La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 10. Chapter 10
37%

10. Chapter 10

Preparación

—Lo siento, Treth —dije con sinceridad mientras caminábamos hacia el CG.

Era un agradable día de finales de invierno.

El sol brillaba, pero su calor era misericordioso.

Los pájaros gorjeaban, celebrando su magnífica decisión de no emigrar al norte durante el invierno y enfrentarse a los dracos y a los murciélagos vampiro.

—¿Mmm? ¿Por qué? —preguntó Treth.

—Por… —Saludé con la cabeza a un peatón y esperé a que pasara antes de continuar—. Por ya sabes qué.

Treth pareció perplejo y después se echó a reír.

—Kat, sé lo que hacéis Brett y tú. Y anoche de verdad lo necesitabas. ¡Me alegro! Brett puede hacer por ti algo que yo no puedo. Y eso se lo agradezco.

Sus palabras eran sinceras, pero percibí en ellas un inconfundible atisbo de pesar.

Aún me preguntaba si Treth me amaba de aquella manera.

Se me había declarado en Avathor, pero no tardamos en darnos cuenta de que no nos queríamos así.

Estábamos demasiado entrelazados. Quizá como hermanos.

Pero mucho más. Dos almas unidas para siempre.

Una relación así no se estropeaba jugando con ella. Era distinta del amor que compartía con Brett. Y jamás querría perder a ninguno de los dos.

—Además —continuó—, pasé la velada con Gorgo y los espíritus de la Vasija. Fue agradable. Percibieron tu angustia y necesitaban una explicación. Están dispuestos a ayudarnos, Kat. Solo tenemos que invocarlos.

Asentí con estoicismo. Recurriría a ellos. Pese a mis reparos acerca de utilizarlos, aquella no era una batalla con la que pudiera andarme con juegos. El Vasija había sido creado para aquello. Puede que el Mentor hubiera introducido el Vasija en mi interior, pero ahora lo usaría para destruirlo.

Henri Pretorius y varios Cruzados cubiertos de cicatrices me saludaron al llegar a la puerta.

Todos eran veteranos y supervivientes tanto de la batalla contra el Necroseñor como de los Izingane Zegazi.

Había sangrado a su lado más veces de las que podía contar.

Aun así, seguían profesándome una reverencia de la que no lograba librarme.

Quizá no debiera hacerlo. Al fin y al cabo, era su comandante.

Siempre estaría apartada de ellos. Al menos, más de lo que podían estarlo los demás.

Les devolví el saludo y sonreí. Mi expresión los dejó completamente desconcertados y se marcharon a toda prisa a la cacería. ¡Qué raro!

Entré en el CG. ¡Ya era mediodía! De verdad estábamos desatendiendo nuestras obligaciones.

Brett apenas había terminado de vestirse cuando recibió un aviso para una cacería.

Unos gules se habían descontrolado y habían quedado atrapados en un ascensor del banco de sangre.

Justo su especialidad. Le di un beso de despedida y él se dirigió de inmediato a acabar con las sobras de algún vampiro.

Jane se ocupaba de la recepción, yendo de un extremo al otro mientras clasificaba documentos.

Entre los preparativos para el discurso de Trudie de cara a la votación de la Enmienda a la Ley de Sintiencia en el Consejo, la próxima audiencia antimonopolio y la tarea de mantener a flote a los Cruzados, prácticamente vibraba de ansiedad.

Cualquier persona normal se habría derrumbado hecha pedazos.

Pero Jane Phoenix no. Ella florecía en medio de aquella clase de caos.

Era la única política que conocía que valoraba el trabajo duro.

Jane alzó la vista de su trabajo y arqueó una ceja.

—Pareces muy animada. ¿Ha pasado algo? Ah, ¿y Alex llegó bien a casa? He visto a toda la pandilla escoltándolo cuando he venido esta mañana.

¿Tan taciturna parecía normalmente? Solo entonces me di cuenta de que aún sonreía. ¡Estaba radiante! Aquello demostraba cuánto había necesitado el abrazo de Brett. Incluso teniendo en cuenta la irrupción del Mentor en mi casa, me encontraba bien.

—¡Sí! —respondí, contestando a la pregunta de Jane sobre Alex y su pandilla de matones felinos.

—Estupendo. Entonces, ¿qué ha pasado?

El rostro de Jane se iluminó como un encantamiento de iluminación cuando se inclinó hacia delante y estuvo a punto de caerse sobre el escritorio. ¡Vivía para el drama! Algo que la unía a Troodz.

—¿Brett te ha pedido matrimonio?

Las mejillas se me encendieron tanto que mi abrigo empezó a sentirse amenazado.

—¡Lo ha hecho! —jadeó Jane.

—No, no lo ha hecho —dije, aunque el tiempo que habíamos pasado juntos había sido especial de todos modos. Y, desde luego, no era algo apropiado para hablarlo con Jane Phoenix, la mayor cotilla de todas.

—Entonces, ¿qué ilustre acontecimiento ha dibujado una sonrisa en el rostro de nuestra formidable y perpetuamente melancólica líder?

Mi expresión se ensombreció al recordar lo único que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas.

—El Mentor apareció anoche en mi apartamento.

Los ojos de Jane se abrieron de par en par mientras palidecía visiblemente.

—Eso no es motivo para sonreír.

Asentí y mi sonrisa por fin se marchitó.

—Lo sé. Pero dijo algunas cosas que podrían favorecernos. Dice que quiere una lucha justa. Que no atacará a quienes no sean combatientes.

Jane resopló.

—La granada que lancé iba dirigida a ti. No hagas caso de todos los demás cadáveres.

