13. Chapter 13 #3
Me levanté y seguí a Gareth fuera de la cámara, hasta un pasillo vacío. Miró con indiferencia en ambas direcciones antes de volverse hacia mí.
—Huelo a un lobo —dijo con calma—. No es uno de los nuestros. Y su olor es agrio. Corrupto.
—¿Un renegado? —pregunté mientras mi abrigo se agitaba al percibir la batalla inminente.
Asintió sin dejar traslucir emoción alguna. —Sospechaba que ocurriría algo así. Un renegado para interrumpir la votación. Otra masacre para impedir que los de mi especie sean aceptados.
Treth apareció sosteniendo Ithalen para mí.
—No vamos… No voy a permitirlo. Puedes contar con ello.
Gareth me examinó de arriba abajo y después asintió. —Lo sé.
A medio camino entre una carrera y un paseo despreocupado, seguí a Gareth mientras se deslizaba por los pasillos, olfateando el rastro del asaltante.
Llegamos a las oficinas traseras del Consejo antes de toparnos con la primera persona. Y era la última persona a la que quería ver.
Riaan, el presidente de nuestra insigne república.
Pareció sorprendido un instante, pero después nos fulminó con la mirada.
—¿Qué hacéis aquí?
Gareth no dijo nada. ¡Típico!
—Mi amigo necesita ir al baño. Creía que sabía llegar.
La mirada fulminante de Riaan no se suavizó. —Por ese pasillo. Primera puerta a la izquierda.
Gareth inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y después me lanzó una mirada. Una mirada de quédate aquí y no parezcas sospechosa .
¡Preferiría pelear desnuda con un trol no muerto!
Me quedé con Riaan mientras Gareth desaparecía. Riaan no dijo ni una palabra.
Permanecimos frente a frente en un silencio pétreo. Treth estaba entre nosotros, con aire incómodo mientras aún sujetaba a Ithalen dentro de su vaina.
Riaan siguió mirándome fijamente, sin hacer siquiera el más mínimo esfuerzo por sonreír o fingir que yo no era una mota de suciedad en sus elegantes zapatos.
Guardé silencio. Durante segundos y minutos, mientras todo empezaba a hervir en mi interior.
Toda la mierda por la que aquel tipo me había hecho pasar.
Las protestas que había avivado. ¡Los camaradas a los que había empujado a convertirse en delincuentes!
¡Había conseguido que me apuñalaran mientras los vampiros destrozaban su ciudad!
—¿Cuál es tu puto problema? —solté al fin. Treth dio un paso atrás, horrorizado.
—Intento salvar esta ciudad —respondió con calma.
—¿En serio? La última vez que lo comprobé, intentabas hacerme imposible salvar esta ciudad.
Cuando no saboteas mis esfuerzos por combatir a los nigromantes, mandas a tus perros de presa para acosar a mis hombres.
¿Y afirmas que intentas salvar esta ciudad?
Bueno, no debería esperar otra cosa de la sanguijuela jefe.
—No finjas que eres la heroína —siseó—. Sé que no eres más que una cazadora famosa, engreída y con complejo de diosa.
Y yo solo me aseguro de que todo el mundo lo sepa.
No sabes qué necesita esta ciudad. Necesita orden.
El imperio de la ley. Necesita que todas las personas sean iguales ante la ley.
Y, si ha de existir una ley, este gobierno debe ser el árbitro de esa ley y de la justicia.
Su protector. Pero, contigo y los de tu calaña por aquí, no podemos hacerlo.
Nos convertimos en una atracción secundaria.
En unos pobres desgraciados que reciben las sobras de tus grandes expediciones.
Pero ¿sabes qué ocurre cada vez que te ensalzan por hacer nuestro trabajo?
Socavas lo que representa este gobierno.
¡Socavas lo que representa este país! Cuando te tomas la ley y la caza por tu mano, amenazas todo aquello que un gobierno representa.
Y todo en un vano intento de convertirte en una heroína salida de algún mito.
—Siento ser yo quien te lo diga, pero esta es una era de mitos.
—¡Y ese es el problema! —exclamó, gesticulando desesperadamente.
Ninguno de los dos llevaba ya puesta su máscara.
Por primera vez, sentí que estaba viendo al verdadero Riaan.
No solo a un político débil, sino a un hombre harto de sacrificar sus principios en aras de las concesiones.
Lástima que sus principios fueran absurdos.
—Nos pasamos siglos luchando contra la tiranía de la naturaleza y la personalidad —continuó—.
Tardamos siglos en comprender que una sociedad verdaderamente libre exige un gobierno sin rostro que permita a la gente olvidarse de la violencia y seguir con su vida.
Evitar las artimañas de los populistas. Confiar en que trabajemos en beneficio de todos.
—Nunca alcanzamos tu utopía, presidente.
Ni siquiera antes del Cataclismo. ¡Abre un libro de historia!
Los gobiernos nunca han sido benefactores sin rostro que defendieran a su pueblo de la violencia.
No hicieron falta zombis ni espectros para obligar a la gente a defenderse.
Antes de que aparecieran, teníamos monstruos aún mayores.
Teníamos tu querido gobierno. La gente jamás ha dejado de necesitar defenderse.
¿Intentas decirme que el gobierno nos protegerá?
¡Díselo a los rusos, a los chinos, a la gente de este maldito país!
Basta con ver la pintura desvaída de las palabras Solo blancos en los bancos del Casco Viejo para comprender que ningún gobierno ha tenido jamás en cuenta los intereses de su pueblo.
Riaan estaba literalmente al rojo vivo.
—¡No eres más que una puta anarquista!
—Puedo soportar un gobierno, presidente. Me quejaré y filosofaré. Pero lo toleraré. Siempre que no se interponga en mi camino.
—¿En tu camino para hacer qué?
Di un paso adelante.
—Para ayudar a la gente.
Negó con la cabeza y dio un paso atrás sin darse cuenta.
—No me hagas reír. Eres una aprovechada. Solo te importa ganar dinero rápido. ¡Grietas, no me sorprendería que trabajaras con los nigromantes para mantener el suministro de recompensas! Nada…
Treth detuvo mi puño en el aire cuando volaba hacia el presidente. Mientras apretaba los dientes, todo se tiñó de rojo ante mis ojos. Pero la voz de Treth me calmó.