19. Chapter 19
La Vigilia
***KAT***
Contuve la respiración. No podía... no quería creer lo que había visto en Ciudad Orco. Por suerte, los orcos y los goblins no esperaban que dijera nada mientras me alejaba de sus cánticos y abandonaba los salones de la fortaleza orca. Girin, que me seguía de cerca, se limitó a decir:
—Lucharemos a tu lado en la batalla final y en todas las que vengan después, Jefe de Guerra.
Jefe de Guerra . Aún resonaba en mi cabeza.
Los únicos jefes de guerra que habían pisado Hope City habían sido saqueadores.
Líderes orcos empeñados en asaltar a la humanidad y, tal vez, borrarnos de la faz de la Tierra.
El Jefe de Guerra Ekza’tul, que saqueó Wellington.
El Jefe de Guerra Bloodgrave, responsable de la despoblación de los asentamientos de la costa occidental.
El Jefe de Guerra Bag-tan, el Deathcry. Sus crímenes habían sido tan atroces que ni siquiera quería recordarlos.
Era una lista manchada por los gritos de incontables inocentes. Un título erigido sobre un montículo de cráneos y escrito con sangre y vísceras.
Un título que ahora me habían endosado a mí.
Noté que el ácido me subía por el estómago. Quería vomitar.
Me salvaron el aire fresco de la noche y la serena Oscuridad de una calle silenciosa.
Me dejé caer contra la pared del edificio, jadeando y sudando. A punto de tener arcadas. Sentía que mi corazón era un batería que por fin había llegado a su solo.
Treth se manifestó a mi lado, con la frente espectral arrugada por la preocupación y la confusión.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás entrando en pánico? ¡Esto es increíble!
Sonrió de oreja a oreja, intentando animarme. No tenía ni puta idea de lo que acababa de ocurrir.
—¡Tenemos un ejército, Kat! Un ejército que podemos usar para salvar a la gente. Para recuperar a Candace —intentó explicarme. Como si yo no hubiera visto allí dentro aquella espada de doble filo condenada por la Fisura.
Me froté la frente y me volví hacia él, procurando hablar en voz baja y evitar que el estómago me diera volteretas.
—Llevan tiempo preparándose, Treth. Armándose. Formando un ejército. Una fuerza paramilitar capaz de desafiar al CDF. Por mí...
—¿No era eso lo que queríamos? —preguntó y exclamó Treth a partes iguales. Me miró como si estuviera loca.
Negué con la cabeza.
—Es justo lo que el Consejo me ha acusado de hacer. De desafiar su autoridad. Este... este ejército es exactamente lo que temían. Si lo descubren, se esfumará cualquier posibilidad de limpiar mi nombre...
Palidecí.
—A menos que ya lo hayan descubierto...
Era difícil no verlo. Cientos de orcos armándose. Preparando uniformes. Uniformes que lucían mis alas de fuego.
No, no necesitábamos aquello. No iba a ayudarnos. Pero ¿cómo podía detenerlo? ¿Qué harían aquellos orcos y goblins si les negaba el propósito que acababan de encontrar?
Treth parecía a punto de discutir conmigo hasta que reparó en algo a mi espalda. Oí el crujido de unas botas sobre la tierra y me volví para enfrentarme a las últimas personas que quería ver.
El agente Weaver y el agente Makeba salieron de la Oscuridad y entraron en el círculo de luz dorada que proyectaba la única bombilla situada sobre nuestras cabezas.
Durante unos instantes, nos limitamos a mirarnos en silencio.
Ellos permanecían allí, inexpresivos. Vi las pistolas que llevaban al costado.
Treth también las vio y empezó a acercarse poco a poco.
Tal vez no pudiera matarlos si intentaban dispararme, pero sí podía empujarlos y hacerles perder el equilibrio.
Bueno, al menos a uno de ellos. Sin embargo, ya sabía demasiado bien que no era invencible.
Bastaba con un disparo afortunado. Y estaban demasiado lejos para que yo pudiera hacer nada.
Aún oía el murmullo apagado de los cánticos orcos que llegaba desde el interior. No se había detenido. Ni un solo segundo. Y veía que los policías también lo oían. Esperaba que no supieran qué significaba. Pero era una esperanza vana.
—Un poco tarde para una fiesta, ¿no? —preguntó Weaver mientras se acercaba despacio y daba vueltas a mi alrededor, al tiempo que Makeba se mantenía firme en su sitio—.
