La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 23. Chapter 23
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23. Chapter 23

Oni

Retrocedamos un poco y hagamos balance, ¿de acuerdo?

Un demonio capaz de saltar de un cuerpo a otro y poseer a ogros y, presumiblemente, a otros mortales llevaba tiempo atormentando un campamento habitado por algunos de los guerreros más duros y brutales del continente africano.

Cada noche, los ogros enviaban campeones para desafiar al oni, y algún pobre desgraciado asestaba el golpe final.

Descansaba durante la noche. Despertaba y probablemente tomaba un desayuno decente.

Al menos, eso esperaba. Porque siempre era el último, antes de que mutara y se convirtiera en un demonio grotesco.

El oni se apoderaba de su mente. Y así continuaba el ciclo.

—Ja —no pude evitar soltar un bufido ante lo trágico de la situación mientras contemplaba la anodina yurta que tenía delante.

El campamento estaba en silencio, y solo la luna iluminaba el polvo y el barro que rodeaban el asentamiento provisional.

En aquella yurta yacía encadenado el último campeón desdichado, convertido ya en víctima, a la espera de su destino.

Ya lo habían intentado antes, pero, por muy resistentes que fueran las cadenas, el oni siempre se liberaba.

Y, por muy lejos que dejaran cualquier arma, siempre conseguía materializar una propia.

Lo mejor sería mantenerlo confinado en una zona segura del campamento para que los voluntarios pudieran sacrificarse y apaciguarlo.

Por mucho que admirase la negativa de los ogros a quitarse la vida, también era bastante arbitraria. Habían puesto fin a sus vidas en el instante en que aceptaron matar al oni y convertirse en él.

—En realidad, no es más que un sacrificio, ¿verdad? —murmuré en voz baja, y después hice una mueca cuando Treth lo interpretó como la señal para empezar a sermonearme de nuevo.

—¡No sé cómo puedes estar tan tranquila! Kat, ya hablamos de esto. Hiciste una promesa. A mí y a Brett. ¡No ibas a tirar tu vida por la borda! Y menos aún por unas criaturas a las que no conocemos. ¡En las que ni siquiera podemos confiar! ¿Y ahora hablas de sacrificios?

Treth despotricaba presa del pánico, con el sudor pegándole el cabello espectral a la frente incorpórea.

—Creía que esto era lo que querías —repliqué—.

No podemos dejar pasar esta oportunidad.

¿Cuántos ogros hay solo aquí? ¿Cientos? ¿Miles?

Por no hablar de la Horda que aún queda en el Karoo.

Unas pocas docenas bastarían para nuestros propósitos, pero ¡una horda entera!

Los orcos bastan para reemplazar a los hombres que hemos perdido, pero no si el Consejo se vuelve contra nosotros.

Para eso necesitamos esto. Necesitamos a la Horda.

Treth me miró, conmocionado. Meneó la cabeza, incrédulo.

Mi compañero era un cúmulo de contradicciones.

Quería que ayudara a los ogros y obtuviese el apoyo del Khan en nuestra futura guerra contra el Consejo, pero tampoco quería que arriesgara la vida para conseguirlo.

Como si mi trabajo entero no consistiera en arriesgar la vida.

—¡No puedes hablar en serio! Al principio te oponías a que los orcos nos ayudaran. Decías que formar un ejército sería seguirle el juego a Riaan. ¡Pero ahora sigues adelante por voluntad propia!

Apreté los dientes y lancé una mirada furibunda. No a Treth, ni siquiera a la yurta que contenía al futuro oni. Estaba furiosa por toda aquella situación. Con el Mentor por llevarse a Candace, con los estúpidos orcos por cargarme con aquello y con el puto Riaan por empujarme a hacerlo.

—¡Puedes estar bien seguro de que estoy formando un ejército!

—siseé entre dientes—. No puedo impedir que los orcos luchen por mí, ¿y por qué iba a hacerlo?

Ya me importa una mierda lo que piensen Riaan o todo el Consejo.

Ha llegado la hora de que me convierta en una anarquista de verdad.

Si se interponen en mi camino, los apartaré de un empujón.

Pero no antes de clavarles una hoja entre las costillas.

Debería haber sentido más ansiedad ante la decisión de seguir aquel camino.

Declararle la guerra al propio gobierno nunca debería ser una decisión fácil.

Y no lo había sido. El maldito Consejo había jugado conmigo, me había mentido, manipulado y saboteado desde que empecé a dedicarme a esto.

Había comenzado con el consejero Garce y terminado con el Presidente Riaan Haggenort. ¡Ya era hora, malditas Grietas!

¿Ese peso que notaba desaparecer de mis hombros? Era la indecisión.

Kyong dijo que la Vigilia existía para tomar las decisiones difíciles y que yo no tuviera que hacerlo.

Pero aquello seguía siendo tarea mía. Que otros decidieran por mí...

Lo odiaba. Era dueña de mí misma, y si iba a declararle la guerra a mi propia ciudad y a su gobernante ciego y sediento de poder, sería por decisión propia. ¡De nadie más!

Treth permaneció callado, meditando mis palabras y sumiendo en una quietud inquietante el patio embarrado que se extendía ante la yurta del oni.