—Lo sé, lo sé. Pero piénsalo. ¿Por qué iba a acudir a mí para decirme eso?

—¿Para desconcertarte?

Fruncí el ceño.

—No va a hacer que cambie mi forma de actuar. Y me comportaré como si hubiera puesto una diana en la espalda de todos mis seres queridos. No cambia nada. Pero, aun así, supone cierto alivio.

Jane me miró con extrañeza.

—Eres un pájaro raro, Kat.

—Y tú eres un pájaro de cuidado. Pero escúchame. Llevo esperando este enfrentamiento desde antes de lo que alcanza mi memoria. Antes soñaba con conocer al muy cabrón solo para tener la oportunidad de acuchillarlo. Y ahora… se va a hacer realidad.

Jane no parecía compartir mis sentimientos.

—Sea como sea… —Suspiró—. Diga o no la verdad, eso no cambia demasiado el plan. Seguimos teniendo una escasez drástica de personal. Pero creo que quizá tenga una solución…

—Dispara —respondí mientras me sentaba en el borde de su escritorio.

—He conseguido ponerme en contacto con algunas personas que creen conocer a varios de los cabecillas de la Vigilia.

Si logramos organizar una reunión, creo que podríamos convencerlos de que dejen por fin las porras y empiecen a empuñar la espada y el escudo contra los monstruos, en lugar de hacerlo contra manifestantes y gentuza.

Fruncí el ceño, decepcionada. Había esperado algo más. La sonrisa de Jane se desvaneció ante mi falta de entusiasmo.

—La Vigilia no lucha contra monstruos porque ha determinado que sus enemigos son humanos —dije, parafraseando a Brett—. No confío en que podamos convencerlos de lo contrario. Toda la razón de su existencia es combatir a nuestros enemigos humanos.

Jane frunció aún más el ceño.

—Probablemente tengas razón. Bueno, la otra solución consiste en sacar a Kyong de su escondite. Podría cubrir la mayoría de nuestros turnos vacíos.

—Esperemos hasta después de la audiencia antes de empezar a asignar a delincuentes buscados a nuestros cuadrantes de cacerías.

—Sensato. —Jane se quedó mirando al vacío, pensativa—. Las academias de magos nos boicotean, los medios bloquean nuestros anuncios y a los autónomos les están diciendo que les revocarán las licencias si tan solo cruzan nuestras puertas.

—Estamos en una situación difícil. Pero hemos pasado por cosas peores —dije, encogiéndome de hombros para intentar ocultar mi propia preocupación.

Jane cogió un bolígrafo y empezó a pulsar el mecanismo para sacar y guardar la punta de forma inconsciente.

—Cuando se apruebe la Enmienda, quizá podamos conseguir que más licántropos se unan a los Cruzados. La manada de Trudie lleva meses cubriendo el turno de noche.

—Yo también había pensado en eso. Pero no podemos contar con Gareth. Quiere mantener a salvo a su manada, cueste lo que cueste.

—A veces, dejar que tus hombres y mujeres se manchen de sangre en combate puede ser la mejor forma de mantenerlos a salvo. Entrenarse en una situación real es mejor que aislarse.

Resoplé.

—¿Por qué no adoptaste esa doctrina cuando eras ministra de Policía?

Jane no sonrió ante mi pulla.

—Lo hice —dijo—. Todos los policías a quienes curtí murieron en la Batalla o fueron expulsados del cuerpo con deshonor.

—Lo siento.

—No lo sientas. Hicieron lo correcto. Estoy orgullosa de ellos. Aunque ya no fueran mis chicos, hicieron todo cuanto habría esperado de ellos y mucho más.

Jane era difícil de descifrar. Mucho. Pero en aquel momento vi un destello y algo de humedad en sus ojos. Una inconfundible mezcla de tristeza y pesar.

—Quizá consigamos más reclutas licántropos cuando se apruebe la Enmienda —dije, apartando a Jane de sus cavilaciones.

—Solo podemos esperar y ver qué pasa. —La distracción la animó—.

Creo que, cuando acabemos con todo este asunto del Consejo, las cosas empezarán a calmarse.

Riaan tendrá que aflojar después de tu audiencia.

Ah, a propósito de eso, he conseguido asientos de observadores para el debate y la votación de la Enmienda.

Arqueé una ceja con escepticismo.

—¿De verdad es sensato? No quiero patear el nido de la cocatriz.

—Tu mala fama también es tu celebridad y tu fuerza, Última Luz . Nunca debes parecer débil. Presentarte para apoyar a tu colega y amiga reforzará la determinación de nuestros partidarios y demostrará al enemigo que no vamos a echarnos atrás.

—Supongo que tienes razón —respondí cuando mi teléfono vibró.

Lo consulté.

—Se necesitan dos cazadores. Y les falta uno. ¡Supongo que me toca!

Jane me hizo un gesto para que me marchara, pero entonces me detuvo.

—Tenemos que dejarnos ver en el debate —dijo—. Pero será mejor que nos mantengamos alejadas de Riaan si podemos. Esa es una lucha para otro momento.

—Haré todo lo posible —respondí, sin la menor intención de hablar con aquella patética excusa de jefe de Estado si podía evitarlo.

Salí del CG. No necesitaba cargarme con ningún equipo. Ya llevaba la armadura táctica debajo del abrigo, que a menudo bastaba como protección, y siempre tenía Voidshot enfundada y Ithalen disponible, por cortesía de los servicios de escudero de Treth.

Una furgoneta de los Cruzados esperaba con el motor al ralentí frente al CG, lista para recogerme.

Abrí la puerta y me recibió el silencio. Guy me saludó con una leve pero impasible inclinación de cabeza y partimos hacia la cacería.