La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 4. Chapter 4 #2
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4. Chapter 4 #2

Mis amigos... mi familia. Noté que se me acumulaban aún más lágrimas. Pero, pese a toda la tristeza que encerraba aquel lugar y al dolor que compartía con aquellas personas, me sentía mejor. Más limpia. Como si mis lágrimas hubieran arrastrado algo oscuro y sucio.

Eso me ayudó a ver con mayor claridad.

Había temido el dolor de aquel lugar y de aquel encuentro, pero me habían hecho bien.

Percibí la presencia de Treth a mi lado. Mi amigo me dedicó una sonrisa triste antes de adoptar una expresión seria. Señaló con la cabeza la linde del bosque.

Apartada de todos los demás, con el cabello rojo sangre destacando contra el verde de la hierba y del bosque, se encontraba Ari, la elfa.

Observaba la linde con atención. Pero, a diferencia de su postura habitual, que sugería que estaba lista para degollar a alguien de un momento a otro, parecía tranquila.

Me acerqué a ella y me detuve a su lado.

—¿Los ves? —preguntó, señalando el bosque con la cabeza.

Las risas y la charla amistosa de mis amigos y mi familia eran un murmullo lejano y cálido a nuestras espaldas.

Clavé la mirada en el bosque y acallé los demás sonidos.

Asentí.

—Sí.

Estaban bien escondidos, y sospechaba que, si no hubieran querido que los viéramos, habrían sido del todo invisibles. Pero, incluso cuando intentaban llamar nuestra atención, se fundían con los tonos verdes y pardos del bosque feérico.

Dríades. Seres con apéndices semejantes a ramas y corteza en lugar de carne y piel. Se congregaban en la linde del bosque, observándonos. Tras ellas vi destellos dorados y el aleteo de alas de mariposa azules, naranjas y rojas.

Nos hacían señas. A las dos.

Ari y yo, con Treth siguiéndonos en silencio, nos acercamos a los seres feéricos.

A medida que nos aproximábamos, las dríades se desplazaron y se apartaron sin hacer ruido.

Había muchas más de las que había advertido al principio.

En condiciones normales, Ari ya habría aferrado las empuñaduras de sus dagas y examinado a todos los seres del bosque en busca de amenazas.

Pero, por primera vez desde que la había conocido en Nueva Sintar, parecía casi serena. En paz.

Un caleidoscopio de mariposas revoloteó al unísono y se fusionó en un ser que podría haber sido uno de los pixies, aunque medía alrededor de medio metro. Un hada.

Tenía el pelo rosa, adornado con una corona de flores. Unas disas rojas engalanaban su vaporoso vestido blanco.

Ari inclinó la cabeza ante el hada y después habló en Sintari. No, no era Sintari. Pero se le parecía. Era melodioso. Hermoso. Podía sentir cómo las flores se abrían al oírlo.

El hada respondió y luego se volvió hacia mí. Incliné la cabeza, imitando a Ari. Los seres feéricos parecieron desconcertados y se agitaron entre susurros y crujidos. Oí murmurar a los pixies y las dríades.

El hada, sin embargo, sonrió.

—No os inclinéis ante ningún ser, Última Luz. Ninguna criatura es más noble que vos, que nos salvasteis de la maldición del Dios de la Plaga.

No pude evitar abrir mucho los ojos, sorprendida.

Había ocurrido hacía muchísimo tiempo. Pero, al mirar a las dríades y a los demás seres feéricos, los recuerdos acudieron a mi mente en tropel.

La Oscuridad cubriendo Table Mountain. Loviatar había estado a punto de consumir mi ciudad con la Oscuridad y la muerte.

Y había utilizado a la gente amigable como instrumento.

La sonrisa del hada se marchitó cuando su expresión se tornó seria. Las hojas y las flores se encogieron al verla, reaccionando al desagrado de aquel ser con dolor físico.

Con las travesuras de Duer y los pixies, era fácil olvidar lo poderosos que eran en realidad los seres feéricos, pero la naturaleza se doblegaba de verdad a su voluntad y a sus emociones.

—Os traigo noticias aciagas, nuestra Última Luz —dijo—.

Hay dolor en el aire. Un grito silencioso que todos oirán en los próximos días.

El fin de los tiempos se cierne sobre Hope City.

Una Oscuridad que eclipsará todo cuanto vino antes.

Muchos de los míos huyen de la ciudad, dejando que las líneas ley se apaguen y la naturaleza muera.

Pero muchos más permanecen aquí, sin saber adónde ir.

El aire me pareció helado sobre la piel pese al sol. Todos los murmullos y sonidos de los demás seres feéricos habían cesado. Ni siquiera oía ya a mi familia y a mis amigos junto a la mansión.

No necesitaba preguntar a qué se referían aquellas oscuras premoniciones. Ya lo sabía. Se había presentado ante mí y había dejado cicatrices en mi alma. Lo que me preocupaba era la posible marcha de todos los seres feéricos de Hope City. Devastaría el ecosistema mágico. Pero no podía juzgarlos.

—¿Qué haréis? —pregunté sin el menor rastro de súplica en la voz.

El hada me sostuvo la mirada. Sus ojos eran violetas y en ellos centelleaban estrellas. Hinchó el pecho cubierto de flores y resplandeció con un intenso fulgor dorado.

—Este es nuestro hogar. Y no lo abandonaremos, ni tampoco a la Última Luz. Nos quedamos. Lucharemos.

Las hojas y flores que antes se habían marchitado se abrieron de pronto, cobrando vida con una tenaz determinación. Los pixies de los árboles resplandecieron y las dríades crujieron al asentir al unísono.

—Gracias... —logré decir antes de apretar los puños y dirigirme a todos ellos.

—No os decepcionaré. No os fallaré.

Jamás. Aunque me cueste todo cuanto tengo.