La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 11. Chapter 11
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11. Chapter 11

Nuevas cacerías

Iba a ser un viaje largo. La cacería tenía lugar al otro lado de la montaña, y no podíamos limitarnos a pasar en coche por encima de la tumba del Titán. Habría sido una falta de respeto. Y, sobre todo, era físicamente imposible.

En el pasado, había habido cazadores de monstruos disponibles por toda la ciudad para ocuparse de sus respectivas zonas.

Puretide y Drakenbane tenían oficinas por toda Hope City.

Los segundos aún las tenían, pero eran muy selectivos con sus cacerías.

Querían presas de caza mayor y no se ensuciaban las manos con cacerías de poca monta.

Esa había sido una de las principales razones por las que Guy y Brett se habían metido en problemas con su antiguo empleador.

Ellos entendían que los monstruos eran monstruos, sin importar su tamaño ni la recompensa.

Tras los sucesos del año anterior, la población de cazadores había menguado drásticamente.

Aunque Treth y Brett me dijeran que los cazadores habían muerto luchando por algo en lo que creían, no podía evitar sentir una culpa abrumadora.

Habían muerto librando una guerra que yo había empezado.

O que, al menos, había llevado hasta su puerta.

Siempre me preguntaba si podría haber hecho algo de otra manera.

Si podría haber matado antes al Necroseñor y detenido el azote que había desatado sobre mi ciudad.

De haberlo hecho, quizá las cosas habrían salido mejor.

Tal vez los cazadores de esta ciudad seguirían vivos.

Y sus familias tendrían alimento y alguien que cuidase de ellas, en vez de fulminarme con la mirada por haber sacrificado a sus hijos e hijas.

Nunca hablaba de aquello con Treth ni con Brett. Intentaban consolarme. Decirme que no había sido culpa mía.

Yo no estaba tan segura.

Así que, al no haber un cazador para cada barrio, a quienes quedábamos nos tocaba atravesar un tráfico paralizado para llegar a los rincones más remotos de Hope City y asegurarnos de mantener a raya a los monstruos.

Lo que significaba un largo y silencioso trayecto en coche con Guy Giles-Mgebe.

Miré de reojo a mi amigo y camarada, que sujetaba el volante en silencio con ambas manos y la espalda recta.

Como si estuvieran examinándolo para sacarse el carné.

Y eso a pesar de que estábamos atrapados en un cruce, rodeados de coches demasiado agotados incluso para tocar el claxon o gritar, mientras los taxis se saltaban las normas de circulación y de civismo, circulando por las aceras y cruzando semáforos en rojo para sacar el máximo partido a cada carrera.

Guy era un tipo callado. Sí, el nombre podía dar lugar a confusión.

Nunca se lo había dicho. Me preguntaba si él se habría dado cuenta alguna vez.

Bueno, era Xhosa de origen, y no creo que la palabra inglesa «guy» existiera en su idioma.

Así que no habría reparado en la confusión hasta llegar a Hope City.

Me di cuenta de que ya conocía a Guy desde hacía bastantes años. Y, pese a nuestros muchos silencios incómodos como aquel, creía que las cosas habían cambiado entre nosotros. Tenían que haberlo hecho, claro. Yo salía con su mejor amigo. Él estaba casado con una de las mías.

Pero, aun así, rara vez hablábamos. Quizá eso debería cambiar.

—Guy... —empecé, y mi voz rompió con estridencia el silencio anterior.

Él inclinó la cabeza para indicar que me escuchaba.

—Sé que ya te lo he dicho antes —continué, cuando ya era demasiado tarde para echarme atrás—, pero quería darte las gracias otra vez por hacerte cargo de todo, ¿sabes?

Por aquel entonces, cuando yo estaba fuera de combate.

Sé que fue injusto nombrarte así, de repente, y conseguir que me apuñalaran poco después. Y sé que no fue fácil para ti.

Guy se encogió de hombros, pero vi que movía ligeramente el labio. Tampoco él se conformaba con el silencio. Suspiró. Algo insólito en la encarnación misma del estoicismo.

—Hice lo que tenía que hacer, Kat —dijo—. Y, por favor, no pienses que te guardo rencor por haberme puesto en esa situación. No sé si fue la decisión correcta, pero fue la que tomaste y mi deber era cumplirla.

Me miró, serio y sincero.

—Si me ordenaras volver a tomar las riendas, lo haría. No me gustaría. Pero, al reconocerte como mi Comandante, acepto que debo obedecer tus órdenes. Yo...

Titubeó y apartó la mirada mientras avanzaba poco a poco entre el tráfico. El atasco se deshizo y logramos salir del cruce.

—Ojalá hubiera dejado a los Cruzados más fuertes, no más débiles, después de haberlos dirigido.

—No puedes culparte por lo ocurrido —le aseguré—. Ninguno de nosotros invitó realmente al caos a nuestra ciudad. Y ninguno obligó a los Cruzados ni a nuestros aliados a luchar contra ellos. Fue decisión suya.

