La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 4. Chapter 4
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4. Chapter 4

Familia

Incluso desde lejos, la mata de pelo negro de Trudie resultaba más que reconocible cuando asomó la cabeza por la ventanilla del coche de Pranish. Sospecho que también llevaba la lengua fuera. A veces no sabía si se suponía que era una loba o una perra.

Detrás del Toyota Corolla de Pranish iba el familiar de los Davison.

El mismo coche que Charne había usado para llevarnos a Trudie y a mí al colegio tantos años atrás.

Y aún seguía dando guerra. Al menos, algo de mi antigua vida con mis padres de acogida había sobrevivido a las llamas del terror de Ukwesaba.

Cuando los Hijos de la Sangre avivaron el odio contra los Cruzados, una turba enfurecida atacó a los Davison en su casa.

Habían sobrevivido, aunque no me contaron gran cosa, pero la vivienda y casi todo lo que había en ella perecieron entre las llamas.

Tantos recuerdos. Demasiado perdido. No debía...

no podía pensar demasiado en ello. Ukwesaba ya estaba muerto, y yo no podía matarlo con mis propias manos por lo que les había hecho a Miriam y a mi familia.

Ese honor le correspondió a Victoria Kruger.

Otra cosa que tenía que agradecerle a la reina vampiro.

Cuando los coches rodearon la glorieta y se detuvieron, no pude seguir de mal humor.

Trudie sonreía de oreja a oreja, e incluso el más reservado Pranish estaba sonriendo.

¡Ambas sonrisas eran de lo más contagiosas!

Pese a todos los recuerdos oscuros que evocaban aquel lugar y las circunstancias que nos habían llevado hasta allí, no pude evitar sentir que un manantial de felicidad brotaba en mi corazón.

Trudie salió disparada por la ventanilla sin abrir la puerta y me derribó con un abrazo demoledor. Mi abrigo de salamandra llameó emocionado, acogiendo el contacto y saludando a alguien a quien consideraba una amiga.

Pranish se apresuró a abrir las puertas traseras del coche y dejó salir a las gemelas, que echaron a correr persiguiéndose como perros en un parque.

No se transformaron y conservaron el aspecto de adolescentes rubias, pero sus ademanes eran inequívocamente caninos.

Podía imaginar sin esfuerzo sus colas doradas agitándose mientras corrían a toda velocidad por la finca.

No sabía si alguna vez les habían permitido retozar así, sin más.

No había mucho espacio para correr libremente por el recinto de la iglesia ni por el CG y, cuando por fin tenían ocasión de hacerlo, solía ser para dirigirse hacia el peligro o huir de él.

Pero allí podían limitarse a ser cachorras. No necesitaban buscar el sabor de la sangre ni demostrar su valía ante su alfa mediante una muerte. Podían ser niñas, sin importar su especie.

Si hasta entonces había albergado alguna duda sobre mi decisión, contemplar a aquellas jóvenes licántropas mientras se limitaban a jugar la habría disipado.

—¡Kats! Es increíble. Cuánto verde. ¿Y todo esto es tuyo hasta los árboles? —exclamó Trudie. Sus ojos resplandecían con un espléndido tono dorado mientras me miraba, todavía encima de mí.

—En realidad, se adentra un poco más —dije—. Hay un plano de la finca en la mansión...

Oí abrirse más puertas de coche cuando los Davison bajaron de su familiar. Pranish ayudó a Trudie a levantarse de encima de mí. Seguía dando saltitos de pura emoción, aunque intentaba estarse quieta por guardar las formas.

Sonreí.

—Ve a correr, Troodz. Quiero hablar con mi tía y con mamá y papá.

Trudie ni siquiera pestañeó con sus ojos dorados al oírme llamar a sus padres «mamá y papá».

Casi había sido un lapsus. Pero hacía mucho que había comprendido que eran mi familia.

La sangre solo era una de las cosas que determinaban el parentesco.

El amor determinaba el resto. Y, aunque siempre sería una Drummond, los Davison eran mi familia.

Pranish dejó escapar un suspiro de alivio cuando Trudie echó a correr hacia las gemelas y se abalanzó sobre ellas. En lugar de encogerse con docilidad, las dos se aliaron contra su alfa y la derribaron sobre la hierba mientras ella se reía.

Asentí en dirección a mi amigo antes de volver la cabeza hacia mis padres de acogida y mi tía.

Mandy Caleb, la hermana de mi madre, era idéntica a ella.

Ni siquiera ahora lograba acostumbrarme.

Me traía recuerdos. Recuerdos dolorosos, tristes y felices.

Ahora que ellas ya no estaban, resultaban aún más desgarradores.

Candace había matado a incontables personas en su intento de recuperar a sus padres.

No estaba segura de haber tenido la fuerza de voluntad necesaria para no intentar lo mismo de haber creído que era posible.

La moral tenía sus límites. Era algo que jamás compartiría con Treth.

No lo entendería. Y yo sentiría demasiada vergüenza si llegara a descubrirlo.

Abracé a mi tía y la estreché con fuerza.

Era más alta que ella. Le sacaba una cabeza.

¿Habría sido también más alta que mi madre?

No podía imaginármelo. En todos los recuerdos que conservaba de ella, yo era una niña diminuta.

