9. Chapter 9
Amor
El sol salió y la luz entró por las ventanas abiertas, tiñendo de oro la piel desnuda de Brett y la mía.
Nos solazamos en ella, pese a que nos rugían las tripas.
No habíamos comido. Yo no había querido comer.
Cocinar habría supuesto pensar. Y pensar habría dado paso al conocimiento de lo que se avecinaba.
Al conocimiento de lo que había ocurrido.
No podía hacer eso. Ahora no. Todavía no. Solo deseaba una cosa. Que me abrazara. No pensar en nada salvo en el hombre que me sostenía entre sus brazos y en lo que significaba para mí.
Aún sentía los surcos de las lágrimas secas en las mejillas. No había dejado de llorar, ni siquiera cuando me había olvidado de la Razón. Y Brett también había sollozado. No sabía si por la pena que sentía por mí o por su propio tormento. Quizá no hubiera mucha diferencia.
Utilizarnos el uno al otro no era pecado. Para eso estábamos. Para estar ahí el uno para el otro. Para ser utilizados y utilizar. Para servir de muleta. Para servir de escudo. Que la persona a la que amabas se apoyara en ti no suponía ninguna carga.
Y yo amaba a Brett. Con todo mi corazón.
—¿Brett? —susurré con voz ronca. No había bebido nada en toda la noche. No me había apetecido.
—¿Sí, mi amor? —murmuró Brett. Tenía la voz áspera. Como si hubiera fumado demasiados cigarrillos. Le acaricié el pecho distraídamente, mientras asimilaba sus palabras. Sobre todo la última, y la forma en que la había pronunciado.
—No se me dan bien las palabras —dije al fin, cohibida. Noté que se me encendían las mejillas. Pero Brett se movió y me envolvió entre sus brazos. Los palpé, percibiendo las hendiduras donde le habían quedado cicatrices. Recorrí estas con el dedo.
—Si a ti no se te dan bien las palabras, yo debo de ser un completo desastre —respondió.
Me reí por lo bajo. Sentaba bien. Hundió la cara en mi cuello y sentí su sonrisa contra la piel.
Los ojos volvieron a llenárseme de lágrimas. Parpadeé para contenerlas, pero comprendí que no eran como las de antes.
—Brett —volví a susurrar—. Te quiero.
—Yo también te quiero, Kats.
—Sé que me quieres. —Mi voz se volvió aún más tenue.
Reflexiva—. Lo siento cada día. A veces es tan intenso que duele.
No de ese modo. No, perdona. Ya te he dicho que no se me dan bien las palabras.
Quiero decir... saber cuánto me quieres y cuánto te quiero yo me hace sentir culpable.
Culpable por lo que tu amor te lleva a hacer y culpable porque siento que no lo merezco.
Me volví hacia él. Parecía confuso. Parpadeó cuando la luz del sol le acarició el rostro. Le acaricié la mejilla cubierta de barba, mirándolo fijamente a los ojos.
—Te he dicho muchas veces que debes quererte a ti mismo —dije—.
Y sigo pensando que deberías hacerlo, pero ahora mismo quiero que sepas lo importante que eres para mí.
Cuánto te quiero. Cómo me salvaste de formas en que nadie más habría podido.
Quiero que sepas que, aunque sienta que quizá no merezca tu amor, jamás lo rechazaré.
Te quiero, Brett Callahan. Para siempre.
Los ojos de Brett se llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo. Nuestros labios volvieron a encontrarse y mi mente se simplificó. Solo quería tocarlo. Sentir su calor. El rugido de mi estómago y la sequedad de mi garganta desaparecieron. Solo estábamos Brett y yo. Ahora y siempre.
***
La intensidad dorada del nuevo amanecer había dado paso a la serena quietud del día cuando los arañazos de Alex en la puerta principal nos despertaron. ¡Reconocería ese maullido en cualquier parte!
Brett se anticipó a mi reacción y retiró el brazo. Sentí una punzada de pesar, pero los gatos tienen prioridad. Al menos, tarde o temprano.
