14. Chapter 14 #2
No volvieron a oírse voces. En su lugar, percibí una pulsación. Un tirón inconfundible hacia mi hermana de alma.
Estaba en la ciudad. Y estaba aterrorizada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Trudie, que pareció recuperar la sobriedad de inmediato mientras sus ojos se iluminaban de oro.
—¡Es Candace! Está en apuros —fue lo único que logré soltar.
Jane, incluso sin ser licántropa, golpeó el panel que comunicaba con el conductor.
—Llegue al CG de los Cruzados en los próximos tres minutos y le daré quinientos dólares, además de pagar todas las multas que le pongan.
—Enseguida, señora.
La limusina aceleró como un coche de carreras y Pranish casi se cayó del asiento cuando saltamos por encima de lo que debía de ser un bordillo.
Trudie me rodeó los hombros con un brazo.
—Estará bien. Nos aseguraremos de ello.
—Todos lo haremos —dijo Pranish mientras escribía algo en el móvil antes de guardárselo.
Los móviles de todos vibraron. Pranish había enviado la alerta. A todo el mundo. A todos los Cruzados, estuvieran o no de servicio.
Para que se preparasen. La guerra había comenzado.
***CANDACE***
El piso franco de los Sanguineas era más bien un almacén. Estaba iluminado con fluorescentes y, por lo que alcanzaba a ver, no contenía nada. Ni siquiera una cama. Aunque tampoco es que un vampiro escondido necesitara dormir.
Recorría el almacén de un extremo a otro mientras mis escoltas vampíricos me observaban con aparente calma.
Percibía la ansiedad de Kat. Me sentía culpable por habérsela provocado. Pero necesitaba que viniera. Antes de que fuera demasiado tarde.
Durante mi enésima vuelta por el almacén, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada clavada en el suelo, oí a uno de mis escoltas aclararse la garganta.
Me detuve y alcé la vista hacia él.
El vampiro pareció vacilar mientras su compañero, Dietrich, se limitaba a preguntar:
—¿Qué está pasando?
Observé a los dos vampiros y los analicé.
Solo había imaginado que parecían tranquilos.
Pero eso era en comparación con los humanos.
Ahora que me fijaba mejor, aquellos dos hacían prácticamente lo más parecido a tiritar que podía hacer un vampiro.
Tenían los brazos cruzados y los ojos rojos muy abiertos, moviéndose de un lado a otro.
Ellos también tenían miedo.
La mayoría de la gente desconfiaba de los vampiros. Quizá con razón. Al fin y al cabo, subsistían a base de sangre. Eso no era precisamente bueno para la reputación.
Pero yo había contemplado los abismos más oscuros del alma humana. Había visto de lo que éramos capaces como especie. Me había enfrentado a las profundidades de la atrocidad humana y había oído las voces de los condenados.
Los vampiros no tenían nada de especial.
No había motivo para ocultarles la verdad. Si trabajaban para el Mentor, ya lo sabrían. Y, si no, más valía que estuvieran preparados.
—El hombre que me persigue es enemigo de Kat… de Última Luz. Es poderoso. Probablemente sea el mago oscuro más hábil de la Tierra. Y parece que puede controlar las Grietas.
Los vampiros parpadearon, escépticos. Pero no discutieron.
—Entonces… ¿qué hacemos aquí? ¿Cómo sabe Última Luz dónde encontrarnos? —preguntó Wallace.
—Compartimos un alma —respondí con una leve sonrisa—. Siempre podemos encontrarnos si de verdad lo necesitamos.
Intercambiaron una mirada. De esas que se cruzan cuando uno comprende que se ha metido en algo que le viene grande.
—Siento haberos arrastrado a esto —dije casi sin darme cuenta.
Los vampiros parecieron sorprendidos.
—No lo sientas —dijo Dietrich—. La señora Kruger nos dio una orden. Y eso es motivo suficiente para ayudarte. Sin importar el riesgo.
—Y hay más —añadió Wallace—. Es nuestro deber. Ahora somos los protectores de esta ciudad. Un enemigo de Última Luz es enemigo nuestro.
Ambos se irguieron, impávidos y resueltos. Y, de hecho, consiguieron que me sintiera un poco más segura.
—Gracias —dije con sinceridad.
Sonrieron al unísono. Una expresión cálida incluso con los ojos rojos y los colmillos.
Entonces sus cabezas se separaron limpiamente de sus cuerpos.
Ni siquiera pude gritar mientras retrocedía un paso. Los cuerpos decapitados de los vampiros se desplomaron inertes. Sus cabezas rodaron hacia mí y me miraron desde el suelo con reproche mientras yo chocaba con algo que tenía detrás.
Unas manos me sujetaron suavemente por los hombros. Alcé la vista y sentí que me faltaba el aire.
El Mentor sonrió.
—Hola, Candy. Cuánto tiempo.
***KAT***
Candace gritó dentro de mi cabeza. No pude oír ni entender palabra alguna. Solo era un grito. Un alarido de terror puro y absoluto. Y yo no podía hacer nada para detenerlo salvo volver a gritar.
—¡MÁS RÁPIDO!
De algún modo, Jane consiguió exprimir aún más velocidad de su coche mientras corríamos hacia Candace. Yo iba dando indicaciones, aunque era bastante sencillo. Solo había que seguir la autopista principal que salía de la ciudad y atravesaba los suburbios.
Candace acababa de entrar en la ciudad. Tenía que ser eso. Y no había logrado adentrarse lo suficiente antes de que aquello que la perseguía le diera alcance.
O quienquiera que fuese.
Sabía quién tenía que ser. Pero aún me aferraba a la esperanza de equivocarme. De que fuera cualquier otra cosa.
Jane atravesaba el tráfico como una exhalación.
Vehículos de los Cruzados se unieron al convoy, arrollando coches civiles en su carrera por alcanzarnos.
Mi móvil era la baliza. Adonde yo fuera, ellos me seguían.
No había tiempo para reagruparse en el CG.
En cuanto llegamos allí, subimos al coche más rápido disponible. El Toyota de Jane.
Parecía que Jane llevaba algo de licántropa dentro, porque recuperó la sobriedad al instante. O quizá simplemente conducía mejor borracha.