cuando otro vehículo chocó de lleno contra nosotros.
A pesar de toda la resistencia del vehículo inexpugnable de Brett, sentí que el cuello casi se me retorcía cuando la furgoneta salió despedida hacia un lado, se inclinó y acabó volcando sobre el techo.
Los monstruos ya se acercaban entre carcajadas y gruñidos.
Me desabroché el cinturón. Treth abrió las puertas para los dos y nos ayudó a salir.
Brett, con la cara roja y enfurecido porque le hubieran hecho daño a su furgoneta, abrió fuego contra una gorgona y le voló la cabeza llena de serpientes antes de que pudiera convertir nada en piedra.
Atravesé a un espectro errante con Ithalen y dejé que su manto y su cuerpo incorpóreos se disiparan de vuelta en el Entremedio. Podía regresar si quería. Solo Voidshot acababa con ellos por completo. Pero confiaba en que aquellas Grietas fueran aleatorias.
Me volví para examinar la furgoneta volcada. El coche que había chocado contra ella se encontraba al otro lado del punto donde nos había golpeado. Pero ¿cómo? Era casi como si alguien lo hubiera lanzado…
El suelo tembló. El hobgoblin y el orco salvaje que cargaban contra mí se detuvieron con los ojos desorbitados. Huyeron juntos cuando una sombra nos cubrió a todos.
—¡Brett! —grité. Sus ojos se abrieron de par en par justo cuando mis alas de ángel brotaron de mi cuerpo; solté Ithalen, me abalancé sobre él para ponerlo a salvo y lo elevé por los aires.
El gigante, que se alzaba hasta una altura aproximada de tres pisos y tenía el rostro ya teñido de rojo por las entrañas, levantó la furgoneta de Brett.
—No… —suplicó Brett mientras el gigante contemplaba la posesión más preciada de mi novio.
A pesar de todos sus encantamientos, sus planchas reforzadas y todo cuanto había soportado, el gigante la aplastó como si fuera una lata de refresco y luego arrojó los restos hacia las afueras, destruyendo una casa.
Nos quedamos allí suspendidos, volando muy por encima de la carnicería mientras sostenía a Brett entre mis brazos. En condiciones normales, jamás habría tenido fuerzas para hacer algo así. Otra utilidad más de la Vasija.
Por fin, me volví hacia la ciudad y escapamos de aquella escena espantosa.
—Lo siento, Brett —dije en voz baja, con mis palabras puntuadas por los sonidos de la destrucción de nuestra ciudad.
—Solo… solo era una furgoneta. Habrá otras —mintió.
Yo era más lenta que la furgoneta. Podía cargar con Brett, pero ni de lejos volaba tan deprisa como me habría gustado.
Y aquello nos mantenía demasiado cerca del suelo, desde donde podía ver cómo se desarrollaba la carnicería.
Una matanza que quizá podría haber detenido. Al menos durante un rato. Pero no toda.
Tanto Brett como Treth percibieron mi tensión.
—No es culpa tuya, Kat. ¡Estás haciendo lo correcto! —insistió Brett.
—Tenemos que salvar la Ciudadela o todo estará perdido —añadió Treth.
Lo cual significaba que no podía detenerme a luchar. No podía quedarme empantanada, por muchas personas a las que pudiera salvar temporalmente.
Pero… había algo que sí podía hacer.
—Treth —dije con vacilación. Nunca hacía aquello a la ligera. Jamás. Pero, si este no era el momento, más me valía no tener ese poder.
—¿Sí, Kat?
—Convoca a la Vasija.
Sentí la sonrisa triunfal y ansiosa de Treth cuando desapareció dentro de la Vasija.
Treth regresó y se manifestó ante mí junto a cientos de espíritus resplandecientes como él.
Descendieron como paracaidistas, se abalanzaron sobre los monstruos y los destriparon.
Algunas bestias eran inmunes a sus ataques espectrales.
Pero otras, rebosantes de pura maldad, rencor y odio, cayeron ante aquella espléndida horda.
El Ejército de la Vasija existía con un propósito. Ese propósito.
Luchar contra monstruos.
Me había equivocado al intentar protegerlos. Al impedirles hacer precisamente aquello para lo que se habían unido a mí.
Quizá merecieran descansar. Pero esto lo merecían aún más.
Luchar. Vivir de nuevo. Proteger.
