La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 3. Chapter 3 #3
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3. Chapter 3 #3

—Pero ¿y si tienes que parar? ¿Y si no puedes protegerme? No puedes vivir solo para mí, Brett.

Me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas y de que estaba gritando.

Al parecer, era un momento propicio para que las emociones se desbocaran. Treth observaba con el ceño fruncido por la preocupación. Pero no interrumpió ni intervino.

—Yo... —tartamudeó Brett—. No sé qué se supone que debo hacer. No sé para qué se supone que debo vivir... si no es para ti, Kat.

En sus ojos no había rastro de engaño, falta de sinceridad ni manipulación. Solo humedad y un anhelo sincero y desesperado. Brett había perdido gran parte de lo que amaba. Quizá yo fuera lo único que le quedaba.

Lo abracé con fuerza y dejé que mi abrigo le diera calor igual que me lo daba a mí. Cerré los ojos y permití que mis lágrimas cayeran sin trabas sobre su pecho.

—Te quiero, y sé que tú me quieres. Y ojalá pudieras quererte tanto como yo te quiero a ti. No puedes limitarte a vivir para mí. Te mereces todo lo que hay en este mundo, y ya es hora de que lo reconozcas.

—Después de todo lo que no he conseguido salvar, ¿cómo voy a hacerlo?

Sentí que unas lágrimas me caían sobre la cabeza. No oí ningún sollozo en la voz de Brett. Sonaba firme. Seguro. Y eso hacía que sus palabras resultaran aún más desgarradoras.

Pensé en decirle cuánto significaba para mí.

En hablarle de todo cuanto había conseguido.

De cómo había ayudado a salvar a innumerables personas.

De cómo me salvaba a mí cada día que miraba al vacío y me planteaba precipitarme en el olvido.

Pensé en hablarle de su heroísmo, de sus amigos y de todo lo que había hecho para convertir aquella ciudad y el mundo en lugares mejores.

Pero sabía que aquellas palabras no significarían nada. Brett tenía demasiadas cicatrices. Estaba demasiado consumido por su pasado. Con una aguda punzada en el corazón, comprendí algo.

Yo no podía salvarlo.

Solo él podía hacerlo. Pero quizá, con ayuda...

—Creo... Creo que deberías ir a un terapeuta.

Conmocionado, dio un paso atrás.

—¡Yo también debería ir! —me apresuré a decir, y después aparté la mirada—.

Tenemos problemas, Brett. Problemas que no podemos resolver por nuestra cuenta, ni siquiera el uno con el otro.

Treth dijo una vez que no nos haríamos ningún bien porque nos parecemos demasiado. Que somos cicatrices sobre cicatrices.

Volví a mirar a Brett.

—Cambió de opinión sobre ti. Pero quizá tuviera razón. Tenemos cicatrices, Brett. Y necesitamos ayuda.

—Pensaba que lo único que necesitábamos era tenernos el uno al otro —dijo en voz baja.

—Soy cazadora de monstruos. Mato cosas. No puedo salvar almas.

—Eso es precisamente lo que haces —dijo Treth. Me alegré de que Brett no pudiera oírlo. No ayudaba a demostrar mi argumento.

Brett se secó las lágrimas de los ojos y adoptó una expresión impasible y estoica.

—Lo siento, Kat, por haberte presionado. Y por... ser una carga.

—¡Cállate! Nunca has sido una carga. Eres el amor de mi vida, idiota. Y te he dicho todo esto porque te quiero y deseo lo mejor para ti. Creo que Stephanie Naidoo, la amiga de Cindy, podría ayudarte.

Brett resopló y apartó la mirada.

—No creo que vaya a cambiar nada. ¿Cómo se arregla algo que está roto?

—Pues arreglándolo. Tú mismo has respondido a tu pregunta —sonreí fugazmente—. Pero tú no estás roto. Solo has visto demasiado en muy poco tiempo. Stephanie está especializada en eso. En traumas y en ayudarnos a aceptarlos.

—Soy un cazador, un miembro del Cuerpo... —Negó con la cabeza—. Debería ser capaz de superarlo por mí mismo.

—Tal vez puedas —dije en voz baja mientras me acercaba a él y volvía a abrazarlo—. Pero no tienes por qué hacerlo. Deja que te ayuden quienes pueden hacerlo.

Silencio. Sin sollozos. Sin discusiones. Solo la respiración acompasada del hombre al que amaba y el latido de nuestros corazones.

—Conviértelo en una orden —susurró por fin.

—¿Mmm?

—Conviértelo en una orden —repitió en voz alta—. Entonces tendré que hacerlo. Entonces podré hacerlo.

Lo miré a los ojos y no vi en ellos ningún indicio de rebeldía. No era una prueba. Brett no me estaba provocando para que abusara de mis poderes. Quería una excusa. Una excusa que lo ayudara a admitir su propia debilidad.

Era lo menos que podía hacer por él.

—Brett Callahan —dije con tono autoritario y de mando—, te ordeno que busques ayuda para tu salud mental contratando los servicios de Stephanie Naidoo o de otro terapeuta adecuado.

—Recibido, Comandante —dijo, esbozando una sonrisa triste.

Volvió a frotarse los ojos, y esperaba que regresaran la quietud de la casa o la ansiedad provocada por nuestra conversación. Pero, en vez de eso, sentí que me quitaba un peso de encima.

Brett contempló el hogar que tanto había deseado con un anhelo distante, pero también con aceptación.

—Si no quieres vivir aquí —dijo—, ¿qué piensas hacer con este sitio?

Ya lo había pensado, en algún rincón de mi mente. Era algo que debía hacerse.

—Conozco una manada de lobos que necesita este lugar mucho más que nosotros.