La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 12. Chapter 12
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12. Chapter 12

La Línea de los Tres Puntos

***CANDACE***

Los hombres de Themba me dejaron a la vista de la Línea de los Tres Puntos antes de desaparecer de nuevo en el caos de la tierra por la que tan dispuestos estaban a sangrar y morir. Aquello me dejó sola, una vez más, pero más cerca que nunca de regresar con ella .

—Kat, voy para allá —susurré, intentando llegar hasta ella a través de nuestro vínculo de alma. Pero mis poderes nigrománticos se habían debilitado. Y había demasiadas interferencias procedentes del Vasija. Lo único que alcanzaba a percibir era su sonrisa al reconocer mi presencia.

No tenía ni idea de lo que se avecinaba, ¿verdad? No de verdad. Y tenía que advertirla.

Pensar que mi hermana de alma me necesitaba me infundió la determinación que me hacía falta. Me erguí y me acerqué al borde de la colina desde la que se dominaba la frontera entre el Estado de Buena Esperanza y su imperio rival.

La Línea de los Tres Puntos era una serie de tres puentes que cruzaban las gargantas naturales que separaban el Imperio Zulú de Buena Esperanza.

Para escalar las propias gargantas se necesitaba un escalador experto y bien equipado.

Y eran del todo infranqueables para cualquier vehículo.

Hasta la moto de motocross más ágil acabaría estrellándose y ardiendo entre las zarzas y los peñascos.

Por no hablar de los restos aún en llamas de tanques y vehículos blindados destruidos hacía tiempo, ni de los incontables cadáveres de soldados de los impi y de la CDF.

Las gargantas de la Línea de los Tres Puntos eran un cementerio custodiado por paredes escarpadas, patrullas de vigilancia a todas horas en ambos lados y los monstruos que acechaban en lugares tan oscuros, alimentándose de los desesperados que intentaban salvar semejante división.

Solo se podían cruzar las gargantas de forma segura por los puentes, que habían sido el campo de batalla de incontables impi, sus tanques, sus vehículos blindados y los Elegidos de Shaka .

La CDF empleaba sus puentes como devastadoras zonas de exterminio y aplastaba todos los intentos de invasión.

Búnkeres, torretas, emplazamientos de artillería, ametralladoras Gatling y torres de magos encantadas protegían cada puente.

Y, tras ellos, se concentraba el grueso del poderío militar de Hope City.

Mientras Kat y los demás cazadores mantenían la ciudad a salvo de monstruos y amenazas más domésticas, la CDF dedicaba todos sus recursos a proteger aquellos tres puentes.

Pero ese día el Imperio no intentaba cruzar la Línea de los Tres Puntos. Ninguna horda de impi entonaba sus cánticos de guerra mientras avanzaba por los legendarios puentes. Y los únicos tanques a la vista eran cascarones en llamas.

Hasta donde alcanzaba la vista, una riada humana convergía en la Línea de los Tres Puntos y avanzaba hacia un control fronterizo desbordado y mal preparado que no sabía si armarse con formularios o munición.

Podía oler la desesperación desde allí. Familias que no llevaban consigo más que a sus hijos y algo de ropa hecha jirones.

La guerra les había arrebatado todo. Y, en vez de dirigirse hacia Ulundi o Goldfield, donde sin duda la Magocracia o el Imperio los encerrarían en campamentos, probaban suerte en el hogar de todos los sucios y repudiados: Hope City.

Pero entre los refugiados desesperados por encontrar seguridad habría insurgentes y oportunistas. Impi infiltrándose en Hope City para preparar una nueva guerra. Agitadores que pretendían expulsar a los «europeos».

Y, por supuesto, delincuentes que querían ganar dinero rápido antes de desaparecer en los suburbios interminables.

Muchos lograrían entrar. Muchos más inocentes no lo conseguirían. Esa era la tragedia de la seguridad. En un intento por mantener a salvo a los inocentes, muchos otros tendrían que morir de hambre. O, si no, convertirse en alimento para monstruos al intentar seguir la ruta del desierto del Karoo.

Una parte de mí quería llorar, mientras que otra quería ir a ayudar a aquella gente. Salvarla. Kat lo habría hecho. Habría encontrado la manera. Habría pasado de contrabando a los inocentes. No habría dejado atrás a nadie.

Pero yo no era Kat. Y una parte aún mayor de mí seguía insensible. Había visto demasiado, más de lo que podía traumatizarme. Me había endurecido. Lo había superado.

Le di la espalda al océano humano y me volví hacia el de verdad. Desterré mi compasión y mi empatía. No era el momento para eso.

No podía salvarlos. Pero quizá pudiera salvar a todos los demás.

***

Al llegar a la costa, inspiré y olí pescado apestoso y aire salado.

Los bocinazos, los gritos y los disparos ocasionales de la Línea de los Tres Puntos no eran más que un rumor lejano.

Las únicas otras señales de la guerra en torno a aquella antigua aldea de pescadores, casi idílica, eran las chozas y tiendas de campaña construidas hacía poco y desperdigadas por la zona.

Refugiados que, de momento, habían renunciado a cruzar y habían decidido probar suerte en la frontera.