Aterricé en pleno Casco Viejo, rodeada de rascacielos humeantes, alarmas estridentes y disparos en la distancia.
Brett pareció aliviado de volver a pisar tierra firme cuando mis alas desaparecieron.
Un grupo de gorilas con cabeza de cocodrilo cargó contra nosotros, pero los Hombres de Ithalen los hicieron pedazos. Los vástagos de la noche que nos observaban decidieron dejarnos en paz después de aquello.
Arden y Akreon, el líder de Ithalen, se manifestaron ante mí.
—Nos quedaremos aquí fuera. Podemos combatir cualquier cosa que se encuentre en la misma línea wey que tú. Pero más allá, no lo creo.
Asentí. —Haced lo que podáis y debáis.
Él saludó y yo le devolví el saludo.
—Mantened la posición —dijo Akreon, y sonreí.
Los espíritus se dispersaron en todas direcciones en busca de gente a la que salvar.
Brett parecía desconcertado por toda la conversación, pero no hizo preguntas. Señaló un imponente rascacielos adosado a una enorme mole de hormigón. Las oficinas de Drakenbane. Y aquello de detrás debían de ser los silos de los cazas.
—Por aquí. —Brett tomó la delantera y nos condujo hasta el vestíbulo de Drakenbane. Las puertas y ventanas de cristal antibalas estaban destrozadas, y los fragmentos cubrían el vestíbulo de mármol. Pero no vi sangre, cadáveres ni ninguna otra señal de lucha.
—Esperemos que estén todos fuera luchando —comentó Brett. Algo en su voz daba a entender que no creía que fuera así. Drakenbane era muy selectiva con sus cacerías. Pero ¡no veía cómo podía nadie excusarse de participar en aquella lucha!
Brett abrió la puerta de las escaleras de servicio y empezamos a subir. El caos del exterior quedó amortiguado por capas de hormigón y acero.
—Espero que los demás estén bien —no pude evitar decir mientras superábamos otro tramo de escaleras.
—Lo estarán —dijo Brett con absoluta confianza, sin dejar de mantener la escopeta preparada. Por si acaso. Me dedicó una sonrisa.
—Guy y Cindy no saben morirse. Todos tenéis eso en común.
Solté un bufido. —Lo dice el hombre que mató a un garkain metiéndole el puño y una granada activada por la garganta.
—¡Fue un riesgo calculado! Estaba completamente a salvo.
—¡Y tú te preocupas por mí!
La sonrisa de Brett fue cuanto necesité para seguir subiendo otro tramo. El último. Brett comprobó lo que había al otro lado de la puerta. Nada. Parecía que los monstruos no consideraban que aquel edificio vacío mereciera el esfuerzo.
La pregunta era: ¿por qué estaba tan vacío?
La recepción del despacho del director ejecutivo se encontraba en un pasillo elegante y reluciente. Algo que podría haber sido oro, falso o auténtico, recubría los rodapiés. Y, suspendido sobre la puerta del despacho propiamente dicho, había un gigantesco draco carmesí en pleno vuelo.
No había secretaria. Ni guardias de seguridad. No había razón alguna para sospechar que hubiera nadie en aquel despacho. ¡Pero teníamos que intentarlo!
Brett, Treth y yo corrimos hasta la puerta del despacho y la abrimos sin esperar encontrar nada.
Mark Huguenot, director ejecutivo de Drakenbane, hizo girar su lujosa silla de cuero para mirarnos.
Su rostro seguía pareciendo demasiado joven.
Liso y regordete. Como el de un bebé. Le había crecido el pelo negro y lo llevaba recogido detrás en una coleta.
En contraste con su traje gris ceniza, parecía un niñato rebelde que intentara conseguir una entrevista de trabajo.
Aquel hombre no me gustaba. Había despedido a mis amigos, ignorado demasiadas veces la situación desesperada de la ciudad, rechazado mi solicitud de empleo y cometido toda una serie de agravios. Aun así, no pude evitar suspirar de alivio al verlo allí.
—¡Señor Huguenot! —exclamé mientras cruzaba a grandes zancadas su alargado despacho hacia la mesa. A ambos lados tenía ventanales que iban del suelo al techo y que, incluso desde aquella altura, dejaban ver el humo y el derramamiento de sangre.
