2. Chapter 2 #2
Sin embargo, la legislación solía tardar mucho en ponerse a la altura de la realidad.
Trudie y Jane esperaban remediarlo. Querían enmendar la Ley de Sintiencia y conceder a los licántropos los mismos derechos que a humanos, vampiros, orcos, elfos y otras especies —en su mayoría— pacíficas.
Los licántropos sabían cuidarse solos. Pero, si se aprobaba aquella enmienda, ya no tendrían que preocuparse de que unos pistoleros desquiciados los acribillaran con perdigones de plata ni de que unos cazadores fingieran que toda una manada se había vuelto salvaje.
Estarían protegidos. Mi amiga estaría protegida.
Solté un suspiro pesaroso.
—¿Qué ocurre? —preguntó Treth.
—Lo que están haciendo Trudie y Jane es increíble.
Han llegado mucho más lejos de lo que creí posible al principio.
Ni siquiera pensaba que encontrarían a un consejero dispuesto a presentar el proyecto de ley en el Consejo Inferior.
¡Mucho menos que conseguiría apoyos suficientes para someterlo a votación!
Y ahora que los medios se han enterado, no creo que puedan ignorarlo.
—Entonces, ¿por qué suspiras?
—Los políticos, Treth. Ese es el problema. No hacen lo que deberían. El odio les nubla demasiado el juicio. Todavía no estoy segura de que haya suficientes consejeros con una pizca de tolerancia en las venas siquiera para abstenerse en la votación de la enmienda.
Treth resopló.
—Por eso sería mejor tener un rey. Puede tomar la decisión correcta. Sin necesidad de tantas mariconadas, mentiras y peloteo. Puede hacer lo correcto, aunque no sea popular.
—¿De verdad lo crees, Treth? ¿Después de ver lo que las monarquías le hicieron a la Tierra antes del Cataclismo?
¿Lo que nos hacen ahora? No hay ningún otro lugar de este maldito continente en el que prefiriera vivir antes que en Hope City.
La república tiene defectos. Los consejeros son corruptos, avariciosos, vagos e incompetentes, pero no me obligan a hacer cosas. Al menos, no con facilidad.
—Un buen rey no te obligaría a hacer nada.
—Pero por cada buen rey hay una docena de tiranos. No, Treth. La democracia no es perfecta, pero siempre es mejor que los caudillos mágicos, los necroestados y los emperadores dictatoriales.
Treth frunció el ceño.
—Supongo que tienes razón. También hay mucha más estabilidad de la que pensaba. Sinceramente, cuando me enteré de cómo funcionaba el Consejo, creí que se derrumbaría en cuestión de días. Pero ahora el Imperio Zulú se desmorona y los consejeros siguen bebiéndose su vino a sorbitos.
Fruncí el ceño mientras firmaba la recepción de un cargamento de nuevos chalecos antifragmentación con tachuelas de plata.
Candace estaba en el Imperio en aquel momento.
Avanzaba despacio. Por nuestras breves comunicaciones a través del vínculo de alma, deduje que sospechaba que el Cónclave vigilaba demasiado los puertos de Hope City.
Quería tomárselo con calma. Ir sobre seguro.
Así que atravesaba por tierra el territorio del Imperio Zulú.
Justo cuando Themba, el primo de Guy, estaba fomentando una rebelión contra el Imperio.
Port Elizabeth ya había caído en manos de los rebeldes. Los vampiros Sanguineas neutralizaban a los Hijos de la Sangre que quedaban, mientras los rebeldes clavaban cabezas de impi en azagayas.
Era espantoso. Sangriento. No le pregunté a Guy qué opinaba.
En cualquier caso, esperaba que mi hermana de alma estuviera a salvo mientras el mayor imperio de África se devoraba a sí mismo.
Llegué a los formularios que estaba esperando. Solicitudes de ingreso. Cogí el montón, pasé las hojas y las conté.
Fruncí el ceño.
Tres.
De cientos a docenas y, ahora, solo tres solicitudes.
De verdad estábamos perdiendo la guerra de imagen pública, ¿verdad?
—Ojalá pudiéramos conseguir que los Sanguineas se encargaran del turno de noche —comenté distraídamente.
—Sospecho que disfrutan mucho más cazando a los de su propia especie. Le han cogido el gusto —respondió Treth mientras miraba por la ventana el tráfico que pasaba.
—Aquí hay un montón de vampiros monstruosos a los que podrían dar matarile —dije—. Pero quizá eso fuera llevar a Brett demasiado lejos. Por no hablar de Krieg, si llegara a enterarse.
