La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 24. Chapter 24
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24. Chapter 24

Lealtad

Aterricé frente a la yurta del Kan Gris.

Habían retirado las tiendas y yurtas que había delante para crear un gran patio, donde Urgur y el Kan Gris aguardaban al frente de varias decenas de ogros.

Muchos más contemplaban mi vuelo desde distintos puntos del campamento, mirándome como si fuera una especie de Mesías.

Bueno, las alas angelicales solían causar ese efecto en la gente. Y también en los ogros, por lo visto.

Los ogros murmuraron en su lengua gutural mientras yo pasaba entre ellos a grandes zancadas hasta plantarme frente al Kan Gris y su chamán. Mis alas seguían desplegadas y desprendían chispas inofensivas mientras resplandecían a mi espalda.

La expresión de desagrado de Urgur no había cambiado.

—Mantengo lo que dije —me espetó—. No deberíamos confiar en ningún humano.

Sorprendentemente, me miró casi con recato y luego volvió la vista hacia el Kan Gris.

—Pero tú no eres humana. Eres algo más, Última Luz.

Inclinó la cabeza, arrancando exclamaciones de asombro a algunos de los ogros congregados. Otros, sin embargo, guardaron silencio. Como si aquello fuera normal. O se hubiera convertido en la nueva normalidad.

Todos se volvieron hacia el Kan Gris, que me observó con detenimiento antes de asentir.

—Sabes que esto va mucho más allá de un simple demonio, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

Asentí. Ya me lo había imaginado. La lealtad absoluta de toda una nación no podía comprarse con la muerte de un único demonio. Aquello iba de algo mucho más importante. De encontrar un propósito en Hope City. Legitimidad. Y, sobre todo, otra razón para estar allí.

El labio del Kan Gris se curvó en una sonrisa levemente divertida.

—No irás a convertirte en un diablo esta noche, ¿verdad?

—Espero que no.

Soltó una carcajada desde lo más hondo del vientre antes de erguirse. Su rostro se tornó serio.

—El juramento de un kan es su compromiso. Somos tus amigos; somos tu familia. La Horda te es leal desde este momento, Última Luz.

Se arrodilló y bajó la cabeza hasta dejarla por debajo de la mía. La Horda lo contempló en un silencio atónito y luego hizo lo mismo. Oí cómo un centenar de cuerpos caían al suelo mientras me juraban lealtad…

Sí, yo tampoco acababa de creérmelo.

—¿Cuáles son tus órdenes, Última Luz? —preguntó el Kan Gris con reverencia y avidez en la voz. Llevaba mucho tiempo esperando aquello. Esperando que alguien le diera la respuesta que tanto ansiaba.

Así era como los ogros pasarían a formar parte de Hope City y de la sociedad humana. Necesitaban jurar lealtad a un dios.

Desterré cualquier malestar que aquel pensamiento pudiera provocarme. Lo que fuera con tal de triunfar. Lo que fuera con tal de salvar a Candace…

Me volví para contemplar a la multitud. Todos estaban arrodillados. Un auténtico mar de ogros. Armados, brutales y leales…

—Se avecina una guerra —bramé, forzando la voz para que llegara hasta el último ogro—. Puede que empiece hoy, mañana o dentro de poco. Pero se avecina. ¿Lucharéis a mi lado?

La Horda respondió con un rugido ensordecedor de asentimiento. Treth se manifestó a mi lado, mirando a la Horda con incredulidad. Se le erizó el pelo. Debo admitir que a mí también.

—¿Contra quién luchamos? —preguntó el Kan Gris con un bramido mucho más potente que el mío.

—Contra el Mentor, que invoca a los muertos y puede controlar el vacío; contra el Cónclave, que domina naciones desde las sombras; y, si es necesario, contra el Consejo, que se niega a entrar en razón y hacer lo correcto. Pero, sobre todo…

Hice una pausa.

—Luchamos contra monstruos.

El Kan Gris me miró a los ojos y sonrió. Sus dientes eran gruesos y afilados. Mi petición de que luchara contra el gobierno con el que, técnicamente, estaba aliado no pareció confundirlo. Conocía mi reputación. Y me consideraba una aliada más digna.

—En cualquier caso, es un desafío encomiable. Mi Horda está a tus órdenes.

Urgur parecía menos convencido, pero no protestó.

Me volví hacia Table Mountain, la tumba del Titán, visible a lo lejos. En aquella dirección estaba mi hogar. Ya era hora de regresar.

—Os llamaré cuando llegue el momento —dije, haciendo acopio de toda la solemnidad que pude. Para mi sorpresa, me salió de forma natural. Parecía que, en algún momento del camino, me había convertido en una líder.

El Kan Gris se puso en pie. Los demás siguieron postrados.

Volvió a ofrecerme un dedo para estrechármelo. Lo acepté.

