8. Chapter 8
Visitante
***KAT***
Treth se abalanzó sobre el Mentor antes de que yo me interpusiera. La última vez que se había acercado al hombre que había matado a mis padres, estuvo a punto de morir. Otra vez. Detuve a Treth y mantuve Ithalen en alto, apuntando al sonriente hombre vestido de negro.
—Si le haces daño a mi gato, conseguiré que desees haber muerto antes siquiera de plantearte atarme a aquella losa de piedra.
Alex tenía el pelo erizado y la mirada furiosa. Soltó un bufido cuando el Mentor deslizó ociosamente una mano por el costado de mi gato.
El Mentor fingió sentirse ofendido.
—¡Yo jamás le haría daño a un centinela! Los gatos protegen la barrera entre este mundo y los horrores del Entremedio, ¿sabes? Hay que respetarlos.
—¡Pues suéltalo!
El Mentor miró mi reluciente hoja y después al enfurecido gato que tenía en el regazo. Levantó las manos, como si se rindiera, y dejó que Alex saliera disparado para refugiarse detrás de mí. Volvería. Cuando fuese más seguro.
—Gracias —dije antes de correr hacia aquel hombre, desenvainando el seax con la mano izquierda mientras asestaba un tajo con la derecha.
Ithalen mordió el sillón del Mentor justo cuando él desaparecía. No era mío. Debía de haberlo traído para su numerito.
Me volví, anticipando su teletransporte, y lancé una daga contra la pared justo cuando volvía a teletransportarse para esquivarla.
—¡Solo quiero hablar, Drummond! —dijo, con su habitual despreocupación.
—¡Podremos hablar cuando te haya arrancado todas las extremidades! —gruñí.
Me anticipé a su siguiente movimiento y lancé una patada, pero no acerté a nada.
—¡Allí! —gritó Treth, mientras ambos nos abalanzábamos sobre el Mentor como una sola fuerza.
Desapareció justo cuando las espadas de Treth y la mía se hundían en el sofá. ¡Y encima había sido caro!
—Puedo volver —dijo el Mentor desde el otro extremo de la habitación—. Después de llevarme a algunos de tus camaradas como rehenes para hacerte entrar en razón.
—¡Que te jodan!
—¡Cuide ese lenguaje, señorita Drummond! Aunque veo que ya no blande ese abrecartas transdimensional contra mí como una bruta. ¿Podemos comportarnos de una manera más civilizada?
—¿Te comportaste de manera civilizada con mi madre y mi padre? —escupí—. ¿Fuiste educado cuando los clavaste al puto techo?
La expresión del Mentor no cambió. Ni siquiera un estremecimiento. Ningún remordimiento. Ni el menor atisbo de reconocimiento.
Quería destriparlo. Hacerlo pedazos. Quemarlo vivo. Quería verlo sufrir como él me había obligado a ver sufrir a mi madre y a mi padre.
Pero no podía luchar contra él de aquella manera. No hasta que encontrara el modo de impedir que se teletransportara.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, dejando caer los brazos a ambos lados del cuerpo. Treth parecía a punto de volver a atacar, pero una mirada fulminante mía lo hizo retroceder.
Me dolía detenerlo. Me dolía no lanzarme yo misma contra aquel monstruo. Todo mi ser ansiaba luchar contra él. Pero, si algo me había enseñado mi carrera, era que a veces había que esperar a que se presentara una oportunidad.
—Para empezar, Albert te manda saludos —dijo con una sonrisa. La insinuación estaba muy clara. Había perdido la única pista que tenía sobre él. El Mentor había entrado tranquilamente en mi CG y había eliminado a mi prisionero. Y yo no había podido hacer nada para impedirlo.
—Déjate de gilipolleces y ve al grano.
El Mentor frunció el ceño, como si estuviera decepcionado. Como si me importara una puta mierda lo que pensara de mí. Por su culpa, no tenía padres que me enseñaran que decir palabrotas estaba mal. Charne era bastante permisiva al respecto. Tenía que serlo siendo la madre de Trudie.
—He venido a verte por cortesía. De enemigo a enemiga.
Para comportarnos de manera civilizada. Es cierto que fui muy...
brutal... en nuestro primer encuentro. ¡Ni siquiera me presenté!
Desde entonces he madurado, como hacemos todos.
¡Y tú también! Qué mayor estás. Cuando nos conocimos, apenas me llegabas a la cintura. Ay, cómo pasa el tiempo.
