7. Chapter 7 #3
—¿Por qué? ¿Por qué iba a hacer eso? —pregunté, dejando el taburete y acuclillándome a su lado.
—Creí que era un plan mal concebido del Cónclave para desestabilizar Hope City. Como si eso fuera a ayudarnos. La verdadera solución es... —empezó a divagar.
—El poder de un hegemón regional —dije, poniendo los ojos en blanco—. Sí, lo sé. Asistí a tus clases. ¿Por qué hizo esto el traidor ?
—Está loco. Enloquecido por su propio poder. Ya no le importa el gran plan. No estoy seguro de que alguna vez le importase. Cuando el Rey de la Sangre salió de la Corte Imperial de Ulundi, invocó una Grieta dentro del palacio y estuvo a punto de matar al emperador.
—¿Fisumancia? —pregunté con escepticismo—. Eso es imposible. Las Grietas no se pueden controlar mientras el Vórtice esté activo.
—¡Fue él! Yo lo vi. Invocó monstruos dentro del mismísimo palacio.
—¿No era una Grieta normal y corriente?
La expresión de Ongcwele se ensombreció.
—Solía llamarlo demonio blanco a la cara. Una vez me dijo que algún día me enseñaría a un demonio blanco de verdad.
—Déjame adivinar. ¿El monstruo que salió de la Grieta era un demonio blanco? Invocar demonios no es Fisumancia. Solo hace falta un pentagrama bonito, sangre de alguna virgen y un viejo ejemplar del Infierno de Dante .
—¡No lo entiendes, niña estúpida! —Los ojos de Ongcwele brillaban ahora. Parecía haberse olvidado del dolor sufrido. En su voz había un nuevo pánico.
—Entonces ayúdame a entenderlo.
Ongcwele parecía reacio. Rencoroso. Pero también... asustado.
—Era una Grieta. Lo sé. Y llevó al demonio blanco al mismísimo salón del trono. Con un chasquido de dedos. Sin pronunciar una sola palabra. Era como si fuera un hechicero, pero capaz de abrir agujeros en el Entremedio.
No había el menor indicio de mentira en la expresión de Ongcwele.
Y yo lo conocía de mi época como agente del Cónclave.
Después de que el Mentor me dejara operar por mi cuenta, había trabajado con varios agentes imperiales del Cónclave.
Ongcwele era uno de los más cuerdos. Pero sus rituales tenían algo que los trastornaba un poco a todos.
—¿Quién es ese agente? ¿Qué le ocurrió?
—Abandonó el palacio. Fue hacia el oeste. Después le perdimos la pista. Estábamos demasiado ocupados recuperándonos. No parecía muy preocupado por terminar el trabajo. Era como si solo estuviera matando el tiempo.
—Un nombre, Ongcwele. Necesito un nombre.
—No lo sé —dijo, fulminándome con la mirada—. Pero se hacía llamar Señor White.
La sangre se me heló cuando un escalofrío me recorrió la espalda. Dejé de respirar y se me nubló la vista.
No...
No podía ser.
Ahora no. Tan pronto no.
¿Y con semejante poder?
Estuve a punto de gritar, pero me faltaba el aire. La vista se me oscureció hasta que me recibió el rostro de Themba, que me despertó fuera de la sala de interrogatorios.
Me incorporé sobresaltada.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Solo unos minutos. ¿Qué ha pasado? ¿Agotamiento? He oído que eso les ocurre a los magos.
Me froté la cabeza. Había olvidado los hechizos que había memorizado antes. Incluso los oscuros. Ya no oía las voces. Solo sentía a Kat. Estaba triste. Pero tranquila.
Tranquila, cuando debería estar tan aterrada como yo.
No, el pánico no ayudaría a nadie. Teníamos que mantener la calma. Pero, más aún, teníamos que estar preparadas.
Si es que aquello era siquiera posible.
Pese a todos mis intentos por tranquilizarme, no podía impedir que el corazón me latiera como si amenazara con salírseme del pecho.
Me levanté.
—Tengo que llegar hasta Kat.
—¿Puedes explicarme algo de todo eso? —preguntó—. ¿Qué es el Cónclave? Kat lo mencionó varias veces. ¿Algún tipo de sociedad secreta? ¿Y quién es ese Señor White?
—Señor White es el hombre más peligroso del mundo. Y parece que puede haberse vuelto aún más peligroso. Si la mitad de lo que ha dicho Ongcwele es cierto, Kat tiene que prepararse. Incluso así, no estoy segura de que tenga modo alguno de hacerlo. Pero, aun así... debo intentarlo.
Themba asintió con expresión severa. Me sostuvo la mirada y yo vacilé.
—Siento lo que hice ahí dentro. La forma en que obtuve la información.
Había estado embriagada por la Oscuridad. Ahora podía ver las cosas con claridad. Lo que había hecho ahí dentro no estaba bien. Aunque Ongcwele fuese malvado.
Themba pareció sorprendido.
—Él habría hecho lo mismo con cualquiera de nosotros. Estoy seguro de que ya lo ha hecho.
Oí un estampido. Hice una mueca. Themba no.
—¿Ongcwele? —pregunté.
Themba asintió con gesto sombrío.
—Si tiene la mitad del poder que tú has demostrado esta noche, no quiero arriesgarme a que escape. Y, en cuanto a tu participación en el interrogatorio, no tienes que disculparte. Todo está permitido en la lucha por la libertad.
—¿Incluso abrazar la Oscuridad?
Themba asintió. Sin vacilar.
—Para combatir la oscuridad, hay que utilizarla. Para luchar contra un opresor, hay que convertirse en uno.
Me ayudó a ponerme en pie.
—Te ayudaré a llegar hasta la Línea de los Tres Puntos. Encuentra a Kat. Encuentra a mi primo. Y avísame cuando hayas derrotado al hombre más peligroso del mundo.