Me eché el abrigo de salamandra sobre los hombros desnudos, por si acaso algún vecino andaba por ahí, y abrí la puerta principal.
Alex me recibió con un ronroneo profundo. Lo acompañaban un gato pelirrojo al que reconocí como el Señor Mittens, el gato de Heather, y algunos de los demás felinos de los Crusaders. Alex probablemente había pasado la noche en el CG. ¡Mi pobre pequeño!
Al comprobar que su camarada había regresado sano y salvo a casa, el Señor Mittens y la cohorte gatuna alzaron la cola ante mí y se marcharon.
Cogí a Alex en brazos y lo colmé de palabras cariñosas y disculpas, además de asegurarle que nunca volvería a permitir que el hombre malvado lo molestara.
Maulló para expresar su descontento ante mis mimos excesivamente prolongados y lo solté dentro del piso.
Brett ya se había levantado y estaba sirviendo en su cuenco una lata de la comida favorita de Alex.
Cerré la puerta a mi espalda y regresé despacio al salón mientras admiraba a mi novio.
No llevaba puesto el abrigo de salamandra ni nada parecido.
Dejé que mi mirada se demorara en él mientras acariciaba al hambriento Alex y se acercaba a poner el hervidor.
Por su leve sonrisa, comprendí que se había dado cuenta de que lo miraba.
Colgué el abrigo en el perchero y me reuní con mi novio.
—Siéntate, cariño —dijo—. Te debo un desayuno.
—Creo que me quedaré de pie —dije, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo.
Sonrió mientras fingía deliberadamente una timidez coqueta y empezaba a cocinar la comida que había comprado el día anterior.
El aroma de las verduras salteadas y de la ternera que Brett removía en un wok era delicioso. Igual que el propio cocinero.
Pronto, los dos estuvimos demasiado hambrientos para esperar más, y Brett sirvió las verduras poco hechas y la ternera en su punto, acompañadas de café solo.
Comimos en el suelo del salón, entre los muebles destrozados y la ropa que habíamos dejado tirada. La pistola de Brett yacía entrelazada con Voidshot. La moderna arma de fuego contrastaba a la perfección con mi antigüedad mágica.
Comimos en un silencio satisfecho, conscientes de lo hambrientos que habíamos estado.
Cuando apuramos el café y en nuestros cuencos no quedaron más que restos de salsa de soja, suspiré y me recliné hacia atrás.
Pero la expresión de Brett captó mi atención. Tenía el ceño fruncido y los ojos tristes.
—¿Qué pasó? —preguntó con suavidad. La pregunta que llevaba temiendo.
No había querido pensar. No había querido sentir nada salvo amor.
Pero yo mejor que nadie debía saber que el amor a menudo tenía que doler.
—Estuvo aquí —dije. Al pronunciar esas palabras, sentí aparecer a Treth. Percibió mi angustia, aunque yo solo había expresado una sencilla afirmación. Mi fantasmal amigo, siempre tan pudoroso, se manifestó en una posición desde la que no tendría que vernos desnudos a Brett y a mí.
Esperaba que Brett montara en cólera o se volviera frío y mecánico. Que buscara represalias.
En lugar de eso, se acercó a mí y me rodeó los hombros con un brazo.
—¿Qué hizo? —se limitó a preguntar.
—Él... habló. Quería hacerme saber que desea una pelea justa. Que no hará daño a mis seres queridos.
Noté que Brett se ponía rígido. Tampoco él se creía esas palabras. Pero, en lugar de decir que era una gilipollez, se limitó a preguntar:
—¿Tú lo crees?
—En absoluto, o... no lo sé. Está loco. Tiene que estarlo. Mató a mis padres clavándolos al techo mientras yo miraba. Y no siente ningún remordimiento. He conocido a monstruos con más conciencia. Hay zombis con más sentimientos. Pero... ¿por qué iba a venir aquí para pedir una pelea justa?
—¿Para desconcertarte?
Negué con la cabeza. —Eso nunca funcionaría. Y estoy bastante segura de que él lo sabe. No pienso contenerme con él. Jamás. Lo mataré.
