3. Chapter 3 #2
Frederick Eksteen era un joven cuando murió junto a su caballo.
Una apuesta de borrachos que acabó en tragedia.
Desde entonces había rondado durante más de un siglo el lugar de su muerte.
Hasta que exorcicé su espíritu. Bueno, no exactamente.
Al parecer, había tocado al jinete fantasmal, pues ahora residía dentro del Vasija.
Oí un relincho, como si la yegua de Frederick Eksteen me recordara que ella también estaba presente.
Sonreí con tristeza.
—Espero que sean felices ahí dentro —dije.
Treth arqueó una ceja con expresión interrogante.
—Frederick Eksteen y su yegua. Los fantasmas de la Mansión Tokai.
—A veces los veo a lo lejos. Cabalgan sin cortapisas por las llanuras de Avathor. Aunque nunca he hablado con ellos, sospecho que son felices.
Aquello debería haberme reconfortado, pero no fue así. ¿De verdad se podía ser feliz estando muerto? Y ¿de verdad se podía ser feliz atrapado en el alma de una chica de veintidós años?
Salí del salón y exploré las demás habitaciones de la casa. La cama de Miriam estaba sin hacer. Era evidente que ella había sido la última persona que había dormido allí. Ni siquiera con sábanas nuevas creía que pudiera llegar a sentirme cómoda durmiendo en su cama.
Había más habitaciones. Cuartos de invitados, despachos, una pequeña biblioteca.
Era una casa magnífica. Pero aquello no era más que una apreciación de mi yo analítico y distanciado. Mi verdadero yo solo podía sentir tristeza y un vacío entumecido, exacerbado por la quietud silenciosa de aquella casa, que solo rompían los crujidos del suelo de madera.
Ojalá hubiera alguien allí. Alguien que no fuera Treth. Alguien que tuviera que respirar incluso cuando no hablaba. Alguien que llenara de vida y calidez aquel hogar demasiado grande.
Por instinto, busqué a Candace a través de nuestro vínculo de alma.
Ella respondió, como si tocara mi mano etérea a través del vacío.
—Pronto estaré allí, Kat —dijo. No con palabras, sino más bien mediante una sensación.
En el pasado nos habíamos comunicado con mucha más claridad, pero nuestro vínculo de alma se mantenía fundamentalmente porque cada una poseía en una de sus cuencas un ojo de la otra.
Era nigromancia. Corruptora por naturaleza.
A mí no me hacía daño, pues yo no era la maga que lo había creado.
Pero, a medida que Candace daba la espalda a la magia oscura, su capacidad para controlar la conexión y utilizarla para comunicarse se debilitaba y se volvía más tenue.
Aun así, el mero hecho de sentir su presencia me reconfortó, justo cuando oí que la puerta principal se abría con un crujido. Después resonaron unos pasos pesados. Reconocí aquel modo de andar. Aquellas pisadas seguras y firmes. Brett.
El consuelo que sentí al oír a mi novio se marchitó de algún modo cuando vi su expresión radiante. Corrió hacia mí y me estrechó con fuerza.
Tanta alegría parecía incongruente dadas las circunstancias y el lugar.
—Este sitio, Kat... esta casa. ¡Es increíble!
Y el terreno es tan grande como la granja de mi familia.
¡Es enorme! Estoy deseando que nos mudemos aquí.
¿Podemos llamar hoy a la empresa de mudanzas?
¿O no cogerán el teléfono hasta mañana? ¡A la mierda!
Podemos trasladar la mayoría de las cosas con la furgoneta.
Ay, Kat. Esto es todo cuanto siempre he querido...
—No quiero mudarme aquí —dije en voz baja, pero fue como si hubiera gritado.
La sonrisa de Brett desapareció, y casi pude oír cómo se le partía el corazón, igual que se me partió el mío al ver la sorpresa y la decepción en su rostro.
—¿Por qué, Kats? Es una mansión. Podríamos tener un futuro aquí. Una vida más feliz.
—Es demasiado grande. Demasiado para nosotros dos.
Demasiado para cualquier cantidad de personas con las que pudiera llegar a vivir.
Pero, por encima de todo, no creo que pudiera ser feliz aquí.
Siempre habrá recuerdos que embrujen este lugar, y esos no puedo exorcizarlos.
Mi amiga vivió aquí. Siempre será su casa. No la mía.
—Te mereces este lugar, Kat. Te mereces ser feliz —dijo, apretándome las manos—.
Y creo que podríamos serlo aquí. Aquí podemos respirar aire puro.
Quizá incluso Duer y las pixies quisieran mudarse.
¡A Alex le encantaría volver a vivir con Duer!
Es mucho mejor que el apartamento. Tal vez, con el tiempo, podríamos llevar aquí una vida normal.
Negué con la cabeza. Ya había tomado una decisión. No quería hacerle daño a Brett. Nunca. Pero no podía cambiar aquello. No podía vivir allí. Sin importar lo que Miriam hubiera querido para mí.
Pero, aunque me mudara allí, no me esperaba ninguna vida normal .
—El Mentor puede estar en cualquier parte. En cualquier momento. Ninguna mansión lujosa cambiará eso. No puedo tener una vida normal mientras él pueda arrebatarme cualquier cosa cuando le plazca.
Brett negó con la cabeza casi con desesperación, y sentí que apretaba con más fuerza, aunque sin llegar al extremo de arriesgarse a hacerme daño. Tierno y fuerte a la vez. Así era Brett, incluso durante sus días más oscuros.
—Nunca dejaré que eso ocurra, Kat. No permitiré que te quite una sola cosa. Ni el propio Cataclismo me impedirá protegerte.