Una niña para toda la eternidad. Pero, al lado de mi tía, era mayor. Estaba llena de cicatrices.

Durante un tiempo, había estado enfadada con ella. Esperaba que fuera mi madre. Necesitaba desesperadamente que lo fuera. Se parecían muchísimo. Aunque era más joven, Mandy tenía ahora la misma edad que mi madre cuando murió.

Verla, incluso entonces, dolía.

Pero no iba a permitirlo. Porque quizá no fuera mi madre, y tampoco necesitaba serlo. Solo necesitaba estar allí.

La estreché con más fuerza.

—Me alegro de volver a verte —susurré.

—Te he echado de menos, Kats —dijo, con un deje de sollozo en la voz—. Yo... estaba preocupada.

—Lo siento... por meterte en todo esto.

—No te disculpes, cariño. Nunca. No debería haberme marchado.

La solté mientras ella me examinaba de arriba abajo. Eran sus ojos los que de verdad la diferenciaban de mi madre. Aunque ambas tenían los mismos ojos azules, los de Mandy siempre habían sido más analíticos. Críticos. Intensos.

Y toda aquella intensidad estaba centrada en mí.

—Estoy muy orgullosa de ti, Kat —dijo Mandy—. De todo en lo que te has convertido y de todo lo que has hecho. Rach... Rachel habría estado muy orgullosa de verte hoy.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y me quedé sin palabras. Mi tía me rodeó con los brazos mientras yo ocultaba el rostro en su pelo. Intenté contener las lágrimas. Intenté acallar mis sollozos. Pero mi tía... mi condenada tía había abierto las compuertas.

¿Por qué lo había hecho?

Se suponía que ella era la erudita. La friki con pocas habilidades sociales que no podía dejar de hablar de elfos. No se suponía que tuviera que hacerme llorar. Que hablar de lo que podría haber sido.

Pero parecía que las dos habíamos cambiado.

Sentí calor en la espalda cuando otra mujer nos abrazó a ambas. Charne. Mi madre adoptiva. La madre que nos había criado a mí, a Trudie e incluso a Pranish mientras lloraba la pérdida de su mejor amiga.

Me pregunté qué veía cuando miraba a mi tía. Y entonces dejé de preguntármelo. Me permití quedar envuelta por aquellas dos personas que, cada una a su manera, eran dos de las personas más importantes que me quedaban.

Mi familia de sangre y la familia que me había elegido. Las amaba a ambas.

Con lágrimas en los ojos, Charne y Mandy me soltaron a regañadientes. Mike y Pranish permanecían a un lado, algo incómodos. No dudaba ni por un segundo de que ambos me querían, igual que yo a ellos, pero aquello era entre mi tía, mi madre y yo.

Trudie aminoró la marcha hasta detenerse. Nos miró a las tres y algo centelleó en sus ojos dorados. Lo entendía. Me abrazó con expresión sombría, aunque bajo ella se ocultaba la alegría.

—Kat... gracias. Es mucho más de lo que jamás habría podido soñar.

—De verdad que no hacía falta —dijo Mike mientras se acercaba a nosotras con Pranish a su lado—. Estábamos empezando a acostumbrarnos al hotel. ¡Tenían bagels gratis!

Vi que Senegal había llegado con Ari y se había unido a los juegos bruscos de las gemelas. Todos los miembros adultos de la manada, incluida la habitualmente reservada Ari, se enternecieron en cuanto vieron la alegría infantil en los ojos de las cachorras humanas.

Volví a mirar a mis padres adoptivos, a Trudie y a mi tía.

—Ahora es vuestra. Todos vosotros me disteis un hogar, y lo justo es que yo haga lo mismo.

Charne abrió la boca para hablar. Para discutir. Pero Trudie le apretó el brazo y le dirigió una mirada.

Sonreí débilmente. Trudie lo sabía. Lo entendía.

Charne, todavía a punto de protestar, sonrió en su lugar.

—Gracias, Kat. Es... es preciosa. Pero nunca has tenido que darnos nada. Verte crecer era lo único que siempre había deseado.

Noté que los ojos volvían a llenárseme de lágrimas mientras Trudie conducía a su madre hacia el coche para empezar a descargar las pertenencias que les quedaban.

Mike se acercó para ayudar, e incluso Senegal y las gemelas interrumpieron el juego para ponerse manos a la obra.

Pranish permaneció a mi lado.

—Sabes que vamos a pagarte un alquiler, ¿verdad? —preguntó con toda naturalidad.

—¿Qué? ¡No! ¡Es un regalo! Quiero que sea vuestra.

Pranish negó con la cabeza y alargó una mano hacia la mía. Las muestras de afecto eran poco habituales en él, lo que hacía aquel gesto aún más impactante.

—Charne tiene razón, como siempre. Has hecho todo cuanto tenías que hacer y mucho más. Esta es tu casa. Miriam te la dejó a ti. Nosotros solo te la mantendremos calentita. Y recibirás hasta el último céntimo mientras vivamos aquí.

Abrí la boca para discutir, pero, antes de que pudiera decir palabra, Pranish ya corría hacia Trudie, insistiendo en que tenía que cargar al menos una de las ocho bolsas que ella se había amontonado sobre la espalda.