Los pescadores, vestidos con petos de goma y el ceño profundamente fruncido, permanecían junto a sus casas, observando a los habitantes de las chabolas y a los refugiados con indisimulado desprecio.

Los refugiados no les prestaban atención mientras encendían una hoguera y empezaban a asar unos roedores sobre las llamas.

Allí el aire no apestaba solo a pescado y sal. La tensión se respiraba en el ambiente. Un conflicto a punto de estallar. Con suerte, me habría marchado mucho antes de que lo hiciera.

No podía atravesar la Línea de los Tres Puntos. Aunque lograra abrirme paso entre la horda interminable de gente desesperada, no confiaba en mis posibilidades de superar el control fronterizo. No tenía documento de identidad ni pasaporte. De hecho, legalmente estaba muerta.

Tampoco me hacía ilusiones de sobrevivir si seguía la ruta del Karoo. Había monstruos allí que considerarían mis hechizos de corrupción más poderosos un mero cosquilleo.

Eso solo me dejaba una opción.

Respiré por última vez aquel aire ligeramente fresco y me adentré con rapidez en el penetrante hedor a pescado y putrefacción. Los refugiados me ignoraron por completo mientras pasaba junto a sus chozas y tiendas, pero los pescadores no tardaron en apartar los ojos de ellos para clavarlos en mí.

Cuando llegué al centro de la aldea, rodeada de peces muertos, todas las miradas se posaban sobre mí.

Oí susurros. Murmullos furiosos. Y, más adelante, un hombre musculoso con marcas de dientes de tiburón en el brazo dio un paso hacia mí. Su amigo, más escuálido, lo agarró del brazo y negó con la cabeza.

Susurró algo y pude leérselo en los labios: bruja.

El hombre palideció pese a su tez oscura y desvió la mirada. Aquello pareció transmitir un mensaje silencioso a toda la aldea: todos apartaron los ojos de mí y fingieron que no existía.

A veces, la superstición puede jugar a favor de una.

Recordé las indicaciones que me había dado el hombre de Themba cuando habíamos llegado unas horas antes y seguí por un camino de tierra hacia las afueras de la aldea.

Una única casucha, con tablas blancas descoloridas y erosionadas y un tejado de chapa oxidada, custodiaba el final del camino.

Fuera había un bote de remos para dos personas que, sin duda, había conocido tiempos mejores.

Alrededor de la casucha habían tirado redes desgarradas como si sustituyeran al césped.

Me acerqué a la puerta, fijándome en la manilla oxidada y parduzca y en la madera terriblemente hinchada, y llamé.

No hubo respuesta.

Así que volví a llamar. Una y otra vez. Hasta que una voz gritó desde el otro lado.

—¡No pienso darte ni un solo idola, sucio focken vlugteling !

El acento era inequívocamente propio de Hope City. Bueno, de la zona oriental de Buena Esperanza. Aún había comunidades en el Imperio cuya herencia se remontaba al antiguo Cabo. Sin duda, aquella era una de ellas.

—He oído —respondí con calma— que conoces bien las mareas.

La voz enmudeció. La puerta se abrió despacio con un chirrido.

Un hombre de piel arrugada por el rocío del mar y por pasar demasiado tiempo al sol me recibió con el ceño fruncido. Me examinó de arriba abajo, rezumando una desconfianza indisimulada.

—No llevo a niñas en mi barco. ¡ Voetsek !

Se volvió para cerrar la puerta. Puse el pie en medio para impedírselo.

—Puedo pagar —dije antes de que pudiera gritar.

—No quiero ningún idola de kak . No valen nada. Y tampoco me ofrezcas esa basura de focken dólares de Hope.

—¿Y esto? —dije, mostrándole una única moneda de oro del tamaño de mi palma.

Los ojos del hombre se llenaron de codicia al instante.

Alargó la mano hacia la moneda y yo la retiré. Por un instante pareció un cachorro decepcionado, hasta que recuperó su expresión hosca.

—Recibirás esta y otras tres cuando lleguemos al otro lado de la Línea de los Tres Puntos. ¿Entendido? —continué.

El hombre parecía reacio, y vi en sus ojos que estaba sopesando las ventajas de robarme en aquel mismo instante y abandonarme para que muriera. Pero algo encajó en su cabeza y asintió.

—Partimos al anochecer. No llegues tarde, meisie .

***

Las nubes ocultaban la luna y las estrellas.

El rugido de las olas ahogaba el chapoteo ocasional de los remos.

Y el contrabandista y yo permanecíamos sentados en silencio mientras nos adentrábamos en la negrura más absoluta sin nada que iluminara nuestro camino, salvo la insistencia del contrabandista en que conocía la ruta.

Mientras preparábamos su miserable bote de remos, le había preguntado por qué él podía navegar por aquella ruta cuando tantos otros habían fracasado.

Se negó a responder hasta que amenacé con buscar a otra persona.

Afirmaba que su bote era mágico y que no aparecía en ningún radar ni podían detectarlo siquiera los vigías mágicos.

No sabía si decía la verdad, pero esperaba que la CDF estuviera bastante distraída con los refugiados de la frontera. Y que estuvieran buscando peces más gordos que nosotros.