La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 20. Chapter 20
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20. Chapter 20

Decisiones

Ojalá hubiera permanecido despierta. La alternativa había sido mucho peor que pasarme una eternidad contemplando el techo blanco de mi despacho esquinero del CG.

Al menos entonces podía controlar mis pensamientos.

Podía pedirle a Treth que me distrajera.

Que parloteara sobre algún texto sagrado o sobre su nuevo interés por el más insustancial de los pasatiempos terrenales.

Dormir no me proporcionó ningún alivio. Solo me trajo pesadillas. Todas las dudas, los miedos, las angustias y los traumas de mi mente sobrecargada se abalanzaron sobre mí, manifestándose en forma de horrores mentales de los que ni Treth ni el Ejército de la Vasija podían salvarme.

Solo me rescató de aquel sueño agitado y terrible el resplandor dorado del sol que se colaba por la ventana de mi despacho.

Treth aguardaba a mi lado. Fruncía el ceño, con la frente surcada por la preocupación. Parecía más viejo. Más cansado. Como si un fantasma pudiera cansarse. Bueno, ya había aprendido que sí podían. Existir era agotador, incluso estando muerto. Experimentar era agotador. Sentir…

Ya os hacéis una idea.

Treth no era un mero fantasma descerebrado que roía sin cesar algún vestigio de existencia. Era mi amigo. Mi hermano. Y una parte de mí. Podía sentir por lo que estaba pasando, aunque no lo comprendiera.

—Intenté despertarte —dijo. La decepción consigo mismo era palpable.

—Gracias —dije, intentando parecer agradecida, pero tenía la garganta seca y era difícil transmitir otra cosa que no fuera ensimismamiento y desazón.

La imagen de Weaver estallando en una bruma sanguinolenta y una masa viscosa seguía irrumpiendo en mi mente.

Parpadeé cuando Treth me puso una mano en el hombro.

—Superaremos esto, Kat. Siempre lo hacemos.

Siempre lo hacemos.

Quizá eso fuera lo que me daba miedo. Porque la victoria nunca era fácil. Siempre se perdía algo. Y jamás podía recuperarse.

Me incorporé y vi una taza de café sobre el escritorio. La toqué y aún estaba caliente. Miré a Treth en busca de más información.

—La ha traído Jane —dijo.

Así que no estaba envenenado. Bien.

Ja. Como si el Mentor fuera a envenenarme. Podía limitarse a teletransportarse al despacho mientras dormía y ensartarme con mi propia espada.

Lo que de verdad me preocupaba era por qué no lo había hecho ya. Me hacía pensar que tenía planeado algo mucho peor. Eso era lo que realmente me inquietaba.

Me bebí el café de un trago, dejando que me resbalara por la garganta y me proporcionara una descarga de energía que necesitaba desesperadamente.

—Y bien, ¿qué tenemos hoy en la agenda? —preguntó Treth, intentando sonar animado. Intentando distraerme de mi desdicha. ¡Athena! Me estaba convirtiendo en una auténtica aguafiestas.

—Suponiendo que el Consejo aún no se haya enterado del ejército orco que está formándose en los suburbios, cazaremos monstruos. Averiguaremos cuanto podamos. Nos prepararemos.

Significara eso lo que significase.

Treth asintió, al parecer decepcionado. Buscaba respuestas. Soluciones.

Ojalá pudiera dárselas.

Ojalá pudiera encontrar a Candace. Vengar a mis padres. Salvar a todo el mundo.

Pero no podía.

Me puse el abrigo, me ceñí el cinturón de la espada, enfundé Voidshot y guardé la hoja Necro en su vaina.

Parecía de lo más normal, pero no podía evitar sentir una fuerza maligna en torno al wakizashi, antaño encantado.

Normalmente lo habría mantenido lejos de mí.

Pero ahora algo era diferente. Tenía la sensación de que iba a necesitarlo.

Además, necesitaba dos espadas, y mi alfanje siempre había sido un compañero extraño para Ithalen.

Treth habría preferido que usara la Égida, pero mataba más deprisa con dos espadas. Me movía más rápido sin escudo.

Respiré hondo mientras Treth desaparecía y abrí la puerta.

Me recibió una multitud. Una docena de rostros. Cindy, Guy, Brett, Gareth, Darren, Conrad, Heather, Trudie, Pranish, Senegal, Ari… y Girin.

El pequeño goblin verde contrastaba vivamente con los humanos que se alzaban sobre él. Estaba sentado en lo alto del respaldo del sofá y, aun así, tenía que levantar la vista para mirar a los humanos que aguardaban mi llegada en la sala de los Cruzados.