Ojalá pudiera seguir yo misma ese consejo. Sentí que Treth asentía, de acuerdo conmigo. Continué.

—Yo no veo a un hombre que nos hizo perder cazadores. Veo a un hombre que resistió ante una marea hasta entonces imparable y logró derribarla. Tú decidiste hacer las paces con Sanguineas, y fuiste tú quien mantuvo todo unido hasta que pudimos poner fin a la embestida.

A mi breve discurso le siguió un silencio. La sonrisa de Guy se ensanchó de forma leve, casi imperceptible.

—Gracias..., Kat —dijo al fin.

Sonreí, alargué la mano y le toqué el hombro en señal de apoyo.

Me recosté en el asiento, algo más aliviada después de romper el silencio y quitarme aquello de encima.

—En fin, ahora que ya hemos hablado de eso, ¿qué tal te trata la vida de casado? —pregunté.

La sonrisa de Guy se hizo mucho más evidente.

—Es todo lo que soñaba y más. En realidad, no es tan diferente de lo que Cindy y yo teníamos antes de la boda.

Pero hay algo más. Una sensación de magia en el aire.

Un vínculo y un compromiso tácitos que nos unen.

Es certeza. Algo de lo que carecí durante mucho tiempo.

Tenerlo ahora, con Cindy, sigue resultándome increíble. Y, sin embargo, es muy real.

Guy rara vez hablaba, pero, cuando lo hacía, sus palabras tenían mucho peso. Esta vez no fue diferente.

—Siento que el estrés no haya terminado de verdad —dije—. Estaría bien que Cindy y tú pudierais iros de luna de miel algún día. O simplemente relajaros.

Guy le quitó importancia al comentario.

—No tienes que disculparte por algo que no es culpa tuya. Como has dicho, nosotros no invitamos al caos. Tú tampoco.

Me miró y sonrió para tranquilizarme.

—Esto acabará, Kat. Y, cuando llegue ese momento, tendremos nuestras vidas y nos tendremos los unos a los otros. Cindy y yo. Brett y tú.

Tomó un desvío para incorporarse a la autopista, esquivando por poco una ruidosa furgoneta del servicio de saneamiento que circulaba a toda velocidad y seguramente utilizaba las sirenas para acudir a un váter atascado en una tienda de donuts.

—Gracias —dijo Guy— por conseguir al fin que Brett vaya a terapia. Todos la necesitamos, pero quizá nadie más que él.

Fruncí el ceño.

—Todavía no ha ido.

—Lo sé. Pero me contó que le habías ordenado ir. Sé que lo hará, aunque crea que no le vendrá bien. Cree que le hará perder facultades. Pero se preocupa por ti. E irá porque tú quieres que lo haga.

—¿Brett siempre ha sido así? —pregunté.

Al fin y al cabo, Guy era quien lo conocía desde hacía más tiempo.

—Antes era peor. Estaba enfadado todo el tiempo.

Era vengativo. Bromeaba, por supuesto. Pero lo primero que nos unió fue nuestro odio mutuo.

Sin embargo, cuando fracasaron nuestros intentos de sanar mediante la destrucción, otra cosa nos convirtió en hermanos.

No el odio, sino la pérdida. Al igual que yo, perdió a su familia.

Pero, a diferencia de mí, él perdió la suya una y otra vez.

Yo vi morir a mis camaradas luchando contra la Sangre, pero siempre había estado preparado para esa posibilidad.

El camino del Cazador de Sangre consiste en morir luchando.

Para Brett era distinto. El Cuerpo no era solo un camino o una organización.

Era su familia. Y lo vio morir igual que a su familia de verdad.

—¿Todavía... todavía echa de menos a Finley? —pregunté, vacilante, pero necesitaba saber más.

Guy empezó a encogerse de hombros, pero se detuvo.

—Creo que sí. No te culpa por ello. En todo caso, te lo agradece.

Pero eso no elimina el dolor. Puedes seguir echando de menos a un perro rabioso al que tuviste que sacrificar.

Puede que incluso lo eches más de menos.

Quizá porque murió dos veces. La primera, cuando se convirtió en una bestia voraz. Y la segunda, cuando lo mataste.

Bajé la mirada hacia mis pies y me di cuenta de que había estado arañándome los pantalones. Una manía nerviosa. No tenía tiempo para quitármela.

—Creo que Brett intenta demostrarse lo que vale —sugerí—. No ante los demás, sino ante sí mismo. Quiere demostrar que puede protegerme. Protegernos a todos.

—No quiere perder a nadie más. Nunca más. Jamás.

—Lo quiero, Guy. —Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas—. Y me duele ver cuánto daño se hace a sí mismo.

Guy asintió, alargó la mano y me apretó la rodilla para tranquilizarme. Una muestra de afecto físico poco común en aquel cazador impasible. Se lo agradecí.