—Lamento lo de tu motocicleta —dijo—. Podemos intentar encontrar un sustituto.

—No hace falta. Tengo una forma mejor de viajar.

Salí disparada hacia el cielo y dejé que mis alas me elevaran más de lo que jamás había volado. Los pájaros se apartaron de mi trayectoria, graznando con indignación, mientras el viento me azotaba la cara. El aire frío disipó mi cansancio.

No pude evitar lanzar un grito de entusiasmo.

—¡No puedo creer que no haya viajado así hasta ahora! —grité entre risas, por encima del rugido del viento.

—Acabas de aprender a dominar las alas —señaló Treth—. Pero sí. ¡Podrías haberte ahorrado una fortuna en gasolina!

¡Y también en reemplazar mis motos! Había perdido la cuenta de cuántas habían acabado destruidas o robadas.

Lancé una última mirada a la horda de ogros, cuyos rugidos llegaban amortiguados por la distancia. ¡Desde allí arriba parecían hormigas! Hormigas capaces de devorar Hope City si yo daba la orden.

Era cierto que la Horda de Ogros jamás podría conquistar Hope City. Pero, con mi ayuda…

Tenía un ejército. Era una sensación surrealista. Más extraña de lo que jamás lo habían sido los Cruzados. Pero no tenía sentido darle más vueltas. Tenía sitios a los que ir. Una hermana a la que salvar. Aceleré hacia Hope City.

Me mantuve a gran altura sobre la ciudad, avanzando en la dirección general del CG, más cerca de la montaña.

Pero, al aproximarme, descendí hasta quedar más cerca del nivel de la calle para orientarme, flotando justo por encima de los tejados.

Vi que la gente se detenía y alzaba la vista.

Algunos me señalaron. Los saludé con la mano y varios me devolvieron el saludo.

Puede que algunos creyeran haber visto un ángel, pero mis alas y mi abrigo en llamas eran bastante famosos.

Seguramente acabarían apareciendo en internet unos cuantos vídeos de mí sobrevolando la ciudad.

Jane y Conrad se entusiasmarían con la publicidad.

Riaan lo presentaría como una especie de demostración de poder.

Para mí no era más que una forma sencilla de volver a casa. Aunque, debo admitirlo, disfrutaba un poco de la atención. Joder, ¡cómo había cambiado! Ya no era aquella cazadora reacia que temía incluso hablar con un cliente. ¡Ahora lideraba ejércitos!

Por fin divisé el campanario de la iglesia de Trudie y Pranish, convertida primero en recinto para licántropos y después en lugar para celebrar bodas. Una pancarta de lona estaba atada a la torre reparada y ondeaba al viento. En ella se leía:

—Próxima sede de Bodas de Licántropos y Hechicería.

Hice un viraje con estilo, pasé junto a la torre y aterricé justo delante del CG de los Cruzados. ¡Solo estuve a punto de hacerme añicos los tobillos! Tenía que practicar aquello.

Me sacudí el polvo, retiré del abrigo de un capirotazo unos cuantos insectos muertos y puse un pie en el primer peldaño de la escalera.

Me detuve.

Algo no encajaba. El ambiente era inquietante. Había algo que no estaba bien.

Miré calle abajo. Pasó un coche. Nada sospechoso. Una de las furgonetas de los Cruzados estaba aparcada en su lugar de costumbre.

Pero no entraba ni salía nadie. Incluso con nuestra escasez de personal, aquel lugar solía bullir de actividad. Con tantos cazadores entrando y saliendo, las puertas rara vez tenían ocasión de permanecer cerradas.

Pero ahora… nada. Silencio.

Miré el móvil. Estaba apagado. ¡Qué raro! Recordaba haberlo cargado. Y no lo había utilizado en toda la noche. Intenté encenderlo. No ocurrió nada. Batería agotada. ¡Muerto!

Una sensación gélida comenzó a crecer en mi interior al comprender que algo iba mal.

Treth también lo sintió y dejó caer Ithalen en mi mano.

Con la otra, desenvainé la hoja Necro. La notaba extraña entre los dedos.

Como si la empuñadura no encajara, pero de un modo antinatural.

Resistiendo la incomodidad, avancé hacia la puerta de mi CG.

Treth permanecía a mi lado, con la espada y el escudo preparados. Fuera lo que fuese lo que el Mentor les había hecho a mis amigos, lo afrontaríamos con la ferocidad propia de un cazador de monstruos.

Abrí la puerta de una patada y me recibió un coro de gritos, insultos y órdenes:

—¡Tírate al puto suelo!

Los policías se desplegaron a mi alrededor. Eran seis. Cuatro pistolas, una escopeta y un fusil de asalto.

