La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 15. Chapter 15
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15. Chapter 15

Vacío

***CANDACE***

La Oscuridad ahogó mi grito.

En el vacío de aquella nada inquietante, hasta mi cerebro aterrorizado comprendió que no tenía sentido pedir ayuda a gritos.

Allí nadie podía oírme. Ni siquiera Kat.

Ya sentía el agujero que su ausencia había dejado en mi cabeza, mi corazón y mi alma.

Era como cuando me la habían arrancado para llevarla a Avathor.

Como si me faltara un pedazo de mí misma.

La negrura me consumió. No sentía la férrea presa de mi Mentor ni veía sus facciones, aún sin edad y sin mácula. Solo había nada. Un vacío.

Quizá me libraría de aquella guerra. Quizá aquello fuera la muerte.

Podría ser peor. Una eternidad así tal vez acabara resultando aburrida, pero al menos era algo. Mucho mejor que la inexistencia absoluta. Si aquello era la muerte, me sentía un poco menos culpable por habérsela causado a tanta gente.

Existir ya era algo. Incluso en la negrura.

Pero no estaba muerta.

De pronto, se me destaponaron los oídos cuando sentí el viento sobre la piel. Como cien diminutos pinchazos de hielo. Me di cuenta de que tenía los ojos cerrados. Como si prefirieran la oscuridad.

Pero también sabía que no podía abrazarla. Todavía no.

Abrí los ojos y parpadeé, con la vista borrosa e incapaz de distinguir gran cosa.

Hasta que todo adquirió de golpe una claridad estremecedora y comprendí que me encontraba sobre un estrecho saliente de piedra negra, tallado de un modo antinatural y rodeado por la nada. La nada auténtica.

Mi cerebro humano, nada preparado para algo semejante, quería venirse abajo. Apagarse. Pero yo era más fuerte que eso.

Aparté la mirada de la plataforma negra que me separaba del vacío literal y alcé la vista.

Mi… el Mentor estaba frente a mí. Permanecía allí con aire despreocupado, las manos metidas en los bolsillos de lo que parecía una bata negra de laboratorio.

Todo en él era tal como lo recordaba. El pelo negro y corto.

Con exactamente el mismo peinado y la misma longitud.

No había envejecido ni un solo día; su piel seguía siendo impecable, sin el menor rastro de vello facial.

Y, sin embargo, de algún modo no tenía cara de niño, pues sus facciones angulosas estaban demasiado definidas para considerarlas infantiles o delicadas.

Y, por encima de todo, su sonrisa era la misma. Aquella sonrisa que todo lo sabía, segura de sí misma y casi omnipresente. La clase de sonrisa propia de un dios que sabe que nada puede derribarlo.

Y quizá nada pudiera hacerlo. Quizá fuera realmente imparable. No solo el hombre más peligroso de la Tierra, sino el más peligroso de todos los reinos.

Pero eso no me importaba. No de verdad.

Porque ya me había destrozado. No había hecho nada por impedir la muerte de mis padres.

Quizá incluso la hubiera provocado él mismo.

Se me había llevado cuando era una niña.

Una niñita traumatizada, aterrorizada y frágil…

y me había moldeado hasta convertirme en un monstruo.

¡Las cosas que me metió en la cabeza! ¡Las cosas que me obligó a hacer!

No podía deshacerlas. ¡Yo no podía olvidarlas!

Me había dejado cicatrices que jamás sanarían.

Y, sin embargo, no podía enfadarme. ¿Cómo puede alguien enfadarse con Dios? Ante su ira, solo cabe encogerse de miedo.

Sentí que las voces regresaban con fuerza. Pero la Oscuridad no me instaba a arrebatar más ni a causar más daño. La Locura no me convertía en un despojo balbuceante. E incluso la voz de la Razón repetía las mismas palabras una y otra vez.

—Corre, escóndete, huye, suplica, ríndete… —una y otra vez, hasta que solo quería agarrarme la cabeza y gritar.

Pero ¿gritar para llamar a quién? ¿Quién respondería?

Kat estaba fuera de mi alcance. No podía oírme.

Estaba sola.

Sola de nuevo. Sin mis padres. Sin mi hermana.

Nadie. Nadie salvo nosotros dos. Otra vez. En aquel vacío.

Otra vez. Como en los viejos tiempos. Los buenos tiempos, cuando él me quería y yo lo quería a él. Cuando estaba orgulloso de mí. Cuando yo era su mejor alumna. Cuando habría hecho cualquier cosa por él…

¡No!

Kat no estaba allí. Pero seguía siendo mi hermana de alma. La quería. No a aquel monstruo. ¡No a la Oscuridad!

