La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 17. Chapter 17
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17. Chapter 17

Vlamven

Viajé por la Oscuridad, sin más compañía que el rugido del motor de mi motocicleta y la presencia de Treth dentro de mi cabeza. Necesitaba a mis seres queridos. Por supuesto. Pero también necesitaba estar sola. Pensar. Porque los míos me calmaban. Me ayudaban a centrarme y me hacían sentir segura.

Pero no estaba segura. Ninguno de nosotros lo estaba. Porque, dijera lo que dijese el Mentor, podía ir a por ellos y lo haría. En cualquier momento.

No era momento de estar tranquila. Era momento de sentir rabia, una furia fría, clínica y concentrada.

Era hora de destruir al cabrón que me había arrebatado a mi hermana de alma. Al monstruo que había matado a mis padres. Al hombre que me había convertido en quien era.

Dejé que aquellos pensamientos de odio y aquella determinación hirviente me sirvieran de combustible mientras recorría a toda velocidad las calles de Hope City, dejando atrás las afueras para adentrarme en los barrios bajos propiamente dichos, por carreteras agrietadas y entre océanos de chabolas y cuchitriles.

Dejé que aquellos pensamientos me mantuvieran fuerte para no derrumbarme, reducida a un ovillo de nervios impotente y lloroso.

Y dejé que evitaran que pensase en el desasosiego de haber encontrado en mi cajón una caja de munición ensangrentada y en la certeza de que la Vigilia y los Cruzados quizá fueran lo mismo, si eso significaba que tenían acceso a mi habitación.

Hacía una eternidad que no visitaba Ciudad Orco.

Una lástima. Los orcos y sus primos goblins tenían un encanto inagotable.

Girin, el chamán goblin que parecía ser uno de los líderes de la comunidad, era un hombre de una lealtad absoluta, una sabiduría increíble y una excentricidad perpetua.

Nos había ayudado contra el Necroseñor porque los huesos se lo habían ordenado.

Y, aunque no esperaba que los orcos y los goblins me ayudasen en mi cruzada personal, tenía que aferrarme a la esperanza de que sus peculiares profecías volvieran a estar de mi parte.

Giré en la intersección que conducía al gueto de orcos y goblins, esperando encontrarme con el puesto de control que durante tanto tiempo había servido para mantener en cuarentena a los llegados de otros mundos.

Pero las cosas habían cambiado desde que los orcos se convirtieron en valiosos proveedores de Tyrok-1, el compuesto elaborado principalmente a partir de su sangre negra.

Había demostrado ser una cura para muchas enfermedades, pues los orcos eran inmunes a casi todas las afecciones, tanto mágicas como mundanas.

Primero, los orcos quedaron absueltos por la población de Hope City de los crímenes de su raza, aunque ellos mismos no los hubieran cometido individualmente, al curar la temida Gripe Férica.

Pero, a medida que la sangre negra se mostró capaz de curar el mal necromal, el VIH/sida, la peste y muchos otros virus y enfermedades, los orcos pasaron de ser parias a convertirse en miembros valiosos de la comunidad.

A menudo olvidaba que yo los había ayudado a conseguirlo.

La riqueza parecía haber beneficiado mucho a la comunidad, pues ya no estaban confinados en un único y gigantesco bloque de viviendas.

Casas y edificios de peculiar diseño alienígena se extendían por los campos que rodeaban Ciudad Orco.

Techos abovedados erizados de pinchos de los que colgaban baratijas y efigies de orcos corpulentos.

Reconocí materiales de construcción modernos, como el hormigón y el acero, integrados en los diseños, pero resultaba interesante ver cómo los orcos utilizaban su recién adquirida riqueza para traer un pedacito de su hogar a su nuevo mundo.

La mayoría de las casas, dispuestas en calles ordenadas con calzadas recién asfaltadas, tenían las luces apagadas.

¡Al fin y al cabo, era pasada la medianoche!

Solo una taberna daba aún señales de actividad, y vi a unos cuantos orcos merodeando por fuera.

Se detuvieron al ver pasar a toda velocidad el resplandor de mi abrigo.

Vlamven..., me llamaban los orcos. La Inflamada. Les gustaba el abrigo. ¿A quién no?

Me detuve frente a Ciudad Orco propiamente dicha.

Era una estructura gigantesca. Bloques de pisos unidos entre sí para formar una única mole continua que se alzaba hacia el cielo.

En el pasado, se había estado cayendo a pedazos, víctima de los ataques de monstruos y de la falta de dinero para reparar nada.

Rara vez se contrataba a los orcos para trabajos lucrativos.

Pese a contar con pocos recursos y enfrentarse a la hostilidad general de la población humana, los orcos y goblins de Ciudad Orco se habían unido para construir una comunidad fortificada con la que defenderse de monstruos y otros enemigos.