Entiendo que esos comepiedras estén despiertos a estas horas, malditas por el Titán.
Pero ¿usted? Ha tenido una noche ajetreada. Debería estar durmiendo.
—¿Qué hace aquí, Drummond? —preguntó Makeba, yendo directo al grano.
Mi mente se apresuró a buscar una mentira. Una cacería. Un contrato. Pero podían comprobarlo en la MonsterSlayer App en cuestión de segundos.
—Soy amiga de los orcos y los goblins —dije, decidiendo responder con una verdad que no revelaba lo que estaba ocurriendo dentro de aquella fortaleza—. ¿Es eso un delito, agentes?
Treth me lanzó una mirada inquieta. No le gustó el sarcasmo de mi voz. Y comprendí que tenía buenas razones. Makeba dio un paso furioso hacia mí, pero se detuvo cuando Weaver levantó una mano.
—Deje de hacerse la tonta, Drummond. Sabemos qué significan esos cánticos. ¿Quiere saber cómo lo sé?
No respondí. Weaver apretó el puño y miró directamente a la bombilla durante apenas un segundo antes de subirse la manga.
13-2. Tatuado en negro sobre el hombro.
Cuerpo de Exterminio.
Tenía los ojos húmedos. Las mejillas enrojecidas. Pero, cuando me miró, no vi tristeza. Vi ira y el brillo inconfundible de la decepción.
—Oí esos cánticos mucho antes de comprenderlos, Drummond.
Pero ya entonces sabía lo que significaban.
Gritos de guerra. Llamamientos a la muerte.
A la matanza. A devorar a la humanidad. Los oí antes de que me arrebataran a mi familia, a mis amigos...
todo. Y ahora vuelvo a oírlos. Lo que jamás esperaba encontrar junto a ellos era a usted.
Negó con la cabeza mientras la mano le temblaba sobre la pistola enfundada. No me moví. Quizá, si me quedaba lo bastante quieta, pensarían que estaba muerta y seguirían adelante.
—Todavía conservaba cierta esperanza, alguna puta esperanza, de que estuviéramos equivocados. ¡De que no fuera una traidora maldita por el Titán! Pero esto...
Señaló Ciudad Orco y los cánticos que resonaban en su interior. Volvió a negar con la cabeza.
—¿Jefe de Guerra? —escupió, casi sin dar crédito—. Yo creía en usted. Pensaba que era NUESTRA Última Luz. Que nos defendía. Que luchaba contra monstruos. ¡Pero esto! ¿Usar a putos monstruos contra su propia gente? Es despreciable.
—Puta escoria —añadió Makeba, cambiando la posición de los pies para desenfundar la pistola.
Parecía que quedarse quieta no iba a funcionar. Y, estando ellos separados, Treth solo podría detener a uno. Seguían demasiado lejos para que yo misma pudiera neutralizarlos. Era rápida. Muy rápida. Pero nunca más que una bala.
—¡No es lo que parece! —dije al fin. Lo peor que podía haber dicho. ¿Había sacado eso de una serie policiaca para niños?
Weaver resopló.
—Entonces, ¿qué es? Diviértame.
No había el menor atisbo de humor ni calidez en su voz.
—¡No intento enfrentarme al Consejo! —dije, incapaz de ocultar la desesperación en mi voz—. Hay una amenaza mucho mayor sobre Hope City. Un mago con un poder inmenso. ¡No estoy formando un ejército! Intento detenerlo antes de que destruya la ciudad.
Miré alternativamente a Makeba y a Weaver. Ninguno de los dos parecía convencido.
—¡Tienen que confiar en mí! —supliqué, bajando la voz hasta convertirla en un susurro desesperado.
Estaba cansada. Aletargada. Había sido una noche tan larga, llena de tanto dolor. Y ahora esto.
—Ponga las manos sobre la cabeza y échese al suelo —dijo Weaver, con una voz como hielo empapado en sangre.
No podía dejar que me arrestaran. Ahora no. No mientras el Mentor estuviera ahí fuera con Candace. No mientras aquella ciudad y todos sus habitantes me necesitaran.
Miré a Weaver a los ojos. Busqué en ellos alguna clase de respuesta. Algo que pudiera decirle para convencerlo de que era inocente.