Ella siempre estaba conmigo, junto a mis padres. Con la parte de mi alma que aún se aferraba a la esperanza.

Y, si estaba conmigo, yo podía ser como ella. Podía ser fuerte.

Sostuve la mirada del Mentor y sentí que mis labios esbozaban una sonrisa despreocupada. No había miedo en mis ojos. Las voces de mi cabeza enmudecieron. Solo estaba yo. Solo Kat.

—El papel pintado no me entusiasma, pero puede que el diseño diáfano acabe convenciéndome.

La sonrisa del Mentor se ensanchó y mi comentario mordaz le arrancó una risa sincera.

Aquello despertó en mí un atisbo de calidez. De aprobación. ¡Cuánto lo había echado de menos! Los escasos elogios. Las sonrisas, las risas, los gestos de asentimiento. Los había anhelado…

¡No! Es un monstruo. No le concedas ni una pizca de tu aprecio.

Apreté los dientes y dejé que mi sonrisa se desvaneciera hasta convertirse en un ceño fruncido.

—¿Qué quieres? —pregunté con desprecio.

—¿Ni un abrazo? ¿Ni siquiera un hola? Ha pasado mucho tiempo, Candace. ¿No me has echado de menos?

—¿Echa Europa de menos la peste?

El Mentor volvió a sonreír de oreja a oreja.

—Ah, el tiempo que hemos pasado separados ha hecho maravillas con tu ingenio. Has crecido de verdad. Tan poderosa. Tan inteligente. Una auténtica archimaga entre archimagos.

La Kat que llevaba dentro me detuvo antes de que sus elogios lograran derretirme.

—No me trates con condescendencia —siseé—. Ya no soy tu juguete. Ni tu experimento.

Por un instante, el Mentor pareció sorprendido. Pero después su sonrisa se ensanchó. Y parecía del todo sincera.

—Y ahora posees una fuerza de voluntad a la altura de tu poder. ¡Cuánto! Cuánto has crecido. Sin embargo…

Su sonrisa se desvaneció, y el corazón se me hundió al ver la decepción en sus ojos.

—Aún mantienes a raya la Oscuridad. Te niegas a aceptarla. A abrazarla. Eres poderosa. Dominas muchos lenguajes arcanos. Pero, del mismo modo que un hechicero debe abrazar la naturaleza de su afinidad, jamás alcanzarás tu verdadero potencial hasta que aceptes la Oscuridad que hay en tu interior.

Dio un paso hacia mí. Yo no me moví, no fuera a caer por el borde de aquel precipicio negro.

—La siento dentro de ti. Palpitando. Anhelante.

Ella ya te acepta, Candace. Te acepta de todo corazón, pues te considera digna de su poder.

Y ya no te queda nada que pueda retenerte.

Ningún padre al que resucitar. Ningún amigo que te distraiga.

Ningún vínculo terrenal. Solo poder. Y, cuando des el último paso hacia la verdad, serás capaz de cualquier cosa.

Alargó la mano hacia mí, dispuesto a acariciarme la mejilla, y yo se la aparté de un manotazo.

—¡Te equivocas! —dije, destilando veneno en cada palabra. Pero había algo más. Mis palabras se mantenían firmes. Convencidas. ¡Eran mis palabras! ¡No las de ningún otro!

—Todavía tengo a mis padres. Y todavía tengo a Kat. Para siempre. Mientras yo siga aquí, nunca habrán desaparecido. Existen dentro de mí.

El Mentor dio un paso atrás. No fruncía el ceño ni sonreía. Tampoco parecía enfadado. Su rostro estaba vacío. Como el vacío que nos rodeaba. No albergaba emoción alguna.

—He visto más allá del velo de la muerte —dijo—. Y he tocado el infinito. ¿Ves esto? Esto es lo que nos aguarda a todos. Pero no a tus padres. Ni siquiera el vacío los aguardaba a ellos. No están aquí. No están en ninguna parte.

Me dio la espalda y, con las manos cruzadas a la espalda, contempló la nada y el todo.

—No tienes nada, Candace. Nada salvo la Oscuridad. Acéptala. Utilízala.

—He sometido a la Oscuridad. La he hecho mía. No necesito aceptarla. No necesito convertirme en su esclava, como una sirvienta demente. ¡Es mía!

—¿Tú sometes a la Oscuridad? —preguntó antes de soltar un bufido desdeñoso—. No puedes controlar la propia esencia de la creación. Solo puedes doblegarte a su voluntad y permitir que te conceda su poder. ¡No somos quienes la utilizan! ¡Somos sus instrumentos!

Se me ocurrieron cientos de argumentos que podría haberle dado, pero ninguno llegó a mis labios. ¿Qué sentido habría tenido? Me encontraba en el vacío. Quizá incluso más allá del Entremedio. No tenía sentido discutir de filosofía con el hombre que me había creado.

