La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 21. Chapter 21
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21. Chapter 21

Horda

La historia de la Horda de Ogros del Sur era inseparable de la historia de Hope City.

Desde que empezaron a aparecer Grietas por todo el Estado de Buena Esperanza, había habido ogros vagando por las fronteras de la civilización humana.

Y, desde que aquello ocurría, esos ogros se habían ido agrupando en hordas.

Y, como toda buena horda debía hacer, asaltaban y saqueaban.

Ya había hablado antes de la historia de las incursiones orcas en la frontera de Hope City. De cómo habían dejado un regusto amargo y sangriento en la boca de la humanidad. Incluso ahora.

Me aterraba que mis enemigos me vieran bajo la misma luz que, con razón, habían visto a los antiguos caudillos orcos. Pero ¿por qué corría ahora hacia el campamento de los ogros, sola, tal como me habían pedido, para solicitarle un favor a su kan?

Los ogros eran saqueadores. Sin duda. Toda su sociedad giraba en torno a vagar como nómadas por los desiertos y provincias del sur de África, ahora dominados por monstruos, y saquear las lindes de la humanidad en busca de chatarra, ganado y, a veces, prisioneros.

Así que cabía preguntarse por qué la CDF ni siquiera se inmutaba ante el hecho de que una auténtica ciudad de ogros estuviera acampada justo a las afueras de la Academia de Magos de Guerra de Stellenbosch.

Para explicar por qué Hope City no tenía cuentas pendientes con la Horda de Ogros del Sur, tengo que remontarme a cuando yo no era más que una niña, Conrad aún estaba en la flor de la vida y el Consejo apenas tenía autoridad sobre un solo cazador de esta ciudad.

Y toda esta historia comienza con un auténtico gigante llamado el Kan Oscuro.

Cuando Hope City libraba una guerra a tres bandas contra el Imperio Zulú y la Magocracia de Goldfield por los recursos del Karoo, apareció un cuarto contendiente.

La mayor horda de ogros vista desde que el Señor Rinoceronte honrara Elands Bay con una horda que tenía más de rinoceronte que de ogro.

Esta nueva horda estaba gobernada por el ogro más grande del que se tenía constancia.

Un coloso de piel negra como el carbón que contrastaba con su barba rala y blanca como la nieve.

Lo llamaban el Kan Oscuro. Un ser de reputación monstruosa, respaldado por más de un millar de sus imponentes camaradas.

Todos los implicados en aquella guerra por unas cuantas migajas en un desierto infestado de monstruos esperaban que el Kan Oscuro atacara. Que saqueara y aniquilara cualquier asentamiento que cayera en sus manos. Pero, en vez de eso, se instaló en medio del desierto del Karoo y no movió un músculo.

La guerra quedó en suspenso. Nadie sabía qué hacer. La CDF aguardó en la Línea de los Tres Puntos. Los Impi no lograban decidir si esperar allí o en la frontera con los ogros. Y Goldfield permaneció varada en el desierto, a la espera de que ocurriera algo.

La aparición de aquella horda de monstruos lo cambió todo.

Por completo. La guerra ya no giraba en torno a unas cuantas migajas, sino a qué hacer con aquella horda.

Y, aunque nadie sabía qué hacer con ella, todos sabían perfectamente qué no querían que ocurriera.

Querían que los ogros apartaran la mirada de ellos y la dirigieran hacia sus enemigos.

Así que, mientras los ejércitos de las tres naciones permanecían allí rascándose el trasero y bostezando, las agencias de inteligencia se pusieron manos a la obra.

Orquestaron ataques de falsa bandera, enviaron delegaciones diplomáticas y recurrieron a sobornos y engaños.

Cualquier cosa que pudiera inducir a los ogros a emplear su fuerza todopoderosa para atacar a otro. Pero nada funcionó.

Hasta que Adam Dawi, Presidente del Consejo de Hope City, invitó al Kan Oscuro a su fortaleza de máxima seguridad en Sea Point para hablar de una alianza.

Goldfield y el Imperio entraron en pánico. Hasta entonces, nada había funcionado. El Kan Oscuro se había conformado con esperar en el desierto, mientras su horda famélica rugía en la Oscuridad a exploradores y espías. Pero ahora las cosas estaban cambiando.

Y entonces entró en escena la Agencia de Caza de Monstruos de Conrad Khoi.

Más concretamente, su variopinto grupo de cazadores de monstruos, llamado El Ajuste de Cuentas.

Los famosos Brick, Tom McLoughren, Lilian Pumpernickel, Alex Mknumbeni y DJ Gibbs.

Según cuenta la historia, un misterioso cliente se acercó al grupo y les ofreció una fortuna por la cabeza del mismísimo Kan Oscuro antes de que llegara a su reunión con el Presidente.

Ahora sabemos que aquel misterioso cliente no era otro que un agente de Goldfield. La idea era que, si asesinaban al Kan Oscuro en Hope City, su horda se volvería contra nosotros y convertiría a la CDF en un actor irrelevante en la lucha por hacerse con el Karoo.