—Señorita Drummond —dijo, algo sorprendido, aunque manteniendo una actitud serena—. La última noticia que tuve fue que había una orden de arresto contra usted.
No le pregunté cómo lo sabía. Había asuntos más urgentes que la política.
—Tiene que hacer despegar sus cazas —dijo Brett, señalando la ciudad por la ventana—. Si ese dragón destruye la Ciudadela, todos estaremos condenados.
Esperaba sorpresa. Algún tipo de confusión. Algo que explicara por qué no había hecho despegar ya los cazas.
No esperaba que se encogiera de hombros. Ni su tranquila respuesta.
—¿Por qué iba a hacerlo? No hay recompensa. Ninguna razón para cazarlo.
Me quedé atónita. —¿Recompensa? ¿No hay recompensa? ¡La ciudad le regalará un distrito entero y pondrá a todas las calles el nombre de su testículo izquierdo si eso es lo que quiere! No necesita esperar ninguna maldita recompensa. ¡Y menos aún mientras MonsterSlayer está fuera de combate!
Ni siquiera parpadeó. Se limitó a mirarnos. Como si esperara que nos marcháramos.
Di un paso desesperado hacia delante, apoyé las manos sobre su escritorio y lo miré a los ojos.
—¿Hay un puto dragón destrozando esta ciudad y no va a hacer nada? Si se trata de dinero, ¡pagaré hasta el último puto céntimo! Sabe que puedo permitírmelo. ¡Limítese a meter pilotos en esos cazas y a hacerlos despegar!
Me observó apenas un segundo antes de girar la silla para darme la espalda.
—No trato con delincuentes, Drummond. Salga de mi despacho. Ahora.
Me quedé con la boca abierta. Hasta que Brett rodeó el escritorio y le propinó al director ejecutivo un puñetazo tan fuerte en la cara que lo arrojó de la silla al suelo. Varios dientes y un chorro de sangre salieron disparados por la habitación.
—¿Esto le resulta más convincente? —dijo Brett con calma mientras pateaba en el estómago al director ejecutivo caído. Una y otra vez.
Pero yo ya veía que aquello no tenía nada que ver con el dinero. Y que tampoco funcionaría intimidarlo.
Drakenbane había despedido a Brett y a Guy cuando me defendieron después de que rechazaran mi solicitud de empleo. Habían apoyado de forma tácita que me retiraran la licencia y, todavía ahora, respaldaban la vista en nuestra contra.
Pero ¿por qué? ¿Por qué atacar a otra agencia de cazadores? Cazábamos bestias diferentes. No éramos enemigos. Ni siquiera éramos competencia.
A menos que…
—Trabaja para el Cónclave —dije, haciendo que Brett se detuviera y que Treth retrocediera un paso.
Mark palideció al oír aquellas palabras. Aún más que cuando Brett lo había apaleado contra el pulido suelo de su lujoso despacho.
Por el rostro de Mark pasó un sinfín de emociones distintas. Hasta que, por fin, solo quedó resignación.
—Los cazas fueron desmantelados. Hace un mes. Me ordenaron inutilizarlos. Hice lo que me dijeron. Lo que tenía que hacer. No sé por qué. Pero no hago preguntas. Solo sé que esto es por el bien común.
La rabia creció dentro de mí al oír aquellas dos últimas palabras. Lo agarré por el cuello de la camisa y estampé su cara contra la ventana.
—¿Es esto el bien común? —grité. Mi abrigo exhaló llamaradas, como si se hiciera eco de mi ira.
—Esta ciudad… esta gente… morirán. ¿Es eso lo que quiere?
No lo entendía. ¿Qué bien común podía justificar aquello? ¿Qué bien común podía justificar permitir que los monstruos destruyeran tu ciudad?
—¿Es esto lo que quiere de verdad? —susurré mientras sentía que los brazos se me debilitaban. Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Mark Huguenot me sostuvo la mirada sin inmutarse y dijo:
—Si este es el precio que hay que pagar.
Con calma, di un paso atrás y, de un solo puñetazo, estampé su cabeza contra el cristal, que se agrietó y quedó surcado por un reguero de sangre mientras él se desplomaba en el suelo. Muerto, inconsciente… Me daba igual.
Solo me importaba el humo que se alzaba sobre la ciudad. Los gritos. La Sangre. La gente…
Mi gente.
Y tenía que salvarla.