La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 13. Chapter 13 #2
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13. Chapter 13 #2

Pranish le dedicó un gesto de aprobación y cariño. Jane sonrió radiante y levantó el pulgar. Entonces posó la mirada en mí.

—Lo vas a bordar —dije, y mi amiga sonrió antes de desaparecer en las entrañas de aquella bestia política.

—Será mejor que nos sentemos —dijo Jane.

Ignoró a un asistente y nos condujo escaleras arriba, hacia una tribuna de observación de la cámara.

Allí nos encontramos con Gareth y Darren, el alfa y el beta de la manada de Constantia.

Gareth, un hombre alto, rubio y de fría dureza, asintió en silencio cuando llegamos.

Darren, su beta, se levantó para recibirnos con una sonrisa y un firme apretón de manos.

—¿Cuándo habéis llegado? —pregunté—. Espero que antes de que los paparazzi pudieran provocaros acúfenos.

Darren me guiñó un ojo.

—Esa era la idea. Llevamos aquí...

—Tres horas, dos minutos y cuarenta y tres segundos —terminó Gareth, con cada segundo desgastándole la garganta y los nervios.

Tomamos asiento y escuchamos el murmullo de la cámara mientras los medios, las partes interesadas y oleadas de miembros del Consejo que representaban circunscripciones desde Cape Point hasta las Academias de Guerra de Stellenbosch ocupaban sus escaños.

Incluso había consejeros que representaban los distritos de la Línea de los Tres Puntos y otro de la Zona de Exclusión de Hout Bay, donde solo había científicos y agentes de Saneamiento que aún intentaban limpiar un contaminante mágico de hacía más de una década.

Todo el murmullo cesó de pronto cuando la presidenta de la cámara ocupó su asiento, golpeó con el mazo y dejó que el silencio se asentara.

¡Bien podría haber sido un juicio!

Satisfecha con el silencio, la presidenta se puso en pie.

—Abrimos la sesión con el testimonio de Trudie Davison, miembro de la comunidad.

Una licántropo que testificará a favor de modificar la Ley de Sintiencia para incluir a quienes padecen licantropía en la misma categoría que humanos, elfos, orcos, vampiros, feéricos mayores, semidioses, dioses menores...

La lista se prolongó bastante. Después de oír que, al parecer, los espectros y los demonios de las colinas tenían derechos, no entendía cómo alguien podía plantearse no concedérselos también a los licántropos.

Por fin, la presidenta concluyó y llamó a Trudie al estrado.

Mi amiga se acercó al estrado con la cabeza bien alta, aunque mantuvo una expresión solemne. Aun así, pude ver los nervios en sus ojos dorados. Oí un tenue murmullo cuando muchos de los consejeros contemplaron por primera vez los ojos resplandecientes de una licántropo.

Trudie se situó detrás del estrado sin una sola hoja ni tarjeta de apoyo a la vista.

Sentí que el ácido me subía por el estómago al inclinarme hacia delante.

Una mano se posó sobre la mía. Me volví y vi a Pranish.

Me dedicó una sonrisa aterrada y empapada de ansiedad.

Le apreté la mano mientras contemplábamos cómo nuestra amiga subía al estrado y comenzaba a hablar.

—Desde antes del Cataclismo, cuando la humanidad reinaba sin oposición, construimos una civilización basada en principios fundamentales.

Entre ellos, quizá el más importante de todos, estaba el cimiento de toda sociedad libre: la noción de que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Un principio sencillo arraigado en nuestros corazones y nuestras mentes.

Tan habitual que se ha convertido en una verdad incontestable.

Era un principio tan poderoso que, incluso mientras el Cataclismo quemaba y desgarraba el mundo, los fundadores de nuestra gran república procuraron conservar esos valores del viejo mundo.

Construir una sociedad libre donde ningún hombre ni ninguna mujer fuera castigado por un delito que no había cometido.

Este derecho se hizo extensivo a muchos otros seres que se unieron a nosotros en este nuevo mundo.

Un derecho del que ahora disfrutan como miembros de nuestra sociedad...

Varias miradas se volvieron hacia un elfo sentado en la primera fila de la cámara. El consejero que representaba a Elfington.

—Pero nunca se hizo extensivo a los licántropos.

Porque, aunque hubiéramos nacido humanos, a ojos de quienes ostentaban el poder entonces éramos demasiado monstruosos para ser considerados humanos.

Demasiado peligrosos para recibir la protección con la que habíamos nacido.

Todo porque, sin que mediara culpa alguna por nuestra parte, nos convertimos en otra cosa.

Algo que ni siquiera nosotros comprendíamos...

Noté que Pranish me apretaba la mano con más fuerza. Miré de reojo a Jane. Movía los labios al compás de las palabras de Trudie mientras se mordía las uñas.

—Pero ahora sí lo comprendemos. Y yo he llegado a comprenderlo mejor que la mayoría.

Porque soy una licántropo de esta ciudad.

Nací humana y me convirtieron en lo que mi país considera un monstruo.

Pero no soy un monstruo. Y quiero contaros cómo llegué a ser lo que soy, para que podáis comprender quién soy.