Pero las cosas no salieron así.

Mientras el convoy blindado del Kan Oscuro avanzaba por la autopista N1, un taxi minibús encantado y equipado con una ametralladora del calibre .50 lo embistió y lo sacó de la carretera. Con eso y unos cuantos explosivos, el Kan Oscuro y su escolta se enfrentaron a los emboscados.

La ametralladora del calibre .50 resultó no ser muy eficaz contra el gobernante ogro y su martillo descomunal. El minibús acabó partido en dos y sus ocupantes se desparramaron sobre el asfalto en llamas. Todo parecía perdido hasta que Brick desafió al Kan Oscuro a un combate singular.

Atónito ante la audacia de aquel humano enclenque —según sus criterios—, el Kan Oscuro aceptó el duelo. Bajo la mirada de los supervivientes de su escolta y rodeados por el acero y el cromo retorcidos y abrasadores del convoy, el ogro y el cazador chocaron.

Según todos los testimonios, fue una batalla tremenda.

Brick estuvo a punto de morir aplastado varias decenas de veces.

Pero había una determinación demencial en el cazador humano.

Conrad aún hablaba de ella hoy. Y, cuando el Kan Oscuro falló su golpe final y abrió un cráter en la N1, Brick saltó sobre sus hombros, le arrancó el yelmo y le descargó su propio martillo en la cabeza.

El coloso negro cayó y provocó temblores en la tierra. No volvió a moverse mientras Brick permanecía victorioso sobre su cadáver.

Habían cumplido el contrato. Hope City estaba condenada. ¡Sin duda, la Horda de Ogros buscaría venganza!

Bueno, eso era lo que esperaba la Magocracia. Sin embargo, los ogros supervivientes se inclinaron ante Brick, a quien proclamaron su nuevo kan. Él empuñó el enorme martillo negro del Kan Oscuro, que se encogió hasta adaptarse a su tamaño mientras su piel se volvía negra como el carbón.

Al parecer, los ogros tenían un proceso electoral muy distinto del nuestro.

Mandó a todos los ogros menos a uno de vuelta con la horda para que difundieran la noticia de su ascenso y luego corrió a la fortaleza de Sea Point para sellar la alianza.

Allí encontraron un ejército de asesinos de la Magocracia dispuesto a eliminar al mismísimo Presidente y sumir Hope City en el caos.

Sin embargo, aquellos asesinos se toparon con un grupo de cazadores de monstruos chiflados.

Salvaron a Adam Dawi, al menos durante unos cuantos años más, y se labraron un lugar en la historia.

Como nuevo kan de la Horda de Ogros del Sur, Brick forjó una alianza con Hope City. Eso, unido a la información de que unos agentes de la Magocracia les habían ordenado asesinar al Kan Oscuro, hizo que la atención de los ogros se volcara por completo sobre la Magocracia y el Imperio.

Desde entonces, nadie había vuelto a intentar apoderarse del Karoo. Era territorio ogro. De manera firme y absoluta. Y, al menos por el momento, la horda era una aliada provisional de Hope City. Incluso después de que Brick perdiera su título en una partida de backgammon.

Era una larga historia, pero también me esperaba un largo trayecto hasta aquel campamento.

Los ogros habían acampado a las afueras de Stellenbosch, en la periferia misma de Hope City.

Rara vez me había adentrado tanto en la ciudad.

Por allí solo estaban los suburbios pobres del nordeste y las academias de magos de guerra.

No teníamos personal suficiente para vigilar aquella zona y, para cuando adquirí cierta aptitud mágica, no tenía ningún interés en entrenarme para convertirme en maga de la CDF.

Así que era la primera vez que hacía aquel trayecto.

Una lástima que no pudiera disfrutarlo de verdad.

Recorrer la autopista a toda velocidad, esquivando coches y viendo pasar como una mancha gris los bloques de viviendas y las chabolas, no era la mejor manera de disfrutar de un viaje por carretera.

Para cuando llegué a Stellenbosch, no estaba precisamente de humor para admirar los edificios antiguos y la arquitectura excepcional de las academias.

Rodeé por completo la ciudad universitaria y, unos minutos después, dejé la firme autopista y tomé un camino de tierra.

Una nube de polvo anunció mi llegada cuando frené derrapando.

Pensaba que tendría que parar a preguntar cómo llegar, pero parecía que los ogros no intentaban ocultar su presencia. ¿Por qué iban a hacerlo? Eran nuestros aliados. Técnicamente. Y, aunque no lo fueran, ¿quién iba a buscar pelea con un ogro, y mucho menos con varios miles?

El campamento ogro era un lago de barro y arena pardos, rodeado por un mar de ondulantes campos verdes.

La presencia de los ogros había dejado una huella descarnada en el entorno: alrededor de sus yurtas de estilo mongol y sus tiendas de cuero se extendía un páramo polvoriento que teñía el lienzo blanco y el cuero de sus refugios del mismo color pardo que sus alrededores.