—No si llego yo primero —añadió Brett. Había humor en su voz, pero también un fuerte matiz amenazador.
—Mientras muera... —respondí. Y lo decía en serio. No se trataba de venganza. La venganza era irracional, furiosa, rebosante de odio. Y, aunque odiaba al Mentor por todo lo que había hecho y planeaba hacer, no lo mataría por odio.
Lo quería muerto por justicia. Porque era lo correcto. A veces, sencillamente, había que enderezar el mundo. No me importaba quién lo hiciera.
Brett estrechó el brazo en torno a mis hombros y me besó en la cabeza. Me incliné hacia el beso y sentí la calidez de su aliento mientras cerraba los ojos.
—La terapia ya debe de estar ayudando —dije, rompiendo el silencio—. Gracias por... esto. Por esta conversación. Por esta noche. Y, simplemente... por estar aquí conmigo.
Brett volvió a ponerse rígido y noté que aflojaba el brazo.
Me volví hacia él y arqueé una ceja, interrogante.
Desvió la mirada, culpable.
—Yo... aún no he ido.
—Brett... —empecé.
—Lo sé, lo sé. Lo prometí. E iré, al final. Pero no sé. Me da la sensación de que no es el momento adecuado. Necesito estar en plena forma. Para protegerte.
—Puedes protegerme estando sano.
—Pero ¿y si es mi enfermedad lo que me permite hacer lo necesario? —Clavó la mirada en su pistola mientras alargaba la mano hacia la mía con aparente despreocupación. Se la apreté con fuerza.
—Cuando creo que van a hacerte daño —continuó—, todo lo demás desaparece.
Lo veo todo rojo, y nada más. Es una furia que lo consume todo.
Una furia roja, pero fría y mecánica. Recuerdo lo que hice.
Recuerdo haber actuado y haberme sentido como una bestia.
Cuando te defendía en el hospital, mientras los vampiros se arremolinaban alrededor de tu cuerpo inconsciente, no me importaba mi propia vida.
No sentía el dolor cuando me mordían el brazo, me perforaban la carne y me apuñalaban.
Lo único que me importaba era asegurarme de que tú estuvieras bien.
Sonrió con tristeza. —Y lo estabas. Quizá porque eres tú. Pero yo tengo que creer que fue porque te defendí antes de que estuvieras preparada. Tengo que creer que, cuando me convierto en un monstruo, es porque necesito proteger a la persona que amo.
—Puedes protegerme. Ya lo haces... —supliqué. Oírle decir aquello me partía el corazón, pero también hacía que lo amara aún más.
—Pero ¿y si pierdo facultades? ¿Y si necesito al monstruo?
Me miró a los ojos, como si debatiera consigo mismo y me pidiera confirmación.
Yo no veía al monstruo. Veía a Brett.
Le acaricié despacio las ásperas mejillas y después apoyé la frente contra la suya.
—No quiero al monstruo, Brett. Te quiero a ti. Siempre. Y sé que no lo necesitas. Lo que necesitas es enfrentarte a tus demonios.
Brett vaciló, pero entonces relajó los hombros y vi que se le humedecían los ojos.
—Lo sé, Kat... Lo sé.
Nos abrazamos en silencio y con ternura hasta que sentí que Brett se relajaba por completo entre mis brazos. Fue entonces cuando una sonrisa pícara se dibujó en mis labios.
Antes de que pudiera reaccionar, lo cogí por ambas muñecas y lo inmovilicé contra el suelo.
—Puede que me hayas preparado el desayuno, señor Callahan, pero aun así has desobedecido una orden directa. ¿Estás listo para recibir medidas disciplinarias?
La sorpresa de Brett dio paso a su propia sonrisa traviesa y juguetona.
Treth suspiró y volvió a desaparecer. Me reí y tomé nota mentalmente de que más tarde tendría que disculparme.
Pero, por el momento, me permití disfrutar de aquello. Disfrutar de amar y ser amada.
Aquello era la calma que precedía a la tormenta. Una vez comenzara la verdadera guerra, no estaba segura de volver a tener otra oportunidad de sentir aquel amor.