Detrás de ellos, Jane soltaba una interminable sarta de improperios mientras un policía le clavaba la rodilla en la espalda, la inmovilizaba y la esposaba.

—¡Todavía no me has leído mis putos derechos, pedazo de novato inútil! ¡Si estuvieras en mi departamento, te habría despedido antes de que salieras de la academia!

Otros policías se llevaban archivadores repletos de pergaminos y documentos. Había papeles esparcidos por todo el pasillo, junto a casquillos usados.

Oí gritos procedentes de una zona más profunda del CG, donde los Cruzados increpaban a los policías mientras se atrincheraban en el Mosh-Pit. Alguien disparó y la bala rebotó contra el metal. Le siguieron más gritos.

—¡Tírate al suelo! —volvió a gritarme un policía con un bigote espeso que sugería que estaba al mando—. ¡Suelta la puta espada!

Tenía la cara roja y despedía saliva al hablar. Los policías estaban nerviosos. Aterrados. Y más les valía estarlo. Acababan de meterse en un puto avispero de demonios.

Más policías me rodearon por detrás. Uno me dio un empujoncito con el cañón del fusil.

Podía utilizar las alas para aturdirlos. Los espíritus podían desplegarse y derribarlos mientras yo acababa con todos y cada uno de ellos. Podía hacerlo.

Seguramente me pegarían un tiro. Pero podía intentarlo.

¿Y luego qué? ¿Dispararían a mis amigos? ¿Llamarían a la CDF? ¿Nos bombardearían? El Mentor y el Consejo ganarían.

No. Ellos habían movido ficha primero. Antes de que estuviéramos preparados.

Solté Ithalen y dejé que desapareciera en el vacío. La hoja Necro cayó al suelo con estrépito. Algunos policías dieron un respingo, pero no dispararon.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté con fuego y hielo en la voz.

—¡Estás detenida! —soltó el policía al mando, de rostro enrojecido y bigote pasado de moda, despidiendo saliva al hablar, aunque parecía algo más tranquilo ahora que ya no tenía las espadas.

—¿Por qué?

Enfundó la pistola y sacó una tableta del bolsillo del chaleco.

—Por traición —dijo antes de reproducir el vídeo.

Era yo, vista desde el aire. Dirigiéndome a los ogros. Ordenándoles que lucharan contra el Consejo. ¡Un puto dron!

Me llevaban dos pasos de ventaja…

Y yo que creía que se habían quedado tan atrás. Ningún orco ni ogro podría salvarme si me encerraban en una celda. Tendrían que destruir la ciudad solo para intentarlo.

Había subestimado a Riaan. Y ahora había ganado…

Un policía cayó antes incluso de que oyera el estampido. Una bruma roja salpicó el rostro de sus compañeros, que palidecieron al instante. Al desplomarse, la cabeza se le abrió contra las baldosas y la sangre formó un charco que tiñó los documentos desechados.

Antes de que los demás policías pudieran reaccionar, manifesté Ithalen y me lancé hacia delante, usando al policía al mando como escudo. En ese preciso instante, Brett irrumpió en la sala, disparó contra otro agente y golpeó a un tercero con la culata de la escopeta.

Guy entró detrás. Su amenaza silenciosa hizo que dos policías soltaran sus armas y levantaran las manos de inmediato. Krieg, armado y vestido como un enfermero militar, cerraba la marcha. Me guiñó un ojo. Parecía mucho más animado y saludable que la última vez que lo había visto.

—Siento llegar tarde, Comandante. He tenido… algunos problemas.

—¡Esto es traición! —gritó el policía al que mantenía apretado contra mi pecho mientras mi abrigo le chamuscaba el uniforme.

—Ya nos habéis acusado de eso.

—No vas a salir impune de esta, Drummond. ¡Te tenemos! No volverás a respirar tranquila en esta ciudad.

—Al menos podré seguir respirando… —dije mientras acercaba Ithalen a su garganta—. Ordena a tus hombres que suelten las armas y quizá tú también puedas hacerlo.

Vaciló mientras la sangre abandonaba su rostro enrojecido. Al final, cedió.

—¡Muchachos, soltad las armas!

Pero, antes de que ninguno pudiera moverse, todas las luces se apagaron. Se me erizó el pelo cuando una extraña electricidad estática recorrió el aire. Vi que todos los presentes también la sentían.

Continuó durante un segundo y después se detuvo. Entonces se oyó el viento, seguido de varios chasquidos repentinos. Y luego…

Gritos.

El policía estaba ahora blanco como una sábana. Lo solté y dejé que cayera al suelo mientras me acercaba a la puerta. Brett se echó la escopeta al hombro y me siguió al exterior, donde contemplé el caos.

Grietas. Decenas. No, cientos. Se abrían por todas partes. Y de ellas brotaban… monstruos.

Parecía que la guerra por fin había comenzado.