—Gracias a ti se ha convertido en una persona mejor, Kat. No lo olvides nunca. Pero tampoco olvides que no basta con que tú lo quieras. Él tiene que empezar a quererse a sí mismo.

—¿Cómo puedo ayudarlo a conseguirlo?

Guy frunció el ceño y apartó la mano de mi rodilla.

—No lo sé —dijo al fin, con un inconfundible tono de derrota en la voz.

Se hizo el silencio. Decidí volver a leer los detalles de la recompensa. Al menos, la cacería tenía sentido. No como las relaciones y las personas. No podía matar el sentimiento de abandono y fracaso de Brett. Pero sí podía abatir a mil muertos vivientes. A más, en realidad.

—Espíritu oscuro —leí en voz alta—. Probablemente un espectro o un espectro errante. Pueden verlo como una figura semicorpórea, así que dudo que sea un horror o un poltergeist.

—Podría ser un fantasma —sugirió Treth.

—Al parecer, mató a uno de los inquilinos de la propiedad —continué, descartando la sugerencia de Treth de que fuera un fantasma.

Los fantasmas eran inofensivos a efectos prácticos. No podían hacerle daño ni a una mosca. Bueno, podían asustarla hasta matarla. Pero no a propósito.

Dejé el teléfono y desenfundé Voidshot. Expulsé todas las balas de la antigua pistola.

Solo quedaban dos disparos. Suspiré. Necesitaba más.

Voidshot no era una pistola corriente. Podía disparar a través del propio Entremedio y herir a demonios y espíritus que existían entre mundos.

Pero, incluso con ese poder, necesitaba balas de plata para causar daños de verdad.

Y, dado que tenía un calibre de ocho milímetros, debía acudir a un especialista para conseguir munición.

—¿Podemos parar en el taller de Timson? Necesito más balas.

Guy asintió y puso el intermitente para desviarse hacia el armero del Casco Viejo.

Llevaba comprándole balas de plata a Timson Adleton desde que Cindy me había dado Voidshot, años atrás.

Era un caballero anciano con gafas. Trabajaba con armas desde antes del Cataclismo, pero había encontrado su verdadera especialidad después de que la magia llegara al mundo.

Las máquinas no podían encantar armas ni munición, así que Timson había conseguido hacerse un buen hueco en el mercado fabricando armas y balas encantadas para la creciente industria de la caza de monstruos.

Guy se detuvo frente al taller de Timson. Era un establecimiento pequeño y modesto situado en una de las zonas antiguas del Casco Viejo. No había ningún letrero. Timson trabajaba por recomendación.

—Solo será un momento —dije mientras bajaba.

Treth se manifestó a mi lado y estiró sus brazos y piernas incorpóreos.

Hacía tiempo que no veía a Timson. Había encargado al por mayor mi último lote de balas y se me había olvidado pedir otro. Bueno, ahora solo necesitaba un par de cargadores y podía encargar el resto para más adelante.

Entré en la tienda y una campanilla anunció mi llegada. El local estaba en penumbra y olía como una tienda de antigüedades. Esas antigüedades se exhibían en vitrinas de cristal. En el centro había expuesta una ballesta que ahora sabía que era un arma del Cuerpo para cazar licántropos.

Timson apareció en la puerta que había detrás del mostrador, limpiándose las manos grasientas con un trapo. Sonrió al ver entrar a un cliente, pero, cuando me reconoció, el rostro pareció desencajársele.

Haciendo caso omiso de su cambio de expresión, me acerqué al mostrador con una sonrisa.

—¡Hola, Tim! Cuánto tiempo. Necesito dos cargadores de plata de ocho milímetros. Tan rápido como puedas fabricarlos. Proyectiles sólidos para espíritus.

—Estamos cerrados —dijo de pronto, manteniendo las distancias.

Arqueé una ceja. ¡Qué extraño!

—Eh, perdona. La puerta estaba abierta. Puedo pagar un suplemento. Es bastante urgente.

—No —dijo con brusquedad, mirando nervioso a su alrededor.

—¿Por qué?

Se le encendió la cara y, de pronto, soltó:

—Porque no hago negocios con traidores. Puede comprar sus balas en otra parte. Este es un negocio profesional y legítimo, y no pienso mancillarlo tratando con delincuentes.

—¿Qué...?

—¡Márchese!

Abatida, enfadada y, sobre todo, confusa, me di la vuelta y salí.

Guy arqueó una ceja de manera interrogativa cuando subí a la furgoneta.

—No hace negocios con delincuentes —dije, todavía confusa y ahora también decepcionada.

Había creído que Timson era una especie de amigo.

Guy alargó la mano hacia la parte trasera y me entregó otra pistola.

—No será tan eficaz —dijo, pasándome un cargador adicional de balas de plata.

—Gracias. Tendrá que servir.

Mi abrigo emitió un zumbido triste que reflejaba mis propias emociones.

—Vámonos —dije, tratando de concentrarme en acabar con espíritus malignos en vez de en el creciente número de personas que nos daban la espalda.