Lo mejor era pasar página.

—¿Qué estás planeando, Mentor?

—¿Mentor? —preguntó, con genuina sorpresa—. ¿Aún me llamas así? Incluso ahora. Oh, eso no puede ser. Has superado todo cuanto te enseñé, y mucho más. Aunque rechaces neciamente el poder que tanto te ha costado conseguir, sigues siendo mi alumna más poderosa.

Reparé en que seguía sin decirme su nombre. Pero no fue eso lo que me irritó. Sentí que perdía el control mientras los ojos se me llenaban de lágrimas y cerraba las manos en puños.

—¿Tu alumna más poderosa? ¡Me rechazaste! Pensabas que era un fracaso. ¡Me endosaste al Cónclave para convertirme en una becaria glorificada!

Se volvió hacia mí y frunció profundamente el ceño.

Reconocí aquella expresión. El entrecejo arrugado y los intensos ojos de un azul estremecedor.

La adoptaba cuando intentaba entender algo que se le resistía.

Era una expresión tan poco habitual en su rostro que yo siempre la había considerado un acontecimiento trascendental. Uno digno de recordar.

—¿De verdad pensabas eso, alumna mía? Es cierto que nunca fuiste mi prioridad. Nunca fuiste mi proyecto principal. Al menos, al principio…

Si aquella era su forma de disculparse, necesitaba pulirla un poco.

Suspiró, exasperado.

—Nunca fui del todo sincero contigo, ¿verdad?

—¿Tú crees? —fue lo único que conseguí responder, canalizando a Kat.

Aquella expresión regresó. Su profunda actitud contemplativa. Incluso entonces, después de tanto tiempo, la admiraba. Lo admiraba a él.

Clavó sus ojos en los míos.

—Sí. Ha llegado el momento. El momento de contarte por fin la verdad.

La Razón tras la Locura. La Razón de la Oscuridad.

El motivo por el que hice todo esto. Porque no se trataba de un simple experimento.

Nunca fue eso. Tenía pensado un gran propósito para ti, para Kat Drummond y para el mundo entero.

—Entonces, ¿también era mentira lo que me contaste sobre ella?

Asintió.

—No la naturaleza de la Vasija. Eso era verdad. Pero no lo hice simplemente porque pudiera. Siempre debe existir una Razón. Siempre debe haber un objetivo. Y mi objetivo es el más elevado de todos.

La Kat que llevaba dentro estuvo a punto de poner los ojos en blanco. Pero Candace… Candace estaba embelesada.

—¿Cuál es tu objetivo, Mentor?

—La supervivencia.

—¡No puede ser algo tan mundano!

La mirada del Mentor me atravesó. Me encogí ante ella más de lo que lo habría hecho ante cualquier reprimenda o golpe.

—No hay nada más importante en todos los reinos que la preservación de la especie. ¡Que la preservación del mundo! Para conseguirla, debemos hacer cualquier cosa…

Volvió a mirar hacia el vacío y bajó la voz. Me descubrí dando un paso adelante solo para poder oírlo.

—He visto mundos llegar a su fin. Una y otra vez.

Reducidos a un polvo que no tardó en consumirse hasta convertirse en algo aún menor que el propio vacío.

He visto mundos desgarrados por el fuego, el hielo, la sombra, la luz y la avaricia de sus habitantes.

He contemplado el apocalipsis tantas veces como tú abrirías un libro…

Cerró los puños y me miró. Entonces comprendí que me encontraba justo a su lado.

—Pero también los he visto rescatados de las hirvientes simas del infierno.

He visto mundos al borde de la aniquilación que fueron salvados.

No por la generosidad ni la cooperación del ser humano.

Sino por la pura voluntad, la determinación y la perseverancia de un único individuo.

Ni héroes. Ni villanos. Ni líderes. Ni sacerdotes.

Y ninguna religión logró nada de eso. Porque los dioses no nos salvan.

La gente no nos salvará. Y, sin embargo, podemos ser salvados…

Sonrió.

—Creando a Dios.

Él sonreía mientras yo permanecía completamente atónita por lo que acababa de decir. ¿Mundos que llegaban a su fin? ¿Dioses? ¡¿Crear a Dios?!

—Es comprensible que estés confusa. Tiendo a olvidar que la mayoría de la gente no ha visto lo que yo he visto. Pero puedo cambiar eso. Puedo enseñártelo.

Antes de que pudiera responder o protestar, el mundo cambió a mi alrededor y sentí que el aire frío era sustituido por magma, escarcha y relámpagos. El vacío desapareció y en su lugar surgió el apocalipsis.