Ahora, el barrio amurallado se había convertido en una auténtica fortaleza: muros reforzados con placas de acero, reflectores, ventanas con postigos y balcones que parecían bastiones medievales.

Puede que los orcos hubieran encontrado un lugar en aquella sociedad, pero jamás olvidarían cuánto los había despreciado en otro tiempo. Al menos, parecían estar de mi parte.

Detuve la moto cerca de la entrada. Para mi sorpresa, un enorme orco me esperaba allí.

Mantenía un brazo cruzado sobre el vientre, como si lo entrelazara con el otro.

Pero le faltaba el otro brazo hasta el hombro.

Una cicatriz de zarpazo le atravesaba el ojo izquierdo y lo mantenía cerrado.

Sin embargo, los dos colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior relucían blancos e intactos.

Por lo visto, la odontología humana había obrado maravillas para los orcos.

Ese año había leído entre cacerías un artículo que atribuía la vertiginosa prosperidad de la industria de la estética dental a que los orcos se habían convertido en consumidores entusiastas. Les encantaban sus dientes.

—Vlamven —dijo con una inclinación de cabeza y un atisbo de reverencia en la voz—. Soy Grashtuk-Karagar, de los Ciudad Orco Gotten. Luché a tu lado contra el Señor de la Muerte.

Rebusqué en mis recuerdos de aquella caótica batalla. Había muerto muchísima gente: humanos, orcos, fae y muchos más. Gran parte de aquello se había vuelto borroso.

Pero lo recordé.

—Cubriste la retaguardia mientras nos retirábamos del bloqueo. Una docena de aberrantes te inmovilizó.

Asintió y el labio se le curvó ligeramente alrededor de la enorme mandíbula inferior. Una sonrisa.

Miré el muñón.

—Lo siento —me disculpé.

Pareció un tanto desconcertado.

—Vlamven..., tú volviste a darme un propósito.

Mi sangre es una bendición. Una bendición que hasta entonces había malgastado en trabajos insignificantes y vendido como medicina para los humanos.

Vivía a medias, aunque tuviera dos brazos.

Pero, cuando Girin respondió a la llamada y yo lo seguí, me encontré a mí mismo.

Se irguió. Hasta entonces había estado encorvado, probablemente para parecer menos imponente. Pero ahora pude contemplarlo en toda su altura. Los orcos eran verdaderamente enormes. Resultaba asombroso que estuvieran emparentados con los diminutos goblins.

—Soy un guerrero, Vlamven. Y, si tuve que perder el brazo para darme cuenta, que así sea. Luchar en el bando correcto es lo único que siempre he necesitado.

Inclinó la cabeza hasta quedar de nuevo a mi altura. Tan abajo que empecé a sentirme claramente incómoda, incluso mientras notaba que algo resonaba en Treth. Él comprendía lo que había dicho aquel orco. Y veía en él una parte de sí mismo.

Luchar en el bando correcto...

Grashtuk volvió a erguirse y se apartó, señalando la puerta.

—Girin te está esperando.

—¿Los huesos?

Asintió.

—Los huesos.

Por supuesto.

Grashtuk cerró la verja tras de mí y echó varios cerrojos nuevos. Ahora sí que era una fortaleza.

Las cosas habían cambiado desde la última vez que estuve allí. Estaba más limpio, desde luego. Ya no había goteras. Las puertas encajaban bien en sus goznes y estaban hechas con materiales decentes. Pero había algo más. Algo en el ambiente.

Girin salió a mi encuentro a mitad de camino. Grashtuk se arrodilló y se inclinó ante el pequeño goblin. Girin le tocó la cabeza y susurró algo en su idioma. Grashtuk inclinó la cabeza hacia mí antes de desaparecer por el pasillo.

—Girin —dije, sonriendo a pesar de todo lo sucedido aquella noche—. Me alegro de volver a verte, amigo mío.

—Y yo me alegro de verte a ti, Vlamven y amiga de mi pueblo —dijo Girin, sonriendo con sus dientes, más pequeños pero igualmente afilados—. Los huesos predijeron que llegarías esta noche.

—Por supuesto.

—Sí, por supuesto. Organicé mi agenda en consecuencia.

—Espera, ¿cuánto hace que los huesos te dijeron que me esperases?

Girin me dedicó una sonrisa taimada y misteriosa. Pero acabó cediendo.

—Amiga mía, los huesos me dijeron que te esperase esta noche cuando yo no era más que un niño que estudiaba las costumbres de mi pueblo.

Supe de esta noche mucho antes de conocer su importancia.

Mucho antes de saber quién eras. Pero así ocurre con las profecías: todo empieza a cobrar sentido cuanto más te acercas a su final.

—¿Y es hacia allí adonde nos dirigimos? ¿Hacia el final?

Su sonrisa se desvaneció y su expresión se tornó seria.