Me entraron ganas de vomitar. Pero me contuve. Respiré con fuerza, sin apartar la mirada. Treth me tocó. Apenas me di cuenta, de tan furiosa como estaba.
—Pero me estoy desviando del tema —dijo—. He venido porque quería fijar las reglas de nuestro pequeño juego. Quiero una lucha justa. Porque esto no es un duelo a muerte.
—¿Y quién cojones lo dice?
—¡Ese lenguaje! Y lo digo yo. Ambos somos demasiado valiosos para desperdiciarnos en una pelea mezquina por gloria y venganza. Hay factores de mayor envergadura en juego.
—Y, aun así, ¿quieres luchar contra mí?
—Por supuesto. Pero a modo de prueba. Eso significa que quiero que sea justa.
Mis poderes contra los tuyos. Para comprobar si de verdad mereces tu título.
Por eso no atacaré a tus seres queridos.
Nada de esas manipulaciones rastreras a las que te sometió Darius ni del terror que te infligieron los Izingane Zegazi.
Ya has demostrado que eres capaz de resistir semejantes desafíos, así que no tiene sentido volver a ponerte a prueba de ese modo.
Esto queda entre nosotros y nuestras fuerzas.
Tu familia está a salvo de convertirse en mi objetivo.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué ponerme a prueba? ¿Por qué yo? ¿Por qué mataste a mis padres y me convertiste en esto hace tantos años?
El Mentor sonrió. Esta vez fue una sonrisa sincera, cargada de secretos.
—Esa es una respuesta que deberá ganarse. Y, cuando haya demostrado ser digna del apodo de Última Luz, puede que se la dé.
Me dio la espalda, como si se dispusiera a marcharse. Me planteé volver a abalanzarme sobre él. O desenfundar Voidshot y disparar. Pero ¿de qué habría servido?
—Aproveche este tiempo para prepararse, Vasija. La ofensiva comenzará pronto. Y, una vez empiece, no se detendrá.
—Llevo preparándome para enfrentarme a ti desde que me convertiste en lo que soy, monstruo.
Sonrió.
—Entonces no me decepcionará. Buena suerte, Kat.
Desapareció sin dejar rastro.
En ese momento, la puerta principal se abrió y apareció un Brett desconcertado. Miró los muebles destrozados y después a mí, de pie en medio del apartamento, mientras las lágrimas que apenas había logrado contener empezaban a resbalarme por las mejillas.
Corrió hacia mí y me envolvió entre sus brazos cuando me fallaron las rodillas.
—¡Ha estado aquí, Brett! ¡Ha estado aquí y no he podido hacer una puta mierda! —sollocé.
—¿Quién ha estado aquí? —preguntó.
—Él. ¡Él!
No era capaz de expresarlo con palabras. Pero Brett lo entendió, porque me soltó y desenfundó la pistola.
—Se ha ido... —gimoteé, pero fue inútil.
La mirada de Brett se había vuelto vidriosa mientras apuntaba con la pistola y examinaba el apartamento.
Le supliqué que parara mientras él se dirigía a registrar la cocina y después el baño. Mis súplicas cayeron en saco roto.
Cuanto más tiempo pasaba buscando a alguien que ya no estaba allí, más frenéticos y nerviosos se volvían sus movimientos. Tenía las manos tensas. Ya lo había visto así. Demasiadas veces.
No era lo que necesitaba. No quería a Corps Brett. Quería al mío.
—No pasa nada, Brett. ¡Estoy bien! —dije, aunque un hipido traicionó la verdad. Estaba aterrada. Estaba destrozada. Y estaba agotada.
Brett no me respondió y siguió patrullando el apartamento. Lo agarré de la camisa, pero él se zafó de mí con un brusco movimiento.
El Mentor había estado allí. Yo no había podido hacer nada. Y ni siquiera podía salvar a mi novio de sí mismo. En todo caso, solo le causaba cada vez más dolor.
Cerré los puños. No. Puede que no fuera capaz de matar al hombre que me había arrebatado mi antigua vida, pero sí podía impedir que me arrebatara la nueva.
Me abalancé sobre él, le quité la pistola y lo derribé sobre el sofá destrozado. Antes de que pudiera decir nada, apreté los labios contra los suyos mientras las lágrimas me caían de los ojos y yo luchaba por respirar entre sollozos.
Pero no nos di tiempo de pensar a ninguno de los dos. Treth se retiró apresuradamente de la habitación y yo dejé que mi mente se apagara.