Cindy se acercó con una sonrisa tranquilizadora en el rostro. Había visto mi expresión de asombro.

—¡Kat, buenos días! Tenemos buenas noticias.

Se apartó para dejarme entrar del todo en la sala. Brett se deslizó junto a mí y me apretó la mano. Sonrió, y no era una sonrisa forzada. ¡Debían de ser buenas noticias!

Las manadas de Trudie y Gareth se mantenían bien alejadas la una de la otra, aunque en realidad no había rencor entre ambas.

La presencia de dos alfas en una misma habitación solía desorientar a los miembros de sus manadas.

Aparte de eso, parecían cómodos. Hasta Gareth tenía el aspecto de cargar solo con una nube sobre la cabeza, y no con todo un huracán.

Todos me observaron en silencio mientras yo examinaba aquel grupo de lo más variopinto.

De los miembros principales de los Cruzados, solo faltaba Jane.

Era de esperar. Reunir a tantos pesos pesados en una sola sala ya implicaba que muchas cacerías quedarían sin atender.

Tampoco era cuestión de que nuestra administradora se ausentara de su puesto.

Aunque se tratara de una reunión importante.

Finalmente, mis ojos volvieron a posarse en Girin, que me dedicó una sonrisa cómplice. Llevaba al cuello un collar hecho de huesos de dedos. ¡Esperaba que no fueran humanos! Y, si eran de orcos o goblins, que los muertos hubieran dado su consentimiento.

Su presencia allí no me tranquilizaba. Treth tenía razón en que un ejército de orcos y goblins era justo lo que necesitábamos.

De hecho, quizá fuera lo que había estado buscando al ir en busca de los orcos la noche anterior.

Pero Weaver y Makeba no serían los únicos que lo interpretarían como un intento de apoderarnos de la ciudad.

Demasiada gente recordaba las incursiones orcas en nuestra frontera. Demasiada gente recordaba la ofensiva de la Hermandad de la Plata por toda la ciudad antes de que la cura de la Gripe Férica los exculpara.

Volví la mirada hacia Cindy. Había esperado pacientemente mientras yo intentaba asimilarlo todo. Finalmente, continuó.

—Lo primero: he hablado con el Chapter-Meister de Heiligeslicht. ¡Cuando llegue el momento, ha puesto a todos los purificadores bajo su mando al servicio de nuestra causa!

Casi di un traspié hacia atrás. Aquello no eran buenas noticias. ¡Eran noticias espectaculares!

—¡Increíble, Cins! ¿Han exigido algo? ¿Querían algo a cambio?

Cindy soltó un bufido.

—Sigue siendo mi orden. ¡La caridad y el deber forman parte del juramento!

Servimos al bien y a la luz. Siempre. Y los purificadores saben que se avecina algo.

Incluso sin mis advertencias, han detectado un cambio en la línea wey.

Una alteración del destino. Todos los magos de adivinación de la ciudad están comprando billetes para los Trece Estados, Nippon y Kuwait, si consiguen encontrarlos.

¡Eso no augura nada bueno para el futuro de una ciudad!

No pude evitar sonreír. ¡Heiligeslicht! De mi lado.

Aquello sí que cambiaba las cosas. No eran solo sanadores y exorcistas.

Entre los purificadores de la orden de magia lumínica más prestigiosa del mundo había cazadores de demonios, destructores de no muertos y algunas de las mentes mágicas más brillantes del planeta.

Con ellos de nuestra parte, las cosas empezaban a parecer un poco más halagüeñas.

Guy dio un paso adelante.

—Victoria ha reiterado su apoyo —dijo—. Pero lamenta no haber podido asistir a esta reunión debido a lo poco considerados que hemos sido al fijar el horario.

Después de lo que Sanguineas había hecho contra los Izingane Zegazi, me alegraba tenerlos de nuestro lado. Y parecía que Brett y Guy, si aún albergaban recelos hacia los vampiros, habían aprendido a disimularlos mucho mejor.

Me volví hacia Trudie. Asintió con una sonrisa radiante. Tenía los dientes afilados. Los ojos dorados. ¡Por supuesto que podía contar con ella!

Miré a Gareth y Darren. El imponente hombre rubio tenía las manos metidas en los bolsillos. Gruñó al ver que lo miraba con gesto interrogante. Darren le dio un codazo y Gareth habló a regañadientes.

—Cuando lleguen la tormenta y el rechinar de colmillos, mi manada permanecerá a tu lado, Última Luz.