Krieg, antiguo amigo de Brett en el Cuerpo de Exterminio, residía ahora en la Heiligeslicht Casa de los Atormentados. Que los vampiros lo hubieran salvado y después no hubiera sido capaz de matar a Victoria Kruger lo habían desequilibrado.
Cindy acompañaba a menudo a Brett a visitarlo. A Brett no le gustaba hablar de aquellas visitas.
—¿Y los licántropos? —sugirió Treth.
—Trudie ha dedicado todo su tiempo a recabar apoyos y preparar su discurso. Y no abundan los lobos necesitados de un hogar. ¡A menos que, Athena no lo quiera, empiece a convertir a gente ella misma!
Si lo hacía, quizá tuviera que empezar a utilizar mis poderes ultrasecretos para curar la licantropía. Bueno, salvo que la infección fuera consentida. Pero, por mucho que quisiera a mi amiga, podía ser un tanto bestial. Incluso cuando era completamente humana.
—¿Y la otra manada?
—A Gareth no le interesa...
Nos había ayudado contra el Necroseñor. Pero no había intervenido contra los Hijos de la Sangre. No quería arriesgar a más lobos. Podía verlo en sus ojos. Cada muerte pesaba sobre él. Quizá tanto como sobre mí. No podía culparlo del todo por no querer implicarse en nuestra guerra.
—Si queremos que los licántropos resuelvan de verdad nuestro problema de falta de personal —continué—, la manada de Trudie tendrá que crecer. Al fin y al cabo, es prácticamente una extensión de los Cruzados.
—No veo cómo va a crecer más en su hogar actual. ¡Esa iglesia tiene encanto, pero es tan pequeña!
Treth tenía razón. El recinto de Trudie, frente al CG de los Cruzados, estaba muy bien, pero no era lo bastante grande ni siquiera para su pequeña manada.
Los lobos necesitaban grandes espacios abiertos.
Bosques por los que vagar. Campos por los que retozar.
No un suburbio mugriento y calles urbanas.
Pero, tal como estaban las cosas, no tenían muchas alternativas.
Mi móvil empezó a sonar con el estribillo de The Chain , de Fleetwood Mac. Era mi tono predeterminado.
Número desconocido.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Podía ser el Mentor? No sería la primera vez que alguno de mis villanos me llamaba por teléfono. Para regodearse. Para inquietarme. O solo para charlar. Los malos eran raros.
Acepté la llamada. Treth, al percibir mi miedo, desenvainó la espada y alzó el escudo. Como si aquella fuera una batalla a la que pudiera enfrentarse cara a cara.
—¿Diga? —pregunté, tratando de ocultar el temblor de mi voz.
—¿Kat Drummond? —preguntó un hombre. Tenía un tono profesional. Ensayado. Como si se dedicara a aquello. Bueno, probablemente así fuera. No reconocí su voz, pero no sonaba amenazadora.
—Sí, soy yo —respondí, algo menos vacilante esta vez.
—Me llamo Solomon Badman, de Badman & Associates. Represento el patrimonio de la difunta Miriam LeBlanc.
Sentí una punzada de sorpresa, pronto ahogada por la pena y el pesar. Miriam había sido primero clienta mía y después profesora en la universidad. Me había ayudado a comprender a los vampiros. De hecho, había sido una experta mundial en vampiros. Si no la mayor experta del mundo.
Pero Ukwesaba, de los Hijos de la Sangre, la había matado en directo por televisión después de que se ofreciera a ayudarme a derrotarlos.
Era solo otra pérdida más en una marea de muerte. Pero seguía doliendo. Muchísimo.
—¿Sí? —pregunté como una idiota. No sabía qué más decir. Había oído hablar de Solomon. Había visto su anuncio en televisión. Su eslogan era: «Le convendría ponerse telefónicamente en contacto con Solomon».
Cómo no recordar semejante eslogan.
—La señora LeBlanc dejó testamento y la nombró a usted como una de sus beneficiarias.
Le ha legado la propiedad y las escrituras de la Mansión Tokai, situada en Port Reform Bienes, Tokai, así como todos los bienes que contiene.
¿Cuándo puedo reunirme con usted para entregarle las llaves y las escrituras?
—Yo... no lo entiendo.
Solomon suspiró con impaciencia.
—Es usted la propietaria de la Mansión Tokai. ¿Le viene bien mañana a las dos de la tarde? Bien. Nos veremos en la propiedad para formalizar la transferencia.
Colgó. Yo seguí con el teléfono pegado a la oreja, incapaz de creérmelo, hasta que Treth me arrojó unos papeles a la cara para hacerme reaccionar.