Sin embargo, vi algo peor. No tenía intención de arrestarme.
—Está cometiendo un error —siseé mientras mi abrigo se inflamaba. Treth se plantó delante de Makeba, con el escudo en alto, y miró de uno a otro mientras ambos policías se disponían a desenfundar.
—Ríndase, Última Luz. Mientras aún le quede algo de dignidad.
El tiempo pareció detenerse. La noche enmudeció. Ya no había cánticos. Ni siquiera el lejano zumbido del tráfico.
Solo dos policías, una cazadora y un fantasma. De pie bajo un tenue círculo de luz en un gueto negro como la tinta.
Inspiré hondo. Y entonces me moví...
La mano de Weaver no llegó a alcanzar la funda.
La sangre formó una bruma roja que siseó sobre mi abrigo cuando me detuve en mitad de la embestida.
Makeba retrocedió con los ojos muy abiertos mientras unas manos lo aferraban desde la Oscuridad.
Sus gritos quedaron ahogados y dieron paso a crujidos y huesos que se quebraban.
Vi figuras en la penumbra que se movían entre las sombras mientras alzaban sus armas para matar a golpes a los policías.
Treth y yo permanecimos a un lado, boquiabiertos. Incapaces de creerlo. Hasta que la noche volvió a quedar en silencio. Las figuras de la Oscuridad levantaron los restos del agente Weaver y del agente Makeba y se internaron corriendo en la noche.
Durante un instante seguí paralizada por el estupor. Pero entonces reaccioné.
—¡Alto! —grité, y salí tras ellos. Treth se lanzó detrás de mí mientras mi abrigo se convertía en un inmenso infierno. Las figuras oscuras se dispersaron entre las casas. Salvo una, muy lejos, calle arriba. Demasiado lejos para alcanzarla corriendo. Menos mal que yo no necesitaba correr.
Las alas brotaron de mi espalda y me impulsaron por los aires como un cohete. Aterricé a pocos metros de la figura, mientras las llamas de mi abrigo y mis alas lamían el cemento. El resplandor anaranjado de mi fuego iluminó a un hombre enmascarado que vestía un gi con estampado de tigre.
No podía ser...
—¿Kyong? —pregunté, incrédula. Esperaba que no contestara. Que me hubiera equivocado. Que fuera otro puño de tigre.
El hombre se quitó la máscara despacio y la sostuvo junto al costado. Retrocedí un paso mientras se me caía el alma a los pies y mis alas desaparecían. Solo mi abrigo iluminaba la sonrisa triste pero resuelta de Kyong.
—Hola, Comandante.
Me tapé la boca, mientras toda aquella velada amenazaba con superarme.
Pero, sobre todo, porque ahora conocía la verdad.
La Vigilia no era un grupo cualquiera de justicieros.
Era lo que siempre había temido. Las personas en quienes confiaba y a quienes amaba, llevadas demasiado lejos en su empeño por hacer lo correcto.
—¿Por qué? —logré preguntar, intentando ocultar, sin conseguirlo, el temblor y la incredulidad de mi voz.
—Haremos que parezca un accidente —explicó—. Un ajuste de cuentas entre bandas, probablemente. Lejos de aquí. No culparán ni a los orcos ni a ti. Nos aseguraremos de ello.
—¡¿Por qué?! —volví a gritar. Quería suplicarle. Rogarle que pusiera fin a aquella locura. Hacerle entender que ningún fin justificaba los medios. Que aquellas eran buenas personas, aunque estuvieran haciendo lo incorrecto. Que teníamos que trabajar juntos.
Pero solo fui capaz de gritar aquella sencilla pregunta.
Pareció confundido, pero entonces asintió. Despacio. Volvió a ponerse la máscara y me miró a través de sus estrechas rendijas.
—Ya te ha tocado tomar decisiones difíciles. Demasiadas veces —dijo, con la voz amortiguada y más grave por la máscara—. Ahora nos toca a nosotros. Y haremos lo correcto para que tú no tengas que hacerlo.
Antes de que pudiera decir una palabra más, desapareció. Arrancado de allí por la misma magia que borraba sus huellas una y otra vez.
Estuve a punto de caer de rodillas. Estuve a punto de gritar. Pero, en vez de eso, fui arrastrando los pies hasta mi moto, con la que me interné en la noche, rumbo a una cama en la que no conseguiría dormir.