Podía ser bastante poético cuando se decidía a hablar.

—Los Niños de Gorgmonn están preparados, Jefe de Guerra. Preparados para hacer cuanto sea necesario a fin de honrar el destino que la Madre de los Huesos ha considerado oportuno concedernos.

Purificadores, vampiros, licántropos, orcos y goblins. Por no mencionar a los fae que ya me habían jurado lealtad. Y a los Cruzados que ya servían a mi lado.

Quería sonreír. Quería sentirme tranquila. Saber que aquello bastaría para salvar a Candace y destruir al Mentor. Y quería saber que no acarrearía consecuencias negativas.

Pero no era tan ingenua.

No podía sonreír.

—Es demasiado —dije—. Nombrarme Jefe de Guerra…

formar este ejército. ¿Sabéis qué aspecto tiene todo esto?

Es justo lo que temían el Consejo y Riaan.

Que estamos formando un ejército para derrocar al gobierno.

La audiencia no trata sobre violaciones antimonopolio, y todos lo sabemos.

Quieren respuestas acerca de por qué llevamos tiempo reuniendo un ejército.

De por qué hay vigilantes enmascarados que asesinan a gente en mi nombre.

¿Qué se supone que debo decirles? ¿Que creo que son unos incompetentes y que, si ellos no luchan, lo haré yo?

Eso no va a funcionar. Solo conseguirá que me encierren en una celda y tiren la llave.

Negué con la cabeza.

—Necesitamos cazadores. Necesitamos ayuda. Pero… pero… nada de eso servirá si nos convertimos en criminales en nuestra propia ciudad. Y no quiero que sufra más gente buena…

Todos me miraron. En silencio. Girin no parecía alterado. Quizá ya hubiera visto todo aquello en sus huesos. Ojalá se limitara a darme una hoja de ruta de lo que cabía esperar. Al menos así no me pillaría por sorpresa cuando todo acabara estallándome en la cara.

Cindy me agarró del hombro y me sostuvo la mirada.

—Kat… He visto lo que ocurre cuando quienes ostentan el poder se niegan a hacer nada.

Cuando atacan a quienes lo intentan por el mero hecho de intentarlo.

He visto lo que sucede cuando los hombres buenos no hacen nada.

La gente muere. El mal triunfa. He visto las consecuencias de unos líderes indolentes que temen que otra persona les robe el protagonismo…

Negó con la cabeza y luego miró a Conrad. Él sonrió, con un destello de orgullo en los ojos mientras contemplaba a su hija de facto .

—Hacen falta héroes para salvar la situación, Kat. Hacemos falta nosotros. Y si hacer lo correcto implica convertirnos en criminales, ¡que así sea!

—¡Así se habla! —convino Trudie. Los demás corearon su respuesta. Gareth gruñó en señal de asentimiento. Guy asintió. Girin dijo algo sobre huesos. Todos intervinieron para expresar su apoyo unánime. Todos habían tomado una decisión.

Lucharían hasta el final. Para salvar a Candace. Para salvar la ciudad. Para luchar a mi lado. Para morir…

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras conseguía pronunciar, con la voz ahogada, un sencillo pero intenso:

—Gracias.

El rostro de Jane apareció entre la multitud. Llevaba una tableta en las manos. Parecía inquieta. Como si esperar un segundo más fuera a costarle la vida.

Me froté los ojos y la miré. Le indiqué que se acercara y pasó junto a Gareth.

—Kat, tengo un encargo. Una petición especial para la Última Luz.

—¿Una cacería? —pregunté, sorprendida. Casi había olvidado cuál era mi verdadero trabajo. No había pensado más que en el Mentor y Candace. Pese a todos mis esfuerzos por no convertirme en la enemiga que el gobierno creía que era, me había tomado demasiado en serio el papel de general.

Jane asintió.

—¿De verdad es el momento? —preguntó Cindy, algo irritada—. Tenemos que prepararnos.

La sonrisa que Jane ocultaba terminó por abrirse paso a través de su fachada.

—Oh, esto merece la distracción y puede que sea justo lo que necesitamos.

Se volvió hacia mí y me entregó la tableta. No hacía falta, pues recitó de memoria el contenido.

—El Kan Gris de la Horda de Ogros del Sur ha convocado a la mismísima Última Luz para que mate a una bestia. Nadie más es digno. Y, a cambio, le concederá cualquier petición.

Cualquier petición .

Bueno, ya que estábamos formando ejércitos… Además, ¿quién era yo para negarme a un kan?