—Me transformaron contra mi voluntad y sin mi conocimiento, imponiéndome lo que al principio percibí como una maldición.

Entre la desaparición de mi amiga, la muerte del licántropo que me convirtió y saber que no tendría protección alguna en esta ciudad, no tuve ocasión de pensar.

Así que huí. Sin saber qué era ni en quién me estaba convirtiendo, me transformé en el monstruo que esta ciudad teme...

Hasta aquel momento no había sabido lo fuerte que era Pranish, pues estuvo a punto de aplastarme la mano. No se lo reprochaba. ¡No entendía cómo aquello iba a servir para defender que se concedieran derechos humanos a los licántropos!

Trudie negó con la cabeza, apesadumbrada.

—Me convertí en un animal y no recobré la lucidez hasta unos días después, cuando pude darme cuenta de lo que había hecho y estremecerme al pensar en lo que me estaba ocurriendo.

Fue entonces cuando creí todo lo que nos enseñan sobre los licántropos. Que somos asesinos. Bestias… monstruos.

La única persona que no parecía tensa en el balcón era Gareth, que no apartaba de Trudie su gélida mirada azul y mantenía los brazos cruzados. Un murmullo tenue e incrédulo llenó el silencio cuando Trudie hizo una pausa.

—Pero entonces —continuó— encontré bondad.

La cámara quedó en silencio.

—Encontré bondad y aceptación. Primero, en mis amigos.

Ellos tampoco entendían en qué me había convertido.

Pero vieron algo que yo no veía. Que, aquí dentro, seguía siendo yo.

Y que lo único que necesitaba era un poco de ayuda.

Me presentaron a una manada de seres como yo.

Conocí a un alfa que me enseñó a dominar mi naturaleza bestial.

Que me enseñó a volver a ser yo misma. E incluso cuando abandoné aquella manada y fundé la mía, encontré aún más amor, más aceptación.

Encontré una familia. Y esa familia me ayuda, incluso ahora, a ayudar a más lobos jóvenes.

A asegurarme de que ningún licántropo pase por lo que yo tuve que pasar.

De que encuentren amor desde el primer momento. De que no se conviertan en monstruos.

—Y por eso necesitamos esta enmienda. Porque, si más licántropos pueden vivir sin ocultarse ni avergonzarse, más podrán encontrar buenas manadas.

Familias. Y habrá más que no terminen consumidos por la bestia que llevan dentro.

Porque los licántropos y los humanos se parecen.

Dadnos una familia y encontraremos amor y el camino hacia la paz.

Pero despojad incluso a un ser humano de sus derechos, su dignidad y su capacidad de encontrar aceptación, y crearéis un monstruo.

Quizá como el monstruo que atacó nuestra ciudad a principios de este año.

Era humano. Y fue gracias a los esfuerzos de humanos buenos, licántropos, orcos y muchos otros como lograron derrotarlo.

Trudie hizo una pausa y clavó la mirada en el Consejo, frente a ella. Sus ojos dorados ardían. Me di cuenta de que Pranish me había soltado la mano y contemplaba embelesado a su novia.

—Hay humanos malos y licántropos malos —concluyó Trudie—. Y, mediante esta enmienda, podemos asegurarnos de que los lobos y los humanos buenos trabajen juntos para detener a los malos. Y, al hacerlo, conseguir que Hope City ocupe de verdad el lugar que le corresponde como sociedad libre.

Trudie bajó de la tribuna en medio de un silencio atónito. Solo duró un segundo, antes de que estallaran estruendosos aplausos y gritos de protesta. Pero pronto los vítores y las ovaciones ahogaron a los detractores.

Me sumé a los aplausos y me levanté para aclamar a mi amiga. Hasta Gareth se puso en pie y juntó sus enormes manos en sonoros aplausos. Darren tenía lágrimas en los ojos.

Por fin, la presidenta de la cámara logró imponer orden y volvimos a sentarnos.

—El honorable consejero de la circunscripción de la Zona de Exclusión de Hout Bay desea intervenir a continuación. Después habrá un breve receso y luego comenzará la votación de la 1. a enmienda a la Ley de Sintiencia.

Subió a la tribuna un hombre con una cara que hacía parecer dulces a los limones y empezó a despotricar sobre la Masacre de Pinetown, en la que tres personas murieron a manos de un licántropo renegado unos tres años después del Cataclismo.

De hecho, ocurrió hace tanto tiempo que algunos estudiosos creen que quizá se tratara de un sabueso infernal.

Dejé que el hombre siguiera soltando su perorata sobre la justicia para las familias (a las que ya no les importaba), hasta que su voz se convirtió en un zumbido lejano.

Una brusca inspiración me devolvió a la realidad.

Me volví hacia Gareth, que olfateaba el aire, dilatando y contrayendo las aletas de la nariz. Darren frunció el ceño cuando Gareth le susurró algo y después se levantó.

Pasó por detrás de mi silla y se inclinó para susurrarme:

—Fuera —dijo simplemente.

Bueno, ¡lo que fuera con tal de salir de allí!