—Esas son preguntas peligrosas, porque exigen respuestas peligrosas.

—Yo soy peligrosa —respondí sin saber exactamente qué quería decir con aquello.

Pero hizo que Girin se frotara la barbilla, pensativo.

—Se acerca un final —dijo por fin—. Si es el final, no lo sé. Los huesos no son omniscientes. No son más que guías. Nos muestran lo que la Madre de los Huesos quiere que veamos. Ahora, sígueme.

No hubo más explicaciones mientras lo seguía por los pasillos vacíos de Ciudad Orco.

Treth se manifestó al otro lado de Girin mientras yo mantenía el paso. Era extrañamente veloz para ser una criatura de piernas tan cortas.

Volví a percibir el cambio que se había producido en aquel lugar.

No era solo que estuviera más limpio y en mejores condiciones.

Había algo más. ¿Dónde estaban los puestos?

¿Dónde estaban los letreros de los negocios instalados en los pisos?

¿Y dónde estaba la gente? Incluso a una hora tan tardía, habría esperado ver al menos a algunas personas.

—¿No son los orcos medio nocturnos? —preguntó Treth.

¡Lo eran!

Y estaba a punto de preguntarle a Girin adónde había ido todo el mundo cuando se detuvo de repente en lo que parecía un escenario, iluminado por un foco tenue. Me paré justo antes de subir.

De pronto, me puse en guardia. Confiaba en Girin. Confiaba en los orcos, aunque algunos hubieran sido enemigos míos en alguna ocasión. Pero seguían siendo un pueblo distinto. Una cultura distinta. ¡Por lo que yo sabía, podían estar intentando sacrificarme a la Madre de los Huesos!

Pero no podía pensar así. Tenía que confiar en ellos. Evoqué la imagen de Grashtuk. Cómo había sacrificado el brazo y casi la vida para salvarnos de la marea de no muertos.

Habíamos luchado juntos. Humano, orco, goblin... Eso no importaba. Si sangrabas junto a alguien, podías convivir con él.

Avancé hacia Girin, rodeada por una negrura como la tinta que la luz dirigida a mis ojos volvía aún más intensa.

—Vlamven —anunció Girin en voz alta, como si se dirigiera a un público lejano.

Aquel volumen no encajaba con su estatura. Pero siempre poseía más solemnidad de la que sugería su tamaño.

—Última Luz, protectora, libertadora, destructora...

Hizo una pausa. Intercambié una rápida mirada con Treth, que parecía tan confundido como yo me sentía.

Girin sonrió. No fue una sonrisa alegre, sino de triste aceptación.

—Ya hemos cumplido antes la voluntad de los huesos. Siempre trae sangre, muerte y dolor...

Aquello no pintaba bien. Sentí que se me tensaban los músculos. Mi abrigo resplandeció al percibir mi inquietud.

—Y, a cambio de nuestro sacrificio, los huesos nos concedieron libertad, prosperidad y, por encima de todo..., sentido.

Se volvió para dirigirse a la Oscuridad.

—¡Ha llegado de nuevo el momento de dejar que los huesos nos guíen! De permitir que la Madre de los Huesos recompense nuestra lealtad con un destino digno de un pueblo bendecido. ¡Porque tenemos la bendición de haber recibido a un avatar de su voluntad!

—¿Qué...? —estuve a punto de preguntar cuando se encendieron de golpe unas luces por todo lo que entonces vi que era un salón.

El salón central de Ciudad Orco, que en otro tiempo había sido un mercado.

Ahora, pegados unos a otros de pared a pared, había decenas...

No, ¡cientos de orcos! Fila tras fila, firmes y en posición de atención.

Todos armados y protegidos con armaduras negras de placas, adornadas con el símbolo de unas alas flameantes rojas y naranjas.

Incluso habían mejorado sus armas. Ya no llevaban rifles de tubería ni lanzacohetes caseros.

Empuñaban ametralladoras, fusiles de asalto, lanzagranadas y hachas capaces de derribar un árbol de un solo golpe.

Entonces comprendí qué había cambiado. Por qué todo se había vuelto tan espartano y por qué no había visto mucha gente en las calles.

Los orcos y los goblins habían formado un ejército. Un ejército que lucía un símbolo inequívocamente creado en mi honor.

No encontré palabras para responder. Tampoco las necesité, porque toda la horda bramó:

—¡Vlamven! ¡Vlamven! ¡Vlamven!

Girin alzó el puño y cesaron los cánticos. Se volvió hacia mí.

—Mi pueblo vuelve a necesitar un propósito. Un propósito que vaya más allá de mendigar sobras y vender su sangre. Necesitan una guerra. Una lucha. Una forma de hacer el sacrificio definitivo por algo más grande que ellos mismos. Están preparados, Jefa de Guerra, para luchar y morir por ti.