—Me alegra que por fin lo hayas aceptado. Deseaba que hubiera una opción pacífica, pero, ahora que sé que no es posible, es bueno que aceptes que debes convertirte en reina por derecho propio. Sin embargo, eso sigue sin responder a una pregunta crucial —explicó Treth con aplomo.

—¿Y cuál es?

—Por la Dama del Lago, Morrigan y todo el Entremedio, ¿cómo piensas luchar contra esa cosa? —gritó, perdida en el viento toda apariencia de calma.

Me encogí de hombros.

—Lo de siempre. Darle tajos. Acuchillarla. Quizá apuñalarla un poco.

—¿Te haces la tonta para castigarme por algo? Kat... Esa cosa está maldita. Si la matas, te conviertes en ella. Y, aunque dejara a un lado el amor que siento por ti, la verdad es que no quiero que un demonio cambiaformas esté al mando del Vasija. No creo que fuera un gran conversador.

—¿Cómo podemos estar tan seguros de que esta maldición me afectará? Soy inmune a la necro-sangre, a la licantropía y a muchas otras maldiciones. Estoy bastante segura de que también seré inmune a esta.

Los ogros habían hecho bien en contratarme, aunque la insinuación de que no les importaba sacrificarme me molestaba un poco.

Sin embargo, parecía que de verdad confiaban en mí.

Como los rabinos que me habían contratado para buscar sus escritos de golem.

Y la Vigilia, que estaba dispuesta a matar por mí...

Una pequeña parte de mí aún sufría por la confianza que tanta gente depositaba en mí. Por la carga y la abrumadora sensación de ser una impostora. De no merecer su adoración. No quería ser su gobernante ni su diosa.

Pero ya había superado aquello. Sabía que era poderosa. Sabía que podía hacer el trabajo.

Su fe no estaba mal depositada. Era algo a cuya altura debía estar. Una meta hacia la que avanzar.

Podía ser la Última Luz.

—No podemos estar seguros de que la maldición oni no pueda transferirse a ti, Kat.

Treth frunció el ceño mientras continuaba:

—Gorgo dice que tu inmunidad a la necro-sangre y a otras maldiciones se debe a la cantidad de energía de purificación que recorre tu cuerpo y el Vasija.

Los espíritus purificadores que hay en tu interior básicamente destierran las maldiciones en cuanto las contraes.

Pero... las maldiciones oni no pueden desterrarse.

La única forma de eliminarlas es la muerte...

Ah... Eso cambiaba las cosas.

Noté cómo aumentaba mi ansiedad a medida que se desvanecían mi serena arrogancia y mi empeño por demostrar que todos hacían bien en confiar en mí. Contaba con mi inmunidad. Pero...

Ay, Athena, ¡de verdad debería dejar de lanzarme de cabeza a todo!

—No puedo hacerlo... —susurré al fin.

Treth dio un paso atrás. Odiaba que me precipitara en las situaciones y corriera riesgos innecesarios, pero que yo admitiera mis límites debía de resultarle aún más sorprendente.

Miré alrededor del campamento azotado por la arena. No oí ni el jolgorio ni las conversaciones guturales y graves que había aprendido a esperar de un campamento de guerreros. Solo el silencio previo a la matanza.

Una matanza en la que yo no podía participar. No era solo que no quisiera arriesgarme a que el control del Vasija cayera en manos de un demonio. Ni siquiera era que temiera lo que harían Brett, Treth o los demás sin mí.

Mis motivos eran mucho más sencillos. Mucho más humanos.

Sencillamente, no quería morir.

—No puedo hacerlo, Treth —murmuré de nuevo mientras retrocedía tambaleándome y el pánico se apoderaba de mí al comprender que aquello me venía grande.

Podía matar a esa cosa. Fácilmente. Pero ¿y después qué? ¿Convertirme en el demonio?

No podía...

No solucionaría nada.

No podía hacerlo.

—Pero nosotros sí podemos —coreó una docena de voces desde el Vasija.

Ante mí aparecieron figuras incorpóreas y resplandecientes, dispersas por el patio.

Allandrea, Ariel, Arden, los Hombres de Ithalen, Hammond y muchos más. Todos brillaban como Treth y podían caminar por el mundo físico igual que él. ¿Significaba eso que yo me estaba volviendo más poderosa? ¿O que su conexión con la Tierra se estaba haciendo más fuerte?

Allandrea dio un paso al frente. Como espíritu, la reina elfa parecía todavía más mágica y sobrenatural, pero eso no restaba nada a su exquisita belleza.

Incluso entonces habría muerto por ella.

Si no estuviera ya muerta, claro. Era algo difícil de asimilar.

Sobre todo teniendo en cuenta mi reciente revelación.

—La maldición del oni solo se transferirá a quien aseste el golpe final —explicó Allandrea, con una voz que sonaba como música para mis oídos.

Arden dio un paso al frente, saludó a Treth con un gesto de cabeza y después me miró con expresión estoica.

—Uno de nosotros puede asestar el golpe final. Nuestro espíritu asumirá la maldición y el oni quedará atrapado dentro del Vasija. Quedará encerrado. Para siempre.

Contemplé a los espíritus... a mis amigos. Hammond me guiñó un ojo; Ariel me sonrió para darme ánimos. Los Hombres de Ithalen parecían dispuestos